VEIÐIMENN

All Rights Reserved ©

Summary

Athyenne ignora su final cuando ha de irse de su pueblo por decisión de su Jarl y del Superior de El Thin. Pero la sorpresa será mayúscula cuando vea que quien lo recibirá será el mismo hombre que días atrás lo salvó de ser abusado por dos jóvenes de su propio pueblo.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

*Prefacio*






"EL HAMBRE DEL LOBO"







El basto y crudo invierno había destruido desde las cosechas hasta obligar a los animales a huir de las mortales heladas.


El pueblo, aislado entre altas montañas grises y coronadas por grandes nubes de niebla oscura, se hallaba en una terrible hambruna casi perenne desde hacía meses.


Los llantos de los bebés y de la gente que quemaba a sus familiares fallecidos era lo único que se oía en toda la aldea.


Altas columnas de fuego se erigían por encima de los tejados de las cabañas llevándose consigo ese olor a cuerpos sin vida hacia su largo viaje al Hel.


Desde el umbral de su hogar, junto a su esposa y el hijo de ambos, un bebé de meses en los brazos de la mujer, el jarl observaba con impotencia el dolor de su pueblo.


Rodeando por los hombros a su esposa y mirando a su hijo, trataba de pensar una solución para sobrevivir a ese gélido invierno que les arreció.


-Apenas si queda grano para hacer pan- oyó decir a su esposa que acunaba al bebé mientras le daba un poco de leche -Vargan aún se mantiene con mi leche pero...empiezo a dejar de producir y...-


El jarl cerró los ojos, giró la cabeza hacia ella y dejó un beso en su frente.


-Haré lo que haga falta para llevar adelante a nuestro pueblo- prometió éste a su esposa.



En mitad de la noche, una figura se dirigió hacia la cabaña más alejada de las demás y la cual era el hogar del Visionario.


Los golpes en la puerta hicieron al viejo vidente dirigirse a abrir y toparse con su jarl frente a frente.


-Te esperaba- respondió el anciano.


El jefe se adentró en la calidez de la cabaña al mismo tiempo que echó hacia atrás su capucha.


-La gente se está muriendo. Me niego a perderlos a todos. Y mucho menos a mi esposa e hijo- declaró el jarl -Así que ya estás tratando de ver cómo puedo solucionar ésta...condena que los dioses nos han impuesto-


-No. Esto que estamos viviendo no es aun su condena, Sigurðsson- repuso el vidente con una sonrisa un tanto macabra -Esto solo es la punta del iceberg de lo que está por llegar. Pero pasa. Pasa y ponte cómodo para que oigas lo que los dioses me han dicho-


Sigurðsson, entre el temor y las ansias por saber cómo salvar a su pueblo, aceptó la invitación y entró a la cabaña.



No lograba alejar lo que ahora sabía.


El terror y la frustración se apoderaron de él al saber lo que los dioses habían decretado.


Sí. Tenían una opción para vencer tanto al invierno que tenían encima como a la escasez de alimentos. Pero el pago era horrible.


"Tienes de plazo hasta dentro de seis días. De lo contrario, todos perecerán"


Sigurðsson se encontraba entre la espada y la pared.


¿Qué hacer?


Miró a su pequeño dormido en su cuna. Caliente. Recién alimentado. Luego giró la cabeza hacia donde su enfermiza esposa se encontraba. Empezaba a volverse pálida. Escuálida. Aunque seguía siendo tan bella como el primer día en que la vio. Su tos le hizo volver a pensar en las palabras del vidente.


-Sobrevivir- se dijo a sí mismo en voz baja -Hay que...cazar para sobrevivir-


Pero qué iban a cazar. No había animales. Todos, hasta los suyos propios, habían huido del terrible invierno.


Estaba en una encrucijada por no saber qué clase de precio debía pagar por salvar a su gente. Solo sabía que sería uno muy grande e importante.


Seis días. Tenía seis días de plazo. Y por más que pensaba, su única razón de decir que sí eran su hijo y su esposa. Conocía los tratos con los dioses. Su Visionario era anciano y había vivido desde que su tataratatarabuelo fue elegido como Jarl.



Al segundo día, su esposa empeoró y su hijo empezó a llorar por comida.


Sigurðsson logró encontrar una última botella de leche de cabra y trató de racionarla para ambos. Él podía aguantar sin comer.


Al tercer día, solo pudo dar de comer a su hijo mas a su esposa no.


