Los Malditos

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Summary

En un mundo marcado por el conflicto y la supervivencia, un grupo de aventureros recorre aldeas fortificadas y vastos paisajes, enfrentando peligros tanto humanos como inhumanos. Reilana, una joven de voluntad firme, lucha por mantenerse a la par de sus compañeros mientras se adentran en una misión que los llevará por caminos inciertos, entre mercaderes, gremios y criaturas acechantes. Con cada paso, el peso de sus decisiones se hace más evidente, en un viaje donde la camaradería y la lucha por la propia identidad se entrelazan con el peligro y la aventura

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n/a
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18+

Sombras en el bosque 1

Sus pasos eran lentos y silenciosos, su mano derecha no se separaba de su espada corta mientras pasaba rozando los altos árboles que se alzaban por decenas de metros entre el silencio y la ocasional brisa, las sombras y el casual rayo de luz que impactaba contra su piel morena llena de pecas en nariz y mejillas o en su oscuro cabello rizado.

Se deslizaba hacia el interior, cada vez más profundo, entre la oscuridad, mientras se repetía las enseñanzas de su maestro de magia o del guardia que soborno para que le enseñara magia interna por que sus padres no se lo permitían, cosa que la llevo poco a poco por diversos caminos hasta donde se encontraría ahora, alejada de su casa y familia, como una “aventurera” singularmente batiéndose entre la alegría y el miedo.

—Solo mírame, padre. Estoy aquí en —volteo su mirada, frenética, frente a la brisa que agitaba los árboles— un lugar solitario y abandonado por los dioses —Se volteo para seguir su camino—. Tu decías que no podía ni salir de las murallas antes de que alguien me raptara —su voz bajaba mientras el nerviosismo invadía su rostro—, pero no fue así y ahora tal vez un monstruo me devore.

Comenzó a respirar para relajarse, de manera lenta y concisa sus sentidos se calmaban en intentos de mantener la compostura.

—El guardia me dijo que tarareaba para mantener la compostura, tal vez eso me ayude. Un tema lindo y agradable —empuño su espada:

El duendecillo, salió de su nido.

Tu run Tu run

Corrió por el bosque, entre almenas y brotes.

Tu run Tu run

Con su sombrero, puntiagudo y austero.

Tu run Tu run

—Ah —se paralizo un momento—, que estoy haciendo, ahora canto canciones infantiles mientras me preparo para matar. Ese guardia psicópata, que tipo de consejos da. Seguro que canta mientras decapita ladrones, ¡Buen novio te conseguiste Cindy! Amable mucama que me ayudaba a robar galletas y a espiar a mis padres.

“Crack... creeak... shhh... rustle... thunk”

Ella tragó saliva, sintiendo cómo un nudo se formaba en su garganta. Sus movimientos eran cuidadosos. Lentamente, giró hacia el alto árbol que se alzaba ante ella, con la corteza desgastada y cubierta de musgo. Entonces, sus ojos se encontraron con la criatura.

Allí, aferrada al tronco como una extensión natural de él, la bestia reptiliana se mantenía inmóvil. Su cuerpo robusto estaba cubierto de escamas gruesas y puntiagudas que destellaban levemente bajo la luz tenue que se filtraba entre las hojas. La criatura parecía un trozo viviente de la corteza, una ilusión rota solo por el movimiento lento y deliberado de su pecho al respirar.

Su cabeza alargada se inclinó apenas, y la boca, entreabierta, dejó al descubierto una fila de colmillos largos y afilados que parecían estar hechos para desgarrar carne con facilidad. Los ojos brillaban como gemas líquidas, un par de orbes feroces que emitían una amenaza muda, pero ineludible.

Ella dio un paso hacia atrás, pero el sonido de una rama rota bajo su pie quebró el silencio del bosque como un disparo.

—Ah, qué mala suerte tengo —murmuró, sin dejar de observar la criatura.

La bestia reaccionó al instante. Sus garras musculosas se clavaron con fuerza en la corteza, produciendo un sonido seco y grave, “crack... thunk”, como si el árbol mismo sintiera el peso de su ferocidad. El reptil ajustó su postura, su cuerpo inmenso y escamoso tan flexible como peligroso, y sus ojos, encendidos con un brillo feroz, se fijaron con intensidad sobre ella.

La larga cola de la criatura, que hasta ese momento colgaba inerte, se tensó con un movimiento casi imperceptible, apuntando hacia ella como un látigo mortal preparado para atacar.

