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Black Clover: Crònicas del Corazòn

Summary

Las Dimensiones de Trébol es una colección de relatos de parejas: Asta x Noelle, Yuno x Mimosa y Liebe x Secre/Nero de Black Clover dónde viven historias únicas más allá de su mundo original. Desde cafés en ciudades modernas hasta castillos en la Edad Media. Cada dimensión revela nuevos matices de sus personalidades, relaciones y destinos. Una exploración de lo familiar en escenarios inesperados, donde la magia y el corazón siempre encuentran su lugar. Black Clover es propiedad de Tabata Yuki y Pierrot. Por favor apoyen el material original.

Status
Ongoing
Chapters
39
Rating
n/a
Age Rating
16+

Un Amor Entre La Vida Y La Muerte

La brisa invernal recorría las calles como una hoja afilada. Se filtraba entre los edificios, agitaba las ramas desnudas de los árboles y levantaba pequeños remolinos de nieve sobre las aceras. A ambos lados de la avenida, las luces de los comercios y los adornos colgados en los balcones bañaban la ciudad con tonalidades cálidas, creando un extraño contraste entre la quietud del invierno y la vida que se negaba a detenerse.

Las personas caminaban deprisa, abrigadas con bufandas y gruesos abrigos. Algunas reían mientras cargaban bolsas de regalos; otras se refugiaban en cafeterías iluminadas, buscando el calor de una bebida o de una conversación. Nadie reparaba en las dos figuras que avanzaban entre la multitud. Nadie se apartaba para dejarlas pasar. Nadie podía percibir su presencia.

Asta caminaba con lentitud, envuelto en una elegante vestimenta negra que parecía absorber la luz de cuanto lo rodeaba. Su figura delgada y solemne se deslizaba entre los transeúntes como una sombra que no pertenecía del todo a aquel mundo. El cabello cenizo se movía ligeramente con el viento, mientras sus ojos rojos, rodeados por suaves marcas de cansancio, contemplaban la ciudad con una expresión distante.

Había en su mirada algo antiguo. Una tristeza acumulada durante siglos, quizá milenios. El peso de cada despedida, de cada último aliento y de cada mano que había tenido que soltar. La muerte no olvidaba ningún rostro, aunque los vivos hicieran todo lo posible por olvidar que algún día la conocerían.

A su lado caminaba Noelle.

El vestido blanco que llevaba parecía hecho con la misma nieve que cubría las calles. La tela se movía con suavidad alrededor de sus piernas, ligera y luminosa, mientras su cabello plateado danzaba libremente con la brisa. Sus ojos violetas observaban el mundo con una calidez capaz de desafiar el invierno. Donde Asta dejaba silencio, ella parecía dejar un susurro de primavera.

Cada uno de sus pasos poseía una energía casi imperceptible. Las plantas ocultas bajo la nieve se estremecían a su paso, las ramas secas parecían recordar por un instante el color de sus hojas y, en algún lugar cercano, un niño que había estado llorando comenzó a reír sin saber por qué.

Noelle contempló a las personas que cruzaban junto a ellos. Una mujer atravesó su figura sin sentir nada más que un pequeño escalofrío. La joven la siguió con la mirada antes de esbozar una sonrisa pensativa.

—Es extraño, ¿no crees? —preguntó mientras juntaba las manos detrás de la espalda—. Caminamos junto a ellos, escuchamos sus voces, conocemos sus historias… y, aun así, ninguno puede vernos.

Asta mantuvo la vista al frente.

—Es mejor de esa manera.

—¿Mejor para quién?

La pregunta hizo que él desviara ligeramente los ojos hacia ella. Noelle caminaba con una serenidad que resultaba contradictoria con la energía que la acompañaba. Era como observar un río tranquilo y saber que, bajo la superficie, existía una fuerza capaz de transformar continentes enteros.

—Para ellos —respondió finalmente—. Los vivos no deberían contemplar aquello que los espera al final del camino.

—¿Y crees que mirarte sería tan terrible?

Asta guardó silencio unos segundos. Frente a ellos, una pareja de ancianos avanzaba tomada de la mano. Él los observó alejarse hasta que sus figuras se perdieron entre la multitud.

—La muerte nunca es agradable de contemplar —murmuró—. Nadie desea recordar que existe. Prefieren pensar que soy algo lejano, una presencia que solo visita a los desconocidos. Pero siempre estoy allí, Noelle. Incluso cuando celebran, cuando prometen permanecer juntos o cuando creen que poseen todo el tiempo del mundo… yo sigo esperando.

Su voz no contenía crueldad. Solo un cansancio profundo, semejante al de alguien obligado a repetir eternamente una labor que nadie más estaba dispuesto a comprender.

