La llave olvidada - Ecos del pasdo I

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Summary

En una remota isla, Antonieta, una princesa con la capacidad de ver fantasmas, descubre una llave misteriosa que la impulsa a desentrañar los oscuros secretos de su reino. Acompañada por Lía, una bruja perdida en la búsqueda de su propio destino, se embarcarán en una peligrosa travesía. Juntas, desvelarán la verdad oculta sobre el estado la reina de Quimel, enfrentándose a los peligros que acechan tanto en el reino como dentro de ellas mismas. A medida que se adentran en las sombras de su linaje y los secretos que la corona ha tratado de ocultar, las dos deberán enfrentarse no solo a los misterios de su mundo, sino también a los ecos de un pasado que amenaza con destruirlo todo.

Status
Ongoing
Chapters
9
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prefacio

“Huían de su destino. De una cruenta guerra que les quitó sus tierras y familias. Vagaron por el mar de Cureo sin rumbo. Con la única esperanza de que los dioses fueran clementes y no se hubieran olvidado de ellos…

Extracto de la historia de la creación del reino de Quimel”.

Murmullos.

Sumergida bajo las aguas del mar que rodea la isla, Antonieta era capaz de escuchar los murmullos que la habían llevado hasta ahí. Eran voces inteligibles que la acompañaron en su odisea despistando a los guardias del castillo y a su tutora, Madame Alicia.

No había una voz clara, pero entendía más o menos lo que querían.

Nadando por las aguas del mar de Cureo, observaba con sus ojos claros bien abiertos algunos moluscos que flotaban entre las rocas. Una sonrisa se le escapó al ver un cangrejo desaparecer detrás de un coral lila. Era una vista preciosa. Algo que sin duda, no podría encontrar en la isla.

Salió a la superficie en busca de aire.

Soltó un fuerte ruido al estar fuera. Las mejillas se le entumecieron de inmediato.

“Lla…”

Las voces se hicieron un poco más claras.

“Ve…”

Sonidos entrecortados, como si fuera un enorme esfuerzo lograr pronunciar cada una de las letras.

Antonieta acomodó algunos mechones de su cabellera pelirroja tras las orejas. El atardecer estaba tocando las costas de la isla de Quimel. Los últimos rayos de sol iluminaban el contorno de las nubes. Un paisaje precioso. El mar brillaba y la espuma a lo lejos le daba el toque, como si estuviera en una pintura.

—Bien —balbuceó para sí misma sintiendo el sabor salado del agua sobre sus labios—, una vez más —se dijo, dándose ánimos para seguir explorando.

Justo cuando volvió a sumergirse, el sol se escondió por completo en el horizonte.

A medida que nadaba más profundo, a su alrededor comenzaba el espectáculo de Quimel, el fenómeno único que caracterizaba a la isla. Unas extrañas esferas se materializaron, despedían un haz de luz blanquecina como si fueran pequeños guías de las aguas. Los animales marinos se esfumaron con su presencia, las algas se recogieron.

Antonieta fue capaz de continuar su búsqueda, sintiendo una leve corriente a su izquierda, una presencia mejor dicha que la guiaba más al fondo. Apoyó las palmas de las manos en el fondo, la arena se escapó de sus dedos y flotó rodeándola. El brillo de las luces se incrementó a medida que escarbaba, con un presentimiento en su corazón que aceleraba sus latidos. Las esferas se movieron en su dirección como si la estuvieran ayudando y, una a una se fueron apagando en la medida que los últimos rayos de sol desaparecían en la lejanía.

Entonces, topó algo con sus dedos que no era poroso como las rocas ni áspero como la arena. Era una superficie lisa, con un diseño intrincado no más grande que su dedo del medio. Lo agarró con la punta de los dedos y tironeó con fuerza.

“¡Lo tengo!” Pensó girando sobre su eje al extraer de la arena el objeto que buscaba. Sonrió triunfante quedándose completamente a oscuras y en completo silencio. Los murmullos se apagaron al igual que las luces.

Regresó a la superficie antes de que la marea subiera y no fuera capaz de volver al castillo.

Llegó a la plataforma a los pies de una quebrada y escurriendo el agua de su vestido y cabello. Subió con cuidado las escaleras de piedra, con escalofríos al sentir la brisa de la tarde enfriar la humedad de su piel, pero nada de eso le quitaba la sonrisa que adornaba su cara. Apretaba entre sus dedos lo que tanto había estado buscando. O, mejor dicho, lo que tanto tiempo los fantasmas a su alrededor la habían empujado a rastrear.

No es fácil para una princesa hacer una búsqueda sin ser descubierta, pero ella tenía sus trucos —aunque, si era sincera, demoró dos meses en poder escabullirse de la vista de Madame Alicia por completo —. Al estar a la mitad de los escalones, se afirmó del barandal para ver su tesoro.

