Orpheus

All Rights Reserved ©

Summary

Orpheus, dios del Inframundo, regresa al reino celestial, su antiguo hogar, para asistir al Gran Banquete de Serea. Sin embargo, la diosa suprema estará ausente durante cuatro días, dejando el palacio sin su vigilancia. Junto a tres dioses más, Orpheus decide aventurarse en el Ala Sur, un lugar prohibido para todos excepto Serea. Lo que comienza como una travesura pronto se convierte en una peligrosa revelación. En ese espacio sellado y olvidado, descansan secretos sobre la diosa suprema, su inexplicable odio hacia Orpheus y fuerzas ocultas que jamás debieron ser despertadas. ¿Fue un accidente... o alguien les tenía preparada esta catástrofe?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Ala Sur

Orpheus se hallaba en Aletheia, la inmensa biblioteca celestial que resguardaba el conocimiento desde el inicio de la creación. Las estanterías se alzaban hasta perderse de vista, abarrotadas de libros antiguos y pergaminos olvidados e iluminadas por la cúpula de cristal que se extendía en lo alto. En aquel recinto monumental y sagrado, el silencio era casi tangible, perturbado únicamente por el eco de su respiración.

Orpheus había crecido entre aquellas imponentes estanterías y no quedaba libro en ese lugar que no hubiese leído. Con nostalgia, deslizó los dedos sobre los lomos de los volúmenes, acariciando las cubiertas desgastadas de sus más fieles compañeros en aquel mundo celestial.

Se apoyó contra el marco de una de las grandes ventanas adornadas con filigranas doradas que imitaban los intrincados patrones de las hojas de los árboles de plata, tan comunes en el reino divino. A través de los vitrales, la luz cálida y multicolor se filtraba en destellos vibrantes. Cerró los ojos y suspiró, recordando una vez más el motivo por el cual había ascendido desde su solitario dominio hasta los cielos.

Muchos años atrás, Serea, la diosa suprema de la creación y madre de los dioses menores, les encomendó una tarea extraordinaria: poblar el mundo mortal con una creación única y sorprendente. Para ella, aquel reino se había vuelto monótono, carente de gracia, un escenario predecible que necesitaba ser sacudido por la chispa de lo inexplorado. Anhelaba ver algo nuevo, una manifestación de originalidad que desafiara la rutina y transformara la realidad.

Pero la tarea que les impuso iba más allá de moldear simples criaturas o paisajes. Serea deseaba que cada dios menor infundiera en su obra la esencia del cambio, la magia de lo inesperado y la pasión por lo desconocido. No bastaba con crear algo hermoso; debían concebir una existencia capaz de inspirar asombro y dejar una huella imborrable en el mundo.

Como incentivo, la diosa prometió una recompensa sin precedentes: aquel que lograra sorprenderla —hazaña en sí misma difícil de alcanzar— recibiría un deseo incondicional. Cualquiera que fuera su petición, Serea se comprometería a cumplirla sin reservas.

Con esta convocatoria, los dioses menores se entregaron a su tarea con fervor y entusiasmo, cada uno inmerso en la búsqueda de la creación perfecta, ansiosos por desafiar los límites de su ingenio y poder. Para todos ellos, esta era más que una simple labor; representaba la oportunidad de alcanzar aquello que más anhelaban.

Orpheus, al igual que los demás, veía en esta empresa la posibilidad de obtener lo que tanto deseaba. Parpadeó y, al volver la mirada hacia la ventana, contempló a otros dioses cruzando los majestuosos y vastos jardines del recinto, evocando recuerdos enterrados en su mente.

Tiempo atrás, mientras los demás se entregaban a juegos y distracciones, él se refugiaba en los antiguos textos y en los secretos del universo. En aquel entonces, su deseo más profundo era obtener el amor y reconocimiento de Serea, a quien consideraba una madre, pues había sido ella quien lo creó. Sin embargo, al crecer y ser relegado al reino de los muertos, todo cambió. Aunque Serea lo describió como una responsabilidad necesaria, para él no fue más que un destierro, una forma de mantenerlo apartado. Ahora, su único anhelo era comprender lo que siempre se le había escapado: el “por qué” de aquel rechazo unilateral.

De repente, la puerta de Aletheia se abrió de golpe, interrumpiendo los pensamientos de Orpheus. La luz que provenía del exterior delineaba la silueta de una mujer de cabellos ondulados, los cuales destellaban bajo la iluminación. A medida que aquella figura avanzaba, sus rasgos se volvían más nítidos. Era Lumielle.

Con pasos decididos y una sonrisa radiante, se acercó hasta él. Se apoyó despreocupadamente en el marco de la ventana donde Orpheus descansaba, cruzando los brazos mientras lo miraba con ojos chispeantes, de un celeste tan puro que parecían joyas talladas. Nada había cambiado en ella. Como ya era costumbre desde hacía siglos, Lumielle, una de las hijas predilectas de Serea, volvía a presentarse ante Orpheus. En aquellos días lejanos, solía usar como excusa su supuesto interés por la lectura para dirigirse a la vasta biblioteca, aunque su verdadero propósito poco tenía que ver con los libros.