—No importa cuánto corran ni cuánto rueguen. Al final, todos llegan hasta mí.

Noelle redujo el paso. La sonrisa desapareció de sus labios, sustituida por una expresión de silenciosa comprensión.

—Hablas como si tú fueras quien decide arrebatárselos.

—Soy quien los recibe.

—No es lo mismo.

Asta la miró.

—Para ellos sí lo es.

Noelle dejó escapar un suspiro que se convirtió en una pequeña nube blanca frente a su rostro. Aunque no necesitaba respirar, había adoptado aquel gesto después de observar a los humanos durante tanto tiempo. Le gustaban esas pequeñas costumbres: reír, suspirar, cerrar los ojos cuando el viento era demasiado fuerte. Eran acciones innecesarias para seres como ellos, pero profundamente importantes para quienes estaban vivos.

—La vida tampoco puede verse —dijo después de unos instantes—. No de la manera en que ellos imaginan. Nadie despierta por la mañana y contempla la vida sentada junto a su cama. No pueden tocarme ni escuchar mi voz. Sin embargo, estoy en todas partes.

Señaló con delicadeza hacia una cafetería. A través del cristal, una madre soplaba la bebida de su hija para evitar que se quemara.

—Estoy en ese gesto.

Después indicó a un hombre que ayudaba a levantarse a alguien que había resbalado sobre la nieve.

—También estoy allí.

Su mirada se dirigió hacia una ventana situada varios pisos por encima de ellos, donde una mujer regaba con cuidado una pequeña planta.

—Y allí. En cada cosa que continúa. En todo aquello que alguien decide proteger, incluso sabiendo que algún día podría perderlo.

Asta siguió la dirección de sus ojos. Durante unos segundos, contempló aquellas escenas cotidianas como si fueran algo desconocido. Había presenciado miles de nacimientos y millones de despedidas, pero rara vez se había detenido a observar todo lo que ocurría entre ambos extremos.

—Entonces eres invisible porque estás en todas partes —dijo.

—Y tú también.

Asta frunció levemente el ceño.

—Yo solo aparezco al final.

—No. Tú estás presente desde el principio.

Noelle se detuvo frente a él. La multitud continuó atravesándolos, ajena a su conversación. Un grupo de jóvenes pasó riendo entre ambos, pero ninguno se movió. Cuando las figuras desaparecieron, volvieron a quedar frente a frente.

—Desde el momento en que alguien nace, su tiempo comienza a avanzar —continuó ella—. Cada instante tiene valor porque no puede repetirse. Cada abrazo importa porque podría ser el último. Cada palabra que no se dice corre el riesgo de permanecer para siempre en silencio. Los humanos aman con tanta fuerza precisamente porque saben, incluso cuando intentan olvidarlo, que nada será eterno.

—Eso no me convierte en algo bueno.

—Tampoco te convierte en algo malo.

Asta apartó la mirada. La nieve comenzaba a caer con mayor intensidad, depositándose sobre sus hombros oscuros sin llegar a derretirse.

—He visto demasiado sufrimiento para creer eso.

—Y yo he visto demasiadas personas sufrir por aferrarse a la vida —respondió Noelle—. También he visto enfermedades, guerras, hambre y miedo. La vida puede ser cruel, Asta. Puede herir incluso a quienes no lo merecen. No soy únicamente nacimientos, flores o risas. También soy dolor, incertidumbre y pérdida.

El joven volvió a mirarla, sorprendido por la firmeza de su voz.

—Entonces, ¿por qué sigues sonriendo?

Noelle permaneció inmóvil. Durante un instante, sus ojos parecieron contener todas las estaciones del mundo: la alegría de la primavera, el fulgor del verano, la nostalgia del otoño y la quietud del invierno.

—Porque, a pesar de todo, ellos continúan —contestó—. Se levantan después de caer. Vuelven a amar después de que les rompen el corazón. Construyen hogares aun sabiendo que podrían perderlos. Tienen hijos aunque no puedan protegerlos para siempre. Escriben historias que quizá nunca terminen y plantan árboles cuya sombra jamás disfrutarán.

Una sonrisa pequeña regresó a sus labios.

—La vida no es valiosa porque sea perfecta. Es valiosa porque, aun siendo frágil, insiste en existir.

Asta bajó la mirada hacia sus propias manos. Eran las mismas manos que habían guiado a incontables almas hacia lugares que ni siquiera él comprendía por completo. Durante mucho tiempo había pensado que su función era cortar los hilos, cerrar los caminos y apagar las luces.

Tal vez nunca se había preguntado por qué aquellas luces brillaban con tanta intensidad antes de extinguirse.

