Raíz
El dolor en la muela me jode. Es como si algo quisiera romperse, salir de mi carne. Me despierta del todo mientras intento cepillarme los dientes. Esa punzada insistente que me recuerda que sigo creciendo. No es nada nuevo. Siempre ha estado ahí.
Frente al espejo, me concentro en lo único que tengo: mi reflejo cansado. Los mismos ojos fríos, ese destello que no me deja olvidar que mi cuerpo sigue cambiando. Bombeando sangre y vísceras.
Voy a la cocina y agarro un cuchillo. No para cortarme, sino para sentir el frío del metal mientras corto una manzana. Me recuerda que sigo aquí, que todavía tengo el control. Pero cada día que pasa, ese control se siente más débil, como si algo más estuviera tomando las riendas.
Algo que me asusta y me excita al mismo tiempo.
Tomo mis pastillas para la alergia y salgo con mis hermanos. Mi deber es acompañarlos hasta el portón de la escuela, evitar que algo les suceda, evitar que desaparezcan. No podríamos pagar un rescate y a nadie le importaría nuestro dolor. Somos presas perfectas, carne de segunda, vendida a quien puede pagar.
Puna burla. No les importamos, pero nos necesitan. Necesitan nuestras manos sucias para hacer el trabajo sucio, para darles de comer y mantenerlos vivos.
Me pregunto qué será de mí. ¿Tendré una casa propia? Me gustaría llevar a mis hermanos conmigo, que vivan, que estudien. Protegerlos. Lavar nuestra ropa, ver caricaturas, estar lejos de mis padres.
Camino por las calles llenas de estudiantes y trabajadores que soportan empleos de mierda. Romperse el lomo por el salario mínimo. El gobierno ha subido los precios y con ellos los casos de asesinato. Los funerales me perturban, si es que se pueden llamar así.
Mi padre nos dejó en la miseria, acostumbrados a sobrevivir sin esperar nada.
Solo comida.
Mi madre es una excelente cocinera: picadillo, enchiladas, caldo de res. A veces faltan verduras, pero siempre bien guisados.
Cuando mi madre cocinaba para mí, siempre apartaba un platillo especial. Desde la muerte, no ha vuelto a hacerlo. Como lo mismo que mis hermanos. Como cualquiera.
El cuchillo corta con facilidad. Ver como se separa la carne es un alivio. Pasa todos los días desde que tengo memoria. No hay nada de especial en lo que hago, es solo carne. Carne para los ricos, carne para los pobres. Y yo, con las manos metidas en cuerpos fríos, impregnado de sangre.
Me pregunto si la gente nota que no hay diferencia entre lo que vendo y lo que somos. Carne es carne.
He aprendido que no soy más de lo que hago. Pero a veces, cuando el cuchillo se desliza, pienso... ¿Qué pasaría si fuera yo quien cortara, quien pesara, quien envolviera, pero no carne de animal? Un escalofrío me recorre la espalda, a veces me sorprende el nivel en el que mi mente puede llegar a divagar.
Me da un dolor de cabeza. El calor abrumante del cuarto cerrado nos ahoga, el sudor y sangre se impregna en mi ropa. Estamos atrapados entre cuatro paredes en pleno verano. Me apesta el olor de las vísceras en los tambos y no puedo evitar hacer una mueca de asco. Francisco suelta una risa burlona.
–Aún no logras acostumbrarte, ¿cierto?
Odio que siempre tenga la razón.
–No tengo por qué hacerlo.
Es una friega tener que aguantar el olor de tripas de cerdo pudriéndose, mezclado con el fuerte olor corporal de cuatro hombres de mediana edad y almizcle. Por algo prefiero estar enfrente, atendiendo a la gente y haciendo los cortes, amasando y sintiendo el aire fresco, aunque sea raro, del mercado de Suárez.
–Me recuerdas mucho a mí.
El señor Marcos, un viejo divorciado adicto a la cerveza. He escuchado sus historias mientras rebanábamos lomo varias veces.
A pesar de que es un señor que me dobla la edad, lo considero un buen amigo, sus historias son incómodas, pero más que nadie, quiere que no cometa sus mismos errores, que sea un hombre de bien, lo que sea que eso signifique.
–Era igual de amargado cuando tenía tu edad. Mi jefa me regañaba cuando llegaba a las tres de la mañana, todo drogado, sudado, incluso orinado. Para nada, porque al día siguiente me volvía a escapar.
