Prólogo
El viento helado de la noche le golpeaba el rostro mientras caminaba con pasos apresurados por el camino de grava que llevaba al despacho de su padre. Desde la distancia, la casa familiar se erguía como una oscura fortaleza, silenciosa y aparentemente inofensiva, pero algo en el ambiente le hizo sentir una opresión en el pecho. La puerta de madera estaba entreabierta, cosa que le pareció extraña; su padre siempre era cuidadoso, casi obsesivo, con la seguridad.
Empujó la puerta suavemente, dejando que el ruido del crujido rompiera el silencio en la penumbra. Cada paso dentro de la casa la llenaba de un temor inexplicable. Había algo en el aire, un olor metálico y penetrante que le revolvió el estómago, pero siguió avanzando hasta el despacho de su padre, su refugio, su espacio inviolable. Fue entonces cuando lo vio: su padre yacía en el suelo, su cuerpo rígido e inmóvil, rodeado de un charco de sangre que aún brillaba bajo la luz tenue de la lámpara del escritorio.
Por un instante, no supo reaccionar. El tiempo pareció detenerse mientras procesaba la escena frente a ella. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza, pero su mente estaba bloqueada, incapaz de aceptar lo que sus ojos veían. Dio un par de pasos temblorosos hacia el cuerpo, notando cómo sus manos comenzaban a temblar. Su padre, el hombre que siempre había sido su guía y su fortaleza, ahora estaba muerto.
En ese momento, un destello de movimiento capturó su atención. Giró la cabeza y, a través de la ventana, vio un todoterreno negro acelerando en la distancia, sus luces traseras desaparecieron rápidamente en la oscuridad. Sintió cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza; no era una coincidencia. Alguien había estado allí, y ese alguien estaba huyendo de la escena del crimen.
Su impulso inicial fue seguirlos, correr detrás de ese vehículo con todas sus fuerzas, pero la realidad la frenó. No tenía cómo alcanzarlo. Tomó el teléfono con dedos temblorosos y marcó el número de una de las pocas personas en las que podía confiar: Andreas, uno de los hombres de confianza de su padre, alguien leal y discreto. Al tercer tono, él respondió con una voz ronca, sorprendido por la llamada a esas horas.
—Andreas... —dijo, luchando por mantener la voz firme—, han matado a mi padre.
Se hizo un silencio al otro lado de la línea, como si el hombre también necesitara un segundo para procesarlo.
—¿Dónde estás? —preguntó finalmente, con su voz ahora llena de urgencia.
—En su despacho. Acabo de ver un todoterreno negro huyendo. Necesito que me ayudes a rastrear la matrícula.
El hombre no dudó en aceptar al comprender la gravedad de la situación. En cuestión de minutos, él había conseguido rastrear el vehículo y le pasó la información que había obtenido. Cuando ella leyó el nombre asociado a la matrícula, sintió un golpe de realidad que la dejó atónita.
—Es él... —murmuró, mientras su mente intentaba procesar el nombre que aparecía en la pantalla. El responsable era nada menos que el enemigo jurado de su padre, el hombre con el que había mantenido una rivalidad feroz y peligrosa durante años. Era el mismo hombre que había amenazado con destruirlo en más de una ocasión, que siempre había encontrado la manera de complicar la vida de su familia y que ahora, aparentemente, había cumplido su venganza de la forma más cruel.
Sintió que la tristeza se transformaba lentamente en otra cosa. Un calor abrasador comenzó a crecer en su pecho, una rabia pura y ardiente que la inundaba, desplazando cualquier rastro de dolor. Las lágrimas que habían comenzado a formarse en sus ojos se secaron, reemplazadas por una determinación fría y calculadora. Su padre no merecía este final, y ella no iba a permitir que quedara impune.
—Andreas —lo llamó, con una voz ahora tan afilada como una hoja—, voy a hacer que pague por esto.
Él permaneció en silencio durante un momento, como si estuviera considerando sus palabras con cuidado.
—Esto es peligroso —respondió finalmente—. Sabes que tu padre nunca quiso que te involucraras en estos asuntos. Él quería protegerte de todo esto.
—Lo sé, pero ya no está aquí para hacerlo —replicó al sentir cómo su corazón palpitaba con más fuerza con cada palabra—. No puedo quedarme de brazos cruzados. No después de lo que han hecho.
Sabía que él estaba en lo cierto; su padre siempre había intentado mantenerla al margen de su vida en el mundo de los negocios turbios y la rivalidad constante. La había criado con la esperanza de que ella pudiera tener una vida lejos de todo aquello, una vida tranquila y segura. Pero ahora todo eso había cambiado, y la muerte de su padre había destruido cualquier posibilidad de esa vida. No podía ignorar lo que sentía, ni el peso de la injusticia que la aplastaba.