Entrada: 1
Nunca he sido un hombre creyente.
No creía en Dios. No creía en el Destino. No creía en la suerte, ni en la casualidad ni en ninguna puta fuerza cósmica que dirigiera mi vida. Y, por supuesto, no creía en lo sobrenatural. En lo Extraño. Incluso ahora me cuesta creer, cuando he vivido algo que no soy capaz de explicar de una forma razonable, que no tiene sentido, que no es posible.
En lo único en lo que creo, es en Mike. Porque él es lo único que existe realmente.
Y eso es algo aterrador.
Dejaré algo claro: yo lo sabía. No estaba loco, ni ciego, ni confuso, ni hipnotizado, ni poseído. No. Yo lo sabía. Sabía lo que estaba pasando. Desde el primer momento que le vi, supe que Mike no era humano.
Todo empezó el dos de febrero de 1974. Lo recuerdo porque lo tengo anotado en la agenda junto a las demás citas y gilipolleces de las que me tenía que acordar. En esa página sin importancia, bajo el enorme número impreso en negro, había una nota apresurada con bolígrafo verde en la que ponía: «Chico nuevo. 11:45 a.m». El viejo Tommy había pedido una baja y la empresa de trabajo temporal nos había enviado un suplente. Recuerdo a la perfección cuando le conocí, recuerdo el extraño sonido que hizo al llamar a la puerta de mi despacho.
Un golpe seco, un segundo de pausa, y otro golpe.
Levanté la cabeza y fruncí el ceño. Por alguna razón, había sonado demasiado alto, demasiado profundo, como si el mundo se hubiera parado a escuchar esos dos golpes secos en la puerta. Esa fue la primera vez que decidí agitar la cabeza e ignorar lo evidente. Lo que mi instinto me decía: que había algo terriblemente mal allí.
—Adelante —le dije.
El pomo de la puerta giró lentamente, sin prisa, hasta alcanzar el máximo con un suave «click». Entonces la madera empezó a moverse como si se tratara de alguna película de miedo barata. Uno de esos momentos en los que se intenta crear un ambiente de tensión e infundir miedo por lo desconocido. ¿Qué habrá tras esa puerta?, ¿quién o qué la está abriendo tan lentamente?
En mi caso, sabía quién era, o, al menos, creía saberlo.
En la penumbra del pasillo, justo en el borde de la entrada, empezó a aparecer una figura a medida que la puerta se abría más y más. Recuerdo que nadie la estaba empujando, pero que se abría. No había sonido escalofriante de madera vieja, ni una tormenta que azotara los cristales, ni risas de niños macabros jugando. Era medio día y entraba una buena cantidad de sol por las ventanas. Quizá por eso no estaba asustado, ni siquiera sorprendido de que la puta puerta se estuviera abriendo sola mientras la figura tras ella mantenía los brazos pegados al cuerpo y esperaba. Solo esperaba.
Lo primero que vi es que llevaba un mono de trabajo de un gris ceniza. Parecía viejo, sin duda, pero no estaba manchado. A la altura de su pecho había una palabra bordada en un negro desteñido, algunas partes estaban deshilachadas, pero todavía se podía leer claramente: «Mike». Después vi su rostro. Recuerdo bien la primera de sus caras, también la segunda, no tanto la tercera, porque era más anodina; pero la primera sí. Y nunca la olvidaré.
Era increíblemente atractivo. No guapo como los modelos o las estrellas de cine que ahora les gustan a las niñas estúpidas. Hablo de un completo Macho. Hiper-masculino, rudo y sucio. De la clase que más me gustaban.
No era el Príncipe Azul que te iba a despertar con un besito, él era el jodido lobo que te iba a comer entero y escupir tus huesos al terminar. Barba espesa, pelo negro como el betún, bigote grueso, cuello ancho, cuerpo de toro y tan alto que casi rozaba con el límite de la puerta.
Me quedé sin habla. Estaba completamente pasmado mirando al pedazo de hombre que la empresa de trabajo temporal nos había enviado en esta ocasión. Pero ese momento se pasó rápido, primero, porque estaba tan acostumbrado a que los hombres así fueran heterosexuales que ya ni me molestaba en preocuparme; simplemente, los ignoraba. Segundo, porque algo en su rostro me resultó especialmente perturbador tras esa primera impresión.
