Capítulo 1
El sol de principios de otoño asomaba tímidamente entre los edificios, proyectando sombras alargadas que Noah Styles intentaba esquivar mientras avanzaba por la acera. Había algo en la calidez de esa mañana que se sentía irónico, como si el mundo conspirara para burlarse de él. El viento era leve, apenas un murmullo entre las hojas caídas, pero lo suficiente para recordar que el verano se había desvanecido hacía semanas.
Noah llevaba su gorro negro ajustado hasta las cejas, ocultando el cabello revuelto que no había tenido ánimos de peinar. Sus gafas de sol, ligeramente deslizándose por su nariz, eran más un escudo que una herramienta. Sujetaba una bolsa plástica que se doblaba bajo el peso de los libros, un reemplazo improvisado para la mochila que se negaba a traer. Había algo humillante en cada detalle de su presencia, y lo sabía.
Evitó pasar frente a las ventanas de los locales, no tanto por desinterés, sino por miedo. La posibilidad de un reflejo inesperado, de verse a sí mismo en esa superficie impasible, lo aterraba. Cada mirada era un recordatorio, cada línea en su rostro le devolvía las palabras que otros grababan en su memoria como cicatrices: “patético”, “inútil”, “nadie”.
El colegio, a la distancia, se alzaba como una fortaleza gris. Para muchos, era un lugar de aprendizaje, de risas, de camaradería. Para Noah, era una arena donde luchaba por sobrevivir día tras día. Aquel lugar había dejado de ser solo un edificio para convertirse en el núcleo de su ansiedad, un espacio que lo despojaba de todo menos de su vulnerabilidad.
«Son solo siete horas», se dijo en un intento por contener el nudo que empezaba a formarse en su estómago. Pero incluso al repetírselo, su paso vacilante traicionaba su determinación.
Al girar en la última esquina, lo vio.
Saul Clifford.
Estaba de pie frente al portón principal, con una postura relajada que parecía casi indiferente al mundo. Alto, con hombros anchos y una presencia que reclamaba atención sin esfuerzo, era el tipo de persona que parecía existir para recordarte que nunca serías como él. Saul tenía esa facilidad para caminar entre la multitud y ser el epicentro de todo, como si el universo conspirara para hacerle justicia.
Noah lo reconoció al instante. ¿Cómo no hacerlo? Todos sabían quién era Saul Clifford. El chico popular. El que siempre sabía qué decir, el que no tropezaba con las palabras ni con las miradas. Para Noah, era un eco de todo lo que no era y nunca sería.
Pero Saul no parecía notarlo. Al principio, ni siquiera pareció percatarse de su presencia, como si la existencia de Noah fuera un mero susurro en el viento. Fue Noah quien se detuvo primero, dubitativo, sintiendo que la tierra bajo sus pies se hacía más inestable con cada segundo que pasaba en esa proximidad incómoda.
Saul, al fin, giró la cabeza.
—¿No entras? —preguntó, con un tono que oscilaba entre la curiosidad y la prisa.
Noah no respondió. Las palabras se arremolinaban en su mente, pero ninguna se atrevía a salir. En cambio, se encogió de hombros, el gesto universal de quien no espera comprensión.
Saul lo miró más detenidamente. Había algo peculiar en aquel chico: las gafas, el gorro, la bolsa plástica. Todo en él parecía gritar que no encajaba, y sin embargo, había una quietud, una especie de resistencia apagada en su postura que lo intrigó.
—Hace calor para usar gorro. —comentó Saul, en un intento por desarmar el silencio.
—El clima está bien. —musitó Noah, sin quitarse las gafas.
Saul carraspeó, algo desconcertado. No entendía por qué seguía allí, hablando con alguien que claramente no quería ser molestado. Pero había algo en ese chico que lo hacía quedarse, algo que no podía identificar, pero que le impedía simplemente seguir adelante.
—¿Dónde está tu mochila? —preguntó, señalando la bolsa desgastada que apenas contenía los libros.
—La lavé. —mintió Noah, con una sonrisa pequeña que no alcanzó a sus ojos.
Saul chasqueó la lengua. Se agachó, abrió su maletín y comenzó a vaciarlo sin decir nada.
—¿Qué haces? —preguntó Noah, alarmado.
—Te cambio esto. No puedes ir cargando esa cosa. —Saul empezó a colocar los libros de Noah en su maletín, como si fuera lo más normal del mundo.
—No puedo aceptarlo. —protestó Noah, su voz quebrada por la sorpresa.
—Claro que puedes. Es tuyo ahora. Haz lo que quieras con él. —El tono de Saul no dejaba espacio para la discusión.
Noah lo miró, incrédulo. Durante un segundo, quiso decir algo, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. Había algo desconcertante en la forma en que Saul lo trataba, como si no fuera invisible, como si no importara cuán roto estaba.
—Gracias… Saul. —murmuró al fin, mirando al suelo.
El nombre escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo, y al instante, supo que había cometido un error.
—¿Sabes mi nombre? —preguntó Saul, con una ceja levantada.
Noah asintió, avergonzado.
—Todos lo saben. Saul Clifford, el chico más popular.
Saul suspiró. Claro, era eso. Siempre era eso.
—¿Y tú? —preguntó, inclinándose levemente hacia él. —¿Cómo te llamas?
Noah levantó la mirada, pero no pudo sostenerla.
—Tengo que irme. —dijo, apretando el maletín contra su pecho y girando rápidamente hacia el edificio.
Saul lo observó desaparecer tras las puertas del colegio, sintiéndose extrañamente inquieto. No podía explicarlo, pero algo en ese encuentro parecía más significativo de lo que quería admitir.
Y Noah, mientras cruzaba el pasillo hacia su salón, no podía evitar preguntarse si, por primera vez en mucho tiempo, alguien había logrado verlo realmente.
