La ciudad de los lamentos

All Rights Reserved ©

Summary

El gobierno ha decidido expulsar a todo aquel que haya cometido un crimen hacia un territorio fronterizo de la nación, despojándolos de su ciudadanía y convirtiéndolos en seres apátridas. Con el paso de los años, ese lugar ha sido bautizado como La Ciudad de los Lamentos, un sitio donde asesinos, violadores y extorsionadores han sido desterrados sin posibilidad de redención. La oposición presiona para derogar esta ley, y como respuesta, el gobierno decide enviar a un hombre a estudiar a los habitantes de la ciudad. Su misión: evaluar quiénes cumplen con los criterios para recuperar su ciudadanía y ser reintegrados a la sociedad. Pero La Ciudad de los Lamentos no es un lugar cualquiera. Es un mundo donde la violencia dicta las reglas, y la supervivencia es la única ley. ¿Podrá el protagonista cumplir su tarea? ¿Logrará salvar a alguien? ¿O terminará atrapado en un lugar del que pocos han logrado escapar con vida?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los Silbidos

05:00 de la mañana...

Y me despierto entre silbidos en la ciudad de los lamentos.

El viaje había sido arduo y la noche me tomó por sorpresa. No pude hacer mucho más que buscar refugio. Por suerte, mi primo el Canelo me había ido a recoger. Caminamos rápidamente por calles abarrotadas de cachureos hasta llegar a su casa. No había iluminación. Mi primo prendió un fósforo y me indicó entre las penumbras una puerta.

—Ahí, primo, ahí te quedas.

Me desplacé dando tumbos, tanteando el terreno con los pies para no tropezar con nada. Abrí la puerta y vi un poco de claridad gracias a una tenue luz de luna que atravesaba la cortina de una ventana abarrotada. Gracias a ella logré ver lo que sería mi cama, que no era más que un saco lleno de ropa con una manta. No lo pensé mucho, me dejé caer sobre el saco y cerré los ojos hasta que aquel dulce sonido me despertó. Siempre he sido de sueño ligero; soy de aquellos que se despiertan por el ladrido de un perro a la distancia, pero esta vez no era un canino lo que me sacaba de mi trance nocturno. Era una dulce melodía que se escuchaba a unos metros de la ventana.

El sonido era distintivo, tenía ritmo, una melodía interesante y bastante bien compuesta, pero no era una canción lo que interpretaba aquel que provocaba el sonido. No bastaron más de unos minutos para darme cuenta de que era una provocación, una antesala a un acto que vería oculto entre los barrotes de la ventana.

El silbador era un hombre de edad madura, flaco pero con pinta amenazante. Movía un brazo mientras hacía el sonido con los labios, dirigiéndose a alguien que se movía entre las sombras. El silbador dejó su sonata para sacar de su cinto una navaja que parecía hecha con una lata oxidada de algún auto. Comenzó a moverla mientras ahora gritaba toda clase de insultos y amenazas a quien se acercaba entre las sombras.

—¡Te mataré! Vamos, acércate, no te confundas conmigo, que te apuñalo.

—¿Quién me va a matar? Apenas te mantienes en pie, viejo de mierda —se hizo escuchar el hombre que venía desde las penumbras.

—¿Crees que no soy capaz? Sabes bien por qué estoy aquí.

—Todos estamos aquí por lo mismo, ¿crees que me asustas?

Tras ello comenzaron una larga batalla de insultos. Hablaron de sus madres, sus hijos, sus mujeres, en un lenguaje que, aunque era español, estaba lejos de lo habitual. Poseía tantas jergas que apenas podía seguirles el ritmo. Si fui capaz de entender algo fue porque pasé mucho tiempo en mi adolescencia saliendo con mis primos, quienes solían visitar lugares donde la gente hablaba de una forma similar. Solo que aquí estaba llevado al extremo; realmente parecía otra lengua. Así como el español nació del latín, este lenguaje había nacido del español. A pesar de que no lograba entender varias palabras, sí podía sentir su gran hostilidad, como la de dos perros furiosos que se ladran, sujetados por la correa de sus dueños, esos ladridos que parecieran amenazas de muerte.

En un descuido, el hombre silbante cayó al suelo y comenzó a arrastrarse hacia la casa de mi primo, sujetándose el vientre.

—¡Puta que eres cobarde!

—¿Cobarde yo? ¿Quieres que te apuñale la garganta, acaso? A ver si con eso cierras ya la maldita boca —dijo el hombre de las sombras mientras se acercaba, moviendo sus manos de un lado a otro como un simio.

—¡Córtenla! Están afuera de mi casa. Si no quieren que los mate a ambos, salgan de aquí enseguida.

Era mi primo, quien había salido de la casa con un revólver en mano.

—¿Me vas a matar tú, Canelo? ¿A mí? ¿Qué te pasa? ¿Vas a defender a ese viejo de mierda? —Se detuvo en seco.

—Sabes que no me gusta que vengan con sus problemas a mi casa. No lo volveré a repetir. Salgan de mi vista, saben bien que a mí no me tiembla el dedo —dijo, apuntando al hombre que había apuñalado al silbante.

—Te la dejo pasar porque eres tú, Canelo, o si no, ya sabes lo que te haría.

—Ten cuidado con lo que dices, Jonny, recuerda que yo también sé dónde vives.

Rápidamente se escuchó un silbido fuerte y sonoro, proveniente de mi primo. El sonido era diferente al del hombre que yacía tendido en el suelo, y no pasó mucho cuando de las casas aledañas comenzaron a salir unos hombres.

—¿Qué pasa, Canelo? ¿A qué se debe el show? —dijo uno de los vecinos, quien era mucho más grande que mi primo y los otros dos hombres en frente de la casa.

—El Jonny parece que quiere que le abramos el estómago.

—No es eso, yo ya me iba, no pasa nada, en serio... —dijo finalmente el hombre de las sombras, yéndose por donde mismo había venido.

—Gracias, Canelo, te debo una —gimoteó el silbador.

—¿Vienes a comprar o no? —dijo mi primo, sin prestar mucha atención a los agradecimientos del hombre. Sus vecinos, al ver a Jonny irse, se metieron de vuelta a sus casas.

—Sí, sí, pero...

—¿Por cuánto vienes?

—Lo de siempre... —dijo el hombre resignado.

Mi primo le tiró en el pecho una bolsa con un polvo blanco y cerró la puerta. El hombre guardó la bolsa y se levantó. Caminó a paso lento hasta perderse en un pasaje.

No me había dado cuenta hasta que el hombre desapareció que ya había amanecido. Mi primo golpeó la puerta de la habitación en la que me encontraba.

—¿Primo, estás despierto? —se escuchó detrás de la puerta.

—Sí.

Tras mi respuesta, abrió sin más la puerta y entró.

—¿Lo has escuchado?

—Sí.

—Bueno, primo, así funcionan las cosas aquí. No es muy diferente de donde vivía, pero siento que hay menos respeto. Espero que esto no afecte nuestro acuerdo.

—Claro que no. Tú ayúdame y ya verás que enviare la recomendación para que salgas de este lugar.

—Confío en ti, primo... —dijo mientras volvía a cerrar la puerta—. En una hora más, mi señora preparará el desayuno. Intenta dormir un poco más mientras.

—Lo intentaré.