Prologo
El olor a moho se extendía por toda la habitación desde la entrada principal hasta la entrada trasera. Las encargadas de arreglar al viejo y todo a su alrededor apenas preparaban el cuerpo dentro del ataúd. Dentro, un viejo de 87 años que apenas el día de ayer aún se llamaba Don Ezequiel Torres, yace con la expresión más pacífica que jamás pudo tener en vida. Un rostro que nadie empleado nunca vio, causando en ellos más confusión. Estaban aliviados, claro, todos testigos de lo que ocurría dentro de las paredes de la propiedad, sin embargo, tenían miedo, miedo porque sabían que después de esa noche su futuro sería incierto. Los nietos jóvenes desapegados de su abuelo, sus amigos, personas sin corazón con narices tan grandes capaces de oler la fortuna.
Isabel, la nieta más pequeña y la única que aquel viejo realmente quiso, se recargaba en el marco de la puerta trasera mientras dos personas más llegaban con coronas de flores, disfrazando el incómodo olor de la habitación. - Ese viejo pudo haber invertido en dar mantenimiento a estos salones de vez en cuando- Camino como siempre casi en un sigilo hacia el cuerpo frío de su abuelo. Bufó después de observar por varios minutos.
-¡Púdrete en el infierno!- dijo sin más, no importando que estaba rodeada de todo el personal de su abuelo.
-No deberías hablarle así al pobre viejo, sufrirá sabiendo que su nietecita no espera que descanse en paz.
Emilio, el menor de los nietos hombres apareció detrás de Isabel quien no se inmuto ante la repentina aparición de su primo. Sonrió de lado cediéndole el espacio frente a la parte abierta del ataúd. Emilio colocó una foto de sus padres justo en el pecho de su abuelo - Llévalos contigo- dijo dando unas palmaditas antes de retirarse.
Isabel salió por la puerta principal dando inicio al velorio del gran Don Ezequiel Torres. El ambiente era lúgubre, el gran salón comenzaba a llenarse de fanáticos del abuelo y amigos cercanos, amigos más asiduos a la fortuna Torres que a la misma persona que la poseía. Ninguno de sus hijos había sido tan considerado para darle una despedida a su padre, tanto que decidieron enviar a sus hijos, asegurándose de que al regresar cada uno tendría heredada una gran suma de dinero en sus carteras, mismas que esperaban gozar sin limitación una vez sus hijos les dieran la libertad de usarlo.
Si tan solo aquellos desvergonzados, hubieran sido la mitad de listos que sus hijos, sabrían que ninguno de ellos sería capaz de aceptar nada de aquel viejo que aún muerto figuraba una pesadilla en sus vidas.
Carlos y Alejandro, ambos hermanos y nietos mayores del abuelo llegaron apenas unos minutos después de iniciar la misa. Sus trajes pulcros y completamente negros resaltaban aun entre la multitud que vestía el mismo color presente en la ceremonia. Su presencia y visual no pasaba desapercibida de nadie dentro de aquel salón, no les importó que la misa haya comenzado y mucho menos la mirada del padre, un viejo amigo de su abuelo.
-Charly, Alex- dijo Emilio por lo bajo, señalando un lugar junto a ellos justo al frente del altar.
-Vuelve a llamarnos así y juro que no volverás a decir una palabra en tu vida.
-Carlos, guarda silencio. No querrás incomodar a los preciados presentes que acompañan al viejo en su última despedida. - Dijo su hermano con sarcasmo
No le importaba realmente lo que los demás pensaban, mucho menos la gente interesada, que sabía que ellos dimitirían de su herencia una vez pasados los 7 días de luto estipulados en el testamento. Pues el viejo puso como condición para sus nietos que si no acordaban su herencia esta sería entregada en partes a sus amigos más cercanos.
Don Ezequiel pensaba que sus nietos serían igual de avaros que sus padres, amenazando con regalar la gran fortuna Torres, sin embargo, ninguno de ellos tenía pensado aceptar tal fortuna que solo manchaba mas su apellido, pues aquellos rumores sobre cómo se consolidó y que las personas ignoraban, no eran más que ciertos y verdaderos para cada uno de los nietos, tormentos que los acompañaban día y noche.
