Primer inicio
Habían pasado meses desde que Gi-hun salió victorioso del Juego del Calamar, aunque llamarlo victoria era un insulto a los muertos que aún cargaba en su memoria. Su vida, desde entonces, era un caos interno: un revoltijo de culpa, obsesión y un deseo casi enfermizo de entender. La organización seguía siendo un fantasma que no podía ignorar, y cada vez que cerraba los ojos, veía las máscaras, los círculos, triángulos y cuadrados, pero sobre todo, esa figura negra y dominante: el Front Man.
Un día, mientras caminaba por las calles de Seúl con el cabello rojizo que aún no se acostumbraba a llevar, recibió un sobre negro en el buzón de un pequeño café. Dentro, una nota con una dirección y una hora. Sin firma. Nada más.
La dirección lo llevó a un edificio en el corazón de la ciudad, uno que parecía tan común que resultaba sospechoso. Al entrar, una recepcionista lo guió hacia un ascensor sin preguntar nada, como si lo estuvieran esperando. Al llegar al último piso, una puerta de madera oscura se abrió ante él, revelando una oficina elegante y minimalista. Las paredes estaban adornadas con cuadros abstractos y los muebles eran de un negro pulido. Pero lo que realmente llamó su atención fue el aroma: canela, cálido y envolvente, que contrastaba con la frialdad del lugar.
En el centro de la sala, sentado detrás de un escritorio impecable, estaba Front Man, aún con su máscara puesta. A su lado, en una pequeña mesa, descansaba un juego de té perfectamente preparado, el vapor subiendo lentamente como si la escena hubiera sido planeada con precisión.
-Seong Gi-hun -dijo con una voz calmada pero autoritaria-, gracias por venir.
Gi-hun no respondió de inmediato. Se limitó a observarlo, su cuerpo rígido, pero sus ojos llenos de preguntas. Dio unos pasos hacia el escritorio, sintiendo el peso de la mirada oculta detrás de la máscara.
-¿Por qué me llamaste? -preguntó finalmente, su tono más desafiante de lo que esperaba.
In-ho inclinó levemente la cabeza, como si estuviera evaluando cada palabra, cada gesto de Gi-hun.
-Porque sabía que no podías dejarlo. Igual que yo no pude.
El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión. Gi-hun se sentó, aunque su cuerpo estaba tenso como un resorte.
-¿No pudiste dejarlo? -repitió con sarcasmo-. ¿Eso te obligó a convertirte en un monstruo?
La máscara de In-ho no mostró ninguna reacción, pero Gi-hun sintió un cambio en el aire, como si hubiera tocado una herida abierta.
-¿Crees que todo es tan simple? -respondió In-ho, su voz apenas un susurro ahora, pero más intensa que nunca-. Lo que ves aquí, lo que has visto en los juegos, no es más que una pieza de algo mucho más grande.
Gi-hun se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en el escritorio.
-Entonces, explícame. Ayúdame a entender por qué alguien como tú, alguien que probablemente fue como yo, termina justificando algo tan... vil.
Por un momento, In-ho no respondió. Sus dedos se movieron lentamente sobre la superficie del escritorio, como si dudara. Finalmente, se levantó, caminando hacia una de las ventanas que ofrecían una vista panorámica de la ciudad.
-Tú no lo entiendes porque aún tienes algo que perder, Gi-hun. Pero dime, ¿qué harías si no te quedara nada?
El tono de su voz cambió, y Gi-hun, sorprendido, sintió algo extraño en su pecho: no era rabia, ni miedo, sino una mezcla inquietante de curiosidad y empatía. Quería odiarlo, pero había algo en la forma en que In-ho hablaba, algo que lo hacía imposible.
In-ho se giró hacia él, su silueta recortada contra la luz de la ciudad. Dio unos pasos hacia Gi-hun, su máscara aún oculta, pero su voz, esa voz, era más humana de lo que esperaba.
-Te he observado, Gi-hun. Vi cómo sobreviviste. Cómo perdiste, como todos los demás. Pero aún estás aquí, ¿por qué?
Gi-hun levantó la vista, encontrándose con los ojos de In-ho a través de las aberturas de la máscara. Por un momento, pensó que iba a responder con rabia, pero lo que salió fue algo más honesto:
-Porque no puedo vivir sin entender. Sin detener esto.
In-ho dio un paso más cerca, hasta que la distancia entre ellos fue apenas un par de metros.
-Y si te dijera que no puedes detenerlo, pero que podrías ser parte de algo... diferente.
