Único
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Sergio es un enfermero, estudió para eso y quizás estudiaría para ser doctor algún día, pero por el momento estaba conforme con su trabajo. El pecoso trabaja en un hospital privado solo para héroes, eso era algo bastante bueno, pues la paga también era buena y el trabajo no era tan pesado.
El omega sentía que era un héroe a su manera, quizás no estaba allá afuera salvando a las personas con algun poder, no tenía uno. Pero ayudaba y cuidaba bien de los héroes para que volvieran sanos y fuertes a sus trabajos y ayudarán a las otras personas.
Cada vez que un héroe sale del hospital sano y recuperado Sergio se siente como uno también. Por eso se esforzaba mucho para ser útil, para aprender y atender todo tipo de cosas, ayudaba a los médicos con las cirugías y se aseguraba de cuidar bien a las personas que se estaban recuperando.
Entonces, una vez llegó al hospital un héroe que Sergio admiraba mucho, su amor platónico, al que siempre miró tras una pantalla y de lejos. Mad Max, un héroe alfa feroz y mal hablado, explosivo tanto como su propio poder, su mirada azulada era filosa.
También era algo imprudente, llegó al hospital bastante mal, se rompió los dos brazos y un tobillo. El yeso iba más allá de los antebrazos y su pierna con el tobillo roto estaba algo alzada en la camilla, Sergio lo miró por la ventanilla de la puerta antes de entrar, lo bueno de ese día era que había elegido el traje de enfermera de falda corta, sus piernas gruesas y sin medias estaban a la vista, esperaba que sus pecas no fueran un problema, también tenía puestos sus tacones bajos de color amarillo.
—¡Buenos días, héroe Mad Max! Mi nombre es Sergio Pérez y cuidaré de ti por estos días —el pecoso exclamó con ánimos y caminó hacia la camilla en donde estaba el rubio acostado, Max volteó hacia él con su ceño fruncido, aunque después su rostro cambió ligeramente a uno sorprendido—. Escuché que saliste herido cuando tratabas de proteger a unos niños de un derrumbe, eso fue tan increíble, saliste herido pero los cachorros ilesos. ¡Eres asombroso!
—¿Asombroso? Casi pierdo mis jodidos brazos —respondió el rubio de mala gana, volteó su rostro hacia otra parte, si hubiera perdido sus brazos no habría podido usar su poder nunca más, adiós a su vida y carrera si eso pasaba.
—Pero los salvaste, ¿no? —Sergio se acercó hasta poder sentarse en la orilla de la camilla, había sido un pequeño atrevimiento—. Arriesgaste tu vida y carrera por el bienestar de unos pequeños, eso es lo que hace un héroe, salva a los demás sin importar nada. Aunque claro, hay que tener más cuidado para que sigas salvando a las personas. ¡Y no te preocupes! Con la medicina y mis cuidados volverás al campo en menos de lo que canta un gallo.
Sergio sonrió en grande. A propósito, se inclinó sobre el rubio teniendo cuidado de no molestar sus brazos y acomodó las almohadas detrás del alfa para ponerlo más cómodo. Por un momento el pecoso pudo oler el aroma del rubio, como una esencia de caramelos de jengibre quemados. Por su parte, Max casi se sonrojó con el acercamiento del pecho del omega a su rostro.
Después de que el pecoso hiciera algunas revisiones de rutina se acercó a la puerta para salir. Antes de hacerlo se volteó hacia Max, su ángulo en perfil le hizo ver con claridad esa figura curvilínea; que el traje de enfermera fuera casi pegado al cuerpo no dejó muchas curvas a la imaginación.
—Te traeré algunos medicamentos y el desayuno en un momento, puede que traiga de contrabando algo de tocino para que no solo comas puré de papas sin sal —Sergio sonrió de medio lado y le guiñó un ojo antes de salir por completo y cerrar la puerta.
Max dejó caer su cabeza en las almohadas de la camilla, sentía su corazón acelerado, ese tonto enfermero de mierda lo puso así solo con un par de deliciosas piernas y una sonrisa descarada. Bueno, quizás Max le haga una visita cuando salga de ese fastidioso lugar.
Aunque, quizás su estancia allí no sea tan mala si el omega iba a cuidarlo. Pero después se arrepintió de ese pensamiento cuando le dieron ganas de ir a orinar.
“Puta mierda.”
(...)