Una llave, con un delicado diseño. Se notaba que era personalizada. Quizás de algún diario o de un tesoro antiguo. El sol estaba estampado en ella. Nunca había visto una igual. Dorada, sin rastros de oxido ni deterioro, estaba como nueva.

En la punta de la quebrada, soltó un fuerte suspiro. Sentía las piernas fatigadas. Tambaleándose, se desplomó en una banca en la mítica zona llamada “la media luna”, el lugar de descanso para los trabajadores del castillo. Compuesto de una larga banca de mármol con forma de medialuna. En cada extremo había un pilar que se encargaba de sostener una parra —que a veces daba uvas dulces y exquisitas y otras, una fruta ácida —y una enredadera que se extendía por casi toda la zona de arriba.

Era su sitio favorito del castillo. Aunque muy pocas veces podía estar ahí con tanta soltura como en esos momentos.

“Pa…”

Al escuchar los murmullos, se irguió. Adoptó una posición alerta.

“Sos…”

Se guardó la llave entre las mangas de su vestido y permaneció quieta, apenas respirando y los ojos fijos en el horizonte.

—¡Aquí está, su alteza! —la voz aguda y grácil de Madame Alicia erizó los vellos de su piel—, Antonieta Tordels —al oír su nombre en ese tono de regaño, se encogió sobre sí misma—, ¿Un muñequito? ¿Sábanas y una escapada?

La figura de su tutora se apareció en un chasquido delante de ella. Madame le lanzó una mirada severa.

—Estoy en una pieza —replicó con una media sonrisa—, tienes que admitir que fue una escapada perfecta, Mad…

—¡¿Escapada perfecta?! Una princesa no debería sentir orgullo de andar trepada por las paredes del castillo —Madame Alicia entornó los ojos—, y menos de verse así. Esa no es la apariencia de la futura gobernante de Quimel, ¿Y si alguien la hubiera visto? La reputación de la corona se habría venido abajo. Sabe cómo son en el castillo.

—¡Bah! Nadie me vio, estás exagerando —Antonieta soltó una risilla al escuchar a su tutora refunfuñar—, ¿Puedes usar tu magia, Madame? Me congelo.

—¿Debería? —su tutora se acomodó algunos mechones oscuros que le caían por la frente, se veía furiosa. Y, ¿Cómo no? Si al ir a buscar a la princesa para darle las últimas lecciones del día, se encontró con una muñeca de trapo sentada en el escritorio con pluma en mano y una soga de sábanas colgando por la ventana—, ¿Qué es lo que te encanta tanto como para desear escapar, princesa?

Antonieta se encogió de hombros. No le revelaría nada sobre la llave. Si decía algo, le quitarían el objeto para analizarlo y tal vez, no lo volvería a ver.

—Tu también fuiste joven, Madame, ¿Nunca sentiste ese llamado?

—Jamás —Madame Alicia chasqueó los dedos sin dejar esa expresión severa. De inmediato una brisa cálida envolvió a Antonieta llevándose el frío y el agua de sus ropas—, siempre supe cuál era mi deber.

—¡Pff! Pobre Madame.

—¡Antonieta Tordels! —siseó la bruja en ese tono que le decía que era suficiente de bromas o le iría peor—, cierre la boca o le diré al rey que estuvo jugando en el mar. No querrá que cierren este lugar ¿O sí?

Antonieta se tensó. Chistó la lengua, poniéndose de pie.

—Todo el mundo… ¿Por qué les gusta prohibir? Lo único que saben hacer es prohibir. No hagas esto, no hagas aquello… ¿Y la libertad? ¿Dónde queda?

En el castillo, Madame Alicia se la llevó a rastras hasta el cuarto de baño y la obligó a lavarse el cuerpo antes de que el rey la descubriera. Después de terminar le prohibió cenar como castigo por la travesura de esa tarde y la encerró en el dormitorio a terminar las lecciones que no pudieron tener sobre la historia del reino.

—Pondré un hechizo en esas ventanas —farfulló la bruja mirando los cristales—, ¡Vendré a verte a cada hora en la noche! Y si no estás en la cama, me veré en la obligación de hechizarte, Antonieta. No me importa que seas la princesa —Madame hizo una pausa para respirar hondo—, te convertiré en estatua haber si te quedas quieta.

La joven Tordels ahogó una risita. No iba a mentir, le gustaba es faceta de su tutora. Sabía que no la hechizaría. Madame no tenía el corazón para eso.

—¿Si hago tareas extra me perdonarás? —preguntó girándose en la silla para ver a su tutora.

Madame refunfuñó para sí misma.