Era su sonrisa, sus ojos también, pero sobre todo su sonrisa. Se trataba de una mueca congelada, inerte e inamovible, como si no fuera solo un gesto amigable, sino algo que estuviera esculpido en su rostro, o quizá pintado. Comisuras ligeramente elevadas en unos labios carnosos, siempre en la misma posición, siempre a la misma altura… Una Mona Lisa de carne y hueso. Después estaba su mirada. Incluso a esa distancia pude diferenciar sus brillantes y profundos ojos negros. No había diferencia alguna entre la pupila y el iris. Perturbador, sin duda, pero posible. Real. Hay humanos que tienen esos ojos. NO esa sonrisa, pero sí esos ojos.
—Mike, supongo —le dije, porque llevábamos varios segundos mirándonos en silencio y él todavía no había dicho nada. Tampoco había parecido que tuviera intención de moverse.
Solo se había quedado allí, sonriendo.
Él asintió, muy lentamente, como si fuera algo mecánico, casi como si le costara.
A esas alturas ya tenía claro que algo extraño pasaba. Que ese tal «Mike» era un puto bombón y posiblemente el protagonista de mis próximas pajas, pero que estaba metido en algo; o, mejor dicho, metido de algo. No era el primer drogadicto que nos enviaban al almacén, por supuesto. El dueño pagaba muy poco y, por decirlo de una forma suave, la desesperación era muchas veces la única razón por la que teníamos empleados allí. Si rechazáramos a exconvictos, drogadictos y rateros… digamos que nos faltaría más de la mitad de la plantilla.
—Busca al Capo y dile que te explique el trabajo —le ordené, pasando por alto su extraña actitud, su escalofriante sonrisa y su evidente colocón.
Él. Mike… como se hacía llamar, volvió a asentir y se dio la vuelta. Caminando por el estrecho pasillo que conectaba las escaleras con mi despacho. Iba a gritarle para que volviera y, educadamente, cerrara la puta puerta; pero antes de si quiera coger aire y llenarme los pulmones, la puerta empezó a moverse sola. Se estaba cerrando, tan lentamente como se había abierto. Lo lógico hubiera sido sorprenderse, quizá sentir un escalofrío o incluso llegar a levantarse de la silla y soltar un ruidoso: ¿¡Pero qué coño?! Sin embargo, lo único que pensé fue en que habría una corriente de aire y, que el propio viento, era el que estaba moviendo la puerta hasta, con un suave «click», cerrarla.
Pero cuando volví el rostro hacia las ventanas del despacho, estaban todas cerradas. ¿Sentí miedo entonces? No. Por absurdo que parezca, no sentí nada. Fruncí ligeramente el ceño y baje la vista al cuantioso papeleo que aún tenía por delante.
Aquel solo había sido el principio de todo. El primer atisbo de lo que estaba por llegar. La locura, las desapariciones, los sucesos extraños y el sexo. Aun me pongo cachondo cuando pienso en él… en ello. Incluso sabiendo lo que era realmente, incluso después de haber visto su verdadera forma, no puedo evitar pensar en él con cariño.
Lo intento, pero no puedo evitar… echarle de menos.
Es fácil pensar que esa cosa tenía algún tipo de poder extraño sobre mí. Que aún lo tiene. Que me envenenó, o me infectó con algo, o una noche se deslizó entre las sombras y jugó con mi mente. Es fácil pensar que me manipulaba y me usaba como a un títere sin voluntad. Es tentador decirme eso a mí mismo para consolarme, para liberarme de la carga de conciencia. Debe resultar muy… liberador creer que me cegaba y me confundía para que no saliera corriendo y avisara a la policía, al ejército, o puede incluso a un puto exorcista.
Pero no es cierto. Mike jamás me controló. No soy capaz de recordar ningún momento en el que yo no fuera consciente de lo que hacía, de lo que sentía, de por qué follábamos o las razones por las que me gustaba estar con él. No soy capaz de recordar un momento en el que no pudiera elegir.
Así que fui yo y solo yo el que decidió quedarse a su lado y mirar, solo mirar, como se alimentaba…