A Orpheus se le permitía permanecer en Aletheia, pero no podía abandonarla, y en esos tiempos eran escasas las ocasiones en las que alguien visitaba aquel recinto. La única excepción era Lumielle. Siempre ansiosa por compartir momentos con sus hermanos, intentaba una y otra vez convencerlo de sumarse a sus juegos y travesuras. Sin embargo, el reservado dios, inmerso en sus estudios, la rechazaba sistemáticamente. Pese a todo, la perseverante Lumielle jamás se rendía. Con el tiempo, sin que él lo notara, logró que su indiferencia se quebrara, y juntos comenzaron a escabullirse para explorar los confines del vasto mundo celestial. Poco a poco, sin estridencias ni imposiciones, la diosa fue ganándose un lugar en el corazón de Orpheus, uno que pocos habían conseguido.

Hoy, como tantas veces antes, insistió con esa voz cálida que usaba para endulzar sus travesuras, ocultando tras su encanto el hecho de que lo que iba a proponer iba en contra de todas las reglas impuestas por Serea.

—Ven, Orpheus, juega con nosotros —exclamó con una sonrisa pícara, una que, pese a los siglos, no había cambiado en lo absoluto.

Orpheus intentó replicar su antes acostumbrada indiferencia, modulando su tono con la misma calma distante de siempre.

—Prefiero la compañía de estos relatos antes que la de dioses inquietos —respondió con desdén calculado. Lumielle no se dejó engañar por aquella mala actuación.

—Dos de nuestros hermanos y yo exploraremos el Ala Sur —dijo, acomodando distraídamente su ondulado cabello blanco—. Se rumorea que Serea oculta allí algo inusitado... un secreto que solo se revela a aquellos lo bastante osados como para desafiar lo impuesto por ella.

El Ala Sur... Un territorio vedado, reservado únicamente para la diosa Serea. Era el único rincón del mundo celestial donde incluso los dioses no debían aventurarse: era por decreto celestial.

La expresión de Orpheus se desfiguró por completo. Acompañar a Lumielle en sus travesías era una cosa, pero hasta él tenía límites. Si realmente pensaba ir a ese lugar, solo podía significar una cosa: se había vuelto loca. Suspiró con resignación y llevó los dedos al puente de la nariz, cerrando los ojos por un instante. Lumielle tenía un talento inquietante para quebrar su habitual rigidez, arrancándole expresiones que ni él mismo sabía que podía hacer. Dirigió la mirada a la peliblanca con la esperanza de que todo fuera una broma, pero ella solo inclinó la cabeza, confundida por su silencio. Luego, con la naturalidad de quien no entiende la gravedad de lo que acaba de proponer, habló:

—Vamos, no pongas esa cara. Puedo ver exactamente lo que piensas, pero no te preocupes. Tengo un plan.

Orpheus volvió a suspirar. Era inevitable: ella siempre terminaba arrastrándolo a sus ideas descabelladas.

—¿Y cuál es ese gran plan? —preguntó con sarcasmo—. Supongo que no necesito recordarte que esa ala está prohibida. Serea podría castigarnos convertirnos en moscas y arrojarnos a un pantano lleno de sapos.

Lumielle soltó una risa suave.

—Tienes una visión demasiado extremista de Serea. Pero para que te tranquilices, te contaré un pequeño detalle que tal vez desconozcas.

Se inclinó ligeramente hacia él, y Orpheus, intrigado, frunció el ceño.

—Serea está ocupada resolviendo ciertos asuntos en el mundo mortal —continuó ella—. Esos humanos llevan más de una década en guerra y quiere ponerle fin.

—Eso ya lo sé… —replicó él con escepticismo.

Lumielle, lejos de desanimarse, comenzó a caminar con aire despreocupado, tomándolo del brazo con total naturalidad. Orpheus no se apartó, aunque su cuerpo se puso tenso por reflejo. Ella lo notó y no pudo evitar soltar una risita divertida.

—Lo que no sabes —añadió con un dejo de satisfacción— es que Serea ha anunciado que estará cuatro días aislada en su domus, en el ala principal, para concentrarse en ese asunto. Así que, querido Orpheus, tenemos cuatro días de libertad antes del Banquete de las Creaciones.

El Banquete de las Creaciones era una celebración grandiosa, un momento para compartir entre los dioses; pero esta vez tenía un significado aún más profundo. Sería el día en que Serea evaluaría los frutos de la tarea que les había encomendado.

Orpheus sentía el peso de la incertidumbre sobre sus hombros. Había dedicado incontables horas a perfeccionar su creación, buscando que fuese lo suficientemente asombrosa como para merecer el deseo prometido. Aun así, la inseguridad lo consumía. ¿Sería suficiente? ¿Sería juzgado con imparcialidad? Temía que el desagrado que Serea albergaba hacia él se proyectara sobre su obra y condenara su destino antes de siquiera ser reconocido.

Una mano cálida le dio suaves palmaditas en el pecho, sacándolo de sus pensamientos.

Hacía tiempo que se preguntaba si aquella sensación de calma que le invadía cada vez que Lumielle lo tocaba era solo producto de su imaginación o si la diosa tenía algún don especial para disipar inquietudes. O quizás… simplemente era ella.

