Ecos de Rebeldía

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Summary

Desde joven, Amelie ha tenido que enfrentar conflictos que la han convertido en una persona reservada y poco sociable. La muerte prematura de su padre y las constantes peleas de su madre con su nueva pareja, quien la maltrata, la han llevado a refugiarse en su habitación, utilizando la batería de su difunto padre como una vía de escape. Sin embargo, un encuentro con personas que ven el mundo de manera distinta despertará su espíritu rebelde y la llevaran por el mundo de la música. Mientras se aventura en este nuevo capítulo de su vida, Amelie descubre que el camino que yace ante ella está lleno de obstáculos desafiantes. Cada uno de estos desafíos se convierte en una pincelada en su lienzo personal, moldeando su carácter de manera única.

Status
Complete
Chapters
42
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Refugio en Medio de la Tormenta

Hoy se suponía que iba a ser un día especial, mi cumpleaños, una ocasión para celebrar y sentirme querida. Pero en lugar de eso, me encuentro tirada en la cama, cubriendo mi cabeza con una almohada en un intento desesperado por bloquear los gritos ensordecedores de la discusión de mi madre y mi padrastro.

Me encantaría inundar mi habitación con música a todo volumen para evadirme, para sumergirme en los acordes y letras que me transportan a otros mundos. Pero hace unos días, mi padrastro, en un ataque de ira porque creyó que estaba actuando estar enferma, destrozó mi radio grabadora. Era uno de mis escapes, mi forma de encontrar algo de calma en medio del caos emocional que domina la casa.

Los gritos continúan sin cesar, como una tormenta interminable que parece consumir cualquier rastro de paz. No puedo evitar preguntarme una y otra vez por qué mi madre decidió unirse a ese hombre, si todo lo que ha hecho desde entonces es lastimarla. Mi padre tampoco era un santo ya que él también tenía su carácter, pero las discusiones entre ellos eran pocas y, en su mayoría, encontraban una manera de resolver sus diferencias, refugiándose en su habitación y entregándose al amor en “susurros” apasionados que resonaban en toda la casa. Preferiría escuchar esos momentos íntimos vergonzosos antes estos gritos incesantes de dolor. A veces desearía que mi padrastro simplemente desapareciera de nuestras vidas y mi madre encontrara la fuerza para vivir por sí misma, sin depender de alguien más. O, al menos, que encuentre a alguien que realmente valga la pena, alguien que la trate con amor y respeto. Pero ya da igual, ella ha cambiado por completo a como era antes.

Incapaz de soportar más los gritos, me levanté de la cama y caminé hacia la puerta. La cerré con llave, buscando un respiro, un momento de paz en medio del caos. Mis ojos se posaron en la batería que solía pertenecer a mi padre, un legado musical que siempre ha sido mi refugio. Tomé las baquetas y me coloqué frente a los tambores, dejando que mis manos hablaran por mí.

Con cada golpe, liberaba la ira y la frustración acumuladas. A veces podía interpretar canciones que había escuchado antes, pero esta vez los ritmos eran desordenados y caóticos, como un reflejo de mi alma. La batería se convierte en mi voz silenciosa, en un grito mudo que resuena solo para mí. Me hundo en mi propio mundo, un universo de ritmos desgarradores que ensordecen mis oídos y apagaban el dolor que me rodeaba. Es mi forma de mantener la cordura en medio de la locura.

Pero esta vez, mis golpes en la batería compiten con los golpes desesperados de mi padrastro contra la puerta. La madera retumba y parece querer ceder ante su furia descontrolada. Aunque no es la primera vez que se enfada por mis sesiones de batería, esta vez es diferente. Su enojo parece arder con intensidad. Sus golpes se vuelven más fuertes y puedo percibir la ira contenida en cada uno de ellos. Seguí golpeando los platillos con más fuerza, aferrándome a mi mundo musical como una tabla de salvación.

Sin embargo, llegó un punto en el que la puerta cedió ante la violencia y él irrumpió en mi habitación con furia. Mis golpes se detuvieron de inmediato y me puse de pie, observándolo con una mirada llena de temor. No pronuncié una palabra, porque sabía que cualquier cosa que dijera solo lo haría enojar más. Él se acercó, y me golpeó con fuerza con el dorso de su mano. Sentí el impacto en mi mejilla y caí al suelo, llevando mi mano sobre la zona del golpe, sintiendo el ardor.

