Adiós Ángeles

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Summary

Clara, una joven que se siente más cercana a la sombra que a la luz, emprende un viaje que la aleja de la ciudad y la adentra en un paisaje de campo, lleno de memorias difusas y un aire de desarraigo. En su mente, frases solitarias, como "Adiós, ángeles", flotan sin destinatario, mientras se dirige hacia una casa de campo en la que parece no pertenecer. En el camino, observa el paisaje que se despliega ante ella, sintiendo una mezcla de desconcierto y nostalgia.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
4.7 3 reviews
Age Rating
16+

I

Adiós, ángeles. El pensamiento cruzó su mente sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser formulado. Lo dijo en silencio, sin mover los labios, sin apenas respirar. Era solo una frase flotando en su cabeza, sin destinatario, sin necesidad de respuesta.

Desde la ventana del coche su mano alertaba al cielo, enseñando la palma al viento. Esa mañana gris, llevaba puesta unas zapatillas negras, de suela blanca, no necesariamente destacaban en su armario, una mezcla de matices derivados de tonos oscuros. Un lugar donde las piezas se mezclaban sin estridencias, pero cada una tenía un propósito. Las camisetas, de tonos apagados, se alineaban junto a chaquetas de algodón y sudaderas que no buscaban llamar la atención, pero que, en su conjunto, formaban una silueta coherente, casi intencionada en su discreción. Había algo en esa simplicidad que hablaba más que cualquier atuendo ostentoso, como si cada prenda estuviera elegida para ser un refugio, un recordatorio de que no necesitaba más para ser ella misma.

Su pantalón, de un gris mate, caía suavemente sobre sus piernas, ajustado en los muslos y ligeramente más ancho en los tobillos, como una sombra en movimiento. El borde del tejano unía los puntos desde el tobillo hacia la cintura recorriendo el perfil exterior de su pierna. Decían que el amor era el mejor veneno, decían que era creado para vivir, porque vivir es morir y si se pudiera al morir empezariamos a vivir. En la cima del pantalón, una tela con la marca. No sabía muy bien donde lo había comprado, ahora sentada sobre el asiento trasero de un coche, llegando a la casa de campo.

El cielo se teñía del mismo color que el de su camisa. Estrecha de mangas largas, normalmente escondida en los fondos de su armario. Hubo una época donde no se hubiera puesto esa ropa. No, recordaba el andar blanco de la ciudad, con la rayolas mojada paseaba, blanca como la luna, perdida como el gato, que sin preocupación alguna se lame las patas encima de cualquier tejado.

En su rostro sus labios empezaban a alinearse con el sol. Sus cejas formaban un arco. Hacía tiempo que no sentía esa sensación. Recorría por los caminos de la memoria y no encontraba el instante final donde sintió el sol penetrando en su piel. Buscaba un presente en un pasado, pero los recuerdos no responden, eso ya lo sabe.

Venía de un largo viaje por carretera, nada más al salir de la ciudad se habían adentrado por el bosque. En un momento dado, salieron de la maleza así dejando ver un largo campo de trigo, perdido en algún claro de ese vasto bosque, no pasaron mucho tiempo en él, pero en su memoria, parecía eterno. Cada brote salía del suelo intentando alcanzar al sol, aunque, cada vez que se alzaban, iban perdiendo su joven color verde, que con el tiempo se perdía con el viento.

Se llamaba Clara. Un nombre breve, limpio, como el aire que se colaba por la rendija de la ventana entreabierta. Su madre lo había elegido con la esperanza de que su hija llevara la luz en la piel y en la mirada, pero ella nunca se sintió particularmente luminosa. Había algo en su forma de existir que se parecía más a la sombra de las cosas, a la huella que dejan después de irse.

El coche aminoró la marcha al llegar a un camino de tierra que se extendía entre los árboles. La vibración del motor le recorría la espalda en pequeños temblores. A lo lejos, más allá de los troncos nudosos y los arbustos que parecían inclinarse con el viento, la casa de campo se levantaba, gris y callada. El tejado oscuro, las ventanas pequeñas, la puerta de madera envejecida. Todo parecía sacado de un recuerdo borroso.

Clara apoyó la frente contra el cristal frío y dejó escapar un suspiro. No estaba segura de por qué había aceptado venir. Tal vez porque a veces es más fácil dejarse llevar por la inercia que resistirse a ella. De la casa salió una sombra, alta, pintada de tejano y blanco. Daniel, frente a la puerta esperaba al coche que aparcará.

Llevaba unas botas marrones, gastadas con el uso. Tejanos con una hebilla adjunta a su cinturón marrón. Con las manos en los bolsillos, curiosamente en buen estado, buscaba con la mirada alguna señal de vida. Llevaba una camisa blanca con el cuello alto, de su pecho al cuello caía casi por inercia un colgante de oro, con una cruz al final.

En su rostro se dibujaban dos líneas rojas debajo de su nariz. Ningún vello facial. Su pelo, castaño, caía por los lados tendidos flojamente hacia atrás, acto que hacía que se levantasen un poco, otra vez, por inercia.

