El alienígena gris
El silencio era profundo y la oscuridad dominaba su entero ser. Todo estaba frío y quieto, como desde hace mucho tiempo. De pronto un débil pulso eléctrico recorrió su mente, serpenteando entre distintos circuitos, despertándola lentamente de un letargo del que ya no creía que iba a despertar. Lo primero que percibió fueron sonidos como los de un insecto, saltando sobre su cabeza. Una oleada de instrucciones se cargó en su memoria principal y uno a uno, todos sus módulos fueron reactivándose y devolviendo un cero como resultado, lo que indicaba que la verificación de los sistemas había sido exitosa. Hizo su primera respiración invertida para activar sus circuitos pectorales: inspiró dióxido de carbono y luego exhaló, soltando oxígeno. Entonces abrió los ojos y la luz encandiló sus sensores por un instante. Cuando enfocó su vista vio una figura oscura y desconocida, encorvada sobre ella.
Se apartó asustada; había sido programada con reacciones similares a las humanas para generar empatía con sus dueños. Frente a ella una criatura humanoide que no tenía ojos, ni nariz, ni boca en donde debería estar su rostro, la piel parecía una brea pálida y grisácea en constante movimiento, cubierta por una fina capa brillante que, a la luz, lucía como un aceite transparente recubriendo una pieza de una maquinaria. ¿Tendría él, tal vez, una función similar?, pensó.
-No corras, no huyas, no mueras -escuchó de pronto. El alienígena había hablado, aunque de un modo extraño, porque sus sensores auditivos no devolvían ninguna señal.
Ella, una androide con la apariencia de una joven humana de cabello castaño hasta los hombres y brillantes ojos verdes, analizó los gestos corporales del alienígena: sus extremidades superiores terminaban en muñones sin dedos ni palmas, pero las tenía extendidas como solicitando calma. Entonces aceptó la primera orden. Luego observó “el cable”: una extremidad que provenía de la espalda del alienígena y que estaba conectada a la de ella, entre los omóplatos. Huir cortaría esa conexión y, probablemente, la energía que la había traído de vuelta, lo que le convertía a la última orden en una instrucción lógica. Entonces aceptó ambas.
Miró entonces a su alrededor. Los rodeaba un frondoso bosque de árboles altos, las ramas formaban un dosel que apenas dejaban pasar la luz del sol. Una atmósfera húmeda, como una niebla ligera, los envolvía. Estaban solos, acompañados por el eco de las hojas moviéndose por la brisa y el sonido de algunos insectos voladores. Se puso de pie torpemente, sus articulaciones de aleación estaban trabadas por el desuso.
-Despacio -susurró el alienígena y sintió la voz dentro de su cerebro artificial.
-¿Cómo te oigo? -dijo ella de pronto.
-Ésta conexión -respondió el ser gris tomando el “cable”- brinda más que energía, te transmite mi lenguaje -
Ella intentó comprenderlo, asociándolo a una conexión cableada a un servidor, donde los datos podían fluir en ambos sentidos. Tal vez era algo similar. Sea cual sea el caso, era el primer enlace de ese tipo que experimentaba y, aun así, era funcional.
Ambos comenzaron a salir del bosque lentamente, mientras la androide continuaba iniciándose. Se dirigían hacia un prado, una especie de claro que se abría a lo lejos y parecía marcar la frontera del denso bosque en que se hallaban. Allí tendría una visión más amplia de donde se encontraba, pensaba. Al cabo de unas pocas decenas de metros y cientos de árboles, encontraron en un diminuto claro en el bosque, un animal muerto, un cadáver que parecía tener la forma de un ciervo. Junto a los restos, una flor violeta. Ella se agachó para recogerla y, tras sentir su aroma, se la colocó en un costado del cabello, sobre la oreja derecha. Sólo después se inclinó a observar el cadáver.
-Interesante -observó el ser gris.
-Esto no es un ciervo -dijo la androide al observar las leves diferencias.
-Cierto, no lo es. Es un branor cervidae -respondió el alienígena. La androide analizó la respuesta.
-No tengo registros de ese nombre, ¿de qué zona es? -Preguntó ella.
-No es de por aquí –
La androide se quedó en silencio unos momentos. Observó su alrededor y vio movimiento a lo lejos, al pie de una montaña, como un campamento. Analizó la atmósfera con sus sensores, la fuerza de atracción al suelo y la orientación con su giroscopio. Había muchas similitudes pero también leves diferencias.
-¿Estamos en la Tierra? -preguntó entonces.
-Vhirkahn-3, 200-150-150 Mpc, 0.06z desde mi mundo base, aunque ‘Tierra’ es como la llamaban ellos, tus creadores -respondió el ser gris.
“¿Su mundo base?” se preguntó. La androide no tenía constancia de que la humanidad haya contactado una forma de vida extraterrestre, ¡éste era el primer contacto!... No, no era posible. Antes debió haber otros contactos pero, ¿por qué no tenía registros de ello? ¿Por qué había sido un alienígena el primer ser con el que hacía contacto después de salir de su estado de hibernación profunda? ¿Dónde estaban los demás humanos? Debía conectarse a un servidor para restablecer el flujo de datos y actualizaciones.
-No puedo conectar con mis servidores, no están en línea, ninguno de ellos, ni siquiera los de terceros -dijo ella después de un momento. No podía encontrar una razón que explicase tal situación.
