1 Bienvenida a la empresa
Le sorprendió ver a Griselda llegar con una caja a la constructora, tuvo la ilusa esperanza de que quizás, le dijera que se había equivocado y que había cometido un error, pero no, su decisión es firme. Una chica aparece atrás a su lado y se la presenta cómo Miranda Walker, una recién graduada de arquitectura, nieta de un amigo y tiene el tupé de sugerirla para ocupar el puesto que dejó vacante su última arquitecta.
Está a punto de responderle que el puesto ha sido ocupado, que no le interesa quién es ella y que no tiene derecho a pedirle nada, pero la joven toma su mano y se presenta. Su tacto se siente familiar, sus ojos brillan y ambas contienen la respiración un momento, algo en ella, en ellas, es familiar. Cuándo salen del loop, Griselda se escabulle por el pasillo y suspira, mira aún sus manos juntas y a ella mirándola, entonces la suelta cómo si estuviera tocando un carbón ardiente.
—Supongo que podría hacerte una entrevista —dice aclarándose la garganta—. Ven, pasa por mi oficina.
Las entrevistas por lo general lo manejan recursos humanos, pero dado que ella está acá y que no tiene mucho que hacer, la entrevista.
Ella entra y mira su oficina asombrada, claro que ella la planificó específicamente a su gusto y comodidad cuándo hizo los planos. Ella se sienta frente a su escritorio y le pide el currículum, básicamente es una hoja en blanco, sin experiencia laboral. Alza su mirada para verla, mientras se saca los anteojos.
—Básicamente, no tienes experiencia laboral ¿Estás dispuesta a hacer horas extras y cumplir con mis exigencias?
—Sí, no tengo problemas con el horario.
La mira fijo a los ojos, y es ella quién aparta la mirada primero para tomar un papel.
—Esto es lo que puedo pagarte —escribe un monto y le se lo pasa. Ella lo examina y no logra descifrar su expresión—. Por supuesto que se te pagarán las horas extras, aquí se capacitan constantemente, y tendrías que hacerlo también. Las capacitaciones son en horario laboral...
—Creo que está bien.
Una puntada atrás de los ojos anuncia la llegada de una jaqueca, coloca dos dedos en el puente de su nariz, hoy especialmente goza de poca paciencia y ver a Griselda con esa caja, que seguro tiene cosas suyas, no lo hace más fácil. Mira a la castaña de ojos oscuros y la luz que entra por su ventana atrás la hace lucir aún más joven, suspira y lo que iba a decirle se le olvida.
—Piénsalo y luego...
—¿Cuándo empiezo? —la observa— Ya lo pensé.
—Mañana a las 8 entran todos a trabajar. Estarás con Jeremy, que es quién estuvo antes con Audrielle, por el momento serás una interna, no se te van a asignar obras, vas a ser ayudante del maestro mayor de obra.
—Está bien.
Se para y le extiende la mano. No le apetece experimentar lo mismo de recién, pero no puede dejarla con la mano en el aire, se para y a punto de tocarla entra Jeremy, baja la mano y ella también.
—Nina, me estoy volviendo loco, necesito ayuda, desde que se fue Audrielle no doy a basto.
—Jeremy ella es Miranda, tu nueva ayudante.
—Un gusto Miranda —le dice él con una gran sonrisa y sus ojos brillan. Nina se interpongo antes de que se acerque más a ella.
—¿No te enseñaron a tocar la puerta? —él se avergüenza—. Mañana empieza a trabajar contigo, no para ti ¿Estamos claros? —habían rumores de que la otra arquitecta se fue porque él la sobrecargaba de trabajo. Le abro la puerta y él sale, ella también está a punto de hacerlo pero cierro la puerta y ella me mira casi chocando con su jefa—. Si él te sobre explota, te da demasiado trabajo que tenía que hacer él, te maltrata, o hace algo para incomodarte me avisas enseguida —ella asiente rápidamente con la cabeza sonriendo—. Nos vemos mañana —le abre la puerta colocando la mano vacía en el bolsillo de su pantalón.
—Nos vemos mañana —le regala una gran sonrisa.
Camina hasta la cocina que tiene un ventanal que da hacía afuera y la ve subirse a la parte de atrás de una moto, luego de saludar al chico con un beso y siente una molestia. No sabe por qué.
«No debo, ya me obsesioné una vez con Griselda, es mejor que me mantenga lejos de ella y de cualquiera por ahora».
Llega a casa, deja las llaves colgadas y los zapatos en el zapatero, esta vez se queda descalza, y camina a la cocina para prepararse una ensalada, come sola en el desayunador, una mesa enorme que no usará y que probablemente no llene de niños cómo alguna vez quiso. Quizás aún pueda ser madre en el futuro, aunque sea soltera, hay muchas mujeres siéndolo.
Mira la caja que le dió Griselda y saco ropa suya, cepillo de dientes y algunas cosas más. Ésto significó su relación con ella, una caja llena de sus cosas.
«Hice todo mal, desde el inicio».
Cómo cada día llega una hora antes a la empresa, pasa a su oficina y se pone con el trabajo que hay que hacer, va por un café cuándo suena la alarma, siempre a la misma hora.
—Buenos días —saluda mientras pasa para dirigirse al final a la cocina.
Nunca nadie se atreve a estar en el mismo espacio que ella por mucho tiempo, supone que estar con tu jefe, no es muy cómodo, por eso come a solas en su oficina, aparte de que ya le han dicho que suele parecer intimidante.
—Buenos días —levanta la mirada y la ve con una radiante sonrisa a Miranda— ¿Un café? —asiente.
—¿Cómo te están tratando?
—Bien —le da la espalda mientras saca las tazas—. Igual recién llevo unas horas ¿Azúcar o endulzante?
—Endulzante —le pasa los sobrecitos y le echa dos, revolviendo—. Avísame si se pasan de listos, como mujer sé lo machista que es este rubro.
—Yo le aviso.
—Te aviso —la corrije— tuteame, solo tengo 33, si me tratas de usted me siento vieja —ella sonríe asintiendo, se pierde un momento en sus ojos. Traga y aparta la mirada—. Mejor me voy, tengo trabajo... —«¿Por qué me pongo nerviosa?»
La semana se hace corta y antes de que sea consciente de lo que hace, se encuentro buscando a Miranda con la vista.
«Tengo que parar, ella no es un reemplazo de Griselda y yo no puedo seguir haciendo daño».
Golpean la puerta.
—Adelante.
—Hola —con su reluciente sonrisa y carisma, es imposible no sentirse atraído hacía ella cómo una polilla hacia la luz—. Tengo unas modificaciones en algunos planos ¿Las podemos ver? Jeremy no está y quiero corregir esto ahora.
—Claro pasa.
—¿Puedo abrir el archivo desde tu computadora? —algo que podría hacer ella perfectamente— es que sé cuál es y para ir más rápido, quiero terminar cuánto antes para avanzar.
Se levanta le cede el asiento, ella toma su lugar y espera de brazos cruzados atrás de ella, tratando de no delinear con la mirada sus facciones, cómo su naríz y la cicatriz de su ceja
«¿Cómo se la habrá hecho?».
Los rayos del sol que entran por la ventana entre las cortinas caen en su cabello castaño que brilla.
«¿Es impresión mía o por qué que parece que ella en realidad brilla?».
—Aquí.
Señala la pantalla y se acerca a su lado, tomando la silla con la mano izquierda, apoyando la mano derecha en el escritorio, casi que puede sentir su aliento cerca de su cuerpo. La modificación está bien, es acertada y carga menos la columna exterior y aún así conserva gran parte del espacio y lo optimiza mejor. Le sorprende su capacidad de observación ante cada detalle.
Voltea a verla y ella la está mirando con atención desde hacía un momento al parecer. Se incorpora y aparta.
—Las modificaciones están perfectas, tienes mi visto bueno, puedes avanzar. Buen trabajo.
—Gracias —dice entusiasmada— ¿Te puedo hacer una pregunta? —asiento— ¿Qué perfume usas?
Hoy no se puso perfume, debe ser el perfume de la ropa del jabón con el que la lavo.
Nota de la autora:Huele a su futura esposa y el amor de su vida.
—Creo que tomé el primero que tenía a mano, no recuerdo cuál fue ¿Por qué?
—Hueles bien.
Y con eso último sale su oficina. Intenta volver a trabajar pero no logra enfocarse, hoy se irá más tarde para no verla. Quizás así no se obsesione de nuevo con alguien más, que le demuestra un poco de interés
«¿Tan necesitada de afecto ando?».
Pero sus planes y los de ella no coinciden, al salir de su oficina una hora más tarde, ve todas la luces apagadas, menos una, la de su escritorio.
—Miranda.
—¿Sí?
Parpadea y la mira luego de haber estado concentrada viendo la pantalla de la computadora. Tiene los ojos rojos de cansancio, esta semana ha estado trabajando duro para ponerse a ritmo con el trabajo pendiente que dejó Audrielle Marchant, la otra arquitecta, y admira su dedicación, pero no quiere que se sobre explote.
—Vete a casa.
—¿Tu casa? —la mira confundida
Nt autora:Ya quisieras, pero no va a faltar mucho para eso.
—No, Miranda, tu casa o dónde sea que vivas.
—En un departamento.
—¿No viene a buscarte tu novio? —mira la hora cómo si recién se percatara de eso.
—Hoy tomaré el bus.
«¿Cuánto tiempo tendrá que esperarlo? Y ya está llegando el otoño, las noches son más frías».
—Te llevaré, toma tus cosas y vamos.
Sin objetar, toma sus cosas apaga la computadora, ella apaga las últimas luces, cierra la empresa, saludan al guardia y se dirigen a su auto. Tiene la leve sensación de que esto, se va transformar en algo que harán seguido.