Clocks: Errores del pasado

All Rights Reserved ©

Summary

El tiempo no debería equivocarse. En un taller cubierto de arena y ecos del pasado, un joven cruza el umbral del Relojero con un reloj destrozado y una verdad aún más fracturada. Ciríade ha visto al Padre Tiempo resolver dilemas de innumerables viajeros, pero nunca con la urgencia y el temor con que disecciona a este. ------------- Este one-shot es parte del Universo de Clocks.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo Único

Cuando escuchas la campanilla de la puerta, te apresuras a ponerte de pie y llevar el bombín de tuercas a tu cabeza. Un cliente en la tienda del relojero es siempre motivo de celebración, por lo que echas un vistazo al espejo para verificar que las agujas de tu frente se hallen en la posición correcta para evitar que te vean más vieja de lo que en realidad eres. Giras la manecilla a las dos, así está mejor.

El cliente está experimentando el típico shock del inicial al pasar bajo el umbral. Sus ojos saltan de un reloj a otro, embelesados por la sorpresa y la fascinación. Tú, por tu parte, lo ves y ladeas la cabeza. Te ha tocado atender a muchos personajes excéntricos, pero este en particular ha producido un corto circuito en tu sistema de modulación.

El chico debe de tener unos veinte, con ropas manchadas de arena y una expresión de desconcierto que no se desluce ni cuando se le ha pasado la impresión inicial de la fachada interior de la tienda.

—¡Estimado! —lo llamas antes de que meta el dedo en un delicado medidor de tiempo—. Disculpe, si no va a comprar, le sugiero que no toque nada. Sí, a usted le hablo. ¿En qué podemos servirle?

El chico te mira como si tuvieras una de tus placas de madera mal ordenadas en el rostro. Te fuerzas a mantener la sonrisa. No es el primero ni tampoco será el último que te vea como si fueras un fenómeno.

Inhalando y exhalando, guardas la compostura para poder centrarte en tu propia posición. Repites la pregunta, con ademanes de cierta impaciencia. El chico se lleva una mano a la cabeza y, al retirar la mano y para tu propia sorpresa, ves que está sangrando de la nuca.

Suspiras y al sonrisa en tu rostro desaparece: Llegó otro.

Llevas una de tus manos a la cabeza y retiras el bombín, ya no tiene caso celebrar si en vez de un cliente, llegó otro de estos. Con paso acelerado te diriges al chico, tomándolo del brazo para hacerlo sentarse ante el mostrador.

No imaginabas que volvería a suceder, pero aquí está la prueba de que las arenas del tiempo arrastran de todo. Le entregas el pañuelo del relojero, poniéndole una chincheta imaginaria a la situación para recordar después lavarla antes de que el relojero la vea. El chico la oprime contra su cabeza y un gesto de dolor se perfila en sus rasgos.

—Manténgase aquí mientras llamo al relojero, y no toque nada. Se lo suplico. —le indicas y, al voltearlo a ver, él te señala con un dedo dubitativo— Si tanto le interesa, soy una autómata. Estoy construida con madera y engranes así como usted está hecho de puro irrespeto.

Te das la vuelta, ofendida, y pasas corriendo hasta el centro de la tienda, pasando por el laberinto de diferentes tipos de medidores temporales. Sabes que el relojero no se ocupa de estas circunstancias a menos de que sean importantes pero, a decir verdad, para esto se supone que está aquí ¿no? para atrapar a estos seres fuera del tiempo. Pero esperabas no tener que molestarlo en su día de descanso.

Te acercas a tu creador subiendo las escaleras. La oscuridad se vuelve cada vez más profunda a medida que subes, los sonidos de los relojes se hacen cada vez más lejanos y el aire, muy a tu pesar, se enralece. Puedes sentir el vacío del tiempo en esta área, lo que te deja en claro que tu señor está despierto y no vagando por otras líneas temporales como se supondría que debía hacer en su tiempo libre.

Entras en la estancia y lo ves en completa oscuridad, la luz de la lampara ilumina su rostro tenso y sus ojos fijos en la lupa que sostiene sobre el mecanismo interno. El relojero, el padre tiempo, se halla calibrando a uno de tus hermanos. Otro ser de madera, engranes que ha construido para la caza de seres exactamente iguales al que hay abajo, en la tienda. Su torso y su cabeza están sobre la mesa y, más allá, ves un pie y la placa con las manecillas que debe ir en la frente.

EL mismo relojero es un ser aledaño a ti misma, con la diferencia de que su cuerpo está hecho con placas de metal galvanizado, y su rostro es menos humanoide que el tuyo. A través de un vidrio templado en su cabeza se pueden ver los engranes y cables que forman su cerebro y sus manos no tienen el refinado de las tuyas, a él lo hicieron antes que a ti y por lo mismo su diseño es más tosco y menos agraciado a la vista. Pero eso lo compensa con una mente liberada del tiempo mismo, cosa de la que te privaron.

—Mi señor... —saludas, haciendo una reverencia profunda que hace crujir tus engranes.

El relojero alza la vista; sus ojos dispares te escrutan con intensidad— Ciríade ¿Qué te he dicho sobre interrumpir? —el escalpelo que ha estado usando junto al destornillador se dirigen hacia ti con amenaza— Aun no acabo con Tyranni y lo necesito para la siguiente cacería en las líneas del tiempo.

—Llegó otro —te limitas a decir, por toda respuesta.

El padre tiempo no dice nada por un momento. Simplemente se retira la lupa de enfrente y descapucha la lampara para que su luz llene toda la estancia. Sin necesidad de ver, sabes que ahora miles de tus hermanos cuelgan de las paredes, inertes, a la espera de su debida reparación y reanimación. No te gusta verlos así, puede que seas tú igual a ellos, puede que con un interruptor tu vida se apague de igual forma, pero siempre te invaden la misma opresión en tu pecho de madera, como si el paso del aceite por tus engranes solidificase ante el miedo de terminar como ellos.

—Enseguida bajo. —te llega la voz del relojero, lo escuchas incorporarse y dejar de martirizar a tu hermano con sus herramientas.

Haces otra reverencia y te retiras con prisa, retrocediendo hasta casi tropezar en las escaleras. Suspiras al regresar a las escaleras oscuras y al bajar tus pulmones artificiales se ensanchan con la recuperación del aire.

El visitante no se encuentra donde lo dejaste. Está unos metros más allá, con una expresión de dolor. Como si se hubiera levantado y dado un traspiés que lo lanzó contra un reloj de arena arcaico, hecho con lo que quedó del polvo cósmico del primer universo destruido. La esfera inferior está rota y el polvo de la superior cae sobre la cabeza del visitante con un suave murmullo.

Resoplas ante esto. Lo que te llevarás limpiando el desastre.

Te acercas al chico y lo sacas de ese aprieto jaloneándolo hasta hacerlo sentarse contra el taburete donde antes lo dejaste. No tienes fuerza para hacerlo incorporarse más. La expresión del chico sigue siendo de desconcierto y dolor.

—Tiene suerte de que no fuera un articulo de mayor valor —le mascullas, con los incisivos apretados mientras buscas desempolvar sus ropas y revisar la herida de su cabeza— Y para su mayor suerte, ha dejado de sangrar. El relojero lo verá en breve, pero debe quedarse donde está ¿me ha entendido?

El chico te mira y asiente, no parece ser tan estúpido como lo imaginabas.

Te sorprende el ser que tienes delante. A la tienda del relojero, nombre que usa el padre tiempo con la excusa de pasar un tiempo en uno de sus mundos favoritos, llegan todo tipo de seres de varios sitios. Personas con problemas fugaces y meramente emocionales como recuperar momentos pasados, adelantar los futuros, o sanar grandes errores que nunca se figuraron que tendrían esas consecuencias.

El pueblo cercano a este establecimiento tenía personas con relojes hechos por el relojero. La gente de carne y hueso, como la llamas, tienden a poner sus intenciones y sus anhelos en acciones que por naturaleza no pueden ejecutar. El tiempo es un amo implacable, ladrón y usurpador, como el padre tiempo mismo. Salir del tiempo es una cuestión que nunca les otorgará la felicidad, tú lo sabes muy bien.

Mientras el chico recorre las paredes y los relojes con la mirada, tú te fijas en su mano. Es diferente a la tuya, su piel de carne y tu piel de madera se parecen en esencia, pero la tuya ha visto eones, mientras que la suya apenas dos décadas. Te preguntas qué tanto habrán visto estos ojos para estar tan extraviados que los tuyos ignoran.

Ante el crujido de las escaleras, al final del pasillo, te incorporas para, aprisa, ir a limpiar el reloj de arena roto en lo que el relojero atiende al visitante especial. Eres nada más la empleada de la tienda, tu tarea es mantener el orden, pero eso no te impide tener receptores visuales y auditivos.

El relojero se planta frente al visitante, extendiendo una mano hacia él para ayudarlo a ponerse de pie. El chico sube al taburete y se lleva la mano de nuevo a la herida de la cabeza mientras tu señor toma asiento tras el mostrador. En esta ocasión, su aspecto vuelve a ser el de un anciano sabio, con barba de plata y ropas de artesano, la próxima vez probablemente será un joven o un hombre cercano a los cuarenta. Nunca muestra su verdadera esencia, porque el tiempo no tiene un único aspecto.

Como siempre, has cerrado las cortinas y has dejado que sea la luz de los relojes la que ilumine la estancia. Das la espalda a los dos interlocutores y, como buena creación manufacturada, sin voluntad aparente ni otros deseos que no sean los de tu amo, te dispones a limpiar lo que el visitante destruyó.

—¿En qué puede servirte este humilde servidor del tiempo?

Sonríes levemente, te encanta cuando tu señor dice eso. Aunque lo hayas oído muchas veces, te has descubierto a ti misma repitiéndolo a los clientes como si tú fueras el relojero. Pero, por la forma pausada y suspicaz que usa, sabes que él sabe que delante suyo no se halla cualquier cliente.

—¿Cuál es tu problema? —empezó el relojero, al ver que el visitante no hablaba, estudiándolo con la mirada de arriba a abajo— ¿Buscas revivir el tiempo pasado? ¿Arreglar un error cambiando el tiempo? ¿Acaso deseas recuperar una persona especial...? ¿O ver algún momento histórico para algún fin propio?

El chico tose y una considerable cantidad de arena sale flotando de su garganta. Seguidamente, la misma mano ensangrentada que antes estuvo sosteniendo su herida, baja para extraer de su bolsillo algo pequeño. Con gestos bastante lentos y poco conscientes, lo deja sobre el mostrador entre ambos.

Has estado barriendo con una escoba de hierba seca la arena, y metiendo en un cubo los restos del universo primigenio, pero has estado echando vistazos por encima de tu hombro al relojero y su cliente. Cuando ves la acción del chico, tú enarcas una ceja con curiosidad al ver el aparatito. No es más que un reloj de bolsillo con filigranas de plata y nácar. La esfera está astillada y, al ser colocado sobre la madera, esquirlas de cristal espolvorearon la superficie.

Miras al visitante y te preguntas si lo habrás confundido, si acaso será otro tonto que viene buscando algo tan sencillo como que le cambien la batería al reloj o le den cuerda. Pero cuando tus ojos biónicos se fijan en la expresión del padre tiempo, no te queda lugar a dudas al respecto.

—Ciríade, —te llama y tú tensas los engranajes que ajustan interiormente tus hombros al escuchar la urgencia de su voz— mis lupas.

La escoba, el recogedor y la arena pasan a segundo plano. Das un rápido movimiento y te precipitas por el pedido de tu señor. No se te olvidan las figuras de tus hermanos arriba. Regresas con las lupas y el relojero extrae la de más aumento, a la hora de abrir el seguro de la tapa, y vislumbrar el interior del aparatito medidor de tiempo.

Te quedas cerca, estudiando a tu vez el reloj. No te pasa desapercibida la expresión de tu señor. Sus cejas espesas se crispan y notas la caída de la mandíbula que entre abre los labios, así como el temblor de las manos.

—¿Dónde encontraste esto? —su voz suena hueca, como si el asombro y el latente miedo no dejasen lugar a su suspicacia.

La curiosidad te consume. Te acercas al mostrador, fingiendo que aún barres. Ves algunos garabatos a través de la lupa amplificadora, pero no es hasta que cambias de ángulo que les encuentras sentido: Para quien debe recordar.

El chico parpadea y se aclara la garganta con un gruñido— Creo... — intenta decir, pero otro acceso de tos lo interrumpe— creo que lo hice yo. Hace mucho tiempo.

El señor del tiempo resopla y se lleva una mano a la boca, sin dejar de mirar el reloj frente a él. El miedo que viste hace un momento ha pasado, solo fue el relámpago de un instante, pero ahora solo está la misma fría resolución que caracteriza al señor del tiempo.

Cuando te voltea a ver, das un respingo— Escalpelo. —te dice, y tú asientes antes de conseguirlo con rapidez.

Al volver, el relojero lo toma de tu mano y lo clava en el pecho del chico. Ante el grito ahogado del visitante, tú retiras la mirada de nuevo hacia la arena desperdigada, no te gusta cuando tu señor hace eso.

No ves cuando el Señor del Tiempo corta al chico de izquierda a derecha en el pecho. Mete la mano y presiona un interruptor oculto, lo que hace que el visitante deje de forcejear y se apague por completo.

—Sabía que volverías —le murmuró al chico— pero nunca imaginé cómo ni... ni cuando.

La curiosidad te hace volver a acercarte. Ves el rostro del chico y seguidamente la abertura que se abre cuando el padre tiempo retira la piel. Reconoces los mismos engranes en su interior que tú posees en el tuyo. Su rostro, pálido y demudado en una mueca de sorpresa, se ha quedado en un rictus estático, como muerto, pero sabes que solo está apagado.

Tus hermanos generalmente van a la cacería sin más voluntad que la misión que les encomienda tu creador, el padre tiempo. Pero, al vivir tantos eones, pierden la memoria y se vuelven cada vez más... humanos. Al punto en el que sus heridas sangran y sus cuerpos sienten dolor y emociones más fuertes de las que tú podrías imaginar. Su mente se pierde en el tiempo y, después de un largo período, regresan por sí solos.

—¿Quién de todos nosotros es? —te atreves a preguntar, mientras el Padre tiempo usa de nuevo el escalpelo para seguir cortando y desforrando al chico, descubriendo los engranes y las placas de madera interiores— ¿Y porqué se ve como uno de ellos?

Tu señor te lanza una mirada inquisitiva al tiempo en el que se aparta un mechón de cabello entrecanado de la frente, dejando un surco de sangre en su piel artificial.

—Este no es uno de tus hermanos, Ciríade. —te dice antes de volverse de nuevo al visitante— Este es parte de mi mismo más que ustedes. Si bien a tus hermanos los envío a las misiones a través del tiempo, los disfrazo con este envase de carne y piel. —se señaló su brazo, semejante al suyo, aunque con la piel manchada y suelta— Este pequeño estorbo... soy yo.

Te congelas. Por primera vez desde que existes, no sabes qué pensar. El chico sigue allí, inmóvil, con el pecho abierto. Sus engranajes son los mismos que los tuyos. Pero si él es parte del Señor del Tiempo... ¿Qué significa eso para ti?

—Es lo que dejé atrás. Mi error. Mi otra mitad.

Miras al chico, a su piel desprendida, a los engranajes que brillan como los tuyos. Y los sientes retorcerse anormalmente en tu interior. No es la sensación que sientes cuando ves a tus hermanos mutilados en la oficina del relojero, tampoco es miedo ni asombro. Es la más pura curiosidad que te une a tu creador.

—Los errores siempre regresan, Ciríade, —murmura tu creador, señalando el reloj— Y ahora debo corregirlo.

—Pensé que el tiempo solo afectaba a los mortales, señor —miras al rostro del ser resultante, ya sin más que la madera, los engranes y las células vítreas manchadas en sangre. Ves el parecido, ves lo que es debajo de la misma piel y carne tu señor, y sientes aprensión por tu propia existencia.

—Al final, nadie escapa del tiempo... ni siquiera yo. —dijo en voz baja, antes de hundir la hoja en el pecho del chico una vez más.