El cuarto, empezaba a notar debilidad y pesadez. Su esposa ya no se levantaba de la cama. Y su hijo, solo lloraba de hambre.


Sacando las fuerzas de lo más profundo de su ser, Sigurðsson se atrevió a buscar algo que dar de comer a su hijo...


Pero solo consiguió unas bayas secas y unas raíces mohosas.


El quinto día, comprobó que su esposa comenzaba a respirar con dificultad y que su color había pasado del blanco pálido al azul plomizo.


Se estaba muriendo.


Su hijo ya no lloraba. Sus bracitos y piernas se secaban y dormía todo el tiempo.


Sigurðsson no podía más y acabó por decidirse.


A pesar de su debilidad y su físico más que delgado, se presentó ante el Visionario.


Éste vio sus ojeras. Su rostro enjuto. Y su porte intimidante convertida en una de desesperación.


-Acepto el trato- fue la respuesta de Sigurðsson.


El anciano apretó los labios y tensó la mandíbula.


-¿Estás seguro?- inquirió.


Sigurðsson apoyó una mano en la puerta para evitar caerse y miró con desafío al viejo.


-Mi pueblo se muere. Mi esposa también. Y mi único hijo cada vez tiene menos vida. Si he de pagar un alto precio a los dioses pero a cambio me ayudarán a traer alimentos para mi gente, que así sea- decretó Sigurðsson.


El anciano asintió en silencio.


-Cuando caiga la noche, ve a lo más profundo del bosque. Elige a cuatro de los hombres más fuertes del pueblo. Manteneos ocultos y...los dioses os darán el "sustento mágico" para nutriros. A partir de ese momento, los animales empezarán a regresar. Pero hasta entonces, se cazará otro tipo de especie-


-¿Y ya está?- se contrarió Sigurðsson.


El viejo se acercó a él y lo escudriñó con sus ojos.


-Lo que harás, te obligará a perder parte de tu humanidad para despertar tu lado animal y de supervivencia extrema- advirtió el visionario.


Tras éstas palabras, Sigurðsson fue dado con la puerta en las narices.


No le importó. Como si hubiera recobrado las fuerzas, se enderezó y fue en busca de los cuatro hombres que sabía eran los más fuertes con la idea de ir a por la caza prometida por los dioses...



Esa noche, mientras el viento helado aullaba entre las cumbres, Sigurðsson reunió a los cuatro hombres. Todos ellos eran supervivientes curtidos por las inclemencias de la vida: altos, fuertes, con cicatrices que hablaban de batallas pasadas. Aunque sus cuerpos se veían demacrados por la falta de alimentos, sus espíritus aún mantenían la chispa de la voluntad.



El grupo se adentró en el bosque, un lugar que parecía más una cueva de sombras que un espacio abierto. Las ramas de los árboles eran huesudas, el suelo crujía con cada paso, y la luna, oculta tras nubes densas, apenas iluminaba su camino. Los hombres permanecían en silencio, las palabras eran innecesarias; todos sabían que lo que iban a hacer cambiaría sus vidas para siempre.



Sigurðsson los guió sin saber exactamente hacia donde ir mas un olor a cenizas y humo le hizo llegar hasta un claro. Allí, en el centro, un círculo de piedras ennegrecidas por el fuego marcaban la poca hierba que se veía ligeramente sobresalir de la muerta tierra.


En ese momento, los cinco hombres percibieron un sonido surgir de entre los arbustos: parecían pasos apresurados, jadeos de aliento, ramas rompiéndose. Sigurðsson levantó una mano para detener a los demás. Él y los cuatro hombres se tensaron. Veloces como pudieron, se ocultaron tras los troncos de los árboles más agrupados. Atentos observaron por donde percibían los sonidos de pasos para de repente ver cómo de entre la oscuridad emergieron figuras humanas. Dos mujeres y un hombre, cubiertos con harapos y pieles, temblando de frío y miedo.


Sigurðsson se quedó helado.


Sus ojos, al ver a aquellas personas, se abrieron de par en par.


"¡No. No puede ser que...!"


Trataba de entender la razón de porqué los dioses le enviaban tres personas en vez de tres animales.


Uno de los cazadores, Skjald, giró hacia el jarl con el ceño fruncido.


-¿Esto es lo que vamos a cazar, jarl? ¿Gente?


Sigurðsson endureció la mirada y apretó los dientes.