No retrasó más su respuesta.

—Iré —dijo al fin, con voz firme—. Pero si hay el más mínimo indicio de peligro, si sospecho que podemos ser atrapados, nos iremos y no volveremos jamás. ¿Entendido?

Lumielle infló las mejillas en un puchero que apenas duró un instante antes de esbozar una radiante sonrisa. Su expresión, sin embargo, revelaba que no tenía intención alguna de seguir aquellas condiciones al pie de la letra. Como siempre.

—Por supuesto, haremos eso —respondió con tono melodioso.

Orpheus suspiró.

—Otra vez suspirando... —Lumielle ladeó la cabeza con diversión—. Se está volviendo un hábito.

Él desvió la mirada, tocándose el cuello con un deje de incomodidad. No había notado lo frecuente que se había vuelto aquel gesto.


Al día siguiente, los jardines resplandecientes del ala norte se desplegaban ante ellos, vibrantes bajo la luz de la esfera celestial. Era allí donde se alzaban las domus de los dioses menores, diez en total, dispuestas en dos filas paralelas alrededor de un extenso vergel.

El lugar era un edén de fragancias embriagadoras y colores exuberantes. Las flores más exóticas brotaban con esplendor, mientras antiguos árboles de plata extendían sus majestuosas ramas centenarias sobre el paisaje. Sus hojas susurraban palabras inteligibles al viento, como si pudieran vislumbrar el incierto destino que aguardaba a los jóvenes dioses.

Mientras avanzaban por los pasillos, Lumielle hablaba con entusiasmo sobre los rumores que envolvían al enigmático ala sur. Se decía que allí se ocultaba un elixir capaz de transformar a cualquier mortal en un dios; otros afirmaban que resguardaba un relicario maldito; y los más osados aseguraban que en su interior yacía un libro prohibido que ni siquiera Serea se atrevía a leer.

Orpheus escuchaba en silencio. Para él, aquello no eran simples habladurías, pues, tras años de lectura, sabía que los dos primeros rumores eran ciertos. El elixir existía y estaba bajo la custodia de Aranca, uno de los dioses menores más cercanos a Serea. En cuanto al relicario maldito, yacía en su propio reino, aunque le resultaba extraño que semejante información se hubiese filtrado. Solo los encargados de su resguardo y la misma Serea conocían su existencia.

Sin embargo, la última historia le parecía absurda. ¿Por qué Serea crearía un libro tan peligroso que ni ella misma podría leerlo? No tenía sentido. Algo quedaba claro: en un lugar donde habitaban pocos seres hablantes, aquellos rumores debían haber sido esparcidos por alguien con conocimiento de los secretos divinos.

—Hay una rata… —murmuró, más para sí mismo que para Lumielle, quien no lo escuchó.

Pronto, dos figuras se unieron a su caminata: Brathiel y Naver, viejos compañeros de aventuras.

Brathiel tenía la apariencia de un árbol viviente. Su cabello castaño era como el ébano y sus ojos almendrados resplandecían con el verde de la esmeralda; a su alrededor se percibía una atmósfera de serenidad casi ancestral. Naver, en cambio, era más alto, de melena negra y ojos púrpura fulgurantes como amatistas. Su mera presencia impregnaba el aire con un dulce aroma a uvas que pronto llegó hasta Orpheus y Lumielle, embriagador en más de un sentido.

Cuando eran niños, los tres se habían forjado una reputación, gracias a su espíritu indomable y su inigualable capacidad para meterse en problemas. Su travesura más célebre había sido el robo de dos artilugios mágicos: una lira capaz de manipular las emociones y un cuerno de Bestia, cuyo sonido presagiaba el fin del mundo. La combinación de ambos había sumido a los mortales en una histeria colectiva, obligando a Serea a intervenir para restaurar el orden.

Sin embargo, al verlos de nuevo, era evidente que Brathiel había cambiado. Se había vuelto más apacible, imperturbable. Hacía tiempo que se había alejado de los problemas y ahora solo se preocupaba por el cuidado del mundo vegetal. Aun así, su mirada seguía conservando la misma calidez.

Naver, por otro lado, era un caso perdido. Incluso en su reino llegaban noticias de las travesuras que cometía bajo los efectos del vino, muchas de las cuales terminaban, de un modo u otro, afectando a los mortales. No hacía mucho, un pobre hombre había llegado vagando al reino de los muertos convertido en una uva, sollozando por su destino. En ese estado, había sido devorado por unos incautos, terminando así su vida de la forma más absurda posible. Un problema que, como siempre, Orpheus había tenido que resolver.

Al recordar aquel incidente, un escalofrío le recorrió la espalda. ¿En qué lío me he metido?, pensó.

—Ha pasado un buen tiempo —comentó Brathiel con su habitual calma—. Te escondes tanto que casi olvido cómo luce tu rostro.

Orpheus no respondió de inmediato. En parte, tenía razón. Pasaba tanto tiempo sumido en la penumbra de su dominio que incluso él había olvidado el rostro de sus propios hermanos.

