La osa y el demonio
TODOS LOS PERSONAJES QUE APARECEN EN ESTA HISTORIA Y LAS SIGUIENTES SON SIEMPRE MAYORES DE EDAD
—Así que uno de esos molestos demonios se dedica a atacar y robar a todos los mercaderes que atraviesan esa ruta de comercio… Y solo tengo que despacharlo por una gran cantidad de monedas de oro. ¡Ja, ja, ja! ¡Lo haré con gusto!
Dijo con total despreocupación y confianza una gran mujer osa de pelaje blanco como la nieve frente al tablón de misiones del gremio de la ciudad. Portaba una armadura azul en forma de bikini que dejaba ver sus entrenados y poderosos brazos, torso y piernas, además de su sensual figura femenina. Era reconocida por ser una de las aventureras más fuertes y que más monstruos habían derrotado dentro del país.
—La magnífica Tersa se lanza de nuevo a otra misión peligrosa, ¿eh? —le dijo alegremente un miembro del gremio, el cual era un simple canino.
—Y que lo digas, muchachito. Reserva esta misión y prepara la recompensa para mí, que enseguida regreso a por ella.
—Por supuesto, señora. Aquí la esperaremos.
—¡Estupendo! ¡Hora de aplastar a ese gusano! —chocó su puño con la palma de la mano, muy decidida.
Agarró su enorme espada, cuyo acero desgastado era prueba de las incontables batallas que había tenido a lo largo de sus años como aventurera y con tan solo veintiocho años de edad. Contrató a un mercader para que la llevará en su carruaje por la ruta donde el demonio atacaba siempre, y se pusieron en marcha rápidamente.
Durante el trayecto, Tersa estaba sumida en sus pensamientos sobre la gran noche entre cervezas y hombres que pasaría esa noche con el dinero de la misión, emocionándose con tan solo imaginarlo. Y como siempre, acabaría despertando por la mañana en plena calle sin nada de ropa, y algún que otro rastro de semen en su cara.
—«Sin duda, otra noche perfecta» —rió para sí misma hasta que repentinamente el carro se detuvo—. ¿Mm? ¿Qué pasa?
El mercader se giró muy asustado hacia ella—. ¡Ha-ha-hay un demonio enorme ahí!
—Vaya, no ha tardado nada en aparecer —sonrió—. Así me gusta, demoncito.
La gran osa salió del carruaje por la parte trasera con un gran salto, buscando al enemigo. Cuando al fin fijó su objetivo, desenvainó su gran espada y le apuntó con ella sosteniéndola únicamente con la mano derecha.
—¡Ya es hora de que pagues por tus crímenes!
El rostro del demonio era todo un poema, siendo una aventurera como ella lo último que esperaba encontrarse dentro del carruaje de un mercader. Dicho ser poseía un cuerpo tan rojo como la sangre, siendo la mitad de grande que ella, y con unos muy buenos bíceps que demostraban que no era un simple blandengue. Le faltaba uno de sus dos cuernos, y sus garras eran tan afiladas como un cuchillo de cocina. Su vestimenta consistía simplemente en una camisa desgastada de lana marrón y sin mangas, y un taparrabo negro.
—Impresionante. No llegué a pensar que alguien con un cuerpo así de fornido se dedicara a hacer delitos tan miserables —admitió ella—. ¡Lárguese de aquí, mercader! Ahora es mi turno —le ordenó.
El mercader obedeció sin rechistar y ordenó a sus caballos mover el carruaje a toda prisa. Pero el demonio no pensaba dejar escapar su presa tan fácilmente e intentó detenerlo. Tersa se interpuso en su camino y casi le da con un tajo de su espada, obligándolo a retroceder inevitablemente.
—Que tu oponente soy yo, idiota. ¡Ten valor y ven a por mí, coño! —dijo con efusividad.
El demonio frunció su ceño, sintiendo que su orgullo había sido herido—. Muy bien, tú lo has querido, perra. Prepárate para que te raje la garganta. Lo juro como que me llamo Dominic.
—Eso ya lo veremos, “Dominic”.
—¡¡¡Ahhhh!!! —gritó él.
La aventurera se mantuvo impasible en su posición mientras lo veía correr hacia ella y abalanzarse con sus garras preparadas para penetrar en sus carnes. Esbozó una pequeña sonrisa, y con un rápido movimiento de su espada, bloqueó sus garras en pleno salto y le asestó un puñetazo tan potente en el estómago que lo hizo salir volando contra un árbol, dejándolo gruñendo de dolor.
—Vaya, no creí que fueras tan ligero. O puede que sea demasiado fuerte para ti —dijo de forma pícara.
—¡Serás…! —su mandíbula temblaba de furia.
—Menos hablar y más luchar, querido Dominic.
—¡Grrr…! ¡¡Maldita!! —se recompuso y volvió a la carga.
—Madre mía… Eres más tozudo que una mula si piensas que cargar contra mí de esa manera va a servirte de algo.
Dominic continuó atacando sin cesar con sus garras, esforzándose sobremanera por alcanzar a la osa, pero no daba ni una. Cada movimiento de la aventurera era una mezcla de pura fuerza y técnica. Su espada se movía como una extensión de su propio cuerpo, bloqueando una y otra vez cada uno de sus ataques con una precisión letal, mientras reía sintiendo ternura por su enemigo.
Poco a poco el demonio se empezaba a agotar tras decenas de intentos, denotando gran cantidad de sudor por su piel roja. Ya aburrida de ese combate que únicamente le servía para calentar, decidió zanjarlo de una vez por todas cortando sus garras con un veloz tajo que lo descolocó por completo y que le dio la oportunidad perfecta para dejarlo inconsciente ipso facto con un fuerte puñetazo en la cabeza, terminando tirado en el suelo con los ojos cerrados.
Tersa dejó salir una carcajada, y envainó su espada—. No me esperaba mucho de él, pero ha sido divertido
Acto seguido se agachó curiosa hacia su entrepierna y levantó su taparrabos para inspeccionar lo que escondía entre sus piernas, quedando maravillada por el increíble tamaño de su pene.
—¡Es tan grande como mis manos! Y mira lo gordo que está… Como el grosor de un buen chorizo. ¡A este tipo me lo llevó a casa sin pensarlo! —recogió al demonio y lo cargó entre sus brazos, observándolo como si hubiera encontrado oro—. Espero que sea de sangre y no de carne, porque si se ve ya así estando flácido… ¡la alegría que me dará en la cama! —estaba más feliz que unas castañuelas.
Dos horas más tarde, el demonio despertó como si hubiera tenido un sueño pesado, abriendo los ojos lentamente para observar a su alrededor muy confuso una habitación a oscuras. Cuando a sus oídos llegó la voz femenina y grave de Tersa en forma de tarareo a lo lejos, recordó por fin lo que había pasado. Entró en pánico al descubrir que sus piernas y muñecas estaban atadas, estas últimas a la parte trasera de la silla en la que se encontraba sentado. Intentó deshacer con todas sus fuerzas los nudos, pero era inútil; los nudos estaban tan fuertemente atados que le hacían incluso daño.
—«¡Maldita sea! ¿Por qué me ha secuestrado? ¿Qué hará conmigo? ¡¿Me va a torturar?! ¡¡Debo escapar como sea de ella, joder!!» —se tambaleó en su silla aterrorizado, sintiendo sudores fríos.
—¿Mm? ¿He oído crujir una silla? Je, je. Parece que el demoncito ya está despierto…
—«¡¡Mierda!!» —se le aceleró aún más el corazón, escuchando cómo se acercaba poco a poco a la habitación, volviéndose más y más audibles los fuertes pasos de la mujer.
Finalmente ella entró junto al crujido de la puerta abriéndose. Se dirigió a la única ventana que había dentro y abrió las cortinas, dejando entrar la luz del día a lo que pareció ser en realidad el dormitorio de Teresa, con su cama en un extremo junto a una mesita de noche. Además de un armario para su ropa, y algunas espadas colgadas de la pared. Eso último fue lo que asustó aún más al demonio.
Sin embargo, tal susto se disipó para dar lugar a incredulidad cuando se dio cuenta de que su captora estaba completamente desnuda frente a él. Se veía segura y emocionada, con ambas manos sobre sus caderas al mismo tiempo que lo miraba a la cara.
—Te sentirás afortunado de estar frente a mí de esta forma, ¿verdad?
—Yo-yo-yo… —no era capaz de articular ninguna palabra comprensible mientras la observaba de arriba a abajo sin parar.