-Esto es lo que los dioses nos han...dado y yo lo he...aceptado- declaró Sigurðsson visiblemente pesaroso y cabizbajo -Si no lo hacemos, nuestras familias perecerán- habló con pesar.


Hubo un momento de duda en el cual, los cuatro hombres se miraron con horror y sorpresa. El viento parecía detenerse, como si el bosque aguardara el veredicto. E


Con un suspiro de culpa, Sigurðsson dio el primer paso, blandiendo su cuchillo. Sus hombres, aunque vacilantes, lo siguieron.


La primera que los vio fue una de las dos mujeres quien aterrada de ver a cinco enormes hombres empuñando afiladas armas y caminando hacia ellos, rogó:


-¡No por favor!-


La otra mujer se apresuró a abrazarla sin apartar la mirada de aquellos cinco peligrosos tipos.


El hombre, alzando las manos en señal de rendición, tragó saliva y movió sus labios como si orara en murmullos


Sigurðsson tragó saliva. Estas eran las presas que los dioses les habían prometido. Humanos como ellos. Seres que respiraban, temblaban y suplicaban.


Pero él únicamente tenía en su mente a su enferma esposa y a su pequeño hijo famélico.


Blandiendo su arma, alejó cualquier impedimento ético, cívico y moral.


Y asestó un primer golpe mortal al hombre extraño.


Sus hombres rodearon a ambas mujeres oyendolas gritar y suplicar por su vida.



La primera cacería terminó con gritos desgarradores y un silencio mortal.


Los cuerpos fueron llevados al pueblo bajo la cobertura de la noche.


Allí, tras volver a reunirse con el anciano vidente, Sigurðsson siguió las instrucciones dadas por éste.


Entre él y los cuatro hombres se hicieron cargo de despedazar y limpiar los tres cuerpos sin vida de aquellas tres personas para preparar con la carne un banquete en secreto.


Las mujeres cocieron la carne en grandes calderos con las pocas hierbas que quedaban, ignorando el origen de aquella comida. Los hombres hicieron lo mismo, aunque algunos comenzaron a murmurar entre ellos.


La esposa de Sigurðsson, débil y temblorosa, probó un bocado de aquella carne. Su piel, antes pálida y azulada, comenzó a recuperar algo de calor. Su hijo, al ser alimentado con un caldo espeso, despertó de su profundo letargo y rió a su padre en cuanto quedó saciado.


Sigurðsson sonrió al ver cómo su familia recuperaba algo de vida, aunque dentro de él comenzó a crecer un oscuro remordimiento que se juró nunca nombrar.


Al observar a su pueblo, ya sin llantos ni lamentos, supo que había hecho lo necesario.


Pero también supo a qué se refería el Visionario al precio tan alto e importante que iba a tener que pagar.


Tiempo después, tras unas semanas, la promesa que fue hecha por los dioses se empezó a cumplir. Los animales, aunque en poca cantidad, comenzaron a verse por el bosque.


A pesar de esto, cada cierto tiempo. Concretamente cada vez que lo necesitaban, Sigurðsson junto a los mismos cuatro hombres, volvían al mismo claro para de nuevo regresar al pueblo con alimento.


Al principio trataron de ocultarlo mas conforme iba pasando el tiempo, los aldeanos empezaron a querer saber de donde obtenían esa deliciosa y curativa carne que preparaban el mismo Jarl y los cuatro hombres a escondidas del resto.


Sigurðsson no pudo ocultarlo más y contó todo a su pueblo.


La primera reacción de todos fue horrorizarse ante semejante acto tan macabro y siniestro. Mas comprobando que efectivamente los animales iban volviendo en grupos después de consumir carne humana, acabaron por aceptarlo aunque sintiendo cómo una oscuridad nacía en el interior de sus cuerpos.


Y almas.


El canibalismo, pasó de ser un sustento primario a convertirse en un ritual sagrado y necesario. Los dioses habían cumplido su promesa: todos los animales regresaron al bosque y las cosechas volvieron a florecer.


Pero, como un oscuro tributo, el pueblo debía continuar con su práctica en momentos de crisis o rituales importantes, como sacrificios a los dioses que los habían salvado de la muerte.


Este acto marcó el nacimiento de un nuevo pueblo;


los Veiðimenn.


Los Cazadores De Humanos.


Un pueblo temido, sanguinario, y entregado a los dioses de la caza y la supervivencia.