Entre Balas y Letras

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Summary

Con balas y letras es la historia de Susanne, una joven atrapada en una familia de narcotraficantes, que sueña con ser escritora pero está rodeada de hombres que la encienden y la confunden. Su primo Alejandro, con su actitud descarada y peligrosa, no deja de cruzar límites, mientras que Jeff, el enigma de su vida, parece estar en todas partes pero nunca realmente disponible. Luego está Travis Davis, el hombre perfecto, un caos de tentaciones que hace que Susanne se cuestione sus propios límites. Entre deseos reprimidos, secretos oscuros y una vida que no eligió, Susanne busca escapar a través de las letras, pero los hombres que la rodean podrían ser su salvación… o su perdición. ¿Logrará encontrar su propio camino o se perderá en el laberinto de pasiones y traiciones? Un relato de tensión, deseo y dilemas que cambiarán todo. Nada cambiara conocer la historia de una mujer que solo espera un poco de libertad.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 01:

En una maravillosa mañana de cielo despejado y delicioso aroma a café, despierta una dulce mujer. Nah, esa mañana estaba lloviendo a cántaros y había despertado a base de regaños por parte de mi madre, quien, según las revistas liberalistas, iba completamente en contra de una mujer moderna. Era aquella mujer amante de la casa: amaba cocinar y consentir a su rechoncho marido. Así era mi mamá.

Con lagañas en los ojos y con dos pies izquierdos, me levanté y logré llegar al baño sana y salva. Al observarme en el espejo, sentí una punzada de vergüenza, pero alejé mi vista del reflejo e ignoré mi aspecto. Lentamente, me quité mi pijama de Pikachu y entré en contacto con las tan anheladas gotas hirviendo.

Aquel malestar que sentía en todo mi cuerpo no era nada más y nada menos que el resultado de pasar toda la noche intentando escribir un manuscrito lo suficientemente atrayente para entregar a las editoriales. Pensar en tantos textos e ideas me había robado el alma y exprimido la última gota de creatividad que quedaba en mi dulce y pequeño cuerpo. Ser escritora me había quitado la belleza y salud de una joven; ahora aparentaba fácilmente a la hija antisocial de una maravillosa pareja estadounidense. He logrado cumplir con el rol que me ha designado la sociedad. Salí de la ducha completamente arrugada; mis manos y mi cuerpo estaban hirviendo, pero nunca había sido tan feliz como en ese pequeño momento de descanso. Salí con una pequeña toalla lo bastante cómoda, pero al entrar a mi habitación me arrepentí al instante de no haber elegido la toalla más larga y oscura que usaba para la piscina. Mi primo estaba sentado sobre mi cama, con cara de sorprendido, aunque sabía perfectamente que de mi cuerpo no se podía esperar mucho.

—Hola, Susanne. —Caminé hasta terminar frente a él y crucé los brazos.

—No sabía que te estabas bañando —dijo mientras se rascaba la incipiente barba de la barbilla.

—Sabías perfectamente que estaba en el baño. ¿Qué pensaste que estaba haciendo? —Él bajó la mirada y, sin descaro alguno, miró mis flacuchas piernas como si algo pudieran ocasionar en él.

—No sé, ¿qué te puedo decir? Pues, lo que hacen las mujeres en el baño. —Seguía mirándome, y yo simplemente rodé los ojos y lo ignoré. Fui hacia el armario y saqué unas pantis que tiré a mi cama, al lado de mi primo. Saqué una camisa de tiras roja y un jogger que usaba a cada rato.

—¿Es que acaso no tienes más ropa? —dijo mientras recogía la ropa que tiraba al suelo.

—Si vas a comprarme ropa, te doy el lujo de hablar. Si no, preferiría que te mantuvieras callado —dije mientras me acercaba a la cama, seguida de la mirada de mi primo.

—Ishh, pero andas de seca a cada rato. ¿Qué bicho te picó? —Me senté a su lado y simplemente me fui poniendo las pantis bajo la toalla. Él puso su mano en mi pierna y acercó su cara a mi cuello.

—Hueles delicioso. —Me alejé de él y me puse el brasier de espaldas a este.

—No sabía que eras tan incestuoso —le dije. Este tan solo se levantó y puso sus manos en mi cintura desnuda.

—Sabes perfectamente que no sería incesto. Primo tuyo no soy, y las ganas que te tengo son muchas. —Su aliento rozó mi cuello y un escalofrío me hizo agitarme y alejarlo de mí.

—Alejandro, ya vete. Te lo agradecería de verdad. —Este no dijo nada. Primero me dio una palmada en el trasero y, finalmente, salió.