-Malditos lastres-. Si tan solo supieran que aún después de dimitir aquellos jóvenes, no podrían acceder a aquella fortuna a menos que alguno de los nietos muera. Incluso tomando en cuenta la repentina muerte del saludable abuelo, pues había invertido gran cantidad de dinero en su salud. Razón por la cual un investigador del gobierno había llegado junto a los nietos mayores. Otro más que husmea la fortuna Torres, pues si esta se comprobaba que habría sido una muerte inducida, aquella fortuna pasaría a manos del gobierno y a disposición del pueblo. Cosa que a los bolsillos del gobernador le interesaba.
Juventino Paz, era el nombre de aquel gobernador de tercera edad, de cabello escaso y barba pálida. Observaba la ceremonia desde el último de los asientos con sus manos hinchadas y llena de anillos dorados sobre su circular barriga. El investigador, quien hasta ahora no se había presentado a los nietos de Don Ezequiel, se sentó justo a lado del gobernador dándole una pequeña reverencia antes de tomar su lugar. No intercambiaron la mas mínima frase, ya tendría tiempo de hablar con él, su trabajo de siete días apenas comenzaba y dejaría pasar esa conversación para después, ya que quería estudiar el comportamiento de aquel hombre vestido de un saco negro y desgastado.
Una hora después terminada la ceremonia los asistentes salieron del recinto junto con el personal, pues aquel ataúd sería cerrado y llevado a pie hasta el panteón de aquel viejo pueblo.
Pasados 5 minutos de caminata al frente de la muchedumbre junto al ataúd cargado por hombres y amigos del viejo, el investigador se acercaba a Carlos, el mayor de los nietos quien caminaba erguido y con soltura, demostrando su buen cuidado físico pues ni siquiera su respiración se veía agitada. Al investigador le tomó unos segundos para emparejar su paso debido a las largas zancadas que el joven daba al caminar, que no se comparaban con las pequeñas pisadas del investigador de apenas un metro sesenta de altura.
- Joven Torres - carraspeo- Carlos Torres, mi nombre es Julio– Respiro – Julio Rojas, soy investigador privado y estoy interesado...
-En la fortuna - completo Carlos sin ningún jadeo– La fortuna Torres, como todas las chiches atrás de mi – hablo fuerte esperando que la larga fila de gente oyera. llamando solo la atención de su hermano y primos detrás de él y de unos cuantos que venían cargando.
– Me gustaría poder charlar con ustedes cuatro a solas... es... es un tema delicado.
–¿Delicado?... ¿Qué podría ser delicado en un momento como este?
– De no ser posible hablar con ustedes, me temo que se verán como principales sospechosos de la muerte de su abuelo.
Carlos freno en seco ¿Sospechosos? ¿acaso este hombre estaba bromeando? ¿Quién en su sano juicio creería que ese viejo moriría tan fácil a manos de otra persona? Incluso muerto este viejo causaba problemas.
Carlos miró a sus primos esperando confirmación de su parte, solo consiguiendo miradas lascivas y un apenas audible “si” por parte de ellos. Carlos asintió ante el investigador y siguió su camino hasta los límites del pueblo en donde un gran arco de piedra con la palabra “mors in vita” tallada sobre el arco lucía desgastada y con hierbas creciendo.
Una vez llegado al lugar donde una construcción bastante llamativa y bien adornada que el abuelo había mandado a hacer previniendo su muerte en el futuro, los cargadores ingresaron para dejar el ataúd en el hoyo previamente escarbado depositando el cuerpo 5 metros bajo tierra como lo había pedido en su testamento. Dos personas encargadas del panteón esperaron a que el padre dijera una última oración frente a los 4 nietos dentro, antes de tapar finalmente aquel hoyo.
Uno a uno en orden de edad cada nieto tiró un puño mientras la oración terminaba, el olor a incienso los empapo junto con el olor a tierra seca y flores. Una vez terminado el ritual aquel ataúd fue cubierto de tierra y cemento, terminado con una loseta blanca y mostrando así un piso donde en el futuro se pensaría que pondrían flores, velas y comida en el día de los muertos.
Al salir la gente celebraba con un poco de mezcal y tequila la partida de aquel hombre que impresionaba con su presencia, aquel que no era juzgado por su trabajo si no admirado por su dinero, aquel hombre al que todos saludaban pues sabían que si él dejaba este mundo aquel pueblo obtendría muchas ganancias.