𝐒𝐰𝐞𝐞𝐭 𝐏𝐨𝐢𝐬𝐨𝐧; 𝐁𝐚𝐤𝐮𝐠𝐨̄ 𝐊𝐚𝐭𝐬𝐮𝐤𝐢

Summary

𝗢𝗡𝗘𝗦𝗛𝗢𝗧'𝗦 +18 • 𝗛𝗜𝗦𝗧𝗢𝗥𝗜𝗔 𝗢𝗥𝗜𝗚𝗜𝗡𝗔𝗟 𝗕𝗔𝗞𝗨𝗚𝗢 𝗞𝗔𝗧𝗦𝗨𝗞𝗜 𝗫 𝗢𝗖 ❥︎ ¿Tᴇ ɢᴜsᴛᴀ Bᴀᴋᴜɢᴏ̄ Kᴀᴛsᴜᴋɪ ʏ ʙᴜsᴄᴀs ɪᴍᴀɢɪɴᴀʀ ᴍɪʟᴇs ᴅᴇ sɪᴛᴜᴀᴄɪᴏɴᴇs ᴄᴏɴ ᴇ́ʟ? Eɴᴛᴏɴᴄᴇs ᴇsᴛᴇ ᴇs ᴛᴜ ʟɪʙʀᴏ! ✍︎ Las siguientes historias están basadas en los personajes del anime/manga "My hero Academia". El único personaje de mi autoria es Sadashi. ✍︎ Uso de lenguaje +18 ☜︎︎︎ Temáticas que no deben romantizarse ni llevar a la práctica, esto es suma ficción. ✍︎ Prohibida la copia. ✍︎ Las adaptaciones están permitidas, siempre y cuando se pida permiso antes, dando créditos de la idea a la hora de publicar. ✍︎ Historia en emisión. ⚠️ Si el contenido erótico no es de tu agrado te invito a abandonar este libro, ¡no reportes la historia!

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

𝐈

Oneshot: "Mi otra mitad"

Sinopsis: Sadashi no comprendía lo difícil que suponía ser un Omega. Tarde o temprano terminaría descubriéndolo por cuenta propia y de la peor manera.

Omegaverse Au

El día parecía simplemente monótono. Sadashi y Yūsuke mantenían la misma postura al estar recostados sobre sus escritorios, sin atender por completo a las explicaciones del profesor frente a ellos. Mientras que ella dibujaba de manera disimulada, su mellizo dormitaba profundamente aprovechando su posición al final del aula.

Cuando la puerta de la misma se abrió la voz lúgubre y ronca del mayor se vio acallada por la entrada de la secretaria, que recibió al instante la atención de todos los alumnos.

—Los hermanos Asahina se retiran.

Al oír aquello la pelinegra le dio un codazo a su hermano que yacía a su lado, despertándolo con brusquedad. Este miró a los lados, confundido, dirigiendo la mirada hacia donde le señalaba la hermana con la cabeza.

—Su hermano llegó por ustedes.

Al comprender lo que sucedía ambos guardaron sus cosas rápidamente, ignorando los incesantes cuchicheos que daban sus compañeros, siendo presas de la curiosidad. Dieron una rápida reverencia antes de salir del curso, caminando a paso rápido tras la mujer que parecía correr hacia la entrada haciendo resonar el sonido de sus finos tacones rojos a través del extenso pasillo. Yūsuke llamó la atención de su hermana con un movimiento de cabeza, indicándole que se acercara a él.

—¿Quién crees que haya venido por nosotros? —cuestionó con cierta duda. Su expresión ingenua hizo que la chica pusiera los ojos en blanco.

—Masaomi, o tal vez Ukyō, pero no sabría porque —respondió a modo de susurro.

Al llegar a la entrada del plantel lograron ver el auto rojo del que era dueño su hermano médico. Se colocaron rápidamente sus zapatos de calle y se despidieron de la secretaria que tantas veces los había llevado a detención. Corrieron de manera rápida hasta lograr acercarse al convertible rojo, Sadashi le saco la lengua al haber llegado primera logrando tomar el asiento delantero.

—Gracias por acortar las horas de encierro, nii-san —dijo ella luego de cerrar la puerta del auto. Podía oír perfectamente los gruñidos del pelirrojo, quien se ponía el cinturón en la parte de atrás, muy a regañadientes—. No nos habías dicho nada.

—Hablé con mamá hace poco —ambos prestaron suma atención a las palabras del mayor. La rubia nunca era tema de conversación, por lo que debía ser importante—, cumplieron años hace poco —hicieron un gesto de obviedad con los ojos, el cual fue ignorado por el médico—. Tienen que hacerse el estudio.

Se pusieron pálidos en cuestión de segundos. Podían jurar que el sudor frío los recorrió de arriba abajo, siendo presas de los nervios. Esperaban que ese día no llegara nunca, pero no podían huir. Cuando sus hermanos mayores pasaron por lo mismo creían que exageraban con el miedo, pero ahora entendían perfectamente la sensación. Yūsuke estaba un poco más confiado, ya que todos en su familia, menos Louis son alfas respetados gracias a su madre. Hasta donde recordaban, su padre era un omega.

Por otro lado, Sadashi estaba insegura. Tenía mucho miedo de ser condicionada por su segundo género, quería ser un héroe y sabía que sería casi imposible cumplir su meta si no era un alfa como el resto de sus hermanos.

La situación jerárquica en la que está regida la sociedad nunca le había importado, hasta ahora.

Arriba de todo estaban los Alfa, personas con alto poder social y quirks sorprendentes. Su segundo género les daba ciertas ventajas a la hora de conseguir trabajo y estaban hechos para alcanzar la grandeza. Tenían características físicas bastante repetitivas, como ser corpulentos, tener gran estatura y voces firmes, llegando a ser algo toscas todo para someter a personas de menor nivel.

Los beta, personas comunes con poderes poco impresionantes.

Los gamma, una raza superior a los Omega, casi exterminada por completo gracias a su extrema fragilidad.

Y, por último, los antiguamente mencionados, los omegas, rechazados por la sociedad.

Cumpliendo el estigma de incubadoras humanas, sufriendo del ciclo de calor cada mes para llamar la atención de alfas para ser marcados. Su posición sumisa consiguió que la gente con dicho segundo género sean rechazados, teniendo problemas para conseguir trabajo y consiguiendo salarios mediocres.

Eso era algo que Sadashi no quería para ella.

Cuando llegaron a la entrada del hospital donde Masaomi trabajaba, a ella casi le baja la presión. Mantuvo la vista fija en el cartel blanco y reluciente, prestando atención a las letras color cielo que daban la bienvenida al lugar. El mayor colocó sus manos en la parte baja de la espalda de ambos mellizos, marcándoles el camino hacia la recepción. Una mujer rubia, bastante joven, sonrió al ver llegar al castaño, sonrojándose levemente haciendo un asentimiento de cabeza a modo de saludo.

—Buenas tardes, Kyoko-san —se anunció el médico—. Vengo con mis hermanos para las pruebas del segundo género.

Ella asintió al mismo tiempo que agendaba en la computadora la visita de los chicos, guardando los datos en el historial médico de la familia. Carraspeó llamando la atención de los hermanos menores, quienes tomaron color bordo al ver las perlas blanquecinas de la chica que les sonreía de manera amable.

—Ya sabes hacia donde ir, Asahina-san.

Les señaló el pasillo y él asintió, despidiéndose. Sadashi y Yūsuke no dejaban de sorprenderse al mirar el rostro pacífico de Masaomi, quien era saludado cada cinco segundos a medida que caminaban hacia la sala de estudios. Los pacientes le sonreían con amabilidad y eran correspondidos de la misma forma. Sin darse cuenta sintieron como sus pechos se inflaban del orgullo, ya que ese hombre fue quien los había criado durante toda su niñez. Cuando llegaron a la enorme puerta que les correspondía, el castaño notó como sus hermanos fruncían los hombros, tragando el nudo instalado en sus gargantas para disimular la ansiedad que sentían.

—Pase lo que pase, no importa que digan sus exámenes —dijo, observándolos de soslayo—, siempre estaré orgulloso de ustedes.

Ambos curvearon sus labios hacia arriba de manera disimulada, recibiendo gustosos las caricias que él les daba en el cabello a modo de apoyo moral.

—Su segundo género no los define, que no se les olvide.

Luego de darles esa frase de aliento empujó la puerta con su mano, saludando con una reverencia a uno de los profesionales más antiguos del hospital. El anciano se removió las gafas por arriba del puente de su nariz y observó a los recién llegados de arriba abajo, haciéndolos flaquear cuando dio vueltas alrededor de ellos como un zorro rodeando el nido de unos pájaros. Sonrió bajo el bigote blanco, agarrando del segundo cajón del escritorio un sujetapapeles y una lapicera.