La tensión en la habitación era palpable, como una cuerda tirante a punto de romperse. Gi-hun sintió el aroma de la canela mezclarse con algo más, algo que no sabía si era miedo o atracción, pero lo que sí sabía era que esa conversación apenas había comenzado.
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Gi-hun no podía apartar la mirada de Hwang In-ho, el hombre que había sido el Front Man, una figura de poder que parecía inquebrantable. Pero ahora, había algo diferente en la forma en que se movía, algo que hacía que Gi-hun sintiera una inquietud que no podía explicar.
-¿Por qué me llamaste realmente? -preguntó Gi-hun, su voz algo más suave, casi quebrada por la tensión que llenaba la habitación.
In-ho no respondió de inmediato. En cambio, se quedó quieto por unos segundos, con la mano rozando el borde de su máscara. El silencio era insoportable, roto solo por el leve zumbido de la ciudad al otro lado de las ventanas.
Finalmente, In-ho habló, pero su tono era más bajo, como si las palabras que iba a decir pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir:
-Porque necesitaba verte. No solo como el hombre que ganó el juego, sino como el hombre que no puedo dejar de pensar.
La confesión tomó a Gi-hun por sorpresa. Sus labios se separaron ligeramente, pero no encontró palabras para responder. In-ho se acercó a él, despacio, y en un movimiento decidido pero pausado, levantó ambas manos hacia su máscara.
-¿Quieres respuestas, Gi-hun? Entonces mírame. No como el Front Man. Mírame como lo que soy.
Cuando In-ho retiró la máscara, el aire de la sala pareció cambiar. Su rostro quedó expuesto, los ojos oscuros reflejando una profundidad de emociones que Gi-hun no esperaba. Había cansancio en ellos, sí, pero también una sinceridad que lo dejó desarmado.
Gi-hun sintió un nudo en la garganta. No era solo la sorpresa de ver el rostro detrás de la máscara, sino la intensidad con la que esos ojos lo miraban, como si atravesaran cada una de sus defensas.
-In-ho... -murmuró, sin darse cuenta de que había dicho su nombre.
-¿Qué ves? -preguntó In-ho, dando un paso más cerca, tan cerca que Gi-hun podía sentir el calor de su presencia y el leve aroma a canela que lo rodeaba.
Gi-hun bajó la mirada por un instante, intentando recuperar el control de sus emociones. Pero cuando volvió a levantarla, sus ojos se encontraron de nuevo con los de In-ho, y sintió algo extraño, algo que no podía explicar.
-No sé qué veo -admitió finalmente, su voz apenas un susurro-, pero no puedo odiarte. No como debería.
La cercanía entre ellos era insoportable. Gi-hun podía sentir su propio corazón latir con fuerza, y por un momento, el mundo exterior dejó de existir. Solo estaban ellos dos, en esa habitación llena de secretos y de algo más que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.
In-ho levantó una mano, despacio, como si temiera que Gi-hun fuera a retroceder, y la colocó en el borde del escritorio, justo frente a él. Sus dedos apenas rozaron los de Gi-hun, y ese simple contacto fue suficiente para que ambos contuvieran la respiración.
-No quiero ser este hombre, Gi-hun -confesó In-ho, su voz temblando ligeramente por primera vez-. Pero tampoco sé si puedo ser otra cosa.
Gi-hun tragó saliva, sin apartar la mirada. Algo dentro de él se quebró al escuchar esas palabras, como si entendiera perfectamente el peso que In-ho llevaba consigo. Sus dedos, casi por voluntad propia, respondieron al roce, entrelazándose con los de In-ho.
El silencio entre ellos ya no era incómodo; era íntimo, cargado de una tensión que los envolvía como una corriente invisible. Gi-hun dio un paso hacia adelante, tan cerca ahora que podía ver cada detalle del rostro de In-ho, las líneas marcadas por los años, los ojos que no podía dejar de mirar.
-Tal vez no tienes que ser otra cosa -dijo Gi-hun, casi en un susurro-. Tal vez solo necesitas elegir qué quieres ser.
In-ho no respondió. Solo inclinó la cabeza ligeramente, como si estuviera evaluando las palabras de Gi-hun, pero también como si se estuviera permitiendo sentir algo que había enterrado hacía mucho tiempo. La distancia entre ellos era tan pequeña que Gi-hun sintió su propia respiración mezclarse con la de In-ho, y en ese momento, todo lo demás dejó de importar.