–¿Por qué recuerda eso cuando me ve?
–Deja al niño, él sí es una buena persona, no como tú.
No puedo decir nada cuando Fernando me defiende, porque no lo soy. Nadie es buena persona, no existe alguien perfecto y, si lo existe, no es humano. Por suerte, la conversación se pausa para seguir trabajando. Dos hombres suben el cuerpo recién acuchillado y limpio de una cerda.
Una madre que dejó desamparados a sus hijos y ahora será alimento para los hijos de otra.
Ironía.
Una sensación de asco inunda mi garganta cuando Don Marcos abre la panceta de la cerda, cortando con un deshuesador desde el rabo hasta la boca del estómago. Sostengo con cuidado mientras empiezan a abrirle las costillas y poco a poco sacan sus vísceras.
Mis brazos, manchados con la sangre de la cerda, se comienzan a impregnar de moscas. Sucias y molestas moscas llegan a tratar de buscar alimento en el cadáver que estamos abriendo. «No es para ustedes, malditas carroñeras.»
Las moscas siempre están ahí, revoloteando sobre los cuerpos abiertos. No importa cuánto limpiemos, siempre encuentran su camino hacia la carne. Son rápidas, sucias, molestas. Pero, sobre todo, son persistentes. Como si supieran que esta carne es suya por derecho, que es cuestión de tiempo antes de que nos descuidemos y puedan darse su festín.
Nos parecemos a ellas: rondamos alrededor de la muerte, esperando nuestro turno, mientras la carne sigue descomponiéndose, indiferente a nuestra presencia. Otras veces, somos los cerdos, resignados a ser carne para alguien más.
Mis compañeros trabajan en silencio, con comentarios de mal gusto, burlándose de la cerda, no hay tiempo para pensar en nada más que en el siguiente corte, el siguiente peso, en el próximo animal. Pero yo no puedo evitarlo.
Veo las moscas y veo a los cerdos, y me veo a mí mismo, atrapado en este ciclo. Me pregunto cuándo seré yo el que esté sobre la mesa, con las moscas zumbando dentro de mis costillas, esperando su turno.
Terminamos de destazar a la cerda, el sol golpea fuerte, y los boleros de Don Marcos suenan desde su bocina, como todos los malditos días. Canciones que no combinan en nada con el ambiente sangriento de la carnicería.
Se desvanecen al escuchar cómo bajan una vaca de una camioneta, me lavo los brazos rápidamente y me escabullo detrás de una pared para ver como Fernando y otros trabajadores amarraban a la res a un poste.
El amarre es fuerte, doloroso. Los animales ni siquiera pueden alzar la cabeza, obligados a estar de pie día y noche.
Es una tortura, los mantienen mirando directamente hacia la mesa donde se abren los cerdos, como si los obligaran a presenciar la muerte de otros hasta que llegue la suya.
Sigo trabajando. El cuchillo está en mis manos, pero me detengo. Está frente a mí, aún viva, sus ojos oscuros fijos en los míos. Un instante congelado en el tiempo. No es la primera vez que me encuentro en esta situación, pero hoy es diferente.
Me mira.
Ojos oscuros con manchas cafés y blancas, me atraviesan, como si supieran algo que yo no. Un parpadeo lento, profundo, como si estuviera entregada al destino que le espera.
Algo inquietante despierta un picor en lo más profundo de mi ser, un cosquilleo en el estómago que no puedo ignorar.
Intento apartar la vista, pero no puedo. Estoy atrapado en esos ojos vacíos, y por un momento, no estoy seguro de quién es la presa y quién el depredador. La respiración de la res es pesada, rítmica, y el sonido llena el silencio a nuestro alrededor. No hay palabras, solo ese intercambio silencioso que me raspa por dentro.
Un pensamiento crudo, incómodo, se desliza en mi mente: carne.
Su carne.
Mi lengua toca el techo de mi boca, y una extraña sensación que no es del todo mía me recorre. Es un hambre extraña, no de estómago, sino de algo más profundo. Algo que empieza a despertar.
El cuchillo se detiene en mi mano ahora, como si tuviera un peso nuevo. Una parte de mí quiere apartarse, negar esta picazón que surge en lo más profundo de mis tripas. Pero otra parte... otra parte quiere quedarse. Mirar más profundamente esos ojos, y entender qué es lo que me está diciendo.
