Prefacio
Domingo 24, 2013.
Gabriel se estremeció cuando el frio de noviembre golpeo su rostro descubierto, haciéndolo soltar una maldición cuando decidió no hacerle caso al viejo antes de salir de casa. El frio era insoportable, y apenas el sol estaba poniéndose así que apresuro su paso, no estaba dispuesto a descubrir cuanto empeoraría el frio. El arma que presionaba contra su cadera no ayudaba; era incomoda, pesada y asquerosamente fría. Había estado intentando acostumbrarse al peso extra, pero justo ahora era casi imposible acostumbrarse a la constante quemadura del metal frio contra su piel, la cual estaba intentando proteger del frio exterior.
Sonrió aliviado cuando vio el auto parado frente a su casa, Gabriel no recordaba haber visto antes ese auto azul oscuro, pero su abuelo compraba autos de la misma forma que respiraba. Nunca estuvo de acuerdo con eso de tener tantos autos, le parecía demasiado avaricioso, un gasto innecesario. Pero aun así no se quejó, después de todo Gabriel mismo tenía una colección de videojuegos que ni siquiera había jugado y, siendo sinceros, algunos no eran de su preferencia.
—¿Puedes llevarme a la casa de mi tía, Marcos? —pregunto mientras entraba al auto, pero Marcos no respondió con una broma como normalmente lo hacía.
Eso debió haberlo alertado, pero no le tomo mucha importancia. Gabriel asumió que su abuelo había vuelto a hablar con los empleados sobre el limite nieto-del-jefe-y-empleado. Luego se encargaría de hacerle un pequeño berrinche al viejo para que dejara de intimidar a los empleados, en especial a Marcos. Aunque su diferencia de edad era de unos doce o trece años siempre se habían llevado bien.
—Uhm, ¿Marcos? —pregunto cuando noto que el auto se desviaba del camino—. Este no es el camino a casa de mi tía Blanca. —recordó amablemente, no le gustaba gritar a nadie. Nunca había reclamado algo a los empleados de forma grosera, siempre buscaba hacerlo de forma tranquila y comprensiva, que su trabajo fuera servir a su abuelo no los hacia menos humanos. Así que estaba acostumbrado a recibir una risa nerviosa seguida de una disculpa, pero Marcos parecía estarlo ignorando completamente.
Eso sí lo alerto.
—¿Marcos? —intento otra vez, inclinándose un poco hacia adelante, tal vez no lo estaba escuchando.
El auto se detuvo y Gabriel sintió como la pequeña bola de miedo que había estado creciendo dentro de él se desvanecía. Sonrió un poco, sintiéndose avergonzado de haber dudado de uno de los trabajadores más leales de su abuelo, de uno de sus amigos más cercanos. Gabriel conocía a Marcos desde que tenía memoria, no podía recordar un solo día en el que el chico no estuviera a su alrededor, cuidándolo mientras sus padres viajaban, y llevándolo por todos los helados que se le antojaran. Era como un hermano mayor, siempre apoyándolo e interviniendo cuando su abuelo lo presionaba de más con el asunto del negocio familiar. Dudar de alguien que era prácticamente su hermano era estúpido, lo que su abuelo había estado enseñándole sobre “no confiar ni en tu sombra” le estaba afectando de más.
Su mente dejo de divagar cuando noto que auto no se detuvo para dar la vuelta, estaba apagado. El sol ya se había ido, haciendo casi imposible que Gabriel pudiera ver algo atreves de las ventanas con el papel ahumado. Estaba a punto de volver a hablar cuando su puerta se abrió de golpe. No lo pensó cuando lanzo su cuerpo hacia adelante, gritando el nombre de Marcos con terror cuando un hombre en traje negro se inclinó dentro del auto y le agarro de la camisa, intentando sacarlo.
—¡Marcos! —grito, aferrándose al asiento del chico, pero cuando Marcus giro a verlo todo su cuerpo se quedó congelado, permitiéndole al hombre sacarlo del auto con fuerza y lanzarlo contra el suelo duro de un callejón.
No era Marcos. Era un impostor.
—¿Mataste al chofer? —pregunto el hombre, acercándose al aturdido nieto de su socio.
—Está en el maletero, dio mucha pelea —dijo Raul—. Creo que se cogía al mocoso, no paraba de gritar que me mantuviera alejado de él.
—Oh —dijo con asombro—, Así que eres una putita, ¿eh? —pregunto mientras lo tomaba del rostro, apretando sus dedos gruesos con fuerza en su mandíbula—. Tal vez logre sacarte algo antes de matarte. ¿Cuánto crees que pagarían por una noche con el nieto putito de Cesar Martínez, Raúl?
Con más facilidad de la que esperaba, Gabriel se zafó del agarre y mordió con fuerza los dedos del hombre, aprovecho la pequeña brecha de estupefacción de ambos para ponerse de pie y comenzar a correr. Pero no llego muy lejos cuando Raúl lo tácelo, golpeándolo un par de veces cuando estuvo inmovilizado en el suelo. Su abuelo lo había entrenado para el combate cuerpo a cuerpo, pero esto no era como un entrenamiento, era un adulto que le sacaba al menos unos 80 kilos y que parecía ser hasta mayor que Marcos.
Apenas y sintió cuando Raúl lo arrastro de vuelta a donde el otro hombre se encontraba. Estaba oscuro, la única fuente de luz parecía ser las luces del auto, así que el ambiente era terrorífico. Si no tuviera el cuerpo entumecido por el frio y el dolor de la paliza que el hombre le había dado estaría intentando acercarse más a la luz.
El hombre se le acerco con pasos lentos, la escasa iluminación le daba un aura aterradora. La imponente altura y el cuerpo robusto del hombre eran intimidadoras, pero esos ojos azules eran tan claros que le hilaban la sangre. Cuando estuvo frente a Gabriel se agacho, volviendo a tomar el rosto golpeado del joven en sus manos.
—Voy a sacarte los dientes uno por uno y a enviárselos a tu abuelo —escupió con odio, intento apartarse, pero solo consiguió que el hombre apretara más fuerte—. ¿Querías entrar al negocio? —pregunto con diversión, riendo cuando noto el terror en su mirada—. Bienvenido al mundo real, mocoso.
La patada lo tomo desprevenido. Le dio de lleno en la boca, podía sentir la sangre escurriéndose. Apenas estaba comenzando a sentir el dolor cuando el hombre volvió a patearlo en la boca, usando esta vez su talón; hundiéndolo con fuerza en su boca, pisoteándolo como un tapete. La patada en su nuca proporcionada por Raúl lo tomo desprevenido. Sus brazos tardaron en reaccionar, para cuando logro cubrirse la cabella con ellos ya Raúl lo estaba arrastrando por su cabello otra vez.
—Mete al hijo de puta con su novio —ordeno el hombre, limpiándose la sangre de sus zapatos con tranquilidad.
Raúl era horriblemente fuerte. Aunque Gabriel no era precisamente un niño muy escuálido el hombre lo tironeaba como si nada, arrastrándolo con fuerza y brutalidad hasta la parte trasera del auto. En ese preciso momento, Gabriel deseo morir pronto. Si había un Dios, cualquiera, podía arrebatarle la vida y el estaría más que agradecido. Él no había escogido esto, su abuelo había estado presionándolo constantemente, el solo no quería ser una decepción. Quería que su abuelo estuviera orgulloso.
El grito ahogado de Raúl se escuchó lejano, apenas y podía mantenerse consiente, pero sintio como el agarre del hombre se aflojaba, dejandolo caer al suelo con fuerza. El líquido caliente y espeso que cayó sobre le hizo abrir los ojos y vio como el cuerpo de Raúl caía al suelo, mientras la sangre brotaba de su garganta abierta, el hombre se movía desesperadamente, aferrando sus manos a su cueñlo abierto.
Estaba ahogándose en su propia sangre.
Algo debía estar mal con Gabriel, porque lo estaba disfrutando; verlo sufrir, ahogándose en con su sangre mientras moría lentamente. Sonrió un poco, morir sabiendo que no sería el único se sentía extrañamente gratificante, sobre todo si el hijo de puta que moría con él era uno de sus asesinos.
—Gabriel —llamo una voz lejana, intento apartar su vista del hombre que moría junto a él, pero no tenía fuerzas para hacerlo—. Mierda, ¿Gabriel? ¿Estás bien?
Marcos…
Se giró un poco, mucho más lento de lo que quería. Marcos estaba ahí, intentando levantarlo. Tenía una herida de bala en el pecho, la sangre parecía estar algo fresca en la tela de su uniforme. Su rostro estaba golpeado, y tenía varias heridas de cuchillo por todo el cuerpo.
—Debemos irnos, el jefe ya debe haber seguido el rastreador de tu collar —dijo Marcos mientras lo ponía de pie—. Vamos, Gabe. Solo debemos llegar a la carretea y…
Su oración fue interrumpida por el grito de dolor desgarrador que salio de su garganta, un cuchillo se clavaba en su cuello. La respiración de Gabriel se cortó mientras veía como Marcos intentaba que el hombre no sacara el cuchillo, con la sangre corriendo de la herida y pequeños hilos de sangre goteando de su boca.
Tal vez fue la adrenalina, pero Gabriel se las arregló para taclear al hombre, separándolo de Marcos. No se detuvo cuando estuvieron en el piso, lo golpeo unas cuantas veces antes de que el hombre se lo sacara de encima con facilidad. Gabriel choco contra el auto con fuerza, un sonido metálico le recordó del arma que aún estaba en su cintura, no iba a rendirse. Aunque su puntería no era buena, no pensaba morir sin dar algo de pelea.
Se puso de pie tambaleante, empuñando el arma con fuerza luego de sacarle el seguro, pero antes de encontrar el equilibrio suficiente para mantenerse de pie sin ayuda del auto el hombre lo acorralo contra una de las paredes. Todo sucedió demasiado rápido. Sintió la cuchilla fría cortar la piel de su cuello y, en un acto reflejo, disparó el arma tantas veces como pudo. La adrenalina lo mantuvo consciente por unos segundos más, permitiéndole ver como el hombre caía al suelo en un carcho de su sangre. Soltó el arma, llevando sus manos a la herida en su cuello. El espeso calor de la sangre era extraño, escurriéndose entre sus dedos mientras apretaba contra la herida. Tal vez este era su karma por haber disfrutado la muerte de Raúl. El shock de lo ocurrido lo alcanzo, haciendo que sus piernas cedieran y, con la vista nublada, cayó al suelo, perdiendo la conciencia.