El tiempo parecía haberse detenido en ese instante. Ella apenas se atrevió a respirar, su mirada inmovilizada por los ojos de la criatura, que la observaban con una mezcla de curiosidad y amenaza. Un sudor frío le recorrió la frente mientras en su mente corrían pensamientos fugaces: ¿retroceder o enfrentarse?

Sus ojos no se apartaban de la criatura mientras su mano izquierda descendía hacia su varita, guardada en una pequeña funda cilíndrica que descansaba a su costado. Con dedos ágiles, sintió los detalles dorados en la funda antes de sacar la varita lentamente, sin que su espada dejara de apuntar al monstruo.

Entonces, con la voz baja pero firme, comenzó a cantar las palabras antiguas:

—Tus ojos rojos me miran y tu poder fluye dentro de mí.

El crujido de las ramas del árbol retumbó en el aire mientras la criatura, inmóvil por un momento, parecía evaluar su próxima jugada. La tensión era insoportable, el bosque parecía contener la respiración, y ella continuó con la magia que emanaba de sus labios:

—Quemando mi cuerpo y esparciendo llamas que lo devoran todo.

La criatura inclinó levemente su cabeza, sus ojos observándola con una concentración inquietante. Ella, sin apartar la vista, flexionó las rodillas, sus músculos tensos, lista para cualquier cosa. La varita en una mano y la espada, aun firmemente apuntando hacia el reptil, eran sus únicas defensas.

Entonces, con un retumbar, el tronco de su árbol crujió bajo el peso del reptil, que avanzaba rápidamente hacia ella. La criatura atacó, un rugido vibrante llenando el aire mientras su rostro lleno de escamas se acercaba a una velocidad vertiginosa.

Ella reaccionó con rapidez, lanzándose hacia un lado, pero la garra de la criatura la alcanzó. Un dolor agudo recorrió su brazo cuando el filo afilado de la garra rasgó su piel, pero no se detuvo. En ese instante, el reptil golpeó el suelo con un estruendo, volviendo su mirada hacia ella, que se levantaba con determinación.

Sin perder el control, levantó su varita hacia el reptil que saltaba nuevamente, y su voz, aún entrecortada por la adrenalina, resonó como una orden firme: —Tu poder es mío. ¡Aliento de dragón!

La varita brilló con un resplandor ardiente. Un torrente de fuego surgió de la punta, una gran llamarada que se disparó hacia la cabeza de la criatura. El fuego se extendió por su cuerpo, envolviendo su rostro en llamas que se alzaron hacia el cielo, iluminando el bosque y dibujando sombras que danzaban con la luz del incendio.

El rugido de la criatura se ahogó en el caos de las llamas que la envolvían, su cuerpo tambaleando por el impacto del hechizo. La atmósfera ardía, y la intensidad del momento hizo que ella permaneciera firme, observando cómo la criatura se retorcía ya sin cabeza bajo el poder que había desatado.

Ella agachó la cabeza hacia la criatura, mirando el cuerpo quemado y destrozado. Con un ligero golpe, tocó la carne chamuscada, como si esperara que algo reaccionara.

—¡Oye! Estás muerta, ¿verdad? —Su voz sonó más insegura de lo que hubiera querido, un leve titubeo en sus palabras mientras sus ojos recorrían el cadáver—. No eres… de esos que se levantan y siguen luchando sin cabeza, ¿cierto?

El humo se levantaba de la criatura, envolviendo su rostro en una capa abrasadora de calor. El aire estaba cargado y la oscuridad del humo le dificultaba respirar. Ella intentó alejarlo con una mano, pero no pudo evitar que la ardiente presión del calor invadiera su rostro.

—¡Ugh! —Exclamó, la garganta apretada por la irritación del humo. Se llevó la mano a la cara, intentando despejarse de esa niebla asfixiante—. ¡Hueles a pollo quemado! Definitivamente estás muerto…

Su mirada se elevó hacia el cielo. La luz del sol ya empezaba a colarse por las aberturas del bosque, tocando su piel con una intensidad creciente, como si el mundo le exigiera seguir adelante.

—Y yo... debo irme de aquí —musitó para sí misma, mirando al ser derrotado—. O si no otra criatura vendrá por mí…

Guardó la varita en su funda, con un rápido movimiento, mientras su espada permanecía firme en la mano, lista para cualquier eventualidad. Sin mirarlo una vez más, dio un paso adelante, la sensación de inseguridad aun recorriendo su cuerpo mientras avanzaba.