—Bueno, jóvenes, empecemos.

Bajo la mirada expectante de Masaomi, Yūsuke y Sadashi fueron sometidos a incontables pruebas médicas. Les quitaron muestras de sangre y orina, fueron medidos y pesados. También hicieron una serie de pruebas físicas para constatar de la fuerza física y el rendimiento que ambos poseían. A medida que las horas pasaban, el cansancio comenzaba a pasarles factura. Les había quedado claro que no se trataba de ningún chequeo de rutina.

El hombre de bata blanca soltó un pequeño suspiro de cansancio al terminar. Con unas simples palabras les indicó a los menores que salieran de la sala y aguardaran en el pasillo, para así poder hablar con su colega tranquilamente. Los mellizos salieron a regañadientes y se dejaron caer sobre las sillas de plástico azul, recargándose en el cuerpo del otro para recargar energías. El pelirrojo abrazó a su hermana que mantenía los ojos cerrados, respirando con cierta intranquilidad. Podía oír perfectamente el latir rápido de su corazón y oler fácilmente las gotas de sudor que recorrían la piel de su frente.

—Deberías tranquilizarte —le susurró, dándole pequeños empujoncitos a modo de apoyo—, todo estará bien.

Le acarició el brazo con delicadeza hasta que la puerta se abrió nuevamente. Yūsuke fue el primero en entrar, dejando a Sadashi sola aguardando en su lugar. Unos quince minutos después él salió con una sonrisa orgullosa en el rostro, haciendo relucir los blancos colmillos que sobresalían levemente de sus labios.

Ella se levantó a paso lento y cerró la puerta tras de si, sentándose junto a Masaomi que le tomó de la mano ni bien tomó lugar junto a él. El médico abrió un sobre de madera y leyó los resultados mentalmente, dejando los papeles boca abajo al mismo tiempo que entrelazaba sus manos por arriba de la mesa.

—La joven Asahina posee el segundo género de un Omega —dijo, sin darle muchas vueltas al asunto.

Sadashi soltó un quejido silencioso, sintiendo como sus hombros y espalda se tensaban como si le hubieran tirado un balde de agua helada de sorpresa. Masaomi tomó los análisis y leyó rápidamente, verificando lo que estos decían. Colocó una mano en el hombro de la azabache intentando contenerla, pero sabía que no serviría de nada.

—Tenemos que hacer un plan para suavizar un poco los calores y así evitar marcas indeseadas —de un armario de vidrio sacó un frasco rosado, el cual depositó sobre la mesa llamando la atención de la ojiverde—. Estos son supresores, contienen encapsuladas las feromonas de alfas para que con ellas puedas soportar la época del celo sin problemas —ella las tomó con cierta duda, leyendo el prospecto con atención—. También hay algunas para reprimir el olor, pero puedes evitarlas para no tener tanta carga en tu estómago, estás rodeada constantemente de Alfas por lo que su olor se impregna fácilmente con el tuyo —sin dar muchas explicaciones buscó dentro de la gaveta del escritorio hasta dar con un collarín de cuero, que se lo extendió a Masaomi. Sadashi miró el elemento con cierto pánico—. Esta cinta de cuero impedirá que te marquen, debes usarlo en todo momento, ¿De acuerdo?

Ella asintió lentamente, mordiéndose el interior de la mejilla hasta sentir como el sabor metálico de la sangre inundaba sus papilas gustativas. Aún no caía en la idea de que debía estar en alerta constante gracias a su condición, y que a pesar de tener una familia influyente debería esforzarse el doble para conseguir sus metas.

—¿Por qué soy la única Omega de mi familia? —susurró de manera dolorosa. El corazón se le estrujaba dentro del pecho en signo de dolor, haciéndola agonizar de manera silenciosa.

—Hasta dónde tengo entendido, tu madre es un alfa pura, hija de dos alfas, ¿Correcto? —el castaño asintió, corroborando la información—. Tu padre era un Omega, los genes de Miwa son mucho más fuertes, pero hay excepciones en dónde no se hereda el segundo género más puro, como es tu caso.

Mientras el médico seguía hablando con su hermano, Sadashi se mantuvo en silencio apretando con fuerza el collar de cuero que reposaba sobre su regazo. Le habían arrebatado los sueños de un tirón, y necesitaba recuperarlos.

—Deberás tener un riguroso cuidado sobre tus ciclos de calor, para no llevarte sorpresas con la época estral —ella asintió, desconectándose finalmente de la charla.

Cuando salieron del consultorio Yūsuke se levantó de un salto para recibir a su hermana, pero frenó en seco al ver el collarín que relucía en la piel de su cuello. Sus ojos esmeraldas se habían cristalizado a la vez que mordía de manera instintiva su labio inferior, clavándose las uñas en las palmas de su mano.

—Vamos a casa, tenemos que hablar con los demás —indicó el más grande, haciendo asentir al dúo.

El camino hacia la casa fue en un tortuoso silencio que calaría en la piel de cualquiera, esa incomodidad fue incluso peor cuando llegaron y fueron recibidos por Ukyō, que preguntó con una sonrisa como habían salido las cosas. Masaomi no dio muchas explicaciones y le ordenó que mandara a llamar a todos sus hermanos, incluido Natsume que debía estar en su departamento. Incluso Hikaru estaría en la charla, aunque de manera virtual gracias a su estadía en Estados Unidos. Cuando todos los hermanos Asahina estuvieron sentados en los sofás de la sala el mayor de todos explicó lo que el médico les había dicho, Sadashi se mantuvo a su lado, sin decir palabra alguna. Se fueron pasando los resultados de a uno, leyendo y comprendiendo la gravedad del asunto. Después de todo la chica estaba rodeada de alfas, y por eso debía haber reglas para poder protegerla de cualquier amenaza.

—¿Eso significa que nee-san no podrá ser heroína? —preguntó con inocencia Wataru que yacía sentado en el regazo de Louis, el único beta de la familia ya que era adoptado.

Incluso el más pequeño de la familia sabía lo difícil que era la vida para los omegas, si bien no era probable que ese fuera su segundo género Miwa se había encargado de explicarle a todos los beneficios y dificultades que tenía cada rama de la sociedad, de una manera fácil e inocente para que pudieran comprenderlo.

—No es así, Wataru-kun —quien habló ahora fue Natsume, llamando la atención de Sadashi—. Ella logrará entrar a la UA y será la mejor heroína.

Sonrió al ver cómo los ojos de su hermana brillaron esperanzados. Él mejor que nadie entendía su situación. Después de todo, también le habían arrancado sus sueños por una vieja lesión en combate. Pero sabía y estaba seguro de que ella podría lograrlo todo, incluso siendo una Omega.

—Debemos apoyar y cuidar de nuestra pequeña imouto, ¿Está bien? —quien preguntó ahora fue Kaname, acercándose a la mencionada para abrazarla. Sintió que su corazón latió con fuerza al ser correspondido por primera vez y no apartado como siempre.

—¡Yo cuidaré de Sada-chan siempre!

Cuando ella recibió el abrazo del menor de la familia no pudo evitar romper a llorar. Creía que sería la oveja negra entre tantos alfas exitosos y con madera de líderes, pero se había equivocado.

Antes que todo, eran sus hermanos, y ningún segundo género cambiaría eso.

Sadashi atendía a las explicaciones de Aizawa con una sonrisa leve en el rostro, sin perderse ni una palabra de lo que estaba diciendo para anotar todo en su cuadernillo.

Había sido una gran celebración el día que recibió la carta de aceptación a la UA, recibiendo las felicitaciones que sus hermanos le daban entre llantos desconsolados al haber logrado lo que tanto había anhelado desde que era apenas una niña. Y no solo eso. Además de recibir la oportunidad para formarse como heroína, también había conseguido hacer muchas amistades, agradeciendo intensamente no ser rechazada por el resto gracias a su condición. Tenía unos cuantos compañeros Omega, entre ellos resaltaban Midoriya, Kyōka y Ochako. Un poco más de la mitad del salón estaba dividido entre gammas y betas, dejando un pequeño puñado de alfas.

Bakugō, Tenya, Todoroki, Kirishima y Yaoyorozu eran los únicos con esa condición.

Cuando el director Nezu leyó en voz alta el listado de segundo género el primer día de clases, Sadashi no pudo evitar preocuparse, manteniendo cierta distancia de los que poseían mayor posición jerárquica para evitar problemas. Grande fue su sorpresa cuando el Alfa pelirrojo se acercó en el receso, extendiéndole la mano con amabilidad para presentarse. El brillo intenso de sus ojos contrarrestaba el miedo que sus dientes le provocaban, aceptando el gesto.

A medida que los meses pasaron, logró darse cuenta de que había caído en prejuicios estúpidos, disculpándose rápidamente con los que ahora podía decir orgullosamente que eran sus amigos. Compartiendo grupo, Bakugō y Kirishima nunca hicieron algo para ponerla incómoda, haciendo que bajara la guardia lentamente con los demás alfas de la clase.

Ellos, junto a Kaminari y Hanta —dos betas— sentían cierto apego a la pequeña Omega, queriendo protegerla de las miradas de posibles depredadores correspondientes a otras clases. El olor de Sadashi era bastante dulce y fácil de percibir, siendo una mezcla entre malvaviscos y chocolate. Katsuki notaba una leve fragancia a lirios cada vez que ella estaba cerca, pero no le prestaba la suficiente atención como para hablar de ello.

—Los exámenes se acercan y necesito que todos estén preparados —el hombre de grandes ojeras oyó un jadeo colectivo, mientras observaba con cierto desdén las expresiones cansinas de sus estudiantes—. Cada día están más cerca de graduarse y su rendimiento académico debe aumentar, no decaer.

Todos afirmaron a coro siendo silenciados por el timbre que anunciaba el inicio del receso. Sadashi se levantó de su banco y sin dar muchas explicaciones corrió hacia los baños, ya que no podría aguantar mucho tiempo más. Lavó sus manos al salir y las secó contra la tela de su falda, quitando las gotas que caían por su piel. Cuando se dirigió de camino al salón nuevamente, una enorme silueta pasó rápidamente por el pasillo hasta colocarse frente a ella.

—¡Asahina, que bueno que te encuentro! —el héroe All Might se inclinó hacia adelante para poder ver de cerca a la pelinegra quien sonrió al verlo. Debido a su altura estaba obligado a doblar un poco las rodillas, quedando finalmente junto a su rostro.

—Buenas tardes, sensei —saludó al mismo tiempo que daba una leve reverencia—. ¿Me necesitaba?

—Buscaba a cualquier alumno de 1ª en realidad —explicó sin dejar de sonreír—. Luego del receso usaremos el gimnasio, y necesito que alguien abra la puerta para sacar los materiales —del bolsillo de su pantalón sacó una llave plateada que casi se pierde en la palma de su mano debido al tamaño. Sadashi la recibió, asintiendo—. ¿Podrías hacerme ese favor?

—¡No se preocupe, yo me encargo! —aseguró sin dudarlo.

Dando pequeños saltos se dirigió hacia el lugar indicado, oliendo rápidamente un revoltijo de hormonas y sudor gracias a los alumnos que aún se encontraban allí, escuchando las devoluciones del profesor. Sadashi caminó de manera sigilosa a la enorme puerta del armario de utilería, abriéndola con la llave que All Might le había confiado. Pudo oír como las voces se hacían cada vez más lejanas, al haberse retirado todos los jóvenes que estaban allí.

Mientras rebuscaba dentro de las bolsas llenas de balones un ardor casi incontrolable apareció en su muñeca izquierda, dónde residía un brazalete de metal que le servía para inhibir su fuerte olor. El calor hacía que su piel se irrite considerablemente, sintiendo una molesta picazón acompañada de un escozor del cual ya estaba acostumbrada. Se lo quitó para corroborar el estado de su muñeca, chasqueando la lengua al ver las pequeñas ronchas rosáceas que comenzaban a brotar la zona afectada.

Creyó que no tendría más problemas, pero se equivocó. Notó como unas cuantas gotas de sudor rodaron por su frente hasta caer justo a un lado de sus zapatos, esa fue la primera señal. Le dio un leve temblor en las piernas al punto que se vio obligada a sostenerse de la caja de metal dónde guardaban las colchonetas. La visión se le puso borrosa y un quejido de dolor salió del fondo de su garganta. Un calor insoportable inundó la parte baja de su estómago, haciendo aparición junto a la humedad en su parte baja que le impidió pensar con claridad.

—¿Hay alguien aquí? —logró escuchar a lo lejos. Cómo pudo intentó amarrar nuevamente el brazalete en su lugar, pero el sudor de sus manos se lo impidió provocando que este cayera al suelo. Unos pasos aparecieron tras ella, pero como estaba de espalda no sabía de quién se trataba—. Perdón, no quería asustarte, sólo vine a guardar esto.

Con el pulso latiendo en sus oídos logró darse la vuelta, notando la presencia de unos ojos amarillentos que la miraban con preocupación. Sabía que estaba en problemas al ver cómo estos se oscurecieron luego de olfatear con profundidad el lugar. Instintivamente caminó hacia atrás hasta chocar con la enorme jaula detrás suyo, sin dejar de mirar fijamente al joven que se relamía el labio inferior como si estuviera viendo un pedazo de carne.

Cuando su hermano le explicó los peligros que conllevaba su segundo género creyó que estaba exagerando. Obviamente estaba equivocada. La época del celo traía problemas, ya que no todos los alfas contaban con la fuerza de voluntad para evitar doblegarse ante sus más bajos instintos. Las violaciones durante esas épocas eran algo común, dando como resultado uniones indeseadas y cachorros fuera de relaciones. Sadashi sintió que su vida corría peligro cuando el cuerpo del castaño se arrojó sobre ella, tomándola de la nuca para apegarla a la pared más próxima.

—¡S-Suéltame, ahora! —exclamó, removiéndose inquieta. La sujetó de ambas manos pegando así sus cuerpos. Lágrimas calientes recorrieron sus mejillas al sentir el aliento caliente del alfa junto a sus orejas, suspirando del miedo debido a la sensibilidad—. ¡P-Por favor!

Su cuerpo tembló de pies a cabeza cuando le obligó a separar las piernas con la rodilla, haciéndole sentir claramente la erección contra su trasero. Sadashi supo que debía actuar cuando él intentó quitarle el collar utilizando los dientes. Levantó el pie izquierdo y con este le dio un fuerte pisotón al tipo que jadeó del dolor, que incrementó cuando llevó la cabeza hacia atrás dándole un cabezazo que logró descolocarlo durante unos cuantos segundos. Aprovechó para salir corriendo ignorando el temblor de sus piernas y el goteo de su intimidad.

—¡No escaparás tan fácil! —gruñó el alfa utilizando la voz, intentando someterla. Sadashi jadeó asustada cuando le tomó de la muñeca, jalándola de regreso al enorme armario—. ¡Tu olor me está volviendo loco!

Aunque hizo fuerza para no ser arrastrada poco pudo hacer, ya que la arrojó al suelo haciéndola jadear debido al impacto. Este se colocó sobre su cuerpo tomándola de las muñecas luego de romperle la camisa, besándole así el valle de los senos hasta dejar la zona completamente húmeda. Sadashi gritó con todas sus fuerzas en busca de ayuda, sintiéndose sucia ante las lamidas que el tipo le dejaba en el inicio del cuello. Cómo pudo logró librar sus piernas y con estas pateó el estómago del más alto, haciéndolo retroceder unos cuantos pasos. Cuando quiso acercarse nuevamente logró rajarle la cara con las garras, cerrando los ojos al oír los gritos de dolor al mismo tiempo que la sangre brotaba a chorros de las heridas que surcaban todo el rostro del Alfa.

Aún en el aula de 1A, Bakugō se removía incómodo sobre su asiento ignorando las risas que daban sus amigos al hablar de un tema que no le interesaba en lo absoluto. Sentía que algo le faltaba y no sabía que exactamente. Estaba intranquilo, casi ansioso. Tuvo un mal presentimiento, y por un instante el rostro de su amiga cruzó su mente como una estrella fugaz en el firmamento. Las manos comenzaron a sudarle y repiqueteó la pierna unas cuantas veces, mirando cada tanto la puerta del salón para ver si la joven que tanto esperaba cruzaba finalmente el umbral.

—Amigo, ¿Estás bien? —quien preguntó aquello fue Kirishima, que lo tomó del hombro haciendo que saliera de su burbuja imaginaria, obligándole a ponerle atención—. Te veo algo preocupado.

Katsuki tragó en seco.

—Algo no está bien.

Su respuesta llegó al instante que vio varios profesores corriendo por los pasillos, junto a un chillido de auxilio que sólo él parecía haber escuchado. Sin estar del todo consciente sus piernas le obligaron a correr tras los demás, siendo seguido por sus amigos que no entendían su acción tan involuntaria. Llegaron a la puerta del gimnasio, y allí entendieron que sucedía.

Los gritos se hicieron mucho más fuertes y un olor dulce llegó a las fosas nasales de los presentes. Aizawa fue el primero en actuar, corriendo en dirección al armario abriendo los ojos del asombro.

Otro ataque estaba siendo llevado a cabo.

—¡Aléjate de ella!

Bakugō logró ver a través de su costado la voluptuosa espalda de un chico que reconocía como un alumno de tercer año, forcejeando con un cuerpo que yacía acorralado por el suyo. Cuando el pelinegro lo envolvió con sus cintas, jalándolo hacia atrás para estamparlo contra la pared, notó la presencia de la pelinegra que estaba llorando en el suelo. Su cuerpo se impulsó nuevamente de manera inconsciente, tomando de la camisa al tipo para levantarlo con facilidad, golpeándolo contra la pared cortándole el aire. Sus puños se pusieron blancos y las venas relucieron en su cuello, demostrando el enojo que sentía.

—¡Vuelve a intentar tocarla y juro que te mataré! —gritó enardecido. La ira burbujeaba dentro de su cuerpo, y ni siquiera sus amigos que lo sostenían por los hombros intentando alejarlo lograrían detenerlo—. ¡Voy a molerte a golpes!

Present Mic tomó en brazos a la alumna que se había desmayado debido a la ansiedad y el miedo, sintiendo pena al verla tan desprotegida. Aizawa se acercó a los alumnos que miraban curiosos la escena, asomándose por la puerta del gimnasio. All Might aprovechó para correr hacia Bakugō que se encontraba sobre el cuerpo del otro alfa, golpeándole el rostro sin darle chance a defenderse. Sus puños se tiñeron de un líquido carmesí, haciendo que el olor a la sangre nublara sus sentidos haciéndole ignorar la suave fragancia que tanto caracterizaba a su amiga. Pataleó en el aire cuando el héroe rubio lo tomó en brazos, alejándolo del que ahora era su víctima.

—¡Ya basta, joven Bakugō! —exclamó el mayor. El trío de amigos se acercó al mencionado para rodearlo, impidiendo que se acercara nuevamente al castaño que estaba en el suelo, sangrante y moribundo—. ¡Yo me encargaré de esto!

Chasqueó la lengua, sintiéndose derrotado. All Might aprovechó aquello para alzar al alumno de tercero que casi no se movía, para así poder llevarlo a la enfermería.

La ira lo recorrió de pies a cabeza, y un sentimiento de culpabilidad inundó su pecho.

«¿Por qué no estuve aquí para cuidarla?»se preguntó a si mismo, estrujándose la camiseta a la altura del corazón. El dolor que lo recorría era tal que podía jurar que sentía perfectamente la agonía y el pánico de la azabache, casi como si estuvieran conectados por una fuerza invisible.

Cómo un hilo rojo

—Deberíamos ir a ver cómo está Sada-chan —susurró Sero, quien estaba igual de preocupado.

—No creo que nos dejen verla, al menos no ahora —acotó Kirishima. Algo dentro de si le decía que no le gustaría verlos, y todo por su segundo género.

—No estaré tranquilo hasta verla, chicos —dijo Kaminari, oyendo el suspiro a coro de sus amigos.

Los tres voltearon a ver a Bakugō, que se mantuvo en silencio. Su pecho subía y bajaba de manera errática al mismo tiempo que sus fosas nasales se abrían al respirar de manera profunda. Las manos le temblaban de la furia, goteando la sangre que yacía en estas. Kirishima fue el único que se atrevió a tomarlo por el hombro, intentando llamar su atención.

—¿Nos acompañas, bro? —cuestionó con delicadeza. No quería ser brusco y mucho menos ahora. Sabía que su mejor amigo era peor que una granada, que con el mínimo impulso explotaría haciendo estragos a su paso.

Él volteó a verlos, sin reaccionar aún. Negó con la cabeza unas dos veces, antes de regresar su mirada al armario de utilería.

—Luego los alcanzo.

Ellos suspiraron al unísono y salieron del gimnasio, casi arrastrando los pies debido a los nervios. Katsuki aprovechó aquello para caminar hacia el lugar que tanto estaba llamándole, sintiendo rápidamente como la mezcla de olores aún rondaba en el aire. Sintió que su estómago se revolvió al rebobinar la escena del ataque una y otra vez, casi torturándose a si mismo. Miró al suelo al percibir un suave brillo, agachándose hasta tomar el brazalete de metal que yacía allí.

El rostro asustado de Sadashi apareció en su mente y nuevamente su corazón dolió con intensidad. Apretó la pulsera dentro de su puño, cerrando sus ojos con fuerza al mismo tiempo que negaba con la cabeza.

—Necesito protegerte, no importa que.

Bakugō aguardó a que la semana finalizara para poder ir a casa de su mejor amiga. A medida que se acercaba a la zona de apartamentos sus pasos se hicieron aún más lentos, siendo presa de los nervios que le estaban carcomiendo por dentro. Cuando llegó al portero eléctrico sus manos temblaron durante unos cuantos segundos hasta que logró tocar el botón del timbre.

—Residencia Asahina, ¿Qué se le ofrece? —reconoció la voz de Ukyō al otro lado de la línea.

—Soy Bakugō Katsuki —dijo rápidamente. Agradeció que su voz no se hubiera cortado debido a los nervios—. Vengo a ver a Sadashi.

Esperó unos cuantos segundos hasta que le permitieron la entrada, cruzó el pasillo y se montó en el elevador para dirigirse a la zona compartida del edificio. Al llegar se encontró rápidamente con Yūsuke que venía bajando las escaleras del entrepiso, siendo uno de los pocos hermanos que le caía bien.

—Hey, Katsuki —saludó este al llegar a su lado—. Vienes a ver a Sadashi, ¿Verdad?

Este asintió con algo de pena, removiéndose incómodo de un lado a otro para que sus nervios no se notaran tanto. El pelirrojo sonrió apenado, entendiendo su estado.

—Eraserhead nos contó lo que sucedió —dijo luego de varios segundos—. Sadashi no ha salido de su cuarto desde que Masaomi la trajo aquí.

—Estoy seguro de que le hará bien verte —quien entró en escena ahora fue Ukyo, que se arregló los lentes sobre el puente de su nariz—. No ha querido ver a nadie, su ciclo de calor ya terminó así que puedes subir tranquilo.

Yūsuke le dio unos pequeños golpes en el hombro dándole ánimos para que subiera las escaleras. Katsuki decidió avanzar lentamente luego de dar un leve suspiro, subiendo con cuidado cada peldaño hasta el piso que correspondía a las habitaciones. Llegando a la puerta el corazón se le detuvo, tardando unos cuantos segundos hasta que decidió tocar la madera con su puño. Aguardó unos cuantos segundos hasta que logró oír un leve susurro al otro lado.

—Hey, tonta, soy yo —exclamó esperando por una respuesta. Apoyó la frente contra la madera llena de stickers, cerrando los ojos—. ¿Puedo entrar?

Creyó que no le respondería otra vez, pero se equivocó. Escuchó pasos al otro lado de la puerta hasta que la manija se movió, abriendo finalmente la puerta. El pequeño cuerpo de la pelinegra apareció por el umbral, mirándolo desde abajo debido a su altura considerablemente pequeña. Notó a simple vista las ojeras bajo sus párpados junto al alboroto que llevaba en el cabello. Parecía decaída y no era para menos, la veía frágil y eso hizo que el dolor le inundara otra vez.

Se hizo a un lado dejándolo pasar, se dejó caer sobre la cama viendo cómo Bakugō se acercaba a ella de manera sigilosa. Se depositó a su lado, temiendo hacer el primer movimiento. No hizo falta olfatear demasiado para sentir su aroma dulce, la piel se le puso de gallina y creyó que el peso en sus hombros se desvanecía de a poco.

No le gustaba verla así.

—Ve a bañarte, enana —le ordenó luego de varios minutos en silencio. Ella frunció el ceño, sin tener la suficiente fuerza de voluntad como para levantarse por su cuenta—. Hazlo, luego hablaremos.

La oyó bufar como gato enfadado al rendirse finalmente, eso le provocó una risa jocosa. La pelinegra juntó unas cuantas prendas y cosas de aseo personal para adentrarse en el baño, no antes de darle un pequeño beso en la mejilla al cenizo que se quedó completamente anonadado. Bakugō soltó el aire contenido en sus pulmones y se acomodó en la cama nuevamente, aguardando por la chica que ahora yacía bajo la lluvia artificial. Se llevó la mano al moflete, dejando escapar una tonta sonrisa. Su corazón latió con fuerza dentro de la caja torácica, la piel le hormigueó y las palmas exudaron líquido.

La calidez lo rodeó, y no comprendía por qué.

Se recostó sobre el respaldar de la cama y esperó pacientemente. Cerró los ojos, intentando tranquilizar el rápido correr de su corazón, fallando en el intento. A los minutos Sadashi salió del baño, ya cambiada y con el cabello húmedo. Katsuki no dijo nada y le extendió la mano, rezándole a los dioses no asustarla. Ella no tardó nada en aceptar el gesto, sentándose a su lado. Él tomó la toalla que cargaba consigo y con la misma le secó el pelo, ganándose una sonrisita apenada.

—¿Estás mejor? —cuestionó, intentando ser lo más delicado posible. La Asahina suspiró, sin saber cómo explicarse—. La verdad, los chicos estuvieron muy preocupados por ti —explicó sin dejar de acariciarle el cuero cabelludo—. Yo también...

La chica tembló al sentir las manos del alfa sobre sus hombros, pero no fue por miedo. Dudó un poco hasta que decidió darse la vuelta, clavando la mirada en aquellos ojos rojos como el fuego mismo, tan cálidos como el verano. Le daban seguridad, esa que nadie lograba darle, él si podía. Sus labios temblaron, hasta que dio un jadeo.

—Me siento sucia —comenzó a explicarse. Katsuki no dejó de mirarla en ningún momento—. N-No he dormido casi nada, porque cada vez que cierro los ojos siento su respiración en mis oídos, su lengua en mi pecho y sus dedos en mi piel —sin darse cuenta las lágrimas comenzaron a brotar de manera casi inconsciente al mismo tiempo que temblaba como una hoja en pleno huracán—. ¡Y todo por mi estúpido olor!

El chico cerró los ojos al oírla sollozar libremente, eso le partía el corazón. Buscó dentro del bolsillo de su chamarra hasta tocar el frío metal allí dentro, agarrando la pulsera que había guardado desde el incidente en el armario de utilería. Aprovechando que Sadashi tenía los ojos cerrados tomó con delicadeza su brazo para poder tener acceso a su muñeca. En la piel de las mismas notó unos moretones verdosos en forma de falanges, eso le hizo apretar la quijada debido al enfado, pero no era momento para hacerle recordar el motivo de su enojo. Con una delicadeza impropia de él amarró la pulsera en la muñeca contraria, decorando la tez morena con el reluciente plateado del accesorio.

—Lo hiciste bien —susurró. Ella le miró a los ojos, avergonzada—. Lograste librarte de él y las cosas terminaron bien, puedes estar tranquila —dijo tomándole de las manos. Le acarició los nudillos, sintiéndose realizado al verla sonreír levemente—. No tuviste la culpa de nada.

El rabo de la chica se movió por primera vez en esa semana, y todo gracias a Katsuki. Iba a darle las gracias hasta que notó los nudillos magullados de su amigo, frunciendo el ceño debido a la creciente preocupación por él.

—¿Qué fue lo que te pasó? —cuestionó viendo de cerca los incontables cortes en la piel de sus manos venosas.

—Digamos que no podrán reconocer a ese malnacido luego de haberle desfigurado la cara —respondió fingiendo sentirse orgulloso de si mismo, todo con tal de hacerla reír. Recibió todo lo contrario, sin notar como la expresión de la chica se volvía una preocupada—. No pude quedarme de brazos cruzados, lo siento.

Se quedó de piedra cuando ella besó con delicadeza sus nudillos, manteniendo los ojos cerrados hasta que hubo terminado la tarea. Le sonrió levemente, agradeciéndole con la mirada por haberse preocupado tanto por ella. La recibió de manera gustosa cuando se arrojó sobre él para abrazarlo con fuerza, hundiendo el rostro en su hombro, olisqueando ese aroma a caramelo quemado que emanaba de la piel del Alfa. El ojirubí le acarició la espalda de arriba abajo, intentando retener las risas que quería soltar gracias a las caricias que ella le dejaba en el cuello con la punta de su nariz.

—Oi, sé que me extrañaste mucho, pero estás siendo como una garrapata ahora mismo —dijo mientras reía burlón, casi para poder disimular los nervios que le invadieron al sentirla tan cerca de sí mismo.

—Lo siento, tu presencia me tranquiliza, y mucho —susurró adormilada junto a su oído. Su aliento lo hizo temblar inconscientemente, sin darse cuenta de lo que estaba provocando en su mejor amigo.

Bakugō suspiró, dejándose caer lentamente sobre el colchón con el peso de la chica junto al suyo, pero eso no le molestó en lo absoluto. Sadashi se acurrucó junto a él sin dejar espacio alguno entre ambos, entrelazando las piernas al mismo tiempo que se abrazaba a su cintura, acostando la cabeza en el pecho fornido del alfa para poder escuchar los latidos de su desbocado corazón. Él se sintió en el cielo, acompañado del calor corporal de la fémina, entrando en el paraíso al sentir ese olor a lirios justo a un lado de su nariz respingada.

—¿Puedes quedarte conmigo hoy? —le preguntó ella de repente, temiendo por su respuesta.

Sin responder, Katsuki quitó del bolsillo de su pantalón el teléfono móvil. Mandó un mensaje rápido a su madre avisándole que no llegaría esa noche y diciéndole dónde se quedaría, dejando el aparato sobre la mesa de noche una vez envió el texto. Agradeció que el interruptor de la luz estuviera justo sobre su cabeza, así pudo apagarla sin necesidad de levantarse otra vez y así dejar la calidez de su amiga. Se quitó rápidamente los zapatos y entrelazó los brazos alrededor del pequeño cuerpo de la joven, dejándola apegada a su pecho.

—Aprovecha y duerme, tonta.

Ella rio levemente y asintió, bostezando al mismo tiempo que fregaba la cabeza contra los pectorales formados de su amigo, acomodando la cabeza bajo su mentón. Se sintió protegida al estar entre sus brazos, y así se entregó a los brazos de Morfeo.

Protegida en los brazos del Alfa de cabello ceniza.

All Might se sintió completamente responsable debido al ataque que había sufrido Sadashi, por lo que ni bien ella se reincorporó a la escuela este fue el primero en recibirla, disculpándose incontables veces alegando que él había tenido la culpa de todo. Ella le aseguró que no debía preocuparse, que estaba bien y eso era lo importante. Bakugō oyó la conversación a lo lejos, sonriendo inconscientemente ante el carácter benevolente de la pelinegra, estando completamente seguro de que debía ser extremadamente fuerte psicológicamente para sonreír luego de lo que había pasado.

Luego del incidente, la UA se había visto obligada a tomar medidas drásticas para asegurar la protección de todos los estudiantes, y eso era algo que la Asahina agradeció intensamente. A medida que el tiempo pasó, todos fueron madurando tarde o temprano. El perfeccionamiento de sus Quirks llegó al punto de que estaban a unos meses de graduarse, y con ello aprendieron también a mantener sus instintos bajo control.

—Estudien por favor —la heroína Midnight apiló de manera ordenada los incontables papeles que yacían en el escritorio, guardándolos finalmente en un viejo maletín que cargaba consigo—. A estas alturas no permitiré que haya reprobados.

A pesar de tener casi todos dieciocho años, las hormonas revoloteaban aun por el aire dentro del pequeño salón. Varios miraban de manera disimulada —entre ellos Kaminari y Hanta— el entallado traje que la heroína siempre vestía, sonrojándose cuando la misma les sonreía con cierta coquetería o guiñaba un ojo al hablar. Katsuki también sentía esa urgencia, pero no por ella en específico. Soltó un suave y casi inadvertido suspiro al ver la espalda de su mejor amiga, quien estaba sentada en la fila junto a la suya, unos cuantos bancos mas adelante.

La observó detenidamente, mientras apoyaba el mentón en su brazo recostado sobre el pupitre. La veía escribir sin descanso, mordiendo cada tanto la punta del lápiz haciendo que sus labios se resecaran inconscientemente. Suspiraba cuando ella acomodaba su cabello negruzco tras el hélix de su oreja, dejando todo su rostro pecoso al descubierto, permitiéndole admirar todo su perfil de manera detallada. Quería recordar cada gesto, cada expresión.

—Deberías disimular, Bakugō-kun —le susurró el joven de cabello bicolor que casualmente estaba sentado a su lado. Su voz se había vuelto un poco mas ronca, sin perder en ningún momento el tono sereno y cansino al hablar—. Das miedo.

Se giró a verlo de manera errática, con su usual ceño fruncido intentando intimidar al alfa que yacía tranquilo, manteniéndose ajeno a la bomba que podría estallar en cualquier momento. Las mejillas de Katsuki se colorearon intensamente y abrió la boca para maldecirlo, pero rápidamente se mordió la lengua, manteniéndose callado. Chasqueó la lengua para seguir observando aquello que tanta atención le llamaba. Estaba consciente de que su sentir iracundo la mayor parte del tiempo debería cambiar tarde o temprano, ya no era un mocoso caprichoso que expulsara egocentrismo por cada poro de su piel. Había crecido y su objetivo seguía siendo el mismo: ser el numero uno. Pero algo mas se había cruzado en su camino, o mas bien, alguien.

Y su nombre era Asahina Sadashi.

La joven de rizos azabaches llamó su atención nuevamente, dejándolo casi en trance al ver tanta belleza junta. Tal vez fue cosa de las hormonas, pero su mirada fue bajando lentamente, haciendo que su piel se fuera calentando de a poco hasta hacerlo sudar. Primero el cuello de su camisa que dejaba ver perfectamente el collarín de cuero decorando el área, que parecía estar invitándolo a marcarla por completo para demostrar su dominio. Le siguieron sus pechos, que habían crecido un poco en esos tres años, Katsuki estaba seguro de que eran del tamaño perfecto, ya que sus venosas manos podrían tomar perfectamente posesión de esos senos que aseguraba serían tan suave como almohadas. Su pequeña cintura lo volvía loco, siendo acentuada por la falda del uniforme que muchas veces soñó con hacer añicos para follarla hasta perder la conciencia. El trasero que varias veces miró de manera inconsciente terminando por sus exuberantes muslos, que sabía eran el mayor complejo que Sadashi poseía, pero a él le encantaban, tanto que deseaba algún día poder morderlos a su antojo, todo para poder oírla gemir por sus acciones.

—¡Recuerden que el examen final se acerca! —fue imposible salir de su burbuja imaginaria cuando la estridente voz de Present Mic sonó por toda el aula, que se había asomado por la puerta, aguardando por Midnight ya que la hora del almuerzo había llegado—. ¡Completen sus apuntes, guys!

El lugar se inundó en charlas cuando el sonido del timbre sonó, dejándolos fuera de la vista de cualquier profesor al menos por una hora y media. Katsuki gruñó por lo bajo al sentir como su miembro se había endurecido por completo bajo el pantalón de su uniforme, impidiéndole poder levantarse para ir en busca de algo para comer. Tenía pensado seguir quejándose de manera silenciosa hasta que ese olor a lirios se hizo un poco mas fuerte, ya que estaba acercándose a él. Sadashi se había aproximado a su rostro, dándole una pequeña sonrisa.

—Katsuki, necesito tu ayuda —exclamó ella mientras dejaba sobre el escritorio su libreta de apuntes. Él no sabía a que prestarle atención, si a su rostro angelical, su descuidado escote o a las manos de la chica que intentaba explicarle que necesitaba—. Hay algunos temas del examen que no entiendo aun, ¿Podrías ayudarme con eso?

El mencionado tardó unos cuantos segundos en reaccionar al pedido que la chica le había dado. Se desconcentró levemente ante el destello de esos ojos verdosos, que parecían darle la entrada al paraíso con tan solo verlos. Ella giró la cabeza hacia el costado al mismo tiempo que sus orejas decaían, creyendo que se negaría a darle una pequeña ayuda.

—¿Katsuki? —cuestionó, intentando sacarlo de su ensueño—. ¿Tengo algo en la cara?

Este negó al reaccionar de manera abrupta, confundiendo aun mas —si es que era posible— a su compañera. Desvió su atención a lo que debía habérsela puesto en un principio, leyendo finalmente lo que se le estaba dificultando a su amiga.

—Tsk, ¿realmente no puedes con esta estupidez? —preguntó de manera brusca para que su nerviosismo no se notara. Sadashi sonrió apenada, asintiendo con la cabeza—. Está bien, ven a mi cuarto luego de clases.

La vio sonreír intensamente al punto de que sus hoyuelos fueron fácilmente percibidos en sus mejillas. Su corazón latió desbocado cuando ella le abrazó con fuerza, dejándolo fuera de combate. No sabía donde demonios meter las manos, tenía tantas cosas en mente que su sentido común se vio nublado, pero eso no fue impedimento para hacerse hacia atrás, todo para no incomodarla. Sus demonios internos le gritaron “Idiota” en todos los idiomas disponibles, pero él les ignoró.

—¡Gracias, Katsuki-kun! —exclamó contenta. Verla tan feliz provocó que las mejillas del rubio ceniza se colorearan de un intenso burdeo, pero ese pequeño detalle fue ignorado por ella al estar concentrada en el olor del Alfa—. Realmente te deberé una.

Bakugō quiso hablar, pero se lo impidieron.

—¡Ayúdame a mí también, Kacchan! —quien rogó ahora fue Kaminari, quien no se dio cuenta en lo absoluto de la mala mirada que este le envió.

Después de todo estaba arruinando la única oportunidad que tendría de estar a solas con la chica, sin moscas a su alrededor. Después de considerarlo por unos cuantos segundos decidió ceder, no quería verse como un desesperado por estar a solas con Sadashi.

—Mas te vale aprender algo, idiota, porque no pienso explicarte las cosas dos veces —gruñó, enfadado.

Ambos chicos le agradecieron con una sonrisa, sin percatarse del enfado que comenzaba a burbujear dentro del estomago del ojirubí. No iba a negar que la idea de compartir a la pequeña Omega no le gustaba en lo absoluto, pero al verla tan feliz por la tarde de estudios que tendrían juntos decidió callar su malestar.

«Las cosas que hago por ti» pensó, sin dejar de mirarla.

Luego de que las clases terminaran, Katsuki corrió hacia los dormitorios para poder bañarse y ordenar el poco alboroto que había dentro de su cuarto. Al pensar que, dentro de unos pocos minutos, el olor dulce de la chica inundaría el lugar no pudo evitar emocionarse. Parecía un niño pequeño al cual lo llevarían a la juguetería en busca del regalo que había esperado por tanto tiempo.

Así de grande era su emoción.

—Katsuki, ¿estas ahí? —la voz que tanto ansiaba oír hizo aparición al otro lado de la puerta. Ignorando el temblor que invadió sus rodillas se acercó para abrir finalmente. El olor a jabón llegó a sus fosas nasales, advirtiéndole que la joven también se había duchado—. Gracias otra vez, creí que te arrepentirías.

«Eso jamás»pensó al instante.

Justo cuando Sadashi tomó asiento en su escritorio y él se dispuso a cerrar la puerta, una mano se interpuso negándole el cierre. La expresión alegre de Kaminari lo hizo rabiar por dentro, pero decidió ser un buen amigo para variar y ayudarlo como había prometido. Sus amigos tomaron asiento uno junto al otro, mientras que Katsuki les dio las lecciones parado para así caminar de un lado a otro mientras explicaba, eso le ayudaría a relajar la tensión que cargaba en sus hombros. Denki se desconcentraba cada tanto y eso le hacía ganar varios coscorrones por parte del cenizo, quien agradecía internamente que Sadashi si estuviera escuchándolo, así sentía que no estaba perdiendo el tiempo.

—Me duelen las manos —jadeó del cansancio el rubio eléctrico, ganándose una sonrisa apenada por parte de la pelinegra a su lado—. Ya me cansé de escribir.

—¡¿Quieres aprobar o no?! —cuestionó con brusquedad Bakugō, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. La chica sintió algo de pena por él—. ¡Nadie te obligó a venir!

Tanto el beta como la omega sintieron como las feromonas inundaban cada vez más la habitación debido al enfado que Katsuki estaba manejando. El de ojos pardos sintió que su vida peligraba, tomó sus cosas y sin dar muchas explicaciones salió corriendo del lugar, dejando al dúo de amigos en silencio. Se podía oír perfectamente la respiración forzosa del alfa, e ignorando eso Sadashi se acercó a él, tocándole el hombro con dulzura.

—No te enojes con él, Katsuki —le pidió amablemente—. Ya sabes cómo es Kaminari-kun.

Al sentir la pequeña mano de la pelinegra haciendo contacto con la piel de su brazo, Bakugō suspiró intentando calmarse nuevamente. Ella le rogó seguir estudiando, alegando que, si estaba prestando atención y que lo mejor de todo, estaba entendiendo el tema. Decidió hacerle caso y tomó asiento en el lugar donde minutos atrás estuvo sentado su amigo, deleitándose internamente con la falta de distancia entre ambos cuerpos. Sus hombros rozaban cada tanto y podían percibir perfectamente el aliento del otro, haciendo un poco mas intimo el ambiente.

Sadashi se sentía embriagada por el olor que el alfa desprendía —una suave estela similar al anís— que ingresó por sus fosas nasales calando hasta lo más profundo de su ser. Estaba dándole la bienvenida, invitándola a dar rienda suelta a sus instintos más primitivos ante tantos aromas dignos de masculinidad, propias del cenizo.

