EL ALMACÉN

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Summary

En un mundo donde todo es lo que es y nada es lo que parece, un hombre despierta cada día en un almacén. No recuerda cómo llegó, ni por qué todo lo que compra es inútil. Entre sillones azules, plantas que lo observan y dispositivos que le lavan el pensamiento, su mente comienza a resquebrajarse. Pero la locura no es un final, sino una grieta: por allí, algo entra. O algo sale.

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

En un mundo sin virtud, donde todo es lo que es, pero nada es lo que parece, las sombras brillan con un fulgor enfermo. Allí, en esa región suspendida entre el sueño y la costumbre, hay un lugar del que nadie habla pero todos intuyen: el océano bajo el mar.

Él despertó con una calma tan forzada que parecía violencia.

No era sueño ni vigilia, sino esa antesala rota donde la mente tantea sus propios bordes. El reloj marcaba las nueve, pero él sabía —en los huesos, en los dientes, en la lengua— que eran las siete. El error era pequeño. Pero imperdonable.

El despertador chilló una vez más. Una nota aguda, persistente. Él lo apagó con delicadeza, como si le tuviera lástima.

El silencio que quedó no fue alivio. Fue un mar inmóvil. Un océano hecho de lágrimas sin historia.


Plantó los pies en el suelo.

Frío. Áspero. Con olor a encierro.

El cuarto no era pequeño. Pero lo oprimía como un ataúd. Las paredes blancas estaban manchadas por el humo de pensamientos que nunca dijo en voz alta.

El colchón, una isla en un desierto de objetos sin alma.

Se levantó. Caminó hacia la cocina, que no era una cocina. Era un cuadrado con un microondas, un lavabo sin agua y una estantería donde las latas caducadas parecían mirar de vuelta.

“Un lujo”, pensó.

Porque vivir en un almacén era estatus, o eso decían. Ubicación privilegiada. Acceso rápido a los centros de estímulo. Seguridad mental garantizada.

Y sin embargo, allí, rodeado de objetos funcionales, él sentía que todo estaba enfermo.


Frente al espejo, vio su reflejo. El rostro de un hombre con ojos que ya no querían ver. Ojeras como surcos, boca como línea de código. No era feo. Pero era irrelevante.

—¿Quién eres? —preguntó en voz baja.

Y el reflejo no respondió.


“En este mundo sin raíz, quien se mira demasiado, se pierde”, recordaba haber oído.

¿Dónde?

¿Quién se lo había dicho?

No lo sabía.

Como tantas cosas, la frase flotaba en su mente como un mueble sin dueño.


El timbre sonó.

Una sola vez. Corto. Preciso. Inapropiado.

Nadie llamaba a la puerta.

Era norma tácita. Nadie visitaba sin protocolo.

Y sin embargo, ahí estaba ese sonido.

Como una piedra lanzada en un lago congelado.

Se detuvo. Miró la puerta.

No se movió.

“No abras”, se dijo.

Y no abrió.


Volvió al sillón.

Se dejó caer.

Encendió la televisión.

Noticias.

Rostros alegres. Voces veloces. Gráficos de crecimiento. Celebraciones vacías.

“¡El índice de bienestar ha alcanzado un nuevo pico!” “¡La reducción del pensamiento divergente es un éxito rotundo!”

Él no escuchaba.

Solo dejaba que el flujo de imágenes llenara los huecos de su conciencia.

Y así pasó el día.

O lo que él creía que era un día.


Cerró los ojos.

Y soñó con agua.

Agua espesa. Oscura. Donde flotaban muebles, ideas, recuerdos.

Y en el fondo, una palabra escrita con coral:

“Regresar.”