—¿Cómo diablos te trepaste a la pared? —farfulló mirando afuera por la ventana tratando de descifrar como su protegida se había atrevido a lanzarse de un segundo piso y salir ilesa. Sacudió la cabeza de lado a lado—, Y no. No te perdonaré. Tendrás deberes extra por un año entero, Antonieta Tordels.

Antonieta se quejó por lo bajo, pero no puso réplicas. Prefería no agrandar su falta. Si su travesura llegaba a oídos de su padre, la castigarían de peor forma. Estaba segura de que, el rey encontraría la excusa perfecta para comprometerla, como un modo de “desviar la atención” de quienes posiblemente la hubieran visto —aunque no existiera nadie —. Prefería morir antes que ser desposada.

Volvió su atención a sus tareas.

Cuando dieron la medianoche, se estiró ruidosamente dejando la pluma a un lado. Finalmente había acabado de rellenar la décima página de su cuaderno con su respuesta. Limpió sus muñecas manchadas en tinta y fue a cambiarse para dormir. Al desabrochar las cintas de su vestido y dejarlo caer un ruido seco la sacó de sus pensamientos y le recordó su misión de esa tarde.

Al ver la llave en el suelo, una sonrisa se coló en sus labios.

—¿Y ahora qué? —preguntó al aire.

Los murmullos volvieron a resonar en sus oídos tan claros como el agua del mar Cureo.

“Puerta…”

Una fuerza mayor la empujó.

—Esperen, esperen —dijo agarrando una bata y escondiendo la llave en sus bolsillos—, ahora sí —abrió la puerta de su dormitorio y de puntitas, siguió las voces que se alejaban de ella, guiándola en una nueva aventura que hacía cosquillear su estómago.

Como ya era tarde, los guardias estarían fuera del castillo haciendo sus rondas. Tendría hasta la madrugada para explorar.

Corrió descalza pisando la alfombra que recubría el suelo de los pasillos hasta llegar al primer piso. Bajó las escaleras por la ruta alternativa.

—¿Dónde están? —giró la cabeza al sentir como las voces que la guiaron se disipaban dejando un eco tras de sí.

Estaba en el pasillo de los retratos. En donde se exhibían los retratos de toda su familia desde el comienzo de la dinastía Tordels. Los vellos de sus brazos se erizaron al estar de pie delante del cuadro del primer rey de Quimel, su bisbisbis… abuelo. Un hombre muy parecido a su padre, de porte serio y mirada intensa. Con los cabellos rojizos peinados hacia atrás y el escudo de la familia en su pecho.

Una presencia la empujó al cuadro que no había sido movido desde que lo colocaron allí.

Trastabilló.

Al tocar la pared, otra presencia guio una de sus manos hasta el borde de la pintura.

“Puerta…”

Acarició con la yema de los dedos el marco del retrato, era gigantesco. Abarcaba todo el alto de la pared. Sus brazos estirados no alcanzaban a cubrir ni la mitad de su ancho.

“Atrás… atrás…”

Antonieta aplanó los labios.

¿La puerta estaba tras ese cuadro?

—¿Cómo voy a moverlo?

Ella no era una bruja, no tenía ni una pizca de magia en sus venas, tampoco podía recurrir a su padre. Ni a Madame. Ni a nadie en ese castillo para mover la pintura. Si lo mencionaba su aventura se terminaba ahí, le harían miles de preguntas sobre cómo sabía que detrás había una pintura. Le quitarían la poca libertad que tenía y harían desaparecer su poder. Imaginar ese escenario no le sentó nada bien.

“Aliados…”

—¿Aliados? —Antonieta miró a su alrededor. La luz de luna se colaba por los grandes ventanales, iluminando el resto de pinturas—, ¿Ustedes no pueden hacer algo? —hubo silencio, pero las presencias fantasmales seguían ahí—, ¿Dónde podré hallar aliados? Ustedes… ¿Ustedes pueden guiarme?

“Academia… academia Beauté…”

Su corazón se paralizó al escuchar esas palabras.

—Academia Beauté… —repitió en voz baja. Echó un vistazo a la llave en sus bolsillos. Tenía el presentimiento de que algo grande estaba a punto de suceder—, ¡Iré! —dijo con ánimo—, no se preocupen. Encontraré a mis aliados.

A pesar de que no veía a los entes a su alrededor. Sabía que estaban ahí, en algún lado devolviéndole la mirada. No podía defraudar a sus compañeros. Tenía una promesa que cumplir con ellos.

Es así como, la princesa Antonieta Tordels, comenzó una nueva aventura. Encontrar aliados que la ayudarán a hallar la misteriosa puerta tras el cuadro.

Notita de autora

Estamos en una nueva aventura dentro del universo de la torre

Dos personajes que cobraron vida hace más de diez años y por fin pueden ver la luz del sol. Espero que les guste esta historia.

¡Muchas gracias por leer!