Sergio caminaba tranquilamente por los pasillos del hospital meneando sus caderas con cada paso que daba, ser joven y hermoso le hacía tener varios admiradores, sin embargo, su corazón ya pertenecía solo a una persona. Aunque esa persona no lo supiera.
¡Pero era una oportunidad para lograrlo!
Podía seducirlo y hacer que cayera rendido a sus encantos, Sergio debía usar esa situación a su favor, aunque estuviera aprovechándose de que Max estaba casi lisiado.
Tratando de despejar su mente, Sergio sacudió su cabeza justo en el momento en que llegó a la habitación del alfa, abrió la puerta y empujó el carrito hacia dentro, el rubio tenía el ceño fruncido y parecía buscar las revelaciones del universo en el techo.
—Ya estoy de vuelta, es hora de comer, primero la comida y después la medicina, a órdenes del doctor —el pecoso rio por lo bajo y se acercó a la camilla con el carrito, fue entonces que Max fijó su mirada azulada de nuevo en él.
Sergio levantó la tapa de la bandeja dejando ver una taza de avena, puré de papa y una taza con algo de color marrón que hizo a Max arrugar el entrecejo, la comida de los hospitales siempre era horrible.
—Sí, lo sé, no se ve apetecible, pero te prometí algo, ¿no? —el pecoso tarareaba mientras metía sus manos a la parte baja del carrito y sacó una pequeña bandeja con tapa, cuando la destapó Max casi babeo. Había una rodaja de pan tostado y tres tocinos fritos y calientes. Se miraba mucho mejor que la sopa de verduras y todo lo demás de la otra bandeja. Le hubiera gustado agarrar el pan con el tocino el mismo para echarlo todo en su boca y tragarlo de un bocado.
—Es mejor, ¿a que sí? —sonrió el omega mientras dejaba esa deliciosa comida al lado de la otra, tomó la taza de avena y una cuchara—. Aunque debes de comerte algo de esto, si no lo haces van a sospechar en la cocina, así que si te comes al menos la avena sabrán que no quisiste lo otro, pero al menos habrás comido algo, muchos hacen eso así que no será algo nuevo.
Max alzó una ceja, esta vez inconforme al saber que su boca tendría que saborear esa avena insípida, pero el omega tenía razón, además era lo mejor que había entre esa comida. No le quedaba más remedio, sin embargo, cuando miró que el pecoso tomó avena en la cuchara y la acercó a su boca casi se apartó, no era un cachorro para que le tuvieran que dar de comer en la boca.
—Vamos, si no comes rápido se va a enfriar lo demás, y en mi perspectiva, es mejor el pan caliente —Sergio acercó más la cuchara con avena a la boca del rubio, y para hacerlo caer más rápido, utilizó sus ojos de cachorrito—. Anda, come, no quiero que pases hambre.
El rubio gruñó y quiso negarse, en serio que quería hacerlo, pero entonces, los ojos grandes y marrones con destellos verdosos del omega mirándolo fijamente no le dejó más opciones. Recibió cada bocado que el pecoso ofrecía, trataba de pasar rápido para saborear lo más poco que pudiera de esa aberración a la que llamaban avena.
En pocos minutos la acabó por completo, respiró con alivio cuando al fin la taza fue dejada sobre el carrito. Sergio tomó lo otro: el pan y el tocino, se lo ofreció al rubio justo como se lo había prometido. Lo bueno era que la tostada aún estaba un poco tibia al igual que el tocino. Fue recibido mejor que la avena, eso era más que seguro.
Cuando el rubio se acabó todo el omega supo que necesitaba algo de beber; lo mejor era que le diera algo de agua, pero sabía que nada acompaña mejor al pan tostado que un poco de café así que sacó su termo y una pequeña taza que traía, sirvió un poco en ella y lo sopló un poco para que no estuviera tan caliente, después se lo ofreció al rubio. Max lo bebió sin quejarse ni un poco, el café en la mañana era sagrado para él, nunca podría decirle que no.
No era mucho, pero era mejor que nada, además sabía que eso también había sido traído de “contrabando”, si el omega no hubiera traído nada de eso le hubiera tocado comer solamente esa comida sin sabor que le habían mandado y agua para acompañarla.
—¿Si viste? Era mucho mejor comer la avena primero y rápido —el pecoso le dijo con una sonrisa y Max quiso gruñirle, pero solo volteó la cabeza a otro lado para no verlo y no darle la razón—. Bueno, ahora solo hay que esperar diez minutos para que tomes tus pastillas, sé que no vas a durar mucho aquí, aunque tengas tus brazos rotos. En la tarde va a venir un doctor con un poder médico para acelerar el proceso de sanación. Serán unos tres días como máximo para que estés completamente sano, es genial todo lo que se puede lograr, ¿verdad? Los poderes son...
—Nunca terminas de hablar, ¿no? —el rubio interrumpió al pecoso, no era que fuera algo malo escucharlo hablar, pero cada vez lo hacía más rápido y daba algo de miedo, sin embargo, también seguía con ganas de ir al baño y quería estar en silencio.
—Perdón, es una costumbre mía —respondió el pecoso algo apenado, a veces solo se dejaba llevar por su fascinación por los poderes.
Sergio acomodaba las cosas en el carrito tranquilamente, se agachó colocando sus rodillas en el suelo frío del lugar, no le importaba que sus rodillas estuvieran así, de alguna manera parecía contrarrestar el calor de su cuerpo. Había puesto a propósito las pastillas en la parte más baja del carrito. Sintió una mirada en su espalda y un poco más abajo mientras seguía con su labor. Aun así, no mostró ninguna inconformidad, sonrió mientras se levantaba para mostrar los frascos con las pastillas. Ya había acomodado lo que quedaba de comida y ocultó de nuevo la bandeja en la que había traído el contrabando.
Echó agua en un vaso y miró su reloj para saber cuánto tiempo ya había pasado, fue justo a tiempo. Sacó las pastillas que necesitaba, tomó el agua para después acercarse al rubio, sentándose en la orilla de nuevo con cuidado.
—Di “Ah”, y no trates de saborear las pastillas, son muy amargas —Sergio le dio las pastillas al rubio, quien extrañamente hizo todo lo que le pidió sin renegar, aunque, cuando bebió agua solo le dio un par de sorbos y dejó más de la mitad en el vaso—. Necesitas beber más, así tendrás una mejor digestión.
—No quiero, no tengo sed —Max gruñó volteando su rostro, no era bueno, para nada, su vejiga estaba por explotar y beber más agua solo pondría las cosas peor.
—Pero tienes que hacerlo, aún si no tienes sed. Bebe —el pecoso insistió, tomó con cuidado una mejilla del rubio y la acarició volteando su rostro hacia el vaso una vez más. Aunque Max apretó los labios con fuerza, hubo algo, Sergio supo que el alfa no quería beber agua no solo por no tener sed—. ¿Te sientes mal? ¿Te duele la garganta? ¿El estómago?
Max se sintió descubierto y sabía que en algún momento iba a dejar un charco en la camilla como un niño de tres años si no iba al baño, no quería ir, porque sabía que alguien tenía que ayudarlo, obviamente, eso ya sería demasiado. Mejor se hubiera roto las dos piernas antes que los brazos.
—Y-yo... —incluso la voz le había temblado como un cobarde—, tengo ganas de ir al baño, pero no quiero ir, así que mejor no me des más agua.
Sergio solo pudo tratar de evitar con todas sus fuerzas el no reírse, ahora entendía el rostro incómodo que tenía el rubio. Se levantó, colocó el agua en el carrito y después fue a una esquina de la habitación para sacar una silla de ruedas. El rubio abrió los ojos con horror al saber lo que iba hacer el pecoso.
—Hey, ¡¿qué haces?! No te dije que no quería ir —Max no pudo más que ver como el pecoso movía el carrito para dejarle espacio a la silla de ruedas.
—Aunque no quieras irás, no es bueno que aguantes las ganas de ir al baño por vergüenza, no te preocupes, soy un profesional y no haré nada que no sea debido —dijo el pecoso mientras bajaba el pie roto del rubio con cuidado y movía sus piernas a la orilla de la camilla, tuvo cuidado con los brazos del alfa al bajarlo a la silla—. A menos claro que me lo pidas, yo no soy quién para negarme a las peticiones del gran Mad Max.
Sergio miró con una media sonrisa al rubio mientras terminaba de acomodarlo en la silla, después solo se colocó en la parte de atrás para empujarlo mientras que Max miraba a la nada sin decirle nada. Dejar al rubio sin palabras era divertido.
Lo llevó afuera de la habitación camino al baño, lo bueno era que al ser una hora de la mañana varios pacientes estarían durmiendo hasta tarde, o comiendo, era una hora en donde todos los enfermeros y médicos estaban ocupados.
El pecoso se detuvo cuando llegó a la puerta del baño, la abrió antes de entrar con la silla de ruedas, cerró cuando entró y llevó al alfa a uno de los cubículos que había allí. Lo colocó al frente de un inodoro y Max ya se estaba asustando.
—Bien, trata de pararte, pero no pongas mucho peso sobre tu pie enyesado —Sergio ayudó al rubio a levantarse, aunque éste se negaba y soltaba maldiciones por lo bajo, para el pecoso era tierno—. Vamos, no tengas vergüenza, ya estamos aquí, ya no podemos regresar hasta que tengas tu vejiga vacía.
Max aceptó esa mierda a regañadientes, todo el movimiento habia hecho que le diera aún más ganas de ir al baño, sabía que no podría aguantarlo más, aunque quisiera, mojaría sus pantalones si lo hacía. Sintió las manos del omega en sus pantalones azules de hospital, tirando del elástico para bajarlo junto con su ropa interior, al final su polla quedó al descubierto.
—Vaya, ¿está dormido en serio? —un sonrojo cubrió las orejas del rubio al escuchar al pecoso, la única forma en la que le gustaría que le viera la polla era en el momento antes de enterrarla en su coño hasta el fondo o antes de meterla en su garganta—. Es grande.
Una risilla soltó el desgraciado. Max se sentía de cierta forma humillado, aunque también le gustaba saber que al pecoso le agradaba su polla. Cuando el omega tuvo la polla del rubio en sus manos para ayudarlo a orinar, Max tuvo que imaginar a su madre en bikini, a su padre, cantar canciones de cuna en su cabeza, cualquier mierda desagradable para evitar una maldita erección.
No pudo evitar soltar un suspiro cuando al fin tuvo su liberación. Todo el proceso fue entre vergonsozo y tratar de no excitarse con las manos pequeñas y cálidas del pecoso alrededor de su polla, le fue bien, al menos eso se obligaba a creer. Cuando terminó, exigió que su ropa fuera de vuelta en su sitio y así lo hizo el pecoso.
No podía quitarle esa sonrisa llena de malicia que tenía el omega, lo odiaba, ya quería que le quitaran esos malditos yesos, ya vería quién entonces sería el avergonzado. Pero por el momento solo tenía que tragarse toda la rabia en el fondo de su ser para cuando sea el momento adecuado.
Esperó a que el pecoso se lavara las manos y fue empujado de nuevo hacia fuera para ir a la habitación. Después de eso el día fue más tranquilo, amigos de Max vinieron a visitarlo para ver cómo estaba, después pasó el almuerzo en donde el rubio obtuvo más comida buena de contrabando y en la tarde llegó el doctor con su poder de curación para ayudar a que sus brazos estuvieran un poco mejor.
No podían quitarle el yeso hasta el último día del tratamiento, eso fue otro golpe para el rubio. Aunque no se quejaba del todo, Sergio seguía estando al pendiente de todo y siempre trataba de que estuviera cómodo, sabía que el omega hacía a propósito varias cosas, como cuando lo ayudaba en la camilla de acomodar sus almohadas o cualquier otra cosa.
Hacía que su cuerpo, piernas, pecho o rostro, estuviera a centímetros suyo, apegado o que su nariz estuviera a milímetros de su piel. En la noche lo acomodó para dormir y salió dejándolo solo, ese día el rubio soñó con unas piernas pecosas que lo asfixiaban hasta morir, fue uno de los mejores sueños que jamás tuvo.
El otro día fue parecido, desayunar, ir al baño, que por suerte no tenía ganas de hacer del dos, ya no le quedaría nada de orgullo en el mundo. Después cuando estuvieron de vuelta en la habitación Sergio estaba acomodando algunos papeles y tomaba anotaciones de sus avances, cuando de repente “se cayó por accidente” a un lado de la camilla al frente del rubio.
—Ups, perdón. Tengo dos pies izquierdos —el pecoso se rio por lo bajo mientras empezaba a recoger las cosas que se le habían caído, el rubio no le había dicho nada en lo absoluto y Sergio supo que lo había hecho bien—. Iré a guardar estas cosas, además ya es mi descanso. Adiós, Maxie.
Sergio salió de la habitación dejando a Max con dolor, en su polla más que nada. Cuando el pecoso se cayó quedó con sus piernas abiertas ante el alfa, tuvo una vista perfecta de unas bragas de encaje de color amarillo, el mismo color que los tacones bajos que traía puestos el pecoso. Aparte de eso, pudo ver bien el pequeño bulto regordete del coño del omega.
Al pensar en eso de nuevo Max sintió como su polla se volvía más dura entre su ropa interior, quiso maldecir al mundo entero, y después solo se dejó caer en sus almohadas tratando de pensar en cosas que no fueran la ropa interior del pecoso.
Y cuando al fin el tercer día llegó, en donde el doctor terminó por curar sus brazos y pie, pudo ser libre. Fue el mismo pecoso quien le quitó el yeso, dejando ver sus músculos y piel con unas cuantas cicatrices. Max miraba con más concentración al omega que escuchar lo que decía el doctor.
—...Ha sido todo, tenga cuidado con su trabajo señor Verstappen, puede irse a su casa ahora mismo si lo desea, si no, puede dormir esta noche aquí e irse por la mañana. Si desea algo más o tiene algún problema, puede hacerselo saber al enfermero Sergio.
—Así es, héroe Mad Max, si tiene algún problema puede decirme, yo estaría gustoso de ayudar —Sergio dijo con voz suave, Max estaba sentado en la camilla y el pecoso estaba al frente, parado, había terminado ya de quitar todos los yesos.
—Ahora, si me disculpa, tengo más pacientes —dicho eso, el médico se fue, Max solamente le dio las gracias por lo bajo y un asentimiento con la cabeza.
—Hum, puede que haya una cosa en la que me puedas ayudar —la voz ronca del rubio le envió al pecoso un escalofrío por su espalda, fue una exquisita sensación.
—¿Sí? ¿Qué podría ser? —Sergio fingió una voz un poco preocupada mientras pegaba más su cuerpo al del rubio, Max gruñó llevando una de sus manos al trasero del pecoso para apretarlo—. ¡Ung! Señor Mad Max, eso no es muy profesional. Aunque yo puedo mostrarle algo más que le gustará.
La pequeña sonrisa del pecoso también hizo al rubio sonreír, le importaba una mierda que los pudieran encontrar allí, él quería tener a ese omega gimiendo su nombre y era lo que iba a tener.
Miró como el pecoso llevó sus manos a los botones de su traje y los empezó a quitar de uno por uno, algo captó la intriga del rubio al ver otra tela bajo esa ropa. Era azul y de tirantes, como una diminuta bata apegada al cuerpo, apenas cubría un poco la intimidad del Omega.
—¿Te gusta? A mí me gusta, es como el color de tus ojos —el pecoso ronroneó y el rubio lo apegó de nuevo a su cuerpo, quitando el uniforme blanco en el proceso, las manos del alfa se paseaban por todas partes y Sergio solo disfrutaba—. Espero una buena cita después de esto.
—La habrá, te llevaré a cenar a mi apartamento, en mi cama, tu ropa no está invitada y tu trasero sobre mi cara va a ser el plato principal —Max murmuró en el oído del omega sacándole más de un suspiro.
El rubio invirtió los papeles, hizo que el pecoso quedará sobre la camilla aún con sus tacones bajos puestos, no había que hacer mucho ruido. A pesar de que pensó que no le importaba que los vieran, ahora no quería que alguien tuviera una vista como la que él tenía ahora del omega.
—Dime, pequeña puta disfrazada de enfermera, ¿te tocabas pensando en mí cuando ya no estabas conmigo? ¿Hum? —volteó al pecoso boca abajo, alzó su trasero mirando como la pequeña bata azul se resbalaba de su cuerpo y caía sobre sus hombros, estaba lleno de pecas, en todas partes.
Sin ceremonia alguna, Max jaló las bragas apretadas del pecoso y las rompió, ya le compraría toda la ropa que quisiera después, ahora solo quería ver ese coño. Y fue una de las mejores decisiones que pudo tomar, estaba tan mojado, rosado y deseoso por una polla.
—No me respondiste —gruño el rubio mientras se inclinaba sobre el pecoso para lamer su oído, Sergio metía su rostro entre las almohadas del rubio para no dejar salir ningún gemido—. Habla, ¿te tocabas o no pensando en mí? ¿Lo hiciste hoy? Me duele la polla desde ayer por culpa tuya y no aguantaré tanto como para prepararte.
—S-sí, ésta mañana yo... —Sergio no pudo seguir hablando, una mano del rubio fue hasta su pobre coño desatendido y empezó a mover sus dedos por encima, mojándose todo con su lubricante natural que resbalaba por sus muslos.
Max presionó y jugó con el pequeño botoncito rosado e hinchado del pecoso, sacándole gemidos que no podía oír bien por la almohada que amortiguaba sus sonidos. El rubio bajó sus pantalones como pudo con una mano, masturbó un poco su polla y la alineó contra el coño del pecoso.
Sergio sintió como su coño era estirado para dejar que la polla del rubio entrara, un deslizamiento suave y frustrante, demasiado lento para su gusto. No pudo quejarse de nada, Max tomó uno de sus brazos y lo presionó en su espalda para mantenerlo en esa posición.
Era tan dominante y al omega le encantaba. Era Max Verstappen, el héroe más explosivo y problemático de todos, le encantaba, eso fue lo que enamoró después de todo al omega: el aire de chico malo que tenía el rubio. Sin embargo, sabía que no era una mala persona.
Cuando la polla del rubio estuvo por completo dentro del pecoso, ninguno se movió, Sergio porque no podía y Max porque quería disfrutar un poco de ese calor húmedo que le envolvía toda la extensión de su polla, era apretado y pegajoso.
—¿Te gusta? Me aprietas y me tomas muy bien. Dijiste que mi polla era grande aún dormida el otro día y ahora, ¿sigue siendo igual o lo es más? —preguntó el rubio con morbo en el oído del pecoso, solo recibió un gemido lastimero como respuesta, ya no podía más.
Max se irguió para tomar las caderas del pecoso con ambas manos y empezar a mover sus caderas con fuerza, por suerte la camilla era resistente y apenas se movía con los empujes que le daba al pecoso. Aunque Sergio trataba de callar lo más posible sus gemidos para que no fueran escuchados en todo el hospital, los sonidos morbosos de las pieles al chocar dejaban mucho que desear.
—L-lleno... m-me siento bien~ —gimió el pecoso contra la almohada, la polla del rubio lo tocaba en todos sus puntos dulces, lo llenaba tanto y eso era algo que le gustaba demasiado.
¿Quién diría que al final terminó follando con el héroe que amaba y admiraba?
Era un sueño hecho realidad, ahora solo le faltaba el anillo en su dedo de parte de ese héroe y un pequeño cachorro en su vientre. Bueno, ya había sido invitado a “una cena” en el apartamento del rubio, quizás ese futuro no estaba tan alejado o no era tan imposible de cumplirse cómo lo creía.
Max siguió embistiendo con toda su fuerza hasta que ya no pudo más, enterró al pecoso en su polla y se corrió, llenando bastante el útero del omega con su semen caliente y viscoso. Llevó una de sus manos a su coño para jugar con su botoncito rosado y lo hizo correrse también.
Su polla fue ordeñada fuertemente por las paredes del omega mientras que arqueaba un poco más su espalda y terminaba de correrse. Max se quedó así un rato y después sacó su polla algo flácida del interior suave, aunque quisiera otra ronda no iba arriesgarse.
Sergio quedó sobre la camilla, se sentía bien, un poco agotado, pero bien. Debía de cambiar rápidamente las sábanas de la cama y echar colonia al aire para ocultar todo ese aroma a sexo que había.
—Hey, mi lindo enfermero Checo —habló el rubio ayudando al pecoso a sentarse en la camilla—, dame tu número de teléfono. Te quiero el viernes por la noche arreglado para nuestra cita.
—Okay, ¿quieres que tu plato principal esté envuelto en un encaje de Victoria’s Secret? —preguntó el pecoso sin vergüenza alguna mientras pasaba sus brazos alrededor del cuello del rubio.
—Es mi comida, tú verás cómo la preparas para mí —Max tomó de la cintura al pecoso para besarlo con hambre, sabía que debía de esperar hasta el viernes para tomarlo sin contenerse en nada.
Pero unos cuantos besos antes de irse no estaban nada mal. Ese omega descarado que lo torturó por casi una semana, insinuándose y seduciéndolo, sería suyo y haría que su piel estuviera llena de él, tanto que ninguna otra persona podría borrar las marcas que le dejaría.
Sergio, por su parte, estaba feliz de saber que su trabajo dio frutos, ahora solo debía de hacerle un amarre al alfa para que sea solo suyo, y de nadie más.
Fin.
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