Su respiración comenzó a hacerse mas pesada y su estómago a gruñir. Tenia que comer algo, así que se acercó a un árbol mientras voltea su mirada en diversas direcciones, llego a la base y enfundo su espada antes de inclinarse. Se quito el pequeño bolso que colgaba de su hombro con una correa larga que le cruza el cuerpo y saco de el una de las diez raciones portables y su cantimplora.

Le desato el nudo y le removió la envoltura para descubrir una galleta de múltiples tonalidades y de aspecto no muy agradables. Sus ojos se entrecerraron y una mueca de desagrado corvo sus labios.

—Así que esto es a lo que llaman comida ligera y funcional —comenzó a soltar pequeñas carcajadas mientras sus ojos medio muertos contemplaban el bocadillo—. Un gran intercambio entre efectividad y sabor.

Al impactar sus dientes sobre la galleta, la dura capa externa poco a poco fue cediendo mientras entre muecas y una ira hambrienta la chica fue reclamando su no tan deseado premio, entre trozos que iba masticando con dificultad.

La imagen de una señorita se distorsionaba en la que ahora parecía mas un perro hambriento mordiendo un hueso entre maldiciones y tirones.

Bebía pequeños sorbos de agua, la suficiente para baja la dura galleta, pero tenia que contenerse para no agotarla. Cuando el ultimo trozo descendió por su garganta recogió el cordón y la envoltura, los apretó en su puño para volver a meterlos en el bolso al igual que la cantimplora.

Se dispuso a levantarse, enderezando la espalda, pero en medio de la acción se detuvo. Sus oídos aún no habían terminado de captar el zumbido. Una leve ventisca le rozó el rostro y, en ese instante, sus ojos marrones se abrieron como platos. La flecha pasó, rozándole la nariz.

Ella cayó sentada y comenzó a retroceder, resbalándose en el suelo. El miedo se reflejaba en su rostro, vibrante y desencajado, mientras una delgada gota de sangre se deslizaba desde su nariz, la prueba inequívoca del ataque.

A como pudo se escurrió a gatas detrás de un árbol, su reparación seguía agitada, pero se calmaba lentamente mientras desenfundaba su espada. Estaba presionada contra el árbol, no podía pegarse más, la espada corta en su mano derecha estaba firme en su mano mientras diversas muecas se deslizabas en su rostro.

—¿Qué fue eso? ¿Qué fue eso? ¿Qué fue eso? ¡¿Qué fue eso?! —Tragó saliva mientras el sudor se deslizaba por su frente—. Una flecha. Tiene que serlo. Pero… ¿quién la disparó? ¿Una persona? ¿Acaso existen monstruos que usen arco? No… espera —sus ojos quedaron inmóviles por un instante—, la flecha estuvo demasiado cerca. Si falló, fue por suerte o… no quería darme.

Se deslizó hacia un lado del árbol, intentando mirar, pero se detuvo antes de que su cuerpo quedara visible: —¡¿No soy un monstruo?!

Su mente quedó en blanco por un momento, mientras una idea empezaba a rondar: —Claro que no soy un monstruo. Quien sea esta persona, si me confundió, tiene mala vista… aunque espera, definitivamente no tiene mala vista si dispara de esa manera. Tal vez sea idiota o no reconozca a una mujer atractiva cuando la ve. ¡Un idiota, definitivamente!

—¡Soy una aventurera! ¡No dispares!

La respuesta no tardó en llegar.

—¡Si es así entonces sal y muéstrate!

Al escuchar esa contestación dos ideas saltaron en su mente: —¡Es mujer! ¡Que voz tan profunda! Que come o… acaso esta enferma. Así que era una mujer idiota.

—¡Y por qué no sales tú! ¡Me acabas de disparar una flecha! ¡Creo que por cortesía tendrías que salir primero y disculparte!

—¡Me disculpare con tu cadáver si no sales!

Su rostro se tensó y sus cejas de color oscuro cayeron sobre sus ojos: —¡Que dijiste! ¡Te are pollo rostizado si tu no sales primero!

—¡Ah si! ¡Pues que miedo tengo! ¡Te clavare una flecha en el trasero para que los monstruos te devoren como pincho!

—¡Ah si! ¡Pues yo te electrocutare hasta que te orines encima! ¡Ya lo he hecho antes y puedo hacerlo de nuevo! ¡Tengo talento electrocutando idiotas! —de inmediato saco su varita y canto:

—El cielo se oscurece y la lluvia clama, la luz emerge y la muerte llama, uno tras otro del cielo cae, muerte esporádica, lamento eterno.

Apretó su varita y de un salto ligero sobresalió del árbol y apunto:

—¡Relámpago de tormenta!