Capítulo 1 EL FINAL ES EL PRINCIPIO
El sol, la luna y las estrellas algún día volverán a brillar en la gente de Mosondongo Palogrande, porque los días grises y las noches oscuras son parte del equilibrio universal, donde la luz y el amor siempre prevalecerán, dijo Elpis Palogrande Sol, tres horas y veinticinco minutos después de aceptar la desastrosa muerte de su hijo hermafrodita, Cantor Uniseth Palogrande Palogrande.
Muchos años antes, al salir de la prisión física, y mientras continuaba atrapado en la mental, en su débil y moribundo cerebro floreció una viva, brillante y esperanzadora imagen. Aquella imagen le recordaba aquel remoto mediodía de sol abrasante, cuando toda la naturaleza, sus corazonadas y su intuición le daban misteriosas señales de que su padre había sufrido una desdicha en las espesas montañas de Lombricero. Pero nadie le creyó, excepto su íntimo perrito, el Manchas, quien, mucho tiempo después, al igual que su mujer y toda su familia, según él, lo había dejado solo en su sufrimiento.
También recordó que, al inicio de su existencia en esta vida, cuando aún conservaba la conexión consigo mismo, con sus ancestros, con la naturaleza y con el cosmos, era místico, libre y feliz. Sin darse cuenta, todo ese misticismo, esa libertad y esa felicidad lo habían abandonado, o quizá, él mismo se había abandonado sin ser consciente de ello.
Fundido en esos pensamientos, de sus ojos grandes, saltones y brillantes como los de un búho púrpura, se deslizaron un par y un cuarto de lágrimas, que rápidamente se ocultaron en su selva de barba. Al parecer, hasta ellas sufrían por la vida tan vacía y sin sentido que llevaba su progenitor.
En ese desastre emocional, le siguieron llegando imágenes al cerebro, donde recordó que su acompañante más fiel e inseparable mientras estuvo preso fue la muerte. Pero, por un momento, se hizo consciente de que hasta ella lo había dejado solo, sufriendo, cuando más la necesitó. Porque, según él, todo hubiera sido mejor si ella se lo hubiera llevado consigo para siempre y por siempre.
Rápidamente, una voz dulce y sutil invadió su cerebro, diciéndole:
-Pero si la muerte no existe... O si existe, sólo muere el vehículo físico, pero el conductor, quien realmente eres, continúa viviendo de una manera diferente, en el otro lado o en el más allá. Y si es así, lo más probable es que, al llegar a esa otra forma de vida, recibas asistencia espiritual, psicológica y filosófica, con la finalidad de que puedas entender el porqué, el para qué y el significado profundo de todo lo que has vivido en el mundo visible, durante tus encarnaciones.
Después de ese proceso de purificación, tu nueva encarnación será breve o demorada, dependiendo de tu nivel de evolución y elevación en consciencia. Y, al volver al mundo visible, irremediablemente continuarás con lo que dejaste pendiente en tu última vida visible. Es decir, que, si desencarnas sufriendo, y en el mundo invisible, durante el proceso de purificación energética, no logras entender ni canalizar nada que te permita elevarte, aunque sea un poquito en consciencia, al estar encarnado más pronto que rápido comenzarás a sentir que la vida te azota y te duele por todas partes, hasta que vuelvas al sufrimiento de tu vida o vidas pasadas.
Pero, tranquilo, no te asustes. Todas esas experiencias serán necesarias y llenas de propósito el día, o en la vida, en que logres entender el significado profundo de tus males. Junto a eso, descubrirás la lección de vida que se ocultaba de ti y te hacía sufrir. Porque todas las experiencias vividas, sobre todo las más difíciles, tienen el propósito de hacerte evolucionar y elevarte en consciencia, por encima de tus oscuros pensamientos, que, al no ser canalizados, analizados y clasificados, se convierten en sentimientos.
Sentimientos que, al no ser entendidos, terminan convertidos en emociones densas, que finalmente se transformarán en monstruos llamados pesadillas, de las más horribles que te puedas imaginar. Así logran apagar los fotones cristalizados e iluminados que permiten que tu brillante sol, el que reposa en tu glándula pineal, siga siendo tu mejor aliado para que seas quien realmente eres en el universo. Y algún día vuelvas a casa, para que...
La voz se quedó en silencio un rato.
Él, al no entender nada de lo que se le transmitió, refutó todo y se llevó las manos a la cabeza, como con ganas de desprendérsela, de tanto dolor que sentía y no sabía dónde. En esa agonía, alcanzó a sentir lo húmedo de la calle y el olor a gente de la muchedumbre, que, a toda prisa, como si les faltara el aire, pasaba por su lado en todas las direcciones posibles, bien campantes y sonantes, como si la vida no les doliera. O más bien, pensó para sí mismo, quizá se hacían los fuertes, aunque por dentro se estuvieran derrumbando.
De nuevo sintió la presencia y la misma voz de antes. Le susurró con armonía, coherencia y seguridad, diciendo:
-Sí, según tú, ese no es el propósito de la vida y la existencia humana en la Tierra. Entonces, ¿Cuál es? Porque de no ser así, ¿Cuál sería? ¿Crees que solo es: encarnar, ser libre y feliz mientras eres niño, luego crecer, sufrir, volver a sufrir, volver a sufrir? ¿Reventarse la vida consiguiendo dinero y bienes materiales para después sentir una falsa e ilusoria felicidad y libertad, que al final se transforman en dolor, vacío y, posteriormente, en sufrimiento? ¿Buscar luego reproducirse para tener vástagos y después volver a sufrir junto con ellos, esos herederos de las desdichas, pesadillas y temores?
¿Y después de todo eso, en compañía de tus herederos, volver a sentirse solos, guachos, perdidos, infelices, buenos para nada? Insultándose y peleándose en un todos contra todos, cuando al reflejarse uno en el otro se ve todo lo que aún necesitan trabajar interiormente para sanar y dejar de buscar culpables afuera. En ese estado emocional y vivencial irán por la vida chocándose con todo lo que se cruce en sus caminos, hasta que llegue el desencarne y todo acabe ahí.
No, no y no. No creo que ese sea el propósito de la vida y la existencia humana. Y vuelvo y te digo, no creo que solo sea eso. Piensa de manera profunda en ello y conseguirás respuestas, porque recordad que un hermano mayor algún día dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá.”
Terminó diciendo la voz. Y, en el acto, el sabor a humedad le llegó, el frío lo abrazó fuerte y su cabeza exhalaba un humo espeso, sin edad. Todo quedó en silencio mientras el mundo a su alrededor parecía desmoronarse en trocitos moribundos. Además, todo daba vueltas sin avanzar y, sobre todo, sin sentido, como su vida.
Sin embargo, él estaba enraizado como una ceiba, en la mitad de una calle frente a la cárcel La Picota. Elevado, pensando en los huevos del gallo moro y en su destrozo interior, reflejado en el exterior, llegó a un punto tan desesperante que gritó:
-¿Será verdad que la muerte no existe? Pero, si no es así, ¿dónde carajo, dónde putas está toda mi familia? En especial mi linda madre, mis hermanos, mis ancestros, el Manchas, los masacrados en la bananera, los sepultados y ahogados en la ciudad de hierro y los Mosondongueses desaparecidos y muertos en la guerra, ¿dónde putas pues?
Gritaba con voz temblorosa y con un gran desespero por alguna respuesta que le diera una esperanza. Pero al parecer, esta no llegaba.
Con el cerebro hecho un bulto de anzuelos, se preguntó qué sería de su padre. ¿Seguiría vivo? ¿O ya estaría allá donde estaban los demás? ¿Muerto, en el más allá, o en el otro lado? Ese pensamiento lo abatió aún más y, de nuevo, lloró. Pero sus lágrimas no se querían dejar ver por pena ajena.
Se quedó lejos pensando un rato, pero su flácido cerebro, para ese momento, ya no daba para más. Prefirió continuar caminando, sin rumbo y sin ánimo de nada. Aunque llevaba encima una tristeza y soledad que no podía ocultar.
Y para completar, no contaba con un centavo en el bolsillo. El hambre parecía no darle espera. Así estuvo un tiempo, caminando sin saber qué hacer, hasta que no tuvo otra opción más que buscar en los botes de basura. Y al no conseguir nada de chiste que llenara su cementerio, decidió sentarse en un andén y mendigar.
Con lo que obtuvo, compró algo para comer y le quedaron unos centavos, que pensó le servirían para algo más adelante. Pero en su difuso cerebro, deseaba con todas sus fuerzas saber algo de su primogénito. Moría de ganas por verlo, abrazarlo y leerle cada una de las cartas que había escrito en silencio y agonía durante su tiempo como prisionero.
