Capítulo 1: El arte de la persuasión
“El glorioso amor me parece, el tiempo que tuvo mi corazón en sus dedos y en sus brazos con solo mirarla, mi doncella yacía dormida cubierta por un velo, el la despertó y temblorosa y obediente ella se comió el corazón que sostenía, mientras lloraba la vi apartándose de mi.”
Vita Nova - Dante Alghieri
POV Ran Haitani
El titular del periódico descansaba sobre la mesa frente a mí, las letras impresas con tinta resaltaban en negrita: "La firma de abogados Hōyoku (法翼) logra la sentencia máxima para Kirihitto Arai, exlíder de la Yakuza."
El artículo relataba con detalle el juicio y la condena del hombre que había sido una leyenda entre las mafias de Tokio. Kirihitto Arai había caído no por las balas ni las traiciones que marcaron su carrera, sino por un par de abogados con una sonrisa perfecta y una habilidad quirúrgica para aplastar cualquier defensa que el equipo de Arai pudiera presentar.
Moví la página, observando la foto del hombre en cuestión:
El periódico describía a los abogados como un héroes modernos, que habían "limpiado las calles." Me reí por lo bajo. Qué irónico. En nuestro mundo, alguien como ellos no duraba mucho. Su reputación, por muy brillante que fuera ahora, no era más que un blanco pintado en su espalda.
—¿Qué tanto lees, Ran? - preguntó Rindo desde el otro lado de la habitación, acomodándose en una silla vieia con su cigarro entre los dedos.
-El obituario de alguien que todavía no sabe que está muerto.-respondí, doblando el periódico con calma.
La habitación donde estábamos era un sótano frío, con paredes de concreto desnudas y olor a humedad. En el centro, cinco hombres estaban atados a sillas, sus cabezas bajas y sus cuerpos tensos. El eco de los quejidos y las respiraciones pesadas de los idiotas amarrados a las sillas llenaba el espacio. Por más que intentaran parecer valientes, el sudor que les perlaba la frente y sus miradas temblorosas los traicionaban. Estaban jodidos, y ellos lo sabían.
Sanzu, como siempre, llevaba la batuta del caos. Su risa retumbaba en el sótano mientras jugueteaba con su cigarro encendido, mirándolos como si fueran insectos a punto de ser aplastados. Era el tipo de persona que disfrutaba este espectáculo más de lo necesario, pero, claro, a veces su método era efectivo. A veces.
—¿Vamos a quedarnos aquí toda la noche o empezamos ya? — gruñó Sanzu, apoyado contra la pared mientras encendía un cigarro. Su tono despreocupado era solo una máscara para el brillo casi maníaco en sus ojos.
—Mikey dijo que los dejemos vivos hasta que Koko llame —recordó Kakucho desde el otro extremo del cuarto. Él no estaba fumando; nunca lo hacía. Prefería mantenerse sobrio en estas situaciones. Pero incluso con su tono neutro, había un filo en sus palabras.
—Oh, están vivos…por ahora —respondió Sanzu con una sonrisa que no prometía nada bueno. Antes de que pudiera responder, el teléfono en el bolsillo de mi chaqueta vibró. Lo saqué y vi un nombre en la pantalla.
-¿Qué pasa, Koko? -contesté.
-Cambio de planes, Haitani. Solo necesitamos a dos de ellos vivos.-respondió la voz de Kokonoi, tan fría como siempre.
-¿Y el resto?
—Averigüen quién parece ser el líder y déjenlo. Amedrenten a los demás hasta que el más débil hable. Mikey está impaciente, y eso nunca es bueno para nadie. Sonreí. Esa parte no sería difícil.
-Entendido. Algo más?
-Sí. Dentro de dos días, tú y yo tenemos otra misión. Algo más...refinada —dijo con un tono que insinuaba más de lo que decía.
-¿Refinada?
-Una gala. Es necesario. Detalles más tarde.Colgué y guardé el teléfono mientras giraba hacia los demás.
—Tenemos luz verde. Tres de ellos deben desaparecer, pero necesitamos respuestas antes de que eso pase. Sanzu dejó escapar una carcajada oscura, dando una calada profunda a su cigarro.
-Esto se va a poner interesante.
-Voy por la música —anunció Rindo, sacando su teléfono y reproduciendo "Count in Fives" de The Horrors. La canción llenó el sótano, el bajo reverberando en las paredes de concreto. Sin previo aviso, comenzó a moverse al ritmo de la música, dando vueltas alrededor de los hombres atados con pasos exagerados, como si estuviera en una maldita fiesta.
—Eres un imbécil, Rindo - murmuró Kakucho desde su rincón, pero no hizo nada para detenerlo. Parecía cansado de todo esto, como siempre.
—¡Vamos a divertirnos! —dijo Sanzu con una sonrisa torcida.
El líder de los “Kuroi Te” escupió sangre al suelo, su mirada llena de odio. Lo admiré por un segundo; hacía falta valor para mantenerse desafiante frente a nosotros. Aunque, a estas alturas, ese tipo de valentía no servía de mucho.
—Métete tu diversión por el culo —gruñó uno de ellos, sus ojos fijos en Sanzu.
Ah, ahí estaba. La estupidez. Siempre había uno que pensaba que podía salir de aquí con algo más que una historia de terror para contar.