La voz de Fernando me saca de mi trance. Me dice que me acerque, que no le tenga miedo al animal y que lo toque. Mi mano siente el pelaje caliente y apestoso. El olor a ganado se filtra en mis fosas nasales, ya estoy acostumbrado.
Tanto así que ahora mis padres me consideran uno.
La vaca resopla, tratando de zafarse. Supongo que quiere ir con sus compañeras. Desde que supe, a los trece, que las vacas forman grupos de amigos dejé de comerlas tan seguido.
La acaricio con cuidado. Me da lástima. Pobrecita, va a morir.
Será deshuesada, cocida, condimentada y comida. Su mirada me atraviesa el alma, un recordatorio fijo de que me voy al infierno.
La punzada regresa. Esa misma advertencia que no puedo ignorar. Me froto la mandíbula, pero solo consigo recordar lo que siempre ha estado ahí, creciendo en silencio. Mientras me lavo las manos, el dolor persiste, acompañándome como un mal presagio.
Blanda. Jugosa. Se resbala de mis dedos.
Ayudo al güero a colgar los pedazos en los ganchos viejos. Hoy el mercado tiene más vida que otras mañanas. El olor inconfundible se libera al instante: hierro, sal y humedad, con un dulzor apenas perceptible para los que llevaban suficiente tiempo en esto.
Se pega a mis manos, a mi ropa, incluso en mi cabello mojado por el sudor. Hace mucho calor aquí dentro.
Me apoyo sobre la encimera de baldosas frías, manchadas con la sangre de los pollos que otra casa nos da para vender. El gancho oxidado donde cuelgan los cortes más grandes. Hay algo casi hipnótico en la manera en la que la carne se balancea con el aire, como si la gravedad aún jugara con ella.
La señora Cristina nos visita hoy también. Casi todos los días la veo rondar por aquí con su rostro cansado y vestido de flores. Una amable viuda de setenta y cinco años que todavía no supera que su hija se casó. Vive en otro estado, y doña Cristi sigue viniendo a comprar carne de res para hacer su caldo favorito con verduras.
Un desperdicio de abuela. Nos ha regalado sus postres en varias ocasiones. Quisiera robármela, pero en mi familia no aguantaría mucho.
No pudieron con mi abuelo. Tantos años jubilado lo volvieron loco, se sentía inservible y murió. A veces lo extraño.
–¿Supiste lo de doña Marta...?
–Sí, pobrecita.
Escucho su conversación. Hablan de Marta Helena. La señora que vendía comida cerca del parque.
Una noche, su puesto se encontró en llamas.
“No pagó lo que debía” dicen unos.
“Solo andaba buscando problemas” dicen otros.
No ha aparecido hasta hoy. Se fue y ni sus hijos se atreven a buscarla.
Nadie sabe a dónde. O mejor dicho, nadie quiere saber.
La tristeza en su voz me trae recuerdos instantáneos.
Ella.
Ese hermoso Cielo que no volví a ver.
Me acompañó en momentos difíciles, cuando me agobiaban las peleas de mis padres y me sentía invisible. Peinados hechos con ligas y broches, su cabello sedoso me ahogaba en gel y perfume.
Le gustaban los accesorios de fantasía. Su sonrisa satisfecha cuando le regalé unas pulseras del tono rosa.
Sé cosas sobre RBD y las letras de Belanova en contra de mi voluntad.
La recuerdo por sus filosos colmillos y ojos zarcos. Por la forma en la que bailaba en la habitación que solo me puedo imaginar cada que la pienso.
Su mamá dijo que no había regresado a casa.
Fui a la policía con sus padres.
Nada
Nadie la vio.
Su voz chillona no se escuchó en ninguna esquina.
Sospecho de mi familia.
Sentí un escalofrío agrio cuando mi madre me miró con esa calma tan aterradora. Cuando mi padre partió un trozo de carne en la mesa y me ofreció.
Espero que mi Cielo esté bien, aunque no este conmigo.
─────══─════─══════─═════─
¡Ojalá disfruten la historia tanto como yo disfruté escribirla!
"CDF" (Cortes de familia) se encuentra en Wattpad e Inkitt.
Fecha de creación: 04/11/2024
Última edición: 12/02/2025