—¡Te dije que dejaras esa mierda! —gritó con furia, mientras sus manos se aferraban al cinturón que lleva puesto.

El temor se apoderó de mí, sabiendo lo que venía a continuación. Pero entonces, mi madre entró corriendo en mi habitación y lo sujetó del brazo, obligándolo a detenerse.

—¡Ya déjala! —gritó ella, tratando de arrastrarlo fuera de mi habitación.

—¡Cierra la maldita boca! Yo le enseñaré a la estúpida de tu hija a hacer caso a lo que le pido.

Finalmente logró quitarse el cinturón y, sin dudarlo, me golpeó con la hebilla en el costado de la cabeza. Un dolor punzante provocó que cayera al suelo. El llanto brotó antes de que pudiera contenerlo, mientras mis brazos se alzaban instintivamente para cubrir mi cabeza, en un intento desesperado por protegerme de los golpes que seguían cayendo. Cada impacto parecía más fuerte que el anterior, cada uno acompañado por los gritos que apenas lograba ahogar.

Mi madre forcejeó con él, intentando apartarlo de mí. Después de lo que parecieron horas, logró empujarlo fuera de mi habitación, mientras sus gritos e insultos se desvanecían en la distancia. Me quedé en el suelo, temblando, con las lágrimas nublándome la vista.

Entonces, ella se giró hacia mí. Sus ojos recorrieron mi figura encogida y temblorosa, pero no había rastro de preocupación en su mirada, ni una chispa de consuelo. Solo vi algo peor: decepción. Como si mi dolor no fuera más que una prueba de mi fragilidad, como si el hecho de no soportar aquello fuera una ofensa personal hacia ella.

No dijo nada. Solo dejó escapar un suspiro cansado y se marchó, cerrando la puerta sin mirar atrás. Me quedé allí, en el suelo, sollozando mientras los golpes aún ardían en mi piel y su indiferencia quemaba más profundamente que cualquier herida.

Con mis manos temblorosas, intenté secar las lágrimas que no dejaban de recorrer mis mejillas mientras me ponía de pie. Después, me acerqué a mi armario y una vez que encontré mi abrigo, decidí escapar por la ventana y alejarme de ese lugar, al menos por un buen rato.

Era un día nublado y con lluvia, pero en este momento, no me importaba. Caminé lentamente por la acera, dejando que la lluvia me empape por completo. Sentía el dolor punzante en mi cabeza donde recibí el primer golpe, pero intenté ignorarlo, tratando de mantenerme en movimiento mientras me abrazaba a mí misma.

Después de un rato de caminar sin detenerme, mis piernas comenzaron a doler y busqué refugio en un bar. A pesar de ser menor de edad, la dueña del local pareció entender mi necesidad de estar allí y no me detuvo. Caminé hacia un rincón apartado y me senté en una silla junto a una ventana. Las miradas fugaces de los demás clientes pasaban por encima de mí, pero en su mayoría me ignoraban. Solo la dueña del bar me observaba de manera persistente, mientras atendía a los demás clientes en la barra.

Hice un esfuerzo por mantenerme fuerte y pasar desapercibida, pero las lágrimas volvieron a brotar y cayeron por mis mejillas. Las sequé con dificultad, sabiendo que mi abrigo empapado no ayudaba en absoluto. Descansé mi cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa y sollocé en silencio, intentando no molestar a los demás. Afortunadamente, la música que llenaba el ambiente del bar ayudaba a ocultar el sonido de mis sollozos.

No tuve noción del tiempo que pasó, pero en algún momento logré detener mi llanto, aunque seguí con la cabeza apoyada sobre mis brazos. Sentía un frío intenso que penetraba en mis huesos, algo comprensible considerando que toda mi ropa estaba empapada.

Un sonido justo a mi lado captó mi atención y, al alzar la mirada, vi a la dueña del bar dejando algo sobre la mesa frente a mí. Era una taza blanca que emanaba vapor, y a su lado había dejado una toalla. Mi confusión se reflejó en mi rostro mientras tomaba la toalla y levantaba la mirada hacia ella, buscando alguna explicación.

—Aunque seas menor, no puedo dejarte afuera en este clima. Y tampoco puedo permitirte que te quedes así. Sécate un poco y disfruta del chocolate caliente; no sería bueno que te resfriaras —dijo con un tono compasivo, ofreciéndome una sonrisa antes de atender a otros clientes.