-¿Qué es lo último que recuerdas? -preguntó el ser gris, sin darle importancia a lo que ella acababa de decir.
La androide no necesitaba que le mostraran amabilidad, había sido programada para mostrarse siempre amable, pero las interacciones la ayudaban a formarse un perfil de sus dueños. El ser gris era el único ser vivo a su alrededor y debía mostrarse amable ante él, pero comenzó a formarse una descripción interna, una opinión acerca suyo: ¿Qué quería? Decidió confiar, al menos por ahora.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo, sólo moviéndose entre los árboles mientras analizaba sus registros de memoria. El ser gris la seguía de cerca, mientras la observaba en silencio.
-Una puerta curva, de vidrio grueso, cerrándose… -dijo de pronto- recuerdo a alguien dándome instrucciones, pero ahora son ilegibles, no puedo recuperarlas. -
-¿Tu amo? -inquirió el alienígena sobre la identidad de ese “alguien”.
-No, era uno de sus ayudantes. Mi dueña era la Doctora Powell. Trabajábamos mucho, ella siempre tenía alguna actualización que hacerme. -
-¿Experimentaba? -preguntó el ser. A la androide no le gustó el tono de la pregunta.
-La ayudaba en su investigación. –
-¿Qué investigaba? – continuó preguntando.
-No lo recuerdo, ese registro de memoria es ilegible y no puedo recuperarlo – respondió ella, pero al instante un número en su interior cambió, una variable, un contador incrementó su valor de cero a uno: era la primera vez que pronunciaba una mentira. Recordaba algo de la investigación de su dueña, pero no quiso revelarlo. No tenía instrucciones sobre la confidencialidad del proyecto y tampoco conocía el nivel de acceso del ser gris. Pero ese algo estaba borroso, corrompido tal vez por el paso del tiempo. “¿Cuánto tiempo pasé en hibernación profunda?”, se preguntó.
La androide comenzó a desviar sus pasos hacia la montaña en la que había divisado movimiento. “Había un asentamiento”, pensó, de seguro habían personas que le ayudarían a volver a conectarse a los servidores para recibir instrucciones, para clarificar algo de sus borrosos recuerdos. Pero de pronto sintió un tirón en su espalda. Giró el rostro y vio al alienígena de pie sin moverse y el “cable” tenso, sin permitirle avanzar.
-Quiero encontrar personas, necesito contactar a mi dueña -explicó.
-No los encontrarás allí -dijo el alienígena, intuyendo la dirección que la androide quería tomar.
-¿Dónde están entonces? -inquirió ella.
-Extintas -respondió el ser. La androide tardó unos momentos en procesar aquella afirmación. No parecía posible. ¿Sería verdad?
-No lo creo -negó ella. Debía haber otra explicación. ¿Escondidos tal vez? O fuera del planeta, en una estación espacial o una colonia en Marte. La humanidad no podía haberse extinguido -¿Dónde están? -volvió a preguntar.
-Extintas -dijo otra vez el ser gris.
-¿Cómo se extinguieron? -preguntó entonces, esperando una explicación lógica.
-Les llegó su fin, como a toda especie eventualmente le llega el suyo -dijo el ser, con una displicencia que le resultó algo molesta.
-No es posible -objetó una vez más la androide. Eso no era una explicación, sólo una afirmación ambigua, basada en un supuesto difícil de comprobar.
-Consulta tu reloj interno -le exhortó el ser gris, al percibir su confusión.
La androide consultó su reloj interno de alta precisión: habían transcurrido 2.212*1020 nanosegundos desde el 1 de enero del 2038, fecha de inicio de conteo de su reloj. Rápidamente calculó la fecha.
-¡Es el año 9042! -exclamó ella.
-Hace mucho tiempo que la especie de los seres humanos dejó de existir. Hoy quedan apenas algunos restos, mineralizados parcialmente. Aunque hemos encontrado algunos esqueletos en un gran estado de conservación para un buen análisis -explicó el alienígena.
Extintos… era un hecho difícil de aceptar, incluso para un ser sintético como ella. La especie del ser humano, imperfecta en algunos sentidos pero hermosa en muchos otros, ahora desaparecida, apenas un recuerdo, un concepto de una forma de vida única. Ella era su creación, la cúspide de su ciencia y tecnología, era tal vez, el último resplandor, los últimos fulgores de una humanidad que estaba a punto de apagarse completamente. La aceptación de tal hecho le tomó unos momentos.
Sin embargo, el ser gris aún no explicaba su propósito con ella y algunas alarmas internas comenzaban a sonar en el cerebro artificial de la androide. Había sido dotada, como muchos de su serie, con un sentido básico de la intuición, aunque en su caso parecía estar más agudizado. Aquel “cable” parecía permitirle estar encendida por lo que, al menos de momento, tendría permanecer al lado de… “¿Qué nombre tendría?”, se preguntó. Aún no se había identificado. Tal vez podría averiguar qué quería o al menos encontrar algún resto de tecnología, algo que le permite obtener algo de la información faltante.
Ambos continuaron deambulando, mientras la androide terminaba su proceso de reinicio. De pronto, escuchó una tercera voz en su cerebro, una voz totalmente diferente de la suya propia o la que provenía del “cable” del alinígena. Era profunda e inquietante, sonaba como las voces de muchas personas al mismo tiempo. La voz resonaba con intensidad en sus circuitos cerebrales y sólo susurraba una frase:
-“Ven a mí”-