Los Hijos de Marte
—¡¿No lo sabías?!— preguntó Júpiter a Venus— el Sol no ama a la Luna, sino a la Tierra. Siempre lo ha hecho, y siempre ha sido así...
Desde que la galaxia la concibió, él ya la quería. La admiró siempre, desde su trono, cuando aún ella se esculpía entre lava y rocas. ¡Qué envidia para los demás astros celestes!, prácticamente él fue espectador de primera fila de cómo ella se convertía en mujer. El Sol tuvo suerte. Cuando al fin confesó sus sentires, estos fueron correspondidos: la Tierra también lo amaba.
Su querer hubiera sido perfecto de no ser por aquellos insulsos andares elípticos que las leyes universales le habían reservado por condición. O, cuánto lo abominaban los dos astros, y más cuando la Tierra debía ausentarse durante acrecentadas distancias de su amado para establecerse largos periodos en el afelio, mientras que el Sol tenía que esperarla, solitario, en el cobijo de las penumbras. Esa espera le era asfixiante, aberrante, un insulto a su amor... Pero la espera para el astro Rey siempre valía la pena. Cuando los días a su llegada estaban próximos, el Sol, en su emoción, desprendía fulminantes llamaradas advirtiendo a los demás cuerpos celestes de sus anhelos con el sublime planeta. El perihelio era su punto de encuentro. Ya juntos, él no dudaba y así de simple la tomaba y le hacía el amor. La adornaba con sus caricias. Con la brisa solar besaba sus mejillas, su boca, su cuerpo, su alma... Y con su cálido ser, el Sol la arropaba en un etéreo abrazo que se transformaba en un hurgar entre las rocas, ello significaba para ambos una oportunidad de enredarse los dedos, las piernas, los brazos y las manos en tibios nudos de placer. Con las ráfagas solares invadía las defensas de aquella doncella y la traspasaba hasta llegar a su núcleo, indicando a los dos amantes que su acto estaba por culminar.
De esas muchas uniones nacieron sus hijos e hijas: el primero de todos fue el Mar; el segundo, su hija la Pangea; luego el cielo, y, por último, los animales. A esta última generación de hermanos les tocó frecuentemente ser víctimas de los actos fratricidas de algunos de sus hermanos mayores. El Mar, por dar razón a los celos, ahogó a varios de ellos cuando decidieron dejarle y mudarse con su hermana la Pangea, esta última también les había causado la muerte, a veces por los mismos motivos que su hermano mayor y otras por pura malicia. En cambio el Cielo, en desacuerdo por la actitud mezquina de sus dos hermanos, se acomedía a brindar refugio a sus desdichados hermanos menores. La pobre Tierra lo tenía presente y, por desgracia, sus pequeños no sólo corrían peligro entre ellos mismos, sino también entre los demás astros que circulaban la galaxia. Un ejemplo perfecto de aquello fue cuando su vecino, el planeta Marte, provocó el exterminio de una gran parte de sus niños. Verlos perecer la destrozó y casi la mató. Ni los consuelos de su adorado esposo lograron reconfortarla. Y ese dolor, irremediable en aquella madre, exaltó la ira del astro rey. Aquel desgraciado se había atrevido a tocar a los suyos, asesinó a sus vástagos y sin remordimiento hirió el corazón de su amada. Era imperdonable. Aplicó la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Se fue contra el linaje de aquel planeta y la sangre corrió en la galaxia: ninguno de los hijos de Marte sobrevivió, y si algo quedó de ellos no fueron ahora sus progenie más que trozos de roca de existencia ya ida que, a partir de esa tragedia, acompañarán al que una vez vociferaron con el nombre de padre.
En una ocasión la galaxia, en una colisión de rocas, dio su lugar a un nuevo cuerpo celeste: la Luna. Una hermosa luna, tan bella como lo fue la Tierra en sus días de soltería. Ese pequeño punto de roca se convirtió en objeto de codicia por muchos de los habitantes de la galaxia, sin embargo, su mirar ya era para alguien prohibido: su amor lo dedicaba al Sol. Y, como amaba al Sol, odiaba a la Tierra y la despreciaba por saberles juntos. Cuando intentó que el Sol la mirara, ella se cuestionó el porqué nunca posaba sus ojos en ella si era igual o más hermosa que su rival, además de joven, hasta que se dio cuenta: ella era estéril, vacía, mientras que la Tierra era la misma vida. A pesar de su decepción, se arriesgó a ser incinerada. Atrevida, cubrió al Sol de la mirada de la tierra con su minúscula sombra, y a la Tierra de su mirar. El astro rey había caído ante los encantos sensuales de la Luna.
Cuando la Tierra ya no divisó en su ser los rayos de su esposo, cuando su imagen se desvaneció en el horizonte y en su lugar surcó en los cielos una esfera oscura de incandescente carmín, supo de su traición. Rota, se alejó hacia al afelio. En su transitar se acercó a lo prohibido con aquella que nunca te suelta y te zambulle más allá de las penumbras: una estrella congelada, un Agujero Negro. Ella lo miró, deseó morir, dio un paso, se detuvo y pensó: «Tal parece que he encontrado como calmar mi dolor. Por favor no lo hagas, no me dejes salir, oprime mi dolor en una celda, y hazme olvidar». Se lanzó al oscuro pozo...Nunca entró, fue devuelta a su órbita.
Su vista se elevó al costado, no se hallaba sola, la acompañaba Marte. Si ya lo odiaba, ahora lo odiaba más. Intentó lanzarse una vez más, el planeta rojo no se lo permitió y bloqueó su camino.
—Olvidas que la vida corre por tu cuerpo, tu muerte es la muerte de tu prole.
—Y tú, Marte, dime: ¿Desde cuándo a un asesino le preocupa el bienestar de sus víctimas?... si tú mismo ya les has traído la muerte a los míos.
El planeta más grande no contestó, pero tampoco se quitó del camino, miró al horizonte y contempló cómo el eclipse llegaba a su fin.
—¿De verdad quieres... causarles la muerte a tus hijos?
—¡No! —contestó la Tierra.
—¿Entonces? —le preguntó Marte.
—Me duele —respondió el pequeño planeta, y Marte respondió:
—¿Dolor? Sí, dolerá. La traición duele, perder a alguien duele, que te hieran duele, pero mejorarás. El dolor es una llaga que se queda impregnada y, aun así, sana y se cicatriza. Claro, si se le deja sanar y no insistes en hurgar en esa herida
—Pero queda la marca...y asi siempre lo recordaré —susurró la Tierra.
Marte cruzó el cinturón de asteroides y al mismo tiempo la Tierra regresó al perihelio. Y, cuando lo hizo, el Sol quiso tocarla, pero ella lo fulminó con la mirada. Entonces se dio cuenta: la Tierra sabía de su amancebar con la Luna. Él deseó disculparse y entonces la Luna intervino: se aprovechó de la lejanía impuesta entre los dos amantes y engatusó nuevamente al Sol e impidió la llegada del perdón. El Sol nunca habló y, como un hilo en desgaste, llegaron a su separación.
La Tierra no aguanto los eclipses, ya no podía permanecer más tiempo en ese lugar, pero desvanecer la fragancia del Sol en ella era atraer a la muerte a sus terrenos. Entonces, sin saber por qué, no se fue de las órbitas del Sol, pero sí tomó distancia. Buscó a Marte, lo recordó, a él y a sus palabras. Cuando se encontraron, la Tierra le pregunto:
—¿Qué haces cuando la herida no cicatriza? ¿Qué haces si otros son los que escarban en ella? ¿Qué harías tú? Dímelo Marte. Estupor era lo que rodeaba a Marte cuando contestó a la razón de estar aquí, de aquella minúscula presencia repleta de amargura.
—No puedes alejarte de él, ¿verdad? Posees la vida, das la vida y la vida es la muerte; por eso te odiaba. De todos los planetas de esta galaxia eres el único capaz de crearla. Otros te han deseado y otro aún lo hacen: añoran tu compañía por lo que puede ofrecer tu ser.
—¡¿Tú eras uno de los que me deseaban, Marte?! ¡¿Tú me...amabas como mujer?!
—No.
—Entonces, ¿por qué me dañaste en aquella ocasión?
—¡Ya te lo he dicho! Aborrezco la vida, aborrezco a los que la conciben porque la vida significa muerte, tristeza, dolor. Tú eres el ejemplo perfecto de ello. Si fueses un planeta estéril no existiría nada de eso. Podrías alejarte del Sol sin pagar las consecuencias. Lo sabes. Aunque él no fuera el padre de tus hijos aún te verías atada a su cercanía. Como yo, que fui padre. Mira esas rocas —dijo refiriéndose al cinturón de asteroides—: son los restos de los míos. La única razón por la que me quedaba era por ellos, para cuidarlos... al igual que tú, en muchas ocasiones los vi perecer. Cuando te toqué, cuando los toqué a ellos, los perdí... y me condenaron a permanecer en esta órbita junto a sus cadáveres. Y te odié mucho más, odié al Sol...pero ahora que te veo, me compadezco, no es lo mismo, ambos estamos impotentes, atados casi por la misma razón; tú por tus hijos que aún viven y yo por los míos que ya han partido... para pagar mi condena... Lo dejas en el olvido, cubres la herida, sustituyes la piel pérdida con otra piel y, si no funciona, no queda más que mantenerse firme. Esa es mi respuesta. Ahora, vete.
—¡Sustitúyelo!.
—¡¿Qué?! —se auto interrogó el planeta rojo ante aquella palabra que, más que una propuesta, daba la impresión de una orden.
—Ya lo dije, sé la nueva piel que tanto proclamas en tus consejos de sabio; reemplaza al Sol y deja que yo lo reemplace del mismo modo que él lo hizo conmigo.
—Ilusa —dijo sin cuidado el gran planeta—. Si nunca te quise no podré quererte ahora, y menos cuando tus intenciones radican en usarme como objeto de consuelo, un simple capricho. —La Tierra se apegó al planeta.
—No pido un amor puro, Marte, pido que me ayudes a sanar esta cicatriz. Mi antiguo amor ha impedido que la sane. Si lo olvido podré sanar y...
La Tierra colapsó su ser con el ser de Marte. Él no la detuvo, no emitió protesta algunay, en su lugar, se burló de forma interna por la desesperación con la que actuaba aquella mujer. Si ella insista, él le daría lo que quería.
Y así continuaron con aquellos encuentros.
—Te acepto en mi lecho, Tierra. Búscame cuando lo desees, pero ten claro que nunca iré por ti.
Marte estaba seguro de una cosa: no la amaba: pero ya no la odiaba como una vez lo hizo. El Sol se enteró de estos encuentros y, enojado, amenazó al planeta rojo ordenándole que se mantuviera a distancia de la Tierra. Marte ignoró sus amenazas, no le importaba, él ya no tenía ningún derecho sobre la Tierra. El Sol ya tenía a la Luna.
Cuando la Tierra volvió de uno de sus largos viajes; sucedió que ella ya no volvió al otro lado del mar de rocas que lo separaba de su vecino. Marte, por su parte, ignoró aquel suceso hasta que pasó el tiempo y se dio cuenta de que la extrañaba. No lo entendía. Pero ahora él sería quien cruzaría el cinturón de asteroides. En el otro paraje, la Tierra recorría su habitual andar. Al divisar en la oscuridad, Marte dio el primer paso y se detuvo. El pequeño planeta no estaba solo. Ella advirtió su presencia y le dio una mirada tímida. Marte dio otro paso, y otros más hasta quedar frente a ella.
—No volviste —dijo en un susurro a la vez que le acariciaba las mejillas. Fue cuando posó su mirada en el acompañante de la doncella. Entonces la Tierra desvió su mirada a quien Marte observaba con tanta insistencia.
—La verdad, Marte, no sé si te quiero, pero a este pequeño tuyo sí que lo amó —exclamó con gran ternura mientras Marte que tanto odiaba la efímera esencia de la vida, empezó amarla.
— A pesar de estar este niño mío maldito por el gran Astro Rey, ya con solamente tenerlo en mi regazo lo amó-
"Maldito" Marte se estremeció al escuchar aquella palabra,
—Él estaba muy enojado y discutimos, pero su enojo era tanto que me pidió su cabeza y yo... claro que me negué. Lo maldijo diciéndome que este pequeño sería mi perdición, la perdición de mis hijos, y que al final no aguantaría y mi amor se rompería y le mataría con mis propias manos... —Marte se acercó con el afán de consolarla y ella suspiró ante ello —Profetizó con gran certeza mi marido que todo aquello pasará, menos quitarle la vida .El Sol olvidó que soy una madre. Gaia. Una madre lo puede tolerar todo, incluso al más malvado de sus hijos. Él me maldijo. Muchos dicen que ya lo estaba antes de mi desgracia y quizás así sea, ¿qué más da? Olvidó que yo ya estaba maldita.
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Gracias a los que han llegado hasta aqui he leido este primer cuento originalmente ya habia publicado estas historias en otra parte pero quise calarle en otras plataformas para subir estas y otras historias con las que estoy en proceso de crear.