—¿Y qué se supone que debemos hacer nosotros? —preguntó—. ¿Continuar existiendo sin más? Tú entregas comienzos. Yo impongo finales. El ciclo se repite y nosotros permanecemos, observando cómo todos los demás desaparecen.

Noelle se acercó un paso.

—No impones finales. Los completas.

Asta levantó el rostro.

—¿Existe alguna diferencia?

—Toda la diferencia del mundo.

Ella alzó una mano y retiró un pequeño copo de nieve que había quedado atrapado entre los cabellos cenizos del joven.

—Un final no destruye necesariamente aquello que existió antes. Una canción no pierde su belleza porque termine. Un invierno no vuelve inútil a la primavera que lo precedió. Una vida no deja de tener sentido porque llegue a su último día.

Asta observó sus ojos violetas, incapaz de apartar la mirada.

—Tú eres quien cierra la historia —continuó Noelle—. Quien toma la mano de aquellos que ya no pueden continuar solos. Quizá ellos te teman porque desconocen lo que hay después, pero eso no significa que tu presencia sea una condena. Algunas veces eres descanso. Otras, eres liberación. Y, aunque nunca quieran admitirlo, también eres quien les recuerda que deben vivir antes de que sea demasiado tarde.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Asta había escuchado súplicas, maldiciones y lamentos. Había sido llamado monstruo, verdugo, vacío y oscuridad. Ningún ser, mortal o eterno, le había hablado de aquella manera. Nadie había considerado que sus manos pudieran ofrecer consuelo en lugar de arrebatarlo.

—Sin la muerte, nada tendría fin —murmuró, casi para sí mismo.

—Y aquello que nunca termina acaba perdiendo su significado —añadió Noelle.

—Sin final, tampoco existiría un nuevo comienzo.

—Exactamente.

Asta contempló la avenida, las ventanas iluminadas y las siluetas que se apresuraban a regresar a sus hogares. Por primera vez en mucho tiempo, no vio únicamente vidas destinadas a desaparecer. Vio historias en movimiento. Instantes que, precisamente por ser limitados, merecían ser vividos.

—Todo está conectado —dijo—. Incluso nosotros.

Noelle extendió la mano hasta rozar suavemente su brazo.

—Sobre todo nosotros.

El contacto fue ligero, pero bastó para provocar algo extraño en él. No era calor, pues la muerte no podía sentir frío. Tampoco era vida, porque aquello no le pertenecía. Era una sensación intermedia, un espacio situado entre ambos extremos. Un lugar que solo podía existir cuando ella estaba cerca.

—Yo no sería nada sin ti —dijo Noelle con suavidad—. Si todo naciera, creciera y permaneciera para siempre, el mundo acabaría ahogado bajo su propia existencia. La vida necesita transformarse. Necesita dejar espacio para aquello que todavía no ha comenzado.

Asta observó la mano apoyada sobre su brazo.

—Y yo no tendría razón para existir sin ti.

—Entonces quizá deberías dejar de pensar que estamos condenados a soportarnos.

Una leve chispa de diversión regresó a los ojos violetas de Noelle.

—Podrías intentar disfrutar de mi compañía de vez en cuando.

—Hablas demasiado.

—Y tú demasiado poco.

—Alguien debe compensar el silencio que dejas cuando respiras.

Noelle abrió la boca, fingiendo indignación.

—Eso ha sido cruel.

—Soy la muerte.

—Una excusa bastante conveniente.

Por primera vez, la expresión de Asta se suavizó. Apenas fue una pequeña curvatura en la comisura de sus labios, tan breve que cualquier humano habría dudado de haberla visto. Noelle, sin embargo, la reconoció de inmediato.

—Has sonreído —declaró.

—No lo hice.

—Claro que sí.

—La nieve te confundió.

—La nieve no provoca alucinaciones.

—Tal vez esta sí.

Noelle lo observó durante un par de segundos antes de reír. Su risa se elevó sobre el murmullo de la ciudad, invisible para los vivos, pero suficiente para que las luces parecieran brillar con un poco más de intensidad.

La nieve continuó descendiendo. Los copos giraban lentamente bajo las farolas, cubriendo la avenida con un manto blanco. Por un instante, el bullicio pareció alejarse y el tiempo mismo redujo su marcha. Asta contempló el rostro de Noelle, iluminado por los destellos dorados de los edificios, y comprendió que aquella eternidad quizá no tenía que ser únicamente una sucesión interminable de despedidas.

Extendió una mano hacia ella.

Noelle dejó de reír y contempló el gesto con sorpresa.

—¿Qué haces?

—Intento disfrutar de tu compañía.

—¿De esta manera?

—No conozco muchas otras.