Agradecida por su gesto, comencé a secar mi rostro con la toalla, disfrutando de su suavidad reconfortante. Fui eliminando con cuidado las huellas de las lágrimas y el rastro de tristeza de mi piel. Luego, me quité el abrigo y lo dejé a un lado, colocando la toalla sobre mis hombros. Con delicadeza, tomé entre mis manos temblorosas la taza de chocolate caliente, sintiendo cómo su calidez comenzaba a calmarme poco a poco.

Acerqué la taza a mis labios, saboreando el rico sabor y sintiendo cómo el calor se esparcía por mi cuerpo. El dulzor reconfortante me envolvió, brindándome un respiro en medio de mi tormento interno. Aunque quemé un poco mi lengua al apurarme, no pude resistir la tentación de dar otro sorbo.

La dueña del bar continuaba observándome con afecto y cuidado, como si supiera que necesitaba ese pequeño gesto de amabilidad en mi vida. Sus ojos reflejaban comprensión, y su sonrisa me transmitió un mensaje silencioso de que todo estaría bien. En silencio, le agradecí desde lo más profundo de mi corazón. En ese instante, sentí que alguien se preocupaba por mí, algo que no había experimentado en mucho tiempo.

Repentinamente, el tintineo de la campana sobre la puerta del bar interrumpió el ambiente tranquilo, anunciando la entrada de un chico que se dirigió directamente a la barra con una seguridad envidiable. Saludó a la dueña del local de forma amistosa, dejando notar que era un visitante habitual. Pidió una cerveza y, mientras la degustaba, observó el lugar con curiosidad hasta que nuestros ojos se encontraron. Me brindó una sonrisa amistosa, pero desvié la mirada, insegura de cómo responder.

Mis ojos vagaron hacia el exterior por un instante, hasta que percibí pasos que se aproximaban. Al regresar la mirada, me encontré con que el chico parado a un lado. Su estilo era tan peculiar como llamativo: lucía una chaqueta desgastada con mangas de cuero negro, adornada con parches y pines. Llevaba una camiseta blanca con el estampado de una banda de rock que reconocí al instante, combinada con unos jeans negros desgastados, rasgados a la altura de las rodillas, que le daban un aire despreocupado y rebelde. Su cabello rubio, despeinado de forma casi intencionada, asomaba por debajo de un gorro negro que completaba el conjunto.

—No eres mayor de edad ¿Qué haces por aquí? —preguntó con curiosidad mientras sus ojos se encontraban con los míos. Me sentí ansiosa y desvié mi mirada, no estaba acostumbrada a entablar conversaciones con otras personas.

Asentí tímidamente, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. Después de todo, había pasado tanto tiempo sin hablar que había olvidado cómo sonaba mi propia voz.

—Entiendo, una chica de pocas palabras —comentó con una sonrisa mientras daba un sorbo a su cerveza y se sentaba frente a mi—. Vaya, parece que mi prima te ha tratado bien —señaló hacia mi taza de chocolate casi vacía.

—Sí... —balbuceé, sintiéndome consciente de mi falta de habilidad verbal.

—Excelente, hablaste, no eres muda —dijo soltando una risa despreocupada mientras rebuscaba en su bolsillo y sacaba un cigarrillo, encendiéndolo y dejando que el humo se disipara hacia un costado para no incomodarme.

Él permaneció en silencio durante un rato, compartiendo mi compañía mientras miraba distraídamente el mundo exterior a través de la ventana. A pesar del miedo que solía sentir hacia los hombres, su presencia me provocaba algo distinto, algo extraño. Había en él una calma que, contra todo pronóstico, lograba transmitirme una inesperada sensación de tranquilidad, aunque lo acabara de conocer.

—¿Quién te golpeó? —preguntó, dirigiendo su mirada nuevamente hacia mí. Sus ojos reflejaban seriedad, demostrando una genuina preocupación.

Me quedé en silencio, incapaz de encontrar las palabras para responder. Su expresión comprensiva me indicó que entendía que era un tema delicado y asintió con suavidad, como dándome espacio.

De repente, como si quisiera cambiar de tema, tomó mis manos entre las suyas. El contacto fue inesperado, y el miedo me invadió de inmediato. Aparté mis manos con un movimiento brusco, sintiendo cómo mi respiración se aceleraba.

—¿Tocas la batería? —preguntó de pronto, con una expresión entusiasta.

Lo miré, confundida, intentando procesar sus palabras.

—¿Qué? —murmuré, frunciendo el ceño.

