1.
—Buenas noches. —Interrumpo, caminando hacia mi habitación con rapidez. Todos asienten, sin prestarme demasiada atención.
¿Que si lo hice de gusto? Por supuesto. Mis padres no quieren a Darla, y ella tampoco los soporta. Si digo que me voy a dormir, se callan. Es un truco que nunca falla.
Desde que mi hermano dejó embarazada a su novia, mi casa se ha vuelto un campo de guerra. Todos los días hay discusiones. Mi padre perdió su trabajo, mi madre tiene que trabajar doble turno, y mi hermano, junto con Darla, apenas hacen algo para cambiar la situación.
Lunes.
06:37 am.
Me desperté tarde. Podría culpar al ruido constante de las discusiones en casa, pero la verdad es que anoche me quedé pensando en lo que dijo Jackson. Su confesión me dejó inquieta. ¿Por qué ahora? ¿Por qué a mí? No tengo tiempo para preguntas existenciales esta mañana. Debo limpiar toda la casa antes de salir, y por primera vez agradezco que no sea tan grande.
«Al que madruga, Dios lo ayuda», diría mi madre.
Mientras recojo los platos que quedaron en la mesa, murmuro una oración en mi cabeza:«Dios, sé que tengo un gran pecado y quizás me estás castigando por esto, pero si me puedes ayudar ahora y castigarme con otra cosa, te lo agradecería mucho. Amén».
Con todo listo y tras una carrera digna de los Juegos Olímpicos, llego al colegio. Para mi sorpresa, hoy las clases empiezan una hora más tarde. Respiro aliviada mientras me detengo en la entrada.
«Gracias, Señor»,pienso con un suspiro de gratitud.
*
Ya son las tres de la tarde y es hora de irme a casa. Decido pasar por mi casillero antes de salir. La rutina en el colegio no tiene nada emocionante, pero a veces las conversaciones con Leila logran romper la monotonía.
—¿Te enteraste? —Pregunta ella, acercándose mientras abro mi casillero.
—¿Qué cosa?
—Se separó Noah Castillo.
—¿El capitán del equipo de fútbol?
—¿Qué te haces que no lo conoces? Te gusta ese chico desde jardín de infantes.
—Cállate, no me gusta.
—Mentir es pecado. —Me señala con una sonrisa burlona.
No estaba mintiendo del todo, pero la persona que me gustaba no era Noah. Era Jackson. Sí, el novio de mi prima.
—¿Algo más que quieras decirme antes de que me vaya? —Pregunto, tratando de cortar la conversación.
Ella niega con la cabeza y yo comienzo a caminar hacia la salida.
Caminar a casa no era un problema; al contrario, me gustaba. Las calles tranquilas me daban una sensación de libertad que no tenía en casa, y aunque Jackson solía acompañarme en silencio, hoy parecía más nervioso de lo habitual.
—¿No te dicen nada por las llegadas tarde? —Rompe el silencio, su tono relajado intentando esconder algo más profundo.
—No. Llegar tarde es mi pasión. —Bromeo, intentando sacarle una sonrisa.
—¿Y tus padres?
—Ellos no lo saben. Ni siquiera saben que llevo pantalón en las clases de educación física. —Lo digo como si fuera algo insignificante, pero mi voz tiembla al final.