Sanzu se inclinó hacia el hombre que había hablado, y antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, apagó su cigarro encendido en su mejilla. El grito que siguió fue suficiente para hacer que dos de los otros hombres se revolvieran en sus sillas, sus ojos abiertos de par en par.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir insultándonos o por fin vas a hablar? —le dijo Sanzu, inclinando la cabeza como si fuera un niño curioso.
El hombre escupió de nuevo, pero esta vez con más dificultad. Su cuerpo temblaba de rabia, dolor y, por supuesto, miedo. Lo que más me gustaba de Sanzu era que disfrutaba tanto estas cosas que terminaba logrando lo que quería, de una forma u otra.
Tomé mi bastón metálico, sintiendo su peso familiar en mi mano. Había pasado años desde que lo usé en las calles como pandillero, pero algunas cosas nunca se olvidan.
—Es hora de que alguien hable — dije, avanzando hacia el hombre que parecía ser el líder.
La sonrisa en el rostro de Sanzu se ensanchó mientras sacaba su navaja y se acercaba a otro de los prisioneros.Y así, con la música de fondo y las sombras danzando en las paredes, el trabajo comenzó.
POV Valeria
Nunca imaginé que llegaría a este punto, ese instante en el que todo se siente tan insípido que hasta el aire pesa. Mi vida ha sido un desfile de expectativas: siempre perfecta, siempre impecable, siempre la hija modelo que ellos decidieron que sería. Mis padres no me dieron opciones; me dieron un camino tallado con esmero, uno que brilla por fuera pero que, por dentro, se siente como un laberinto asfixiante. Ir a la universidad que eligieron, destacar con calificaciones impecables, mantener una reputación intachable, ser la esposa perfecta… Era su sueño, no el mío.
Al principio creí que podría con todo. Pensé que si trabajaba lo suficiente, eventualmente sentiría el orgullo que ellos esperaban de mí. Pero todo lo que siento ahora es cansancio, un agotamiento que no se quita con dormir más o tomar un descanso. Es como si mi alma estuviera drenada. Las cosas que solía disfrutar, como leer un buen libro o caminar por el parque, ya no tienen sentido. Los colores del mundo han perdido su brillo; todo es gris y silencioso.
Nadie lo sabe. Ni siquiera Constance, mi dulce prima y ahora mi amiga más cercana. Me observa con ojos preocupados. Y solicitó su intercambio desde Francia para cursar su último semestre conmigo en la universidad después de las últimas vacaciones que pasé con la familia de mi madre haya. Pero no quiero preocuparla así que finjo aún más. Es irónico, ¿no? Me he vuelto una experta en construir la mentira perfecta. La gente cree que estoy bien porque me he encargado de fabricar esa imagen: la sonrisa en las fotos, las respuestas automáticas de “estoy bien”, los “gracias por preguntar”. Pero en realidad… en realidad me siento como un castillo de naipes, tambaleándome al borde de un colapso.
El peor indicador fue cuando Toshio mi ex novio me traicionó con Yurika mi “mejor amiga”. Me enteré por ella de una manera que esperaba fuera devastadora, como si esperaran un drama digno de una telenovela. Pero no sentí nada. Ni rabia, ni tristeza, ni siquiera sorpresa. Fue como si algo dentro de mí hubiera muerto hace tiempo y esto solo lo confirmara. Terminar con ambos fue automático, casi como tachar una tarea de una lista. Toshio me miró desconcertado, como si no pudiera entender por qué no estaba gritando, llorando, tirando cosas. Pero la verdad es que ya no tengo energía para sentir. Ni para odiar, ni para querer.
Hay noches en las que miro por la ventana y me pregunto si todo sería más fácil si simplemente desapareciera. La idea de dejar de existir no me da miedo; me da…alivio. Imagino un lugar donde no tengo que fingir, donde no tengo que ser perfecta, donde no hay expectativas aplastándome cada día. Me pregunto si alguien realmente notaría mi ausencia, o si seguirían adelante, como si yo nunca hubiera estado aquí.
El mundo me exige que siga avanzando, pero yo siento que cada paso es un peso más sobre mis hombros. Y lo peor de todo es que estoy atrapada en este ciclo, incapaz de pedir ayuda porque eso significaría admitir que he fallado. Y ¿cómo puedo fallar cuando todo el mundo cree que lo tengo todo?
Pero la verdad es que ya no puedo más. Estoy cansada de fingir, cansada de luchar contra algo que no entiendo del todo. La depresión es un monstruo silencioso que me está arrebatado todo: mis ganas de vivir, mis sueños, mi capacidad de amar. Solo queda un vacío que trato de llenar con excusas y sonrisas falsas.Y a medida que los días pasan, ese vacío se hace más profundo, y yo me hundo cada vez más en él.
No quiero preocupar a nadie así que sigo. Sigo en este teatro absurdo, preparándome para una gala que no significa nada para mí, que es solo otro acto en el interminable espectáculo que es mi vida. El vestido blanco sobre mi piel es hermoso, pero no me siento cómoda en el, no hoy pero lo ignoro y maquillo mi rostro, perfumo mi cuello, y ajusto los diamantes en mis orejas. Todo en nombre de las apariencias. Por mi madre, que quiere una hija perfecta.
Una última mirada al espejo. Allí estoy, impecable, sin una grieta visible. Nadie notará lo que hay detrás. Esta noche, el show continuará. Solo espero que termine pronto. Lo único que no sé es si me refiero a la noche... o a mi vida.