—Tus manos —dijo, sonriendo mientras señalaba mis manos—. Los callos están en los mismos lugares que los de un baterista. ¿Tocas la batería?

—A veces... —respondí tímidamente. No me consideraba una verdadera baterista, solo golpeaba los tambores y platillos de forma aleatoria, sin mucha técnica.

—Se nota que lo haces con frecuencia, esos callos no mienten —exclamó con entusiasmo, despertando mi curiosidad sobre su reacción—. ¿Qué te parece si...? —comenzó a decir, pero no pudo terminar la frase porque una revista salió disparada contra su cabeza, provocando un golpe seco.

—¡Auch! —se quejó, llevándose una mano al lugar del impacto mientras giraba para ver quién lo había interrumpido.

Era la dueña del bar, y su expresión mezclaba molestia y exasperación.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le dijo, plantándose con las manos en las caderas antes de dirigirme la mirada—. ¿Te está molestando, cariño?

—No, no... —respondí rápidamente, sacudiendo la cabeza con torpeza.

Ella arqueó una ceja, claramente no convencida del todo.

—Mira, sé cómo eres con las mujeres —continuó, señalándolo con la revista como si fuera un arma—. Y te lo advierto, ella es menor de edad. Ni se te ocurra intentar nada raro, porque te juro que te saco a patadas.

—¡Pero si no estoy haciendo nada! —protestó él, alzando las manos en señal de inocencia—. Y no me meto con menores.

—Más te vale —murmuró la dueña antes de alejarse, lanzándole una última mirada de advertencia.

Él suspiró, pasándose una mano por el cabello con aire resignado antes de volverse hacia mí.

—No dejes que ella te dé una mala impresión de mí. Soy un tipo bastante decente... la mayor parte del tiempo —dijo con una sonrisa nerviosa, intentando romper la tensión—. En fin, nos hace falta un baterista en mi banda. ¿Qué te parece si te unes?

No sabía qué responder, ya que no me consideraba una verdadera baterista y no tenía experiencia en formar parte de una banda. Antes de que pudiera reunir mis pensamientos, mi celular sonó en mi bolsillo, interrumpiendo el momento. Lo saqué y vi el mensaje de mi madre, preguntándome dónde me encontraba. Aunque no respondí, sabía que tenía que regresar a casa pronto para evitar más confrontaciones y discusiones.

Miré al chico frente a mí, sin responder a su propuesta. Sin saber que decir, me puse de pie y me dirigí hacia la barra, donde revisé mi bolsillo y saqué algunos billetes, todos mojados por la lluvia. Estuve a punto de dejarlos sobre la barra como pago, pero la dueña del bar negó con la cabeza.

—No te preocupes, cariño. La casa invita. Y si necesitas escapar de nuevo, este lugar siempre estará abierto para ti —me dijo con una sonrisa cálida, a lo que asentí en agradecimiento.

Me alejé de la barra, mirando una vez más al chico que me había hablado. Él me miraba y levantó la mano en un gesto de despedida. Lo miré unos segundos y bajé mi mirada, caminando hacia la salida, sin despedirme de él.

Afortunadamente, la lluvia había cesado cuando salí del bar, lo que hizo que el camino de regreso a casa fuera más tranquilo. Al llegar, me encontré con mi madre esperándome, lanzándome una ráfaga de preguntas sobre dónde había estado. Mientras ella hablaba, mis ojos se dirigieron al salón, donde vi a mi padrastro dormido con botellas de alcohol a su alrededor.

—¿Siquiera me estás escuchando? —preguntó mi madre, elevando su voz, notándose molesta.

Con la cabeza gacha, pasé junto a ella y subí las escaleras. Al llegar a mi habitación, intenté cerrar la puerta, pero esta volvía a abrirse por sí sola. La cerradura estaba rota desde que mi padre la había forzado para entrar. No quería que quedara abierta, así que busqué una solución rápida. Tomé una silla que tenía en el cuarto y la coloqué contra la puerta, ajustándola con cuidado para bloquearla y asegurarme de que nadie pudiera entrar.

Tras hacer eso, me quité la ropa mojada y me dejé caer en la cama. En el silencio de mi habitación, me inundaron preguntas sobre si volvería a encontrarme con aquel chico o si regresaría a ese bar. Sabía que las discusiones en mi casa continuarían durante mucho tiempo, lo que aumentaba las posibilidades de que volviera a ese lugar.