Notó como unas pequeñas gotas de sudor rodaron por la piel de su frente en muestra de su ansiedad, gracias a la insistente mirada del joven a su lado que analizaba cada uno de sus movimientos.

La época del celo había iniciado, y Katsuki lo notó.

Sadashi notó como su calor corporal comenzó a subir considerablemente y la ropa cubriendo su piel hacía que el calor interno fuera en aumento considerablemente. Intentó que sus nervios no se notaran, intentando aliviarse al pensar que su brazalete mantendría cualquier síntoma del celo escondido, dejando como el único problema a la humedad que se había instalado entre sus piernas.

—O-Oi, tonta —le llamó la atención el cenizo, quien no había hecho movimientos hasta ese momento—. T-Te equivocaste aquí —indicó señalando el papel. Le arrebató el lápiz de las manos con la intención de corregir lo que había hecho, cortando las distancias entre ambos cuerpos sin pensar en las consecuencias.

Grave error.

Sus ojos se abrieron del asombro al oír a la chica a su lado, jadeando y con el rostro completamente sonrojado. El aroma que venía de ella llegó hasta su nariz colocándolo ansioso casi al instante ya que se hizo presente de golpe. Sadashi se sonrojó debido a la vergüenza, y Katsuki se hizo hacia atrás. Tragó en seco al recorrer con la mirada sus piernas desnudas llegando hasta lo poco que se podía apreciar de su escote, todo gracias a la ropa holgada que llevaba consigo. Notó como los pezones se encontraban erguidos bajo aquella tela blanca y sin siquiera darse cuenta la boca se le estaba haciendo agua.

—D-Deja de mirarme así, idiota —susurró la ojiverde levemente cohibida. Aunque le dijera eso, amaba como la estaba recorriendo de arriba hacia abajo como si fuera lo único importante allí. Eso provocaba que la humedad en su ropa interior fuera aún más notable.

Bakugō estaba a punto de tirarse sobre ella debido a las feromonas a su alrededor. Sentía un dolor punzante subir por toda su pelvis, instalándose con fuerza en su pene que comenzaba a erectarse bajo el pantalón de algodón gris. Debía irse de allí cuanto antes o haría una tontería de la cual podría llegar a arrepentirse luego, lo que menos quería era perder el control. Se apresuró a tomar el pomo de la puerta para poder salir corriendo, pero la mano de la pelinegra tomándolo por la muñeca se lo impidió. Respiraba de manera entrecortada, sentada con dificultad sobre la silla de su escritorio.

Sólo quería que aquel malestar en su parte baja se aliviara y no le importaba dejar su orgullo a un lado para que eso sucediera.

—K-Katsuki, ¿t-te molestaría ayudarme? —susurró adolorida. Las lagrimas vidriaron sus ojos verdes y el rojo inundó sus mejillas—. M-Me duele, mucho.

Cuando ella se acercó, Bakugō la tomó por los hombros, manteniendo las distancias.

No podía creer que le había dicho eso a su mejor amigo de años y de quien estaba enamorada desde que entró a la UA. Su sueño se estaba volviendo realidad, pero todo porque la época del celo estaba de por medio, y eso no era lo que él quería.

—S-Sadashi, te arrepentirás luego...

—N-No si eres tú —aceptó en voz alta. Le apretó de la camiseta al mismo tiempo que bajaba las orejas, temiendo por una respuesta negativa—. Me gustas, y m-mucho...

Y ahí, Katsuki se rindió.

Aquel imponente y fuerte alfa se había arrojado sobre ella en segundos sin siquiera dudarlo, dejándola atrapada entre sus brazos y observándola fijamente como un auténtico cazador a punto de comer a su presa. Los ojos rubí del joven se oscurecieron a la vez que olfateaba el cuello de la fémina, quedándose embelesado al oír los pequeños gemidos que dejaba salir junto a su oído.

Si así reaccionaba con un gesto tan simple no podía esperar para hacerla suya.

Comenzó dejando unos pequeños besos en la extensión de su cuello, bajando lentamente por su escote hasta llegar al valle de sus senos. Notó como su piel se colocó de gallina a medida que dejaba una hilera de saliva por toda el área, cosa que lo hizo sonreír inconscientemente. Sadashi se mantenía con los ojos tapados con su antebrazo sin siquiera intentar retener los pequeños gemidos que salían de su boca, pero eso a Katsuki no le molestaba en lo absoluto, de hecho, le parecía jodidamente tierno. La despojó rápidamente de su ropa, dejándola en la interior. Sus labios fueron haciendo un lento recorrido por su estómago el cual estaba tenso, mordiendo y besando cada tanto hasta llegar a sus muslos. La morena jadeó aún más fuerte cuando mordió la carne con sensualidad, dejándole ver lo sensible que era. Sus bragas húmedas llamaron la atención del joven, quien con ayuda de sus dedos comenzó a recorrer dicha abertura por arriba de la tela con lentitud.

Sintió la humedad casi al instante, tanto así que parecía a punto de desbordarse con tan solo unos toques. Cuando su pulgar apretó de su clítoris vio como las piernas de la chica se tensaron a la vez que su espalda se arqueaba sobre el colchón. Con esa reacción supo darse cuenta de que no le faltaría demasiado para llegar al límite. A pesar de que se sentía orgulloso de hacerla venir solo con sus dedos no estaba satisfecho del todo. Fue así que decidió agacharse hasta quedar a la altura de su entrepierna, viendo como el rostro de la chica se sonrojaba al verlo dirigirse hacia dicho punto. Ahora fue su lengua la que tomó lugar en aquel acto lascivo, recorriéndola de arriba hacia abajo con ímpetu, logrando empapar del todo la ropa interior no solo de los fluidos que emanaban de ella, sino que también ahora por culpa de su saliva.

El que la chica le jalara del cabello con brusquedad acercándolo aún más a su sexo provocaba que su miembro palpitara dentro de su pantalón. Bakugō estaba a punto de estallar por lo que se apresuró a bajar unos cuantos centímetros su pantalón, dejándolo caer por sus piernas. La erección se marcaba perfectamente en sus bóxers negros, detalle que hizo sentir aún más ansiosa a la pelinegra. En un rápido movimiento hizo que su amigo se sentara sobre su cama para acomodarse sobre su regazo. No tardó demasiado en rodear su cuello con los brazos, siendo recibida por Katsuki que la tomó de la cintura con fuerza atrayéndola lo más posible hacia él.

Sus labios aún no se habían tocado entre sí, elevando más las ganas de que eso sucediera al fin, pero la vergüenza lograba impedírselo a ambos, lo cual era contradictorio al considerar la situación en la que estaban. Sadashi recorría el cuello del chico, mordiendo y marcándolo a su antojo, moviendo sus caderas sobre la erección del chico quién gruñía con cada movimiento que hacía. El calor dentro de la habitación iba en aumento a medida que los segundos pasaban, pero eso no parecía importarles. Mientras rodeaba la cintura del joven con sus piernas, la morena se encargó de tirar de la parte de debajo de la camiseta del contrario en señal de que se la quitara. Recorrió todo su abdomen marcado en cuanto este estuvo al descubierto, rasguñando su espalda cuando este quitó el seguro de su brasier, rodeando su pezón izquierdo con los labios mientras jugaba con el otro. En la piel blanquecina de Katsuki se podían notar a simple vista los rasguños que empezaban a formarse, incluso llegando a sentir un leve ardor, pero no le importó, para él era más importante hacer gemir más fuerte a la chica sobre sus piernas. Sin tener mucha paciencia ya la tomó por los hombros y la hizo hacia atrás, haciendo que cayera sobre el colchón para poder colocarse sobre su cuerpo.

Los cabellos de la chica se encontraban completamente desordenados y su cuello mostraba incontables marcas de dientes en toda su extensión, rodeando el collarín de cuero. Estos la habían marcado como suya. Por algún extraño motivo sentía que la sangre en sus venas fluía más rápido cada vez que la mordía, llevando su excitación cinco escalones más arriba en un suspirar. Bakugō respiraba entrecortado, observándola fijamente como si nada más importara. Con cuidado prosiguió a quitar las hebras negruzcas que tapaban sus ojos verdes a la vez que cortaba la distancia, uniendo sus labios al fin.

Introdujo su lengua con calma y sin ninguna prisa siendo correspondido al instante. No fue brusco en ningún momento, al contrario, la suavidad con la que la había besado la dejó anonadada, aunque le había encantado tal gesto.

Quería más, mucho más.

Sus manos se dirigieron a esos mechones rubios que siempre le habían gustado, jalando de ellos cada tanto arrancándole algunos pequeños jadeos a su dueño contra sus labios. Al separarse notó como los ojos rubíes del joven se habían ensombrecido por lo que tragó en seco. Tenía la mirada digna de un cazador acechando a su presa. Con delicadeza la desprendió de sus bragas completamente empapadas dejando su sexo al descubierto. Sadashi se apresuró a cerrar las piernas por la pena, pero la mirada llena de seguridad y cariño proveniente del contrario hizo que bajara lentamente la guardia. Él tomó sus piernas y las separó aún más, dejando un camino de besos desde sus pantorrillas hasta las rodillas. La chica temblaba ante sus toques y eso lo emocionaba. Se despojó de su bóxer y lo dejó caer al suelo, su miembro salió disparado, chocando el glande contra su pelvis. Las venas se marcaban en el tronco y de la punta salía un líquido blanquecino. Abrió los labios vaginales de la chica con ayuda de sus dedos y con el glande se rozó contra ella, haciéndola jadear en cuanto tocó aquel pedacito de carne instalado entre sus piernas. Las colocó rectas de modo que sus talones estuvieran sobre sus hombros, lo cual sabía que le ayudaría ir incluso más profundo dentro de ella. Se fue abriendo paso lentamente ya que sabía perfectamente que era su primera vez. La oyó jadear de dolor y unas pequeñas lágrimas salieron de sus ojos verdes, empañándolos, por lo que con sus pulgares las quitó del camino. Sus instintos le hacían querer comenzar a moverse de inmediato, necesitaba hacerla suya cuanto antes, quería romperla, pero al verla tan frágil bajo suyo decidió que lo mejor sería esperar. Cuando ella asintió a la vez que movía sus caderas en círculos comenzó, oyendo pequeños gemidos cuando movió su pelvis de atrás hacia adelante. Salía unos cuantos centímetros sin quitar su glande para luego hundirse hasta el fondo. Gracias a la lubricación de la chica no le era un problema el moverse por lo que subió la intensidad.

Agradecían que los supresores contaban con la función de método anticonceptivo.

Su pelvis chocaba contra la entrepierna de la chica con brusquedad haciendo que los lascivos sonidos de su pene ingresando en ella fueran bastante altos. La ojiverde se sostenía de sus hombros, arañándolos cada vez que este arremetía dentro suyo. Su espalda llegó a tocar la cabecera de la cama, lugar en donde Katsuki decidió apoyar las manos para poder ir aún más rápido. El vaivén era tan apresurado que sus zonas apenas y se separaban unos pocos centímetros para luego volver a unirse. Unieron sus labios una vez más pero ahora de forma brusca, haciendo que el cuerpo del joven cubriera al de la chica, quien rodeó sus caderas con las piernas, aproximándolo aún más si eso era posible.

Cuando salió de ella, la chica estaba lista para maldecirlo a pesar de sus mejillas sonrojadas, pero soltó un jadeo de sorpresa cuando la tomó por los hombros, volteándola dejando su trasero a la disposición del alfa. Jugó con sus nalgas unos cuantos segundos antes de hundirse nuevamente en su interior. La chica Asahina no pudo evitar levantar las caderas al verse invadida otra vez. El pecho de Katsuki se pegó completamente a la espalda llena de pecas de Sadashi, dejando sus cuerpos pegados. El sudor recorría la piel de ambos, pero aquello no les importó.

—M-Márcame, por favor —jadeó con cierta dificultad—. M-Mi mente sólo grita tu nombre...

Y allí, Katsuki lo comprendió.

Ella era su predestinada.

Con esa información en mente, el cenizo se dispuso a marcar la nuca de la chica, dejando en evidencia la marca que le diría a los demás alfas que ella ya tenía el suyo.

—A-Ahora eres mía, sólo mía —indicó en su oído, haciéndola estremecer al chocar su aliento caliente contra su piel—. ¿T-Te quedó claro?

Ella asintió con efusividad, pero eso no lo dejó conforme. —Quiero oírte decirlo, dilo —exclamó mientras unía sus manos con las suyas, reposando su rostro en el espacio existente en su cuello. Su cabello rozando su piel le provocaba cosquillas, pero la excitación que su pene le daba al entrar rápido y sin cuidado era aún mayor.

—M-Mierda soy tuya, sólo tuya —gimoteó con fuerza, viendo como sus ojos se ponían brillosos al estar llegando al éxtasis—. Por favor, ve más rápido.

Katsuki apretó con fuerza su mandíbula haciendo que las venas en su cuello hicieran relieve en su piel, pero decidió cumplir con su pedido. La cabecera de la cama chocaba contra la pared, pero no le tomaron importancia. Fue allí cuando además de su polla, el nudo que estaba en la base de la misma entró dentro de la cavidad vaginal de la chica, dejándolos completamente pegados. Sadashi abrió los ojos con violencia, gimiendo a grandes voces cuando el semen salió disparado en su interior. La frente de Bakugō se pegó a la espalda de la chica, oyéndola gemir mientras él respiraba de manera entrecortada.

Se quedaron unidos unos cuantos minutos hasta que pudieron separarse, jadeando al unísono. El ojirubí se dejó caer junto a ella con el pecho subiendo y bajando erráticamente.

Nunca había sido un chico de rosas y chocolates, pero se imaginaba otra cosa cuando pensaba en marcarla como suya, que fuera su novia. Aun así, se sentía satisfecho y el rápido palpitar de su corazón lo confirmaba. Reaccionó cuando sintió el colchón moverse a su lado, ella se había pegado a su cuerpo sudado, apoyando la frente contra su pecho fornido. No dudó ni un segundo en rodearla con los brazos, dejándola atrapada contra su cuerpo. Vio cómo se aproximó un poco más cuando le recorrió la espalda con la yema de sus dedos, estremeciéndole. No pudo evitar el tomarla del mentón, uniendo sus labios una última vez. Un pequeño jadeo salió de su garganta cuando este mordió su inferior con levedad, viéndolo sonreír orgulloso. Katsuki contó dentro de sí hasta cinco para levantarse de la cama bajo la mirada confundida y algo dolida de la chica, pero esta bajó la guardia cuando apagó la luz, acostándose nuevamente junto a ella.

Ella se abrazó a su cuerpo recibiendo las caricias que el contrario dejaba en su cabello junto a los pequeños besos en su frente. Era increíble como el chico que la había empotrado contra la cama hacía menos de cinco minutos ahora la trataba tan delicadamente como si fuera un cristal a punto de quebrarse, pero eso le gustaba.

El estar entre sus brazos le gustaba, ambos habían perdido ante la idea de amar a alguien.

Una hora mas tarde, Kaminari salió de su cuarto sintiéndose levemente culpable, después de todo, Katsuki había aceptado ayudarle y él sólo se dignó a salir corriendo como un cobarde. Como perrito regañado decidió caminar por el pasillo con la intención de regresar al cuarto de su amigo rubio ceniza, cargando consigo sus cuadernos para intentar convencerlo de que le ayudase otra vez. Antes de llegar, Eijirō se cruzó en su camino.

—Hey, bro —le saludó con aquellos dientes puntiagudos que harían temblar a cualquiera. Denki levantó la mano, correspondiendo en silencio—. ¿A dónde vas con eso?

—Quería pedirle ayuda a Bakugō, otra vez —dijo, sin poder reprimir el temblor que recorrió su espina dorsal. De repente, su mente se iluminó—. ¡Tengo una idea, ven conmigo, así no se enfadará!

Kirishima suspiró y asintió, derrotado.

Ambos se dirigieron a la habitación del alfa rubio con la idea de golpear la puerta, pero se detuvieron de manera abrupta. Las feromonas del chico salieron por debajo de la puerta en señal de advertencia, que no debían acercarse o estarían muertos. Entre todos esos olores masculinos, lograron identificar una dulce mezcla entre malvaviscos y chocolate. Al caer en la idea, Kaminari empalideció.

—¿Qué sucede? —preguntó el pelirrojo al ver la expresión asustada de su amigo.

—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo tomándole de la mano, arrastrándolo fuera del lugar.

Si lo que estaba rondando por su cabeza era cierto, no sabría como mirar a sus amigos a la cara al día siguiente. A pesar de eso, él no sabía que Bakugō y Sadashi le agradecían intensamente por haberlos dejado solos, aunque haya sido por miedo al poder del Alfa. Ignorando lo que estaba sucediendo afuera, la pelinegra se mantuvo recostada sobre el fuerte cuerpo del rubio, siendo protegida por los brazos de este que la rodeaban con fuerza. Katsuki la miraba fijamente, oyendo sus suaves suspiros al dormir profundamente. Su corazón se hinchó de la emoción al percibir sus olores mezclados entre sí, apoderándose de la habitación con el pasar de los minutos.

«Siempre fuiste dueña de mi corazón, incluso si no me había dado cuenta antes» pensó, sin perder la sonrisa del rostro.