Sin la armadura puesta se podía admirar de mejor manera su gran e imponente complexión, sus hombros anchos y bien definidos que demostraban la fuerza de sus esculpidos brazos, su torso que revelaba abdominales marcados y sus robustas piernas robustas. Sus pechos eran tan grandes como un par de enormes sandías, pero tan esponjosos como como un pan recién horneado, y su vulva parecía un libro medio abierto al ser sus labios menores más prominentes. En general, la blanca osa transmitía una indudable aura de fuerza y belleza que cautivó al demonio.
—Ya veo que te gusta lo que ves —rió pícaramente al observar cómo se sonrojaba, y se elevaba la tela de su taparrabos gracias a la erección de su dotado miembro viril.
—¡¿Qué vas a hacerme exactamente?! —intentaba verse duro, aunque no le ayudaba mucho su sonrojo.
—¿No es obvio, Dominic? —se acercó a él bruscamente para agarrarle de los hombros—. ¡Vamos a follar sin control! —dijo enérgicamente.
—Pe-pero… ¿Qué coño dices? ¿Por qué haríamos eso?
—Porque tienes un pollón increíble —empezó a acariciarle las piernas suavemente, provocando una erección aún mayor—. Y yo no dejo escapar tesoros como tú.
—¿Y qué pasa si no colaboro? —se sentía incómodo y humillado llegado a ese punto.
—Podría entregarte a la ciudad y que seas juzgado por la justicia, lo cual suele acabar en ejecución para gente como tú… O…
—¿O…?
—¡Follarte en contra de tu voluntad! ¡Y créeme, soy una bestia salvaje en la cama! No sabes la cantidad de camas que se han roto por mi culpa. Lo cual me hace perder dinero… Pero así son las cosas.
—Glup… —tragó saliva muy preocupado por sus caderas por los sentones que debía dar ella.
—¿Y bien? ¿Qué eliges? Ah, y tranquilo con la primera opción, que no quiero perderte en absoluto. Ya es difícil encontrar hombres como tú como para que los manden a la soga. Además, este será tu castigo por todos los mercaderes que has estado atacando hasta ahora. Conque menos queja sobre mi moral, y más darle brillo a ese amiguito tuyo.
—«Joder con esta mujer. Lo tiene todo cubierto» —pensó impresionado—. ¿Y no tendrías que desatarme primero para tener sexo?
—Claro, claro. Pero después de saborear tu polla —como si fuera una niña pequeña ilusionada con su regalo de cumpleaños, Tersa despojó de sus ropajes al pene del demonio y se quedó maravillada—. ¡Ohhhh! ¡Sí que eres del equipo sangre! —le brillaba la mirada.
—¿El qué de qué? —expresó confuso.
Pero en lugar de contestarle, Tersa se lanzó a él de rodillas a lamerle su miembro de veinte centímetros con su gran lengua de osa, empezando desde la base y pasando a arrastrarla por todo su tronco como si se tratara de un gran caramelo.
Incómodo y vulnerable, Dominic sentía una sensación de cosquilleo por todo su cuerpo. Sin embargo, pronto empezó a sentir excitación de verdad a causa de la calidez de su muy húmeda lengua. Cada segundo que pasaba sintiendo su lengua aumentaba más el placer, causando que su pene bombeara más sangre y sus venas se denotasen con intensidad sobre su roja piel.
Su masculino olor se intensificó y excitó aún más a la osa, haciéndola ceder por completo ante la lujuria y pasar directamente a hacerle una felación de forma brusca y alocada, como si estuviera saboreando el mayor manjar del mundo. Había engullido casi por completo su pene y no paraba de frotar sus labios contra él mientras subía y bajaba la cabeza con una pasión sin igual, pareciendo casi una locomotora sin frenos. Su lengua tampoco se quedaba atrás en cuanto a darle placer, lamiendo cada rincón de él como si lo intentara limpiar del todo.
Dominic jadeaba y gemía cada vez más, sintiendo una gran presión en su entrepierna que indicaba que estaba a punto de correrse. Tersa sabía que eso era muy posible, pues su miembro estaba palpitando como loco dentro de su boca. Por lo que, deseando hacer uso de su pequeña y divertida técnica, fue deslizando sus labios lentamente moviendo la lengua de lado a lado, generando angustia en el demonio.
Y cuando ya estaba sobre su rosada punta y con su pene pareciendo estar a punto de explotar, hizo una profunda succión alrededor de ella mientras se deleitaba escuchando los gemidos que él dejaba escapar hacia al techo.
—«Y como cereza del pastel…»
Su boca liberó al demonio, ella lo miró a los ojos de forma traviesa y provocativa, disfrutando de su pequeña agonía. Decidió darle el respiro que pedía, y sacó su lengua frente a su pene una vez más. La punta de esta se fue acercando sibilinamente hacia la de su miembro con movimientos serpenteantes. Cuando al fin estuvieron a milímetros el uno del otro, Tersa dio el toque final mientras entrecerraba los ojos; con un único y fuerte toque sobre la punta rosada de Dominic causó que repentinamente este se corriera a borbotones.
—¡¡Aghhhh!!
Gimió Dominic mientras dejaba llover todo su semen sobre la cara de Tersa, quien se mantuvo impasible con los ojos cerrados y la boca totalmente abierta, disfrutando de la sensación cálida que su esperma la hacía sentir tanto por dentro de ella como por todo pelaje. Parecía que había encendido un aspersor de esperma viviente, y que pronto terminó su suministro. Tersa había quedado con el pelaje de su cara, cuello y pechos totalmente pegajoso y maloliente, saboreando cada rastro de semen que agarraba tanto del pene del demonio como de lo que tenía ella sobre el hocico.
Por parte de Dominic, él simplemente jadeaba pesadamente y muy satisfecho con el placer del clímax. Observaba casi agotado a la osa disfrutar de su esencia masculina como la leche recién ordeñada de una vaca, sin apenas fuerzas para escapar de ella aunque tuviera la oportunidad.
—«Sabía que acabaría así de cansado, por eso no me importa desatarlo ahora» —rió para sí misma y se volvió a poner de pie.
Deshizo todos los nudos que lo ataban a la silla, lo levantó de la silla agarrándolo por los hombros y lo lanzó a la cama como a un muñeco de trapo. Se subió encima suya mostrándole un rostro ansioso de sexo, acicalándole por detrás su aún erecto pene con la mano derecha. A ojos de ella, Dominic era un cachorro al que se le estaba acariciando la barriga.
Acercó su rostro a la del demonio— Ahora toca el plato principal, demoncito…
Sin fuerzas para oponerse a ella, observó y sintió como la osa agarraba su ahora sensible miembro, y con la mano libre se abría los labios vaginales. En cuanto la punta se coló por la entrada de su vagina, Tersa inmediatamente descendió sus caderas contra las de Dominic, metiendo todos esos veinte centímetros de pene de un solo sentón.
—¡¡Mmgh…!! Joder… ¡Me encanta! —declaró ella con un rostro de puro placer.
El demonio experimentó al instante el cavernoso placer que las paredes vaginales de la osa le estaba otorgando, y las cuales le apretaban tan fuertemente como los nudos que lo ataban a la silla hasta hacía tan solo un minuto. Tersa le acarició la cara por lo lindo que se veía un demonio tan grande como él en ese estado.
—Te gusta mi vagina, ¿eh? No hace falta que respondas: puedo adivinar por tu cara que sí.
—Grr… Maldita sea… —gruñó, maldiciéndose a sí mismo por haber caído totalmente en sus garras.
—Vamos, vamos… No seas tan malhumorado y disfruta de este gran momento…
Tersa posó sus manos sobre la cama, a ambos lados de la cabeza del demonio, y volvió a subir sus caderas. Dominic veía con temor el yunque que eran las dos grandes y duras nalgas de la osa, y como estas estaban a punto de caer sobre él. No paraba de imaginarse lo mucho que le dolerían las bolas tras terminar de ser follado sin compasión.
Finalmente ella empujó sus caderas contra las suyas, haciéndolo gemir de dolor y placer, comenzando así a galopar incesantemente con lentos y pesados sentones. Por toda la habitación no dejaban de escucharse los sonidos secos que producían ambos, y que recordaban a intensos aplausos. Con la excepción de que tales aplausos dejarían a uno con las palmas ardiendo de lo potentes que eran.
Sin embargo, la osa estaba tan excitada que su vagina no paraba de mojarse, lo que convirtieron dichos sonidos secos en chapoteos que salpicaban sus femeninos fluidos por las sábanas con cada entrada y salida de su vagina que el miembro viril hacía.
Tersa posó sus enormes y peludos pechos blancos sobre el pecho de Dominic, y se agarró a los bordes de la cama con todas sus fuerzas y mostrando un rostro de excitación máxima, jadeando con la lengua fuera y muy emocionada.
—¡Arf… arf…! ¡No puedo contenerme mucho más, demoncito…! ¡Necesito hacer esto ya…!
Sin darle tiempo para responder, la ya desesperada osa pegó su cabeza contra la cama, al lado de la cara de Dominic, todo para volcar toda su concentración y esfuerzo en mover más rápido que nunca sus caderas.
El demonio creía que iba a partir la cama junto a él con tales embestidas brutales, ya que empezó a escuchar crujidos de madera que alertaban de ello. A pesar de ello, él sentía un fascinante placer dentro de su apretada vagina que lo estaba haciendo desear otro orgasmo.
Tersa no se quedaba atrás, pues su vagina estaba contrayéndose sin parar a un ritmo muy acelerado, todo gracias al gran deleite que le otorgaba el enorme y grueso pene del demonio, chocando constantemente contra su punto G y haciéndola gemir como nunca solía hacer con la mayoría de hombres con los que se acostaba.
—«¡Me voy a correr ya, joder!» —pensó ella con rabia por no haber podido aguantar más de lo que deseaba.
Y sabía que estaba en la misma situación que el demonio al fijarse en el frenesí del momento en sus temblorosas caderas y la misma cara de querer correrse que le había visto antes.
—¡Arf… Arf…! ¡Vale… demoncito…! ¡Ngh…! ¡Corrámonos juntos…!
Él simplemente asintió empapado tanto en su sudor como en el del pelaje de la osa, y ella realizó los sentones finales utilizando todas las fuerzas que le dejaban su cuerpo en ese estado.
Esos últimos segundos de frenesí se convirtieron en una sintonía de puro placer sexual, mezclando los apasionados gemidos de ambos junto a la instrumentalización que les brindaban los intensos y candentes golpes de chapoteos.
—¡¡Ngh…!! Allá voy… —Tersa cerró la mandíbula con todas sus fuerzas, incapaz de aguantar más—. ¡Mierda…! ¡Ngh…! ¡¡Aaahhhhhhhhh!!
—¡¡¡Aghhhh…!!!
Al fin ambos llegaron al clímax entre largos gemidos que duraron durante unos instantes. Fueron tan altos que incluso la gente de la calle los escucharon y se asustaron un poco, preguntándose qué pasaba realmente en esa casa. Dominic drenó todo el semen que le quedaba almacenado en sus bolas dentro de su útero, al mismo tiempo que ella se corrió sin parar sobre sus testículos y piernas como una fuente sin control.
Con sus corazones palpitando a mil y jadeando pesadamente, se quedaron mirándose el uno al otro. El pene del demonio se resbaló de la vagina de Tersa, saliendo cubierto de semen y fluidos de ella.
—Mmh… Qué calentita está tu leche… —admitió con total descaro mientras le salía pequeños litros de esperma de su vagina.
—Arf… Arf… Gracias… Supongo… — ya tenía los ojos entrecerrados del agotamiento.
Tersa se quitó de encima suya, se acostó a su lado y lo abrazó, colocando los pechos sobre su espalda—. Duerme, demoncito… Te lo has ganado… —le dijo con cierta ternura.
—Lo que tú digas… Maldita pervertida… —esas fueron sus últimas palabras justo antes de caer dormido irremediablemente.
—Je, je… No tienes ni idea de lo que te espera conmigo… Me has dejado tan cansada a mí también… que casi mejor me quedo esta noche en casa…
Dejó escapar un gran bostezo y se sumó al demonio. Ambos se quedaron dormidos como troncos sobre una cama mojada a punto de romper, y con sus cuerpos malolientes al estar empapados en sudor y semen.
Desde ese día, Dominic se vio obligado a vivir con ella de incógnito y hacerle el amor quisiera o no. Sin embargo, a pesar de lo tortuoso de la situación y a medida que pasaban los meses conviviendo juntos, ambos terminaron enamorándose el uno del otro sin darse cuenta.
Sin embargo, se trataba de un tema taboo dentro del continente, pudiendo llegar a ser sentenciados a una condena perpetua. Por lo que decidieron marchar de allí y buscarse otro continente donde llegar a vivir en verdadera paz juntos y criar a sus futuros hijos mestizos.