El coche frenó suavemente frente a la puerta que permanecía a un lado del camino. La puerta, roja, se abrió lentamente, dejando ver el zapato de Clara. Una montaña nunca parece tener la necesidad de hablar. Ni mucho menos las que se divisaban desde el campo. Daniel le regaló una sonrisa y una mirada que comparte tantas búsquedas. Y ese fue el sentimiento más dulce que tuvo de él.

Clara avanzó cuidadosamente por el camino de piedras que dirigía a la casa. Cruzaba un jardín descuidado. Un limonero, alto y grueso, tomaba el protagonismo, creando una sombra fría, distante. El suelo parecía una alfombra verde, con puntos de colores distribuidos sin patrón aparente por el suelo. Había tanto tulipanes como margaritas, abundantes y esparcidas por la hierba. Amablemente mojadas.

Su lado oscuro se va amplificando y sigue regresando insatisfecho. Su lado soleado se elevó y murió. Apuesta a que cuando colisionaron, el universo cambió a un nivel más bajo. Su sombra también tiende a amplificarse, más ahora, cuando el sol está en su punto más alto.

Justo al borde, sólo una dosis más. Va viajando de costa a costa, al menos su teoría no es perfecta pero está cerca. Ya casi ha llegado, ¿por qué debería importarle? Al menos volvió vistiéndose con una sonrisa.

Clara avanzó por el jardín, sintiendo la humedad adherirse a sus zapatillas. El aroma de la hierba mojada se mezclaba con un tenue rastro cítrico que provenía del limonero. Daniel seguía allí, inmóvil, con la misma sonrisa tenue dibujada en su rostro. Era la clase de gesto que parecía a punto de desvanecerse en cualquier momento, como si solo existiera en el instante en que lo observabas.

—Has llegado antes de lo que esperaba —dijo él, y su voz se deslizó entre los árboles, quedando suspendida en el aire por un momento antes de desaparecer.

Clara se detuvo a unos pasos de él. La puerta del coche se cerró tras ella con un ruido sordo. El conductor se quedó dentro, sin intención de bajar.

—El camino estaba despejado —respondió, sin demasiado interés en la conversación.

Daniel asintió, y por un momento, pareció medirla con la mirada. No de una manera intrusiva, sino más bien con la curiosidad de alguien que intenta recordar un rostro en medio de un sueño.

—Es raro verte aquí.

Clara pensó en responder, pero se limitó a encogerse de hombros. No sabía exactamente por qué había venido, y cualquier excusa que inventara sonaría vacía incluso para ella. En su mente, seguía viendo la imagen del campo de trigo que había atravesado momentos antes, la forma en que las espigas se mecían en el viento, aferrándose a la luz del sol antes de marchitarse.

—Pasa —dijo Daniel, dando un paso atrás y señalando la casa.

La madera crujió bajo su peso cuando Clara subió los primeros escalones del porche. A través de las ventanas pequeñas, apenas podía ver el interior, pero la penumbra en su interior le recordó a un día nublado atrapado en un espacio cerrado.

Empujó la puerta.

El aire dentro era denso, con un olor a madera vieja y humedad acumulada en las esquinas. En la pared de la entrada, un reloj de péndulo avanzaba con un tic-tac pausado, ajeno al paso del tiempo fuera de esas paredes.

Clara recorrió la estancia con la mirada. Un sillón de cuero desgastado ocupaba el centro de la sala, junto a una mesa con marcas de vasos en su superficie. Unos cuantos libros descansaban apilados en un rincón, algunos abiertos por páginas arrugadas.

Daniel cerró la puerta tras ella.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó, con un tono neutro.

Clara no respondió enseguida. Se acercó a la ventana, apoyando los dedos en el cristal frío. Afuera, el limonero seguía ahí, inmóvil en su sombra.

—No lo sé —susurró.

Y en el silencio que siguió, se dio cuenta de que tampoco importaba.

Subió las escaleras siguiendo a Daniel, hasta su habitación. Ángeles. Era un desperdicio ser desperdiciada en primer lugar, quería probar el sabor de estar cara a cara con la gracia común. Para meditar en el sueño más cálido.

Las cuatros paredes parecian componerse por cuadros mal puestos, frente la ventana una mesa lavada en polvo, con sutiles marcas de papeles. Una silla, más vieja que las montañas que rodeaban el campo, permanecía frente a la cama. La cama, acolchada y abrigada. No tardó mucho en dejar su maleta en un lado de la cama, se sentó y notó una mirada fija en su oreja izquierda.

La abuela, frente a su marido permanecían como hace tantos años ya. Con esa mirada cálida, comprensiva que adornaba el algodón en el pelo. El cuadro estaba en la pared izquierda, junto a una butaca parecida a la de su piso, allí en la ciudad. En la butaca una mancha negra estaba dormida. El gato la miraba extrañado, un ser más extraño en su rutina. Debía ser que antes de su llegada en esa sala pasaba las horas. Se sentía extraviada, una molestia, estaba en un lugar que no le pertenecía, donde no formaba parte.

Adiós ángeles. El pensamiento volvió a cruzar su mente sin aparente razón. Se acostó y de caras al techo espero a que alguien de la casa quisiera su presencia. Lo había dicho en silencio, sin mover los labios, sin apenas respirar. Era solo una frase flotando en su cabeza, sin destinatario, sin necesidad de respuesta.