Han pasado cinco años desde que lo conozco y nunca me he sentido atraída por él. Admito que es un hombre por el que todas las mujeres mojan sus bragas y rezan para pasar por su cama, pero sinceramente me quiero evitar una ETS. Ya lista, me pasé la plancha por los pequeños churcos que se alcanzan a vislumbrar y me apliqué rímel antes de ponerme los gruesos lentes y salir a saludar a mi amada familia.

Al bajar las escaleras, escuché la conversación de Alejandro con mi madre: —Mi amor, no te preocupes, que la niña solo se resiste. Ten un poco de paciencia —decía mi mamá mientras hacía el desayuno.

—Pero, tía, ha pasado ya tanto tiempo que se me olvidó cómo utilizar a mi bebé —respondía Alejandro. Mi mamá exhaló y escuché cómo, con un cucharón, empezó a golpearlo.

—¡Pero qué dices, niño! ¡Respeta, por favor! Me reí y salí al comedor, mirando cómo mi madre no dejaba de reprender a mi primo. Este levantó la mirada y sonrió al verme. Era evidente cómo trataba de no mirarme indecentemente frente a mi madre.

—Buenos días, hijita mía. ¿Dormiste bien? —Sonreí, le di un beso en la mejilla y le contesté: —Obvio, la cama estaba deliciosa. ¿Pero y qué vamos a comer hoy?

Mi mamá simplemente se acercó, me jaló la nariz y dijo: —Mira, niña, no me mientas. Tienes cara de muerto. Tienes que dejar de acostarte tan tarde y dejar esas malditas novelas tuyas que no te van a dar de comer. Era el mismo sermón de todos los días, pero aun así hacía oídos sordos y la ignoraba. —Y aquí no se pregunta qué se va a comer. Se come lo que se sirve, ¿entendido? Bajé la mirada y respondí:

—Sí, señora. Alejandro me codeó y me dijo al oído: —Han domado al lobo feroz. Con rabia, le pellizqué la pierna con todas mis fuerzas. Él apenas siseó y cerró los ojos. Yo alejé la mano lentamente. Mientras esperaba que mi madre sirviera el desayuno, revisé el celular y me di cuenta de que en el grupo de lectura habían llegado varios mensajes. Solo le respondí a Alexandra, mi única amiga, que andaba obsesionada con un hombre que solo existía en los libros.

**ALEXANDRA:** Cómo me gustaría que me enterrara esa enorme verga que se carga. 🍆

**YO:** Jajajajaja, algún día.

Habían escrito en el grupo que Travis Davis —sí, ese nombre que siempre que se pronunciaba causaba un sinfín de risas— había llegado a Filadelfia para jugar en un partido de fútbol americano en nuestra escuela. Un hombre tan reconocido y guapo no era un prospecto para venir a jugar en una escuela que ni conocida era.

Guardé el teléfono cuando mi madre puso toda la comida sobre la mesa: huevos revueltos, chocolate con leche y un montón de fruta repartida a lo largo de la mesa, junto a las tostadas de miel y mantequilla de mi padre. Él se acercó a darnos un beso a cada una y, al final, se sentó a comer antes de salir a trabajar. Alejandro comía en silencio, sabiendo que su presencia era de los mayores disgustos de mi padre.

Bajo la mesa, Alejandro rozaba nuestras piernas, pero yo simplemente lo ignoraba. Terminé el desayuno lo más rápido posible y esperé que Alejandro saliera para irnos en la buseta. —Susanne, perdóname si te hice sentir incómoda esta mañana —dijo Alejandro mientras me tomaba de la mano. Yo simplemente rodé los ojos y le contesté: —No importa. Ya me parece muy normal viniendo de ti.

Él solo sonrió y volteó a mirar por la ventanilla sin soltar mi mano. Y, bueno, yo tampoco quise soltarla. No éramos primos por la simple razón de que él era hijo de una queridísima amiga de mi mamá, y, naturalmente, nuestra sangre no era la misma. Pero yo lo quería como a un primo, y sabía que él también.

Al llegar a la parada de la escuela, lo primero que hizo Alejandro fue bajar, arreglarse el cabello y ser rodeado automáticamente por varias mujeres, quienes al final se lo llevaron a yo no sé dónde. Me bajé y caminé hasta encontrarme con mi para nada querido y amado Jeff, un hombre altísimo al que siempre tenía que levantar el rostro para poder distinguir sus ojos, su mandíbula cuadrada y su oscuro cabello. Junto a su intimidante aura, siempre atraía la atención, pero al mismo tiempo alejaba a tanta gente como fuera posible.

Me acerqué a él, y este, con una suave sonrisa, bajó su rostro y aceptó mi beso en la mejilla.

—Susanne, me hiciste mucha falta —dijo con su aterciopelada voz, que siempre quedaba a la perfección con ese tono ronco que lo caracterizaba. Su acento era lo que más me atraía de él.

—Ay, eres demasiado exagerado, tan solo fue una semana lejos de ti —respondí mientras él reía.

—Nunca es exagerado cuando se te extraña —esta vez lo dijo con una seriedad que dejó la conversación en un ambiente incómodo.

—¿Y al fin cómo vas con tu novia? —pregunté, intentando retomar la conversación. Él sonrió y me dijo:

—Todo es tan perfecto que ya veo un futuro juntos. —Sonrió con dulzura.

Nunca estuve de acuerdo con la relación que él tenía, porque para mí era tóxica y bastante juzgada. Él era un hombre lo bastante maduro y ella, una niña que conoció en una tienda. Un romance ya lo bastante sospechoso... o bueno, eso es lo máximo que sé de la historia de los dos. Ambos eran bastante agradables a la vista y, por así decirlo, la pareja perfecta. Jeff solo me había mostrado una foto de ella, y lo único que noté fue la belleza natural que irradiaba.

Yo siempre he estado entre personas guapas y sigo sin entender cómo es posible que, entre tanta gente atractiva, nunca haya podido conseguir una pareja decente o simplemente cumplir una de mis mayores fantasías. De esas que ocurren a cada rato en los libros de romance cliché. Jeff había logrado tener su romance de ensueño, y hasta Alejandro había tenido mayor vida romántica que yo.

Estando ya dentro del salón, al que se merece más de un párrafo de descripción, sus paredes estaban pintadas de graffiti, las sillas rotas y hasta el tablero tenía una gran fisura. Sí, exactamente lo que piensan: no estamos en una escuela normal. Esta escuela es la más conocida de todo el país porque alberga a los hijos de los delincuentes más renombrados y algunos no tan conocidos. Digamos que está dirigida por ellos mismos y está fuera del control del gobierno.

Yo soy la hija de los mexicanos que distribuyen droga, armas y petróleo (una inversión que hace poco fue añadida). Alejandro es hijo de colombianos que transportan coca y lavan dinero. Y Jeff... es Jeff. La verdad, no sé nada de él. Todo es tan desconocido que, aun después de tanto tiempo juntos, solo sé su edad y su nombre de pila. Nada más.

Soy la oveja negra dentro de mi familia. Se supone que debo seguir el legado de toda mi línea, pero hasta el momento escribir se ha convertido en la razón por la que mi familia me mantiene alejada de sus turbulentos negocios. Aunque estoy al tanto de todo, siempre me excluyen cuando van a hacer algún movimiento o negocio importante. La verdad, no sé por qué será.

Mientras el maestro intentaba enseñar y evitar que los alumnos terminaran durmiéndose, yo me dedicaba a escribir en mi cuaderno cualquier idea que llegara a mi mente. Era solo una chica normal dentro de una familia de narcos, intentando ser aquella escritora que siempre quiso ser desde pequeña.

Escuché varios susurros y exclamaciones que me hicieron levantarme de mi asiento. Al mirar por la ventana, noté cómo Travis Davis entraba con varios reporteros a su lado. Me fijé en cómo caminaba con firmeza y seguridad hasta llegar al jardín de nuestra escuela de delincuentes. Levantó la mirada y notó cómo todos lo observábamos.

Decían la verdad sobre él: su cabello era rubio, tanto que algunos mechones brillaban al hacer contacto con los rayos del sol, y sus ojos eran verdes, un verde oscuro que me hizo perderme un rato en ellos. Hasta que Travis levantó la mirada e hizo contacto con la mía. Lo miré fijamente y, en ningún momento, aparté la vista. Sin disimulo alguno, recorrí su cuerpo. Era un hombre demasiado grande, y sin pena alguna me fijé en su paquete, que, aunque estuviera lejos, se notaba claramente. Me pasé la lengua por los labios. Ese hombre era completamente el estereotipo perfecto para cualquier historia erótica y llamativa.

Cuando rompí aquel contacto tan íntimo, me aparté de la ventana y me volví a sentar junto a Jeff, quien en ese momento estaba dormido. Saqué mi libreta y comencé a escribir. Travis era aquella inspiración que tanto estaba buscando.





Antes que todo espero disfruten del inicio de esta historia y quiero aclarar que las nacionalidades que mencione, solo hacen parte de una historia ficticia :)