1. NUEVA VIDA
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02 de Mayo de 2025
El instituto Monarca Real fue construido, exclusivamente para las familias reales, aunque claramente de vez en cuando concedían becas a los ciudadanos de diferentes países, siempre escuchaba los rumores en los pasillos de que había un becado nuevo cada dos meses en el Monarca Real.
Lamentablemente nunca pude saber cuál de los alumnos del Instituto era el ganador de la beca y no... no era para burlarme de él o de ella, simplemente era para conocerlos porque nunca me gusto burlarme de los demás, en cambio, había uno que otro príncipe que no le importaba burlarse de ellos.
Por cierto se me había olvidado presentarme, soy Isabella Brightmore, tengo 19 años y si como lo sospechan soy una princesa, pero les aseguro que soy muy diferente a las demás princesas que caminan por los pasillos como si fueran solo para ellos con el ego demasiado alto y prepotente.
No, yo no soy así...
Ni me nace hacer sentir menos a los demás por su estatus social, por su color de piel o si tiene alguna discapacidad física.
Mi vida siempre giró en torno a mis padres: el rey Jorge y la reina Sofía de Jorvania, aparte de ser una pareja encantadoramente salida de un cuento de hadas, eran los mejores gobernantes que la nación hubiera tenido y claramente yo siempre era mencionada como la próxima reina de Jorvania.
Me encantaba escuchar de la nación, pero por temas de protección, mis padres prefirieron mandarnos a vivir en este lugar a mi hermano gemelo, llamado Oliver y a mí.
Con Oliver les puedo decir que nos parecemos un poco o mejor dicho demasiado físicamente, pero nuestros sueños y personalidades son completamente diferentes, yo deseo mucho el ser la reina que Jorvania merecía aunque eso significara el no salir a disfrutar como una chica normal.
En cambio.
Oliver él preferiría salir a disfrutar y al regresar me contaba los momentos divertidos que le pasaban al salir del instituto.
Tal vez algún día me atreva a dejar un lado mis lecciones para poder vivir esas experiencias que tanto Oliver me decía.
En una tarde, un poco friolenta, observaba aquellos escalones al bajar las escaleras del Instituto, sintiendo cómo mi cerebro iba a estallar en cualquier momento por culpa de mis pensamientos en cada paso que daba.
Había terminado una de mis lecciones y, como resultado, había acabado agotada.
A mi lado se encontraban, mis queridas amigas de la infancia, las duquesas de Valmont, Genevieve, una joven alta y delgada, con una figura esbelta que refleja su gracia natural, su cabello es largo y oscuro, cayendo en suaves ondas sobre sus hombros.
Tiene unos ojos azules profundos que destacan en su rostro pálido y delicado. Su piel es clara y siempre parece impecable, con un brillo juvenil.
Quien prefiere un estilo clásico y elegante, incluso en su juventud, optando por vestidos sencillos, pero sofisticados, que realzan su porte aristocrático.
Katherine, en contraste, tiene una apariencia más vibrante y enérgica.
Es de estatura media, con una figura atlética y bien proporcionada, su cabello rubio es brillante y suele llevarlo suelto, lo que le da un aire desenfadado y juvenil.
Sus ojos verdes son grandes y expresivos, llenos de curiosidad y vivacidad, física es parecida a mí a excepción del tono de piel.
Katherine tiene una piel ligeramente bronceada, resultado de su amor por las actividades al aire libre.
Su estilo es más moderno y atrevido, a menudo experimentando con colores y tendencias de moda, ambas este momento se encontraban charlando animadamente sobre sus próximas vacaciones en Londres.
— ¡Te imaginas, Isabella! ¡Vamos a visitar el Palacio de Buckingham! —exclamó Genevieve.
Observó a Genoveva con su entusiasmo que, por cierto, era contagioso.
Quien diría que, al ser tan diferentes físicamente, ambas terminarían siendo hermanas.
Katherine, con sus ojos brillando de emoción, añadió
— También planeamos ir de compras en Oxford Street, será una experiencia inolvidable.
—Suena maravilloso, chicas. Espero que disfruten mucho — respondí, tratando de sonar más animada de lo que me sentía.
Genevieve, siempre perceptiva, notó mi distracción y me puso una mano en el hombro
— ¿Estás bien, Isabella?... Pareces preocupada.
Suspiré, sabiendo que podía confiar en ellas
—Es solo que... estoy un poco cansada.
—No deberías estudiar demasiado— expreso kathe
Justo en el momento en que bajábamos al primer piso del instituto, noté una extraña tensión en el aire.
— ¿Qué está pasando?— pregunté, sintiendo una inquietud creciente.
Gen, me miró con una expresión de confusión
—No tengo ni idea, Isa.
Katherine, siempre observadora, miró a su alrededor y se dio cuenta de que todos los ojos estaban puestos en mí
— ¿Soy yo o te están viendo a ti, Isabel?