Esas cartas se habían convertido en su mayor aliado. Porque, mientras escribía, en su inmensa imaginación, simulaba que hablaba con ella o con él. Por eso escribía todos los días, en varios momentos del día. Ese acto se había convertido en el alimento que su alma necesitaba para no dejarse vencer en aquella lucha interna y externa que le tocó soportar por sus acciones ejecutadas. Acciones que, hasta ese momento, no tenían nada positivo.
Con frecuencia recordaba que durante su estadía en la cárcel La Alcatraz, en la isla Gorgona, el sacerdote le repetía una y otra vez:
-En la vida, toda experiencia, por muy mala que aparente ser, en el fondo tiene algo positivo y lleno de esperanza.
Pero él, con ahínco, pensaba que lo positivo de su vida parecía haberse olvidado de él, así como todos, según él, lo habían olvidado. Lo dejaron solito y sufriendo, como un muerto sin doliente.
Todo eso lo sumió en un estado emocional mucho más desbaratado que antes, y así, atiborrado de una tristeza aguda, continuó caminando. Mientras tanto, con la mirada aburrida, observaba cómo la gente iba y venía en las calles mojadas y mugrientas de una ciudad mucho más grande que las que antes había frecuentado, aunque no recordaba su nombre. Lo único que sabía con certeza era que el frío lo estaba matando. Era un frío horrendo y paralizante que lo envolvía, y temblando, veía cómo pasaban hermosas mujeres de piel blanca, vestidas completamente de negro. Algunas llevaban faldas largas de lino, otras pantalones de tiro alto, cuyos filos cortantes reflejaban la frialdad de sus miradas. Todas lucían modernos zapatos charol con hebillas de hierro dorado; algunas con correas más ajustadas que otras, pero parecía que cualquier mujer que no llevaba estos charoles dorados o plateados era considerada un botón de chanda. Unas vestían blusas de manga larga, con un embambado en los brazos que las hacía parecer musculosas, mientras otras llevaban blusas y vestidos de encaje que parecían dificultarles la respiración. También había mujeres que usaban ruanas de piel de camello, montadas sobre sus hombros como el guiso. Las que luchaban por respirar, exhalando vapor por la boca y la nariz, preferían llevar la piel como gallina antes que ocultar la elegancia de sus vestidos y blusas de encaje bajo una ruana. Así que estas últimas iban chupando frío, mientras se frotaban los brazos, haciendo pequeños pancitos con las manos y luego se las calentaban con el aliento a fresa que parían esas fresitas de Bogotá. En sus cabezas reposaban hermosos turbantes o sombreros adornados con flores de espinas, cintas negras o plumas de tulipán afeminados.
Mientras observaba a esas mujeres, él también imitaba sus movimientos, haciendo pequeños pancitos con las manos para calentarse un poco. Después de varios minutos de estar mirando y admirando a más de mil mujeres, como todo hombre en un lugar nuevo, recién se dio cuenta de que también pasaban hombres. Ellos vestían de negro, con pantalones de lino, botas anchas con filos definidos y afilados, y zapatos de punta cuadrada bien pulidos. Algunos lucían sacos y corbatas, otros chalecos con pañuelos. Algunos más fuertes y creídos no usaban ruanas, pero la mayoría sí llevaba una ruana viva. Cansado de mirar a los hombres por un momento, volvió su atención a las mujeres, pensando que nunca había visto ese estilo de vestimenta en otro lugar. Algo le dijo que, al menos, era para soportar el paralizante frío. Si él no hacía algo para conseguir algo que lo calentara, como ellos, moriría pronto.
Decidió seguir caminando, ya consciente de que el frío podría matarlo, como casi lo había hecho poco después. Caminó trotando para calentar la sangre, pero daba zancadas sin rumbo fijo. Hasta que vio un grupo de gente haciendo fila para llegar a un tubo negro, donde había cuatro cabinas amarillas. En su interior había algo pequeño. Se preguntó qué sería. La curiosidad lo ganó, y al preguntar, le dijeron que era un teléfono público donde podía llamar con monedas de dos centavos. Metió la mano izquierda en el bolsillo derecho y sacó las pocas monedas que le quedaban, pensando que sería genial poder llamar a su mujer para saber de su hijo. Luego se detuvo, se preguntó: “¿Será que tengo mujer? ¿Será que en los tiempos de crisis o en las noches oscuras del alma las personas tienen pareja, o solo los maridos y las mujeres figuran cuando todo es brillante, lleno de luz y prosperidad, como era una vez en Mosondongo Palogrande?” Por un rato, se perdió en esas preguntas, pero las respuestas parecían haberse ido, dejándolo “solo” como todos los demás. Entonces recordó que su hijo debía tener ya dieciocho años y que no conocía a su padre, a pesar de que él lo amaba en silencio, sin poder expresarlo.
Luego recapacitó: aunque tuviera una mujer de verdad, no podía llamarla, porque esos aparatos no existían por allá. En ese momento, sintió una presencia y, en su mente, una voz le habló: “Si fueras como antes, un búho púrpura, tus ancestros o algún espíritu de la naturaleza te llevaría el mensaje. Pero te desconectaste, te dormiste con los ojos abiertos, te convertiste en un adulto y perdiste tu mayor valía: tu inocencia, tu curiosidad espiritual. Dejaste de ser un niño y, en ese momento, lo perdiste todo.”
Luego, un silencio retumbó en sus entrañas por un largo rato, mientras por sus mejillas, llenas de vello colorado doradito, se escondían unas pencas de lágrimas que brotaban de sus ojos brillantes y saltones. Hasta que no aguantó más y se soltó en llanto, dejándose deslizar lentamente por un árbol hasta caer al pie de este, llorando desconsoladamente, preguntándose: ¿Por qué a él le pasaban tantas desgracias? ¿Hasta cuándo debía sufrir sin propósito alguno? Fue entonces cuando un pájaro poco común se posó sobre una rama del árbol, lo observó fijamente y, después de un rato, le dijo: Eres tú el procreador de todo lo que estás viviendo, y en el fondo de tu alma sabes el por qué, el para qué y el significado profundo de todo. Pero deja que el sabio tiempo y la maestra vida te den las respuestas, en su debido momento. Y mientras el místico pájaro se alzaba para volar, lo dejó con un pequeño gesto: lo cagó en la frente y se fue.
El hombre estaba tan desesperado y distraído que no se percató de lo que ocurría a su alrededor. Hasta que, de repente, apareció una anciana que lucía un vestido blanco, unas gafas grandes y redondas, con el cabello completamente blanco y plateado, y arrugas hasta en las entrañas. La abuela, que casi no podía moverse y a duras penas balbuceaba, vendía dulces en una chaza de palma barrigona pintada color marisco. Después de mirarlo entre arrugas por un largo rato, como lo había hecho el pájaro, le preguntó si necesitaba ayuda. Pero él no respondía, solo lloraba y lloraba, enrollado como un erizo con la cara entre sus piernas. Estaba tan desajustado que conmovió a los transeúntes del lugar, creando una aglomeración de gente que hablaba al mismo tiempo, pero sin decir nada. Era como los gallinazos cuando se topan con un gran banquete: todos quieren comer a la vez, pero ninguno come nada por pelear tanto.
El hombre seguía roto, y nadie conseguía sacarle una palabra que pudiera darles una idea de lo que le pasaba o cómo podían ayudarlo. Finalmente, la abuelita no esperó más. Con mucho amor, compasión y empatía, se acercó, lo abrazó con un solo aleteo y le dijo: Usted dirá que no lo conozco, pero te conozco más de lo que crees. Continuó: Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos pasado por una situación similar o incluso más difícil, así que no eres el de la mano izquierda del creador. Levanta la frente y mantenla en alto como el guerrero de luz que eres. Solo estás viviendo momentos de oscuridad necesarios para que reconozcas y valores la luz y su brillo, el día que se abran ante ti. Aguarda la calma, porque no eres el primero ni el único que, por un momento, no sabe para dónde ir ni tiene un propósito de vida claro. Eso es lo que te ha llevado a andar sin rumbo. Recuerda siempre lo que te voy a decir: Solo cuando andas perdido o sin rumbo, aparecen los mejores caminos que te llevan directo a reencontrarte con la mejor compañía de todo el universo, contigo mismo y, por derecho, con tu creador.
A esto se había reducido la vida de Elpis Palogrande Sol, el encantador, ingenuo, místico, curioso y salvaje niño, quien nació en Mosondongo Palogrande.
¿Qué desastrosa muerte sufrió Cantor Uniseth Palogrande?
¿Qué ocurrió en las montañas de Lombricero?
¿Por qué Elpis perdió su conexión con su esencia y con el cosmos?
¿Qué papel juega el “Manchas” en la vida de Elpis?
Así terminamos con el primer capitulo de la novela; ¿ALQUIEN MÁS A TRAVÉS DE TI?
!Cuénteme que piensas!
Nos vemos en el próximo capítulo para que puedas seguir leyendo y conseguir las respuestas...
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