Ella miró la mano enguantada que él le ofrecía. Después elevó la vista hacia sus ojos rojos.

—¿Me estás invitando a bailar?

—Eso parece.

—No hay música.

Asta inclinó ligeramente la cabeza.

—Tú acabas de decir que las cosas invisibles también existen.

Noelle guardó silencio. Su expresión se llenó de una ternura que incluso la muerte habría sido incapaz de rechazar.

—Entonces, ¿bailamos? —preguntó Asta.

Aquella sonrisa apareció de nuevo en sus labios. Esta vez no fue accidental ni fugaz. Era pequeña, cansada y todavía llena de melancolía, pero real.

Noelle colocó su mano sobre la suya.

—Bailamos.

Asta la atrajo con delicadeza. Una mano permaneció unida a la de ella, mientras la otra se apoyaba con cuidado en su cintura. Noelle colocó la palma libre sobre su hombro y, sin necesidad de contar los pasos, comenzaron a moverse.

Al principio, sus movimientos fueron lentos y cautelosos. Asta parecía temer que incluso aquel instante pudiera romperse entre sus dedos. Noelle, en cambio, lo guio con naturalidad, avanzando y retrocediendo sobre la nieve intacta. Sus pies no dejaban huellas. Eran presencias suspendidas entre el mundo visible y aquello que existía más allá de él.

Poco a poco, Asta dejó de pensar en los pasos.

Giraron bajo las luces de la avenida, mientras los copos de nieve descendían alrededor de ellos como pétalos de un invierno interminable. El vestido blanco de Noelle se abrió con cada vuelta, brillante contra la oscuridad de la ropa de Asta. Sus figuras formaban un contraste perfecto: luz y sombra, principio y término, esperanza y aceptación.

Vida y muerte.

No como enemigas destinadas a destruirse, sino como partes de una misma verdad.

Las personas continuaron pasando junto a ellos. Algunos caminaban deprisa. Otros se detenían frente a los escaparates. Una niña soltó la mano de su padre durante un instante y miró hacia el lugar donde Asta y Noelle bailaban. Sus ojos parecieron seguir el movimiento del vestido blanco antes de que el hombre volviera a tomarla de la mano.

—¿Qué sucede? —le preguntó él.

La pequeña negó con la cabeza.

—Nada. Creí que había visto algo bonito.

Asta y Noelle no escucharon aquellas palabras. Continuaron moviéndose al compás de una melodía que no nacía de ningún instrumento. Era la música silenciosa de los corazones que comenzaban a latir y de aquellos que daban su último golpe. El sonido de las primeras respiraciones, de los últimos suspiros y de todos los instantes que existían entre ambos.

Cuando Asta hizo girar a Noelle, ella dejó escapar una risa luminosa. Al regresar a sus brazos, sus rostros quedaron más cerca de lo necesario. Ninguno se apartó.

—Tal vez no eres tan terrible como crees —susurró ella.

—Tal vez tú eres más peligrosa de lo que aparentas.

—¿La vida te parece peligrosa?

—Desde que te conocí.

Noelle sonrió.

—Entonces todavía tienes mucho que aprender.

—Tengo una eternidad.

—Nosotros tenemos una eternidad —lo corrigió.

Asta sostuvo su mirada. Aquellas palabras, tan sencillas, lograron atravesar la oscuridad acumulada dentro de él. Durante siglos, la eternidad había sido una condena. Un camino vacío que debía recorrer solo, rodeado de seres destinados a abandonarlo.

Pero Noelle no estaba destinada a desaparecer.

Ella permanecería junto a él. En cada nacimiento y en cada despedida. En cada primavera que derritiera el hielo y en cada invierno que cubriera de nieve los campos. La encontraría al comienzo de todos los caminos, y ella lo esperaría al final.

Asta estrechó ligeramente su mano.

La ciudad siguió avanzando a su alrededor, ajena a la trascendencia de aquel momento. Los vehículos cruzaron las avenidas, las campanas anunciaron una nueva hora y las ventanas continuaron encendiéndose una tras otra.

Nada se detuvo por ellos.

Y, sin embargo, para Asta y Noelle, el mundo entero pareció reducirse al espacio que compartían bajo la nieve.

Dos figuras invisibles bailando en medio de la multitud.

La vida y la muerte entrelazadas en una danza eterna.

No como fuerzas opuestas, sino como compañeros inseparables. Dos mitades de un ciclo que solo adquiría sentido cuando ambas permanecían juntas.

Y mientras la nieve continuaba cayendo, Asta comprendió finalmente que no toda eternidad estaba destinada a vivirse en soledad.

Porque incluso la muerte podía encontrar un motivo para sonreír cuando la vida decidía tomarla de la mano.

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