Inhalé profundamente y exhalé lentamente, tratando de calmar mis nervios mientras avanzaba junto a mis amigas, y fue entonces cuando vi a Roger, el guardia real de mi padre, caminando hacia mí dirección, acompañado de otros guardaespaldas.
Roger es un hombre de imponente presencia física, ideal para su rol como guardia real.
Su estatura imponente, superando con facilidad los 1,90 metros, le confería una ventaja natural en su labor de protector. La musculatura robusta de su cuerpo, fruto de años de entrenamiento riguroso, se marcaba bajo la tela del uniforme con una autoridad silenciosa. El cabello, oscuro y siempre perfectamente arreglado, enmarcaba un rostro de rasgos firmes: mandíbula marcada, ojos marrón intenso que parecían escrutarlo todo, y una expresión seria que raramente cedía, irradiando disciplina y respeto.
Su piel bronceada mostraba el signo de largas jornadas al aire libre, dedicadas a la vigilancia y el servicio. Cada elemento de su uniforme estaba impecable, desde la chaqueta ceñida hasta las botas relucientes, y todo llevaba un aire de orden y precisión. Al cinturón con sus equipos de seguridad se sumaba la espada ceremonial, un recordatorio silencioso de su posición, de su deber y de la responsabilidad que cargaba sobre los hombros.
El silencio se hizo más denso a medida que Roger se acercaba.
—¿Qué está pasando, Roger? —mi voz se escapó apenas como un susurro, frágil ante la solemnidad del momento.
No respondió. En su lugar, hizo una reverencia profunda. Tras él, los demás guardaespaldas lo imitaron, inclinándose frente a mí con una sincronía que me heló la sangre.
Mi corazón latía con fuerza, golpeando contra mis costillas mientras esperaba una explicación, consciente de que algo de gran importancia estaba por revelarse. Negué lentamente con la cabeza, incapaz de aceptar lo que mis ojos veían.
—¡No!
Las lágrimas amenazaban con escapar mientras murmuraba un "no" apenas audible.
Tras unos segundos de silencio, todos se incorporaron, y sentí los abrazos cálidos de Genevieve y Katherine.
—Lo lamentamos, Isa —dijeron al unísono, sus voces cargadas de tristeza.
Asentí sin pronunciar palabra, tratando de asimilar lo que ocurría. Entonces, Roger, el guardia real, habló con voz firme:
—Su abuela, la reina madre, la espera en el palacio y su avión la aguarda, su alteza Isabella.
Asentí de nuevo, intercambiando un último abrazo con mis amigas. Cada gesto, cada mirada, quedaría grabado en mi memoria.
Mientras avanzaba hacia la salida del instituto, escuché sus voces detrás de mí:
—¡Larga vida a la reina Isabella!
Las palabras resonaron en mi mente como un eco constante, acompañándome mientras me dirigía hacia un destino que me llenaba de emoción y temor al mismo tiempo.
Salí del instituto con el corazón pesado, consciente de que nada volvería a ser igual.
Uno de los guardaespaldas abrió la puerta del coche y entre, seguida de Roger, quien la cerró tras de sí. Me pasó un pañuelo, y mis lágrimas se deslizaron por mis mejillas mientras lo recibía con manos temblorosas.
Me sequé el rostro, aclaré la voz y pregunté, apenas conteniendo el temblor:
—¿Cómo... cómo fue que murieron?
Roger se acomodó en el asiento, su expresión grave, la voz cargada de solemnidad:
—Murieron los dos, princesa... El rey Jorge y la reina Sofía han fallecido en un viaje aéreo.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. El pánico se apoderó de mí al pensar que debía subir a un avión.
—¡Me niego a viajar en avión! —grité, sintiendo que la desesperación se apoderaba de mí mientras el coche avanzaba—. Prefiero irme por tierra.
Roger asintió con calma, firme:
—Como ordené, princesa Isabella. —Miró al conductor y añadió—. Vamos a la mansión de su alteza por sus pertenencias. Viajaremos en coche.
—Como ordené, señor Roger —respondió el conductor, firme y seguro
Media hora más tarde, el coche se detuvo. La voz de Roger me sobresaltó:
—Hemos llegado, princesa.
Él salió del coche y me tendió su mano. Aún impactada por la noticia, la acepté y bajé con cuidado.
Al levantar la vista, mis ojos se encontraron con los de mi hermano, Oliver, y el mundo pareció detenerse por un instante.
Su cabello rubio brillaba bajo la luz del sol, y sus ojos verdes, idénticos a los míos, reflejaban una mezcla de preocupación y determinación. Aunque soy la mayor por unos minutos, siempre he sentido que Oliver posee una madurez y una fuerza que me inspiran.
Lo vi bajo las escaleras de la entrada, observándome con preocupación. Caminé rápidamente hacia él y parpadeé al ver cómo, junto con los empleados de la mansión, me hacían una reverencia. Negué con la cabeza; era cierto... ellos habían muerto. Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos.
Nos abrazamos con fuerza, y Oliver acarició mi cabeza en un intento de calmarme.
—Estoy aquí, Isabella —balbuceó—. Todo va a estar bien.
Nos separamos al sentir la presencia de Roger a nuestro lado.
—Mis príncipes, iré a pedir que empaquen sus pertenencias —anunció con firmeza.
Oliver lo miró, su voz cargada de desafío:
—No... no iré.
Roger, sorprendido, replicó:
—Pero la reina madre los necesita a ambos.
—¡Y yo la necesité como abuela y nunca estuvo! —exclamó Oliver, frustrado.
Lo miré con angustia:
—No me hagas esto, te necesito conmigo.
Oliver me besó la frente y susurró con ternura:
—Lo sé y lo lamento, pero aún tengo cosas que arreglar aquí.
Con lágrimas en los ojos, le pedí:
—Promete que me llamarás seguido.
—Te lo prometo —respondió Oliver con una sonrisa triste—. Ahora ve a cambiarte.
Asentí y subí las escaleras de la mansión rápidamente, cada paso cargado de tristeza y responsabilidad, consciente de que debía ser fuerte. Una vez en mi habitación, me cambié del uniforme a un vestido negro.
Al mirar la mesa de noche, mis dedos tocaron el anillo que mi madre me había legado al cumplir quince años. Me reflejé en el espejo, y una lágrima resbaló por mi mejilla mientras me colocaba el anillo.
Me levanté al escuchar que alguien tocaba la puerta, el corazón aún pesado pero decidido a enfrentar lo que viniera.
Mariana, el ama de llaves, dijo con su habitual serenidad:
—Princesa Isabella, el señor Roger pregunta si ya está lista.
Siempre había sido una figura constante en nuestras vidas; su presencia serena y profesional era un pilar de nuestra casa. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en su habitual moño ordenado, y sus ojos marrones, llenos de calidez y sabiduría, me miraron con una mezcla de preocupación y cariño.
—Sí, en un momento bajo —respondí.
Mariana se retiró, y yo caminé hacia la puerta con mi maleta, recordando de repente el libro favorito de mi padre.
¿Dónde estaría ese libro?
Salí de mi habitación y me dirigí a la de mis difuntos padres. Abrí la puerta con tristeza, observando los velos negros que cubrían las repisas. Me acerqué a la biblioteca y allí estaba el libro, esperándome como un recuerdo vivo.
Lo abrí y encontré una frase escrita a mano en griego. Decidí traducirla al español:
"Para mi querida esposa, la reina Sofía. En el jardín de tus ojos, me pierdo, donde las estrellas susurran secretos y el viento acaricia suave tu pelo, dibujando sueños en cada beso. Tus labios, dulces como el chocolate, despiertan en mí un fuego eterno, y en cada abrazo, el mundo se detiene, dejando solo el latir de nuestros corazones."
Sonreí, abrazando el libro como si mi padre estuviera allí conmigo. Miré una última vez la habitación y salí, llevando conmigo la maleta y aquel tesoro.
Mariana me esperaba en la escalera, sosteniendo mi maleta. Al recibirla, le dije:
—Gracias, Mariana.
Ella hizo una reverencia y respondió con dulzura:
—Es un placer, su alteza.
Salí de la mansión hacia el coche y me encontré con mi hermano Oliver, quien estaba a mi lado. Lo abracé con fuerza.
—Aunque sea, ve al funeral —le pedí con voz temblorosa.
—Eso haré —respondió Oliver, besándome la frente—. Sé fuerte, ¿me lo prometes?
—Te lo prometo —contesté, intentando mantener la compostura—. Y procura viajar por tierra. No te quiero perder a ti también.
Oliver carcajeó suavemente.
—No te vas a deshacer de mí tan fácilmente —me uní a su risa mientras continuaba—. Tengo una lista larga de locuras que haremos de ancianos.
—Entonces es un pacto y no se puede romper —dije, sonriendo a través de las lágrimas.
Nos abrazamos de nuevo, y le susurré:
—Me llevo el libro de papá y el anillo que me dio mamá.
Oliver asintió y nos separamos.
Me acomodé en el coche junto a Roger, y la puerta se cerró tras nosotros.
Mientras el vehículo comenzaba a moverse, miré por la ventana y vi a Oliver quedarse atrás, una silueta firme en la distancia, y supe que siempre estaría conmigo, aunque fuera en espíritu.
¿Qué encontraré en ese lugar?
¿Cómo podré estar a la altura de esta responsabilidad?
Todo había cambiado tan rápido. Ayer era solo una estudiante, una hermana, una amiga. Hoy, debía enfrentar el mundo como reina.
Mis padres siempre habían sido mi guía, y ahora debía trazar mi propio camino sin ellos. Prometí ser fuerte, y debía cumplir esa promesa, no solo por ellos y por Oliver, sino por mí misma.
Este es mi destino. Y aunque el camino sea incierto y lleno de desafíos, debo recorrerlo con la cabeza en alto. Seré una reina justa, compasiva y valiente. No dejaré que el miedo defina mi nueva vida.