—Es broma —añadió Brathiel con una sonrisa ligera—. Me alegra verte bien… aunque luces agotado. ¿Será que tienes demasiado trabajo con los difuntos que te deja Naver?

—Sí. Gracias a él, cada día el flujo de almas se duplica —respondió Orpheus con la misma serenidad.

Lumielle, al verlos interactuar, no pudo evitar pensar que se comportaban como ancianos quejándose de sus desventuras.

Por su parte, Naver soltó una carcajada.

—¡Deberías darme las gracias entonces! —exclamó, cruzándose de brazos con aire de satisfacción—. Gracias a mí, tienes algo con lo que entretenerte.

Brathiel y Orpheus se miraron en silencio. Una leve sonrisa se dibujó en sus rostros. Sin necesidad de palabras, comprendieron el pensamiento mutuo.

Lumielle intervino con un bufido de exasperación.

—¡Oh, vamos! No sean así. Sé bien lo que intentan decir… Naver no es un asno… o al menos, no del todo. — los otros dos desviaron la vista con fingida inocencia. La expresión de orgullo se desvaneció en el rostro de Naver—. Y tú, deberías madurar de una vez. Deja de enredarte en problemas, esos pobres humanos están pagando las consecuencias de tu imprudencia.

Naver abrió la boca para protestar, pero Brathiel intervino antes de que la discusión escalara.

—¿Por qué no mejor partimos ya? Si seguimos así, terminaremos en riñas inútiles.

Tras hablar, el castaño se volvió hacia Orpheus, observándolo con una mezcla de curiosidad y genuina sorpresa.

—Debo admitir que jamás imaginé que aceptarías un viaje como este… Pero me alegra no ser el único arrastrado a esta travesía.

Orpheus asintió con sutileza. Se sintió comprendido, aunque no lo admitiera en voz alta.

Sin embargo, Brathiel frunció el ceño y desvió la mirada hacia los árboles que los rodeaban. Su expresión se tornó tensa. “Es extraño… Están inquietos. Siguen susurrando que no deberíamos ir.”

—¿Sucede algo? —preguntó Orpheus, notando su cambio de semblante.

Brathiel negó con la cabeza. Si les revelaba lo que los árboles murmuraban, su salida podría cancelarse. Normalmente, no ocultaba información, pero hacía demasiado tiempo que ansiaba compartir una aventura con sus hermanos. Aunque… ya no se sentía tan apto para esas travesuras.

Lumielle, con su habitual determinación, interrumpió el momento.

—Basta de parloteo. Si seguimos así, terminaremos vagando hasta la noche. ¡Es hora de partir!

Sin más dilación, los cuatro dioses emprendieron el camino hacia el ala prohibida, ajenos a la oscura silueta que los acechaba en la distancia.

Cuando llegaron, se encontraron ante un edificio imponente. Lejos de ser lúgubre, su arquitectura irradiaba una solemnidad atemporal, como si el tiempo mismo se hubiese detenido ante su presencia. Enormes columnas esgrafiadas flanqueaban el porche, sus intrincados relieves narraban antiguas leyendas que, bajo la tenue luz, parecían cobrar vida. Orpheus reconoció de inmediato las historias inscritas en la piedra. Eran relatos sobre el origen del mundo. Fascinado, deslizó los dedos por los surcos de la roca, descifrando con minuciosa atención los relatos allí plasmados.

Su ensimismamiento se vio interrumpido cuando Lumielle, impaciente, lo tomó del brazo y tiró suavemente de él para que no se quedara atrás. Orpheus tensó el cuerpo ante el contacto repentino y reprimió un suspiro. “Luego voy a necesitar un masaje”, pensó un poco agobiado.

Al cruzar el umbral, el ambiente cambió. Un aroma indescriptible impregnaba el aire, y sobre ellos se desplegaba un techo que imitaba el firmamento nocturno, repleto de estrellas titilantes.

—¡Es hermoso! —exclamó Lumielle, maravillada. Sus ojos reflejaban el resplandor de la bóveda celeste y, por un instante, pareció fundirse con la luz misma.

El interior del edificio era vasto, decorado con adornos de plata que resplandecían con cada movimiento. Sin embargo, a pesar de su esplendor, transmitía una inquietante sensación de vacío, como si alguien lo hubiese abandonado hacía eones.

A su alrededor, esplendorosos muebles imitaban arboles; grandes candelabros flotaban en el aire, y vibrantes flores parecían danzar con la brisa invisible. Pero a pesar de tanta belleza, algo faltaba… o alguien.

A medida que avanzaban, recorrieron interminables pasillos y salones sumidos en un silencio sepulcral. El primer recinto que exploraron resultó ser una biblioteca. Orpheus apenas le dedicó una mirada desinteresada; ya había leído cada uno de los volúmenes que albergaba.

Lumielle, en cambio, con su insaciable curiosidad, hojeaba los tomos con entusiasmo. Entre los estantes, sus dedos tropezaron con un libro de aspecto antiguo y venerable. No tenía autor en la portada, pero una sutil aura azul lo envolvía, despertando en ella una extraña sensación de familiaridad.

Sin pensarlo demasiado, lo tomó y lo guardó entre sus pertenencias. “Esto me servirá para negociar con Orpheus si intenta negarse a acompañarnos”, pensó con una sonrisa astuta.

Naver, por su parte, no podía estar más aburrido. Su mente divagaba entre pensamientos ociosos, preguntándose si habría alguna reserva de vino en aquel lugar. Hasta el momento, la aventura le parecía exageradamente solemne para su gusto.

—¿Podemos seguir? Estos libros no tienen nada divertido —protestó Naver, cruzándose de brazos con un puchero, claramente aburrido.

Ya no quedaba mucho más por ver en ese salón así que continuaron siguiendo a Naver por los pasillos oscuros. El silencio, pesado como una losa, se alargó hasta que Brathiel rompió la quietud con una pregunta inesperada.

—¿Por qué siempre te aíslas, Orpheus? ¿Por qué no asistes a los banquetes de los dioses?

Orpheus se detuvo un instante antes de responder. Su rostro seguía imperturbable, pero sus ojos, tan oscuros como el vacío que gobernaba, revelaban una tristeza que apenas lograba ocultar.

—Porque Serea nos creó con un propósito. Estamos aquí para cumplir con la tarea que nos encomendó. No tengo tiempo para esas distracciones. Desde que me confiaron al reino de los muertos, poco más me queda para hacer... —Sus palabras eran verdad, pero omitía un detalle fundamental: Serea le había dejado claro que no debía regresar a ese reino celestial, salvo para el día del Banquete de las Creaciones.

Lumielle y Naver se detuvieron en seco, sus ojos abriéndose de par en par, como si hubieran escuchado una locura.

—¿¡Qué!? —exclamó Naver, con incredulidad dibujada en su rostro. Para él, la existencia no era solo cumplir con una misión impuesta. Era vivir, disfrutar, ser libre.

Antes de que pudieran debatir más, un ruido sordo resonó en la lejanía, cortando la conversación como filo. Juntos, se adentraron en una nueva sala sumida en la penumbra. Solo el resplandor etéreo de un cielo estrellado, proyectado en el techo, iluminaba tenuemente el espacio. Las piedras preciosas que yacían dispersas en el suelo brillaban con una luz misteriosa, como si la sala misma las hubiera dispuesto con un propósito oculto. Al tocar una de ellas, Lumielle dejó escapar una sonrisa, como si la gema respondiera a su toque. Al instante, las piedras brillaron con un fulgor vibrante, llenando la sala con destellos multicolores que revelaron sombras ocultas y secretos olvidados.

—¿Ese sonido de antes vino de aquí? —preguntó Naver, su tono cauteloso como el de un animal acechado por un peligro invisible.

Lumielle, con una leve inclinación de cabeza, observó los alrededores. —Mmm… Tal vez, pero no parece.

—Vamos a recorrer la sala y luego regresemos —intervino Brathiel , su voz serena pero cargada de una firmeza inquebrantable—. Si ese sonido fue Serea, deberíamos irnos antes de que nos encuentre husmeando por aquí.

Orpheus caminaba entre las estatuas, pero su mente estaba atrapada en algo más. Sus ojos se posaron en una figura esculpida con una precisión tan exacta que parecía respirar. Un hombre, de cabello que caía en suaves ondas, con un rostro sombrío que emanaba tristeza infinita. La expresión de la estatua era la de una pérdida irreparable, como si algo o alguien había sido arrancado de él y sus brazos se extendían, de manera tal que parecía estar tratando de alcanzar lo que se le escapaba, y entre ellos, una puerta se alzaba, enigmática, llena de promesas no cumplidas. “Se parece a mí” pensó Orpheus, un escalofrío recorriéndole la espalda mientras el aire en la habitación se volvía pesado.

De repente, Lumielle rompió el silencio.—¡Miren esto!

Frente a ella, en la pared de mármol, unas palabras envejecidas por el tiempo brillaban débilmente: “He aquí mis memorias, desde el inicio hasta el fin. Lo bueno y lo malo me acompañarán en la eternidad.”

Lumielle frunció el ceño, tocando la superficie de la piedra con una leve presión, como si tratara de desentrañar algún misterio oculto.—Estas estatuas... son recuerdos ¿De quién?

Naver, con su mirada distraída pero pensativa, respondió.—Una vez escuché a Serea hablar con nuestro hermano mayor. Antes de nosotros, existió otro dios, uno que vivió con ella. Tal vez estas estatuas sean su legado, sus recuerdos.

—¡Eso es fascinante!—exclamó Brathiel , como si todo fuera un rompecabezas por resolver. —¿Y qué pasó con ese dios?—preguntó, su curiosidad evidente.

Naver suspiró, con fastidio, mientras jugueteaba con una ramita que había encontrado.—No lo sé... En ese momento, me pillaron espiando y me echaron. Pero me imagino que ese dios... no importa mucho.

Los tres lo miraran con una mezcla de decepción y resignación. No esperaban otra cosa de Naver. Pero pronto, su atención volvió a la habitación, y comenzaron a caminar hacia otra parte.

Lumielle observó a Orpheus, quien no parecía prestarles mucha atención.—¿Estás bien?—preguntó suavemente.

Orpheus la miró, pero su mirada estaba distante.—Sí, solo... distraído.

Lumielle no pareció convencida, pero no insistió.—¿Estás nervioso por el banquete? He visto el esfuerzo que has puesto en ello, estoy segura de que lo harás bien. Y si no eres el ganador, Serea aún sabrá ver tu esfuerzo.

Orpheus la miró fijamente, sus ojos oscuros reflejando una profunda reflexión.—¿Y tú? ¿Estás nerviosa también?

Lumielle vaciló por un instante, pero luego sonrió con suavidad.—Solo un poco. Para mí, lo más importante es ver a un viejo amigo que hace tiempo no veo…—respondió, dejando que su voz se desvaneciera en el aire. Su mirada, sin embargo, revelaba más de lo que quería mostrar. Luego cambió de tema con una energía renovada—: En fin, ¿quieres ver lo que preparé para el banquete?

Orpheus se inclinó ligeramente, mostrando una leve curiosidad.—¿Qué has preparado?—preguntó, dejando que su voz se suavizara.

Lumielle levantó las manos con gracia, creando una esfera de luz que flotó entre ellos, como un susurro del sol atrapado en cristal. Dentro de la esfera, apareció un niño. Tan pequeño, tan frágil, pero al mismo tiempo tan lleno de una calma que irradiaba pureza. El rostro del niño era casi idéntico al de Lumielle.

—Lo llamo Lumen—dijo Lumielle con una sonrisa tímida, casi como si temiera que sus palabras no pudieran capturar lo que sentía—. Creé a Lumen para que fuera un reflejo de mí misma, pero también de algo más. Quería dar a la creación la capacidad de adaptarse a todo, de comprender todos los caminos sin ser juzgado. Un ser que nunca se sintiera extraño en ningún lugar. Un ser que fuera amado, por encima de todo.

Orpheus la observó en silencio, admirando el niño de luz, el brillo de su rostro perfecto. Y algo en su interior lo estremeció. No era solo la belleza de la creación de Lumielle lo que lo cautivaba, sino la pureza de su intención, la voluntad de crear algo que pudiera ser más que perfecto: algo que pudiera ser entendido y aceptado.

—Es... hermoso.

Antes de que pudiera decir algo más, Naver, siempre impaciente, interrumpió.—Vamos, que se nos hace tarde. No podemos quedarnos aquí mucho más.

Lumielle sonrió con un gesto rápido, y la esfera de luz se desvaneció en el aire, dejando solo una suave resplandecencia en la palma de su mano. Luego, con una mirada fugaz a Orpheus, se volvió y siguió a los demás.

Aquella sala conectaba con una amplia explanada. A diferencia del resto de las instalaciones, el lugar estaba deteriorado, consumido por la vegetación. Las plantas, oscuras y marchitas, parecían estar enfermas. Brathiel miró las pobres especies agonizando de dolor. Eso era lo que los árboles de plata le susurraban con miedo. ¿Cómo no temerle a este lugar si sus hermanas se estaban muriendo, consumidas por esa extraña oscuridad?

Mientras tanto, Lumielle hizo que pequeñas esferas de luz se dispersaran por el lugar, facilitando la visibilidad. Orpheus, por su parte, se acercó a una de las enormes columnas que rodeaban la explanada, adornada con relieves, al igual que las que habían encontrado al entrar. Era difícil entender los esgrafiados debido al deterioro y la hierba que las cubría. De repente, la tierra tembló bajo sus pies y el cielo nocturno que decoraba el lugar se rasgó. De la grieta emergió la silueta de una criatura colosal, con escamas negras que parecían el mismo cielo nocturno. Un rugido ensordecedor llenó el aire mientras el reptil gigantesco emergía de la oscuridad. El cuadrúpedo descendió en el centro de la explanada, haciendo temblar todo a su paso. Era enorme, pero su larga cola lo hacía parecer aún más imponente.

Brathiel , sin perder la compostura, susurró por lo bajo—Con que eso era lo que los árboles de plata temían.

Naver, sin apartar la vista de la criatura, exclamó con asombro—¡Mira esos ojos enormes! Brathiel , ¿crees que pueda domarlo?

Brathiel sacudió la cabeza, serio. Lumielle, con tono expectante, miró a Orpheus y preguntó:

—Tú, que has leído tantos libros, ¿sabes qué es esto?—El silencio se apoderó del grupo. Orpheus tensó el cuerpo.

—Eso… es un destructor de mundos. Según lo que sé, Serea lo creó para acabar con aquellos mundos que consideraba un fracaso, mucho antes de crear el actual mundo mortal.

Los ojos de Naver se abrieron de par en par. Su deseo de domar a la criatura creció aún más. Pero antes de que pudieran reaccionar, la bestia tomó impulso. Con un salto descomunal, sacudió el suelo, y del cielo cayeron bolas de fuego en todas direcciones.

—¡Todos, corran! —gritó Orpheus instintivamente.

El caos estalló. Brathiel reaccionó al instante, invocando las raíces robustas de la vegetación enferma del lugar. Con ellas, arrastró a Lumielle hacia un costado, resguardándola del embate de la bestia. Mientras tanto, Naver agarró a Orpheus y, en un parpadeo, los transportó al centro de la sala. Orpheus apenas tuvo tiempo de procesar lo que acababa de ocurrir. “¿Acaba de teletransportarnos?” pensó. Durante todo el tiempo que había estado ausente, sus hermanos habían aprendido a dominar mejor sus habilidades. No solo eso, también habían aprendido nuevas. Por un momento, se sintió agobiado. Era un dios, pero el más débil en comparación con ellos, lo cual le causaba un gran complejo.

El rugido de la bestia lo devolvió a la realidad. La criatura se estrelló contra una de las sólidas paredes del recinto, haciendo temblar el lugar. Grandes escombros de las columnas caían al suelo debido al impacto.

Brathiel , aún jadeante, frunció el ceño—Hay que acabar con esa cosa antes de que derrumbe el lugar. Está haciendo demasiado ruido.

—No podemos matarla. Si Serea descubre que la bestia ya no está, sospechará. ¡Tenemos que salir de aquí, solo evadiéndola! —replicó Orpheus, con urgencia.

La bestia, con su enorme cuerpo bloqueando la única salida, dejó claro que no los dejaría escapar fácilmente. Orpheus miró a Naver

—¿Puedes movernos a los cuatro fuera de aquí?

Naver, aún mareado por el esfuerzo de la teletransportación, respondió con tono arrogante—¿Movernos? Esa cosa va a ser mi nueva mascota.

La confusión se apoderó del grupo por un instante, pero la bestia no les dio tiempo de aclarar el malentendido. Con un movimiento veloz, disparó su lengua como un látigo, generando una ráfaga de viento que amenazaba con alcanzarlos. Sin pensarlo dos veces, Lumielle concentró su energía y lanzó un orbe de luz contra la criatura, haciéndola volar hasta el otro lado de la sala. Brathiel aprovechó la distracción y, con las raíces, arrastró a Naver y a Orpheus a una zona segura.

Naver, sin embargo, no tenía intenciones de irse sin esa bestia.

—¡No se queden quietos! ¡corran! ¡Viene de nuevo! —gritó Brathiel .

El camaleón, con un rugido gutural, avanzó a gran velocidad. Lumielle, con el corazón latiendo con fuerza, miró a su alrededor y preguntó preocupada:

—¿Y Naver?

Un grito agudo rompió el caos

—¡Eh! ¡Por aquí, perrita!

Orpheus lo miró, atónito. La estupidez y audacia de su hermano lo dejaban sin palabras. Se arrepintió profundamente de no haberlo noqueado cuando tuvo la oportunidad. Brathiel suspiró, comentando con un tono entre amable y exasperado

—Lumielle, tira otro orbe de luz para noquearlo. Y si quieres, también puedes lanzárselo a la bestia.

Lumielle miró a Brathiel , cuya sonrisa amable no le daba certeza de si hablaba en serio o no.

En ese momento, la criatura lanzó a Naver por los aires. Con la boca abierta de par en par, se preparaba para engullirlo.

—¡Brathiel , atrápalo! —gritó Lumielle mientras formaba otro orbe de luz.

Con reflejos rápidos, Brathiel enredó a Naver con raíces y lo jaló hacia sus espaldas. El grupo corrió desesperadamente hacia la salida, mientras Naver, aún aturdido, murmuraba incoherencias. Los orbes de luz seguían estrellándose contra la bestia, que, al mínimo toque, soltaba fuertes quejidos, pues las esferas le quemaban la gruesa capa de escamas, alcanzando incluso su carne descubierta.

Al llegar a la puerta, Lumielle, sin pensarlo dos veces, propinó un golpe certero a Naver, dejándolo inconsciente. Un silencio tenso se apoderó del lugar. La frágil entrada comenzaba a desquebrajarse, y, por poco, lograron escapar antes de que ésta se derrumbara. Ya en el pasillo, todos soltaron un suspiro de alivio. Brathiel dejó caer a Naver al suelo, quien, al golpearse con el suelo, despertó.

—¿Para qué lo despiertas? Es mejor que permanezca dormido —dijo Lumielle, con paciencia casi agotada. Sabía que con Naver no quedaba otra que tener una vigilancia constante. A la más mínima señal de imprudencia, le recordaba cuán temerario era. Naver, por supuesto, la ignoraba o aprovechaba para burlarse.

Al final, todas las travesuras de Naver siempre terminaban sin consecuencias para él, pero no para los demás. La calma duró poco.

—¿Soy yo o algo se mueve en el techo? —murmuró Naver, recuperando parcialmente el sentido.

Todos alzaron la vista. El techo cambiaba de color, fusionándose con el entorno. La criatura reaparecía, camuflándose en la oscuridad, ocultándose con una facilidad aterradora.

—¡Todos, agarren a Naver! —ordenó Lumielle, preparándose para atacar de nuevo.La bestia abrió la boca, y una esfera blanca comenzó a formarse en su interior, brillando con un resplandor sobrenatural. Lumielle no flaqueó ante la sorpresa. La criatura estaba imitando su poder. Si ese orbe de luz los tocaba, la situación se pondría aún peor.—¡Naver, deja de comportarte como un idiota y llévanos afuera! —gritó Lumielle.

Naver, de mala gana, los transportó al exterior del Ala Sur. Lumielle cayó de rodillas, intentando recuperar el aliento. Mirando a los otros dioses de pie con total calma, sentía que era la única cuerda que se daba cuenta de lo peligrosa que había sido la situación. “Son unos lunáticos" pensó.

Antes de que Naver pudiera decir alguna tontería, Brathiel le hizo una señal para que guardara silencio. Luego propuso:

—Si aún quieren continuar con esta aventura… —Orpheus frunció el ceño. Aunque no lo demostraba, estaba molesto. Sabía que lo que hicieron había sido imprudente, sobre todo por la actitud de Naver, aunque no se lo dijera directamente.—Vi al menos tres salas interesantes mientras recorríamos el lugar. Podríamos explorarlas una por una. No hay que ser codiciosos. Así estaremos ocupados hasta el día del banquete.

Lumielle, incorporándose, sugirió:

—Llevemos con nosotros las reliquias que Serea nos dio… por si vuelve a aparecer otro de esos gigantes.

—Me parece bien. Me iré con Naver. Creo que necesitamos hablar sobre sus acciones de hoy. —Naver tensó el cuerpo. Brathiel era como su gemelo, pues Serea los había creado a los dos a partir de una vid de antaño, por lo que se sentía más cerca de él que de nadie. Pero también le tenía un enorme miedo cada vez que éste lo regañaba con esa sonrisa suya.

El grupo partió hacia el ala de las domus, mientras la tensión comenzaba a disiparse. Al llegar frente a éstas, Naver y Brathiel se fueron juntos. Lumielle miró a Orpheus y sacó de una de sus mangas el libro que había tomado antes.

—Sé que es imprudente tomar algo del Ala Sur, pero dudo que noten que falta. Serea no va allí hace décadas. —le entregó el libro al pelinegro— Gracias por acompañarnos hoy. Espero que mañana no faltes.

Orpheus guardó silencio mientras ella se alejaba en dirección a su domus. Aunque ella ya no podía escucharlo, no dudó en agradecerle en voz baja.

Orpheus se dirigió hacia Aletheia. Entre la inmensidad de los libros, al final de un pasillo, se encontraba una pequeña puerta que conducía a un desván: su habitación. Antes atravesaba el umbral con facilidad, pero con el tiempo su estatura había aumentado, alcanzando casi el metro noventa, y ahora debía inclinarse considerablemente para cruzarlo.

Aquel cuarto permanecía inmutable, igual que el día en que lo dejó. No era precisamente amplio, pero tampoco podía calificarse como estrecho. Una única ventana permitía el paso de la luz, aunque esta se diluía en la penumbra del lugar, otorgándole un aire lúgubre.

Con un suspiro, el joven se despojó de una de las telas adornadas con oro que formaban parte de su túnica negra, el único vestigio de color en su vestimenta. La dejó sobre una silla, junto con los ornamentos dorados que solían sujetar su cabello oscuro y el pendiente que siempre llevaba. Sobre el escritorio, depositó el libro que momentos antes Lumielle le había entregado. Agotado, se dejó caer en su lecho, aflojando la túnica hasta dejar su torso al descubierto. Marcas irregulares, semejantes a cicatrices talladas por un rayo, se extendían por toda su espalda, parte de su pecho y su brazo izquierdo.

De pronto, una diminuta criatura emergió tímidamente de entre las mantas que caían hasta el suelo. Con considerable esfuerzo, trepó por las piernas del dios hasta acomodarse sobre su pecho. Era un pequeño dragón negro de ojos dorados, una cría que se acurrucó contra él, exigiendo su atención con suaves empujones y ronroneos.

Esa era la criatura que Orpheus había creado para el gran banquete. Los dragones. Y aquella cría en especial, aquella cría solía escapar de sus padres, encontrando siempre la manera de llegar hasta él.

—¿Otra vez te escapaste, Oak? Pequeño escurridizo... —murmuró, incorporándose y tomándolo en brazos—. ¿No te dije que no debías salir?Mientras observaba al reptil ronronear satisfecho entre sus manos, su mente evocó la imagen del niño de luz que Lumielle le había mostrado. Aquella nueva raza de orejas puntiagudas, dotada solo de virtudes. Serían amados por muchos, sí, pero también habría quienes buscarían dañarlos, pues la envidia y los celos eran sentimientos comunes entre los mortales.

Pensando en el futuro, Orpheus sintió una punzada de inquietud. ¿Qué haría Lumielle si alguien lastimaba a las criaturas que había creado con tanto cariño?

—Oak... En el futuro, tendrás que proteger a tus amigos y a tu familia —susurró, acariciando la cabeza del pequeño dragón—. Serás el guardián de los hijos de luz.

La cría inclinó la cabeza con curiosidad, incapaz de comprender sus palabras.

—Ojalá me entendieras... —suspiró el dios—. Te pareces a cierto dios que conozco.

Oak, ajeno a sus pