Relato Sinfónico
(Sebastián Ortega, 1837)
Si cierro los ojos, aún puedo escuchar el crepitar del fogón y las risas de mis amigos perdiéndose en la inmensidad del bosque de cipreses. Esa noche, sin mediar palabras, la luna me tomó del brazo y desgarró el velo que llevaba ante mis ojos.
Éramos demasiado jóvenes para comprender el abismo que nos rodeaba, demasiado ignorantes para notar que nuestras risas eran ecos en una tierra que no nos pertenecía.
Allí, adorando y bebiendo, creyendo en la impoluta épica de nuestros antepasados, inventábamos historias y nos saciábamos con vino de frutos mancillados. Esa aparente sensación de libertad era una mentira conveniente, pero ninguno de nosotros quería despertar.
—A la primera fragata que toque puerto y se marche al continente, sin dudarlo. Pedro deseaba tan fuerte que, en cada sueño suyo, el horizonte se nos venía encima.—Dicen que esos indios huelen a muerto. ¿Cómo será el sabor de una india?
Encontré alivio en el árido fondo de la botella, que nos evitó atestiguar más anhelos inocentes. Inocentes, al fin y al cabo. Ese niño, rubio, retacón y desobediente, de veinte años, jamás viajó a otras tierras. Yo lo maté y lo enterré tiempo después.
Todos vibramos con ese llanto nacido del bosque. Se oía como la muerte. Fui el único que no escondió su miedo.
—¡Hombre, Sebastián! ¿Qué ruido? Ha de ser otro truco de la luna. —La burla de Menéndez provocó risas de funeral.
De camino al pueblo, yo marchaba hipnotizado. Lo que había en el cielo, colgando como un péndulo de luz, terminó separándome del grupo. Por primera vez, solo, con el bosque de cipreses detrás, me supe protegido. Y lo que antes había sonado como un llanto, volvió como un bramido de esperanza.
El monte aquella noche parecía vivo. Los árboles conversaban entre sí.
A un costado del sendero, dos ojos brillantes y profundos, perecían entre los alambres oxidados de una trampa. Ya no un cachorro de jaguar. Era un felino inanimado suplicante de perdón.
Toqué los bordés que mordían su piel temiendo lastimarlo más. El animal no retrocedió ni emitió un sonido. Su cuerpo temblaba, pero me miraba fijo.
Deshice la trampa y el animal cayó con torpeza entre hojas secas. Apenas respiraba. Lo envolví y lo sostuve contra el pecho. Mi corazón ya latía al ritmo del suyo.
Él encontró un refugio en mis brazos. Pero era yo quien más lo necesitaba.
Sentía algo nuevo, algo que dolía más que el peso de la botella vacía o las bromas de mis amigos: una claridad feroz, como si el bosque entero me hubiera hablado en ese instante.
Comprendí que todo lo que creía mío —las historias que repetíamos junto al fogón, la tierra que pisábamos, incluso las risas que tanto añorábamos— no era más que un préstamo, una ilusión que nunca nos había pertenecido.
Llegué a la villa con la camisa carmesí y una áspera lengua en mi mejilla que, abandonando los caprichos del perdón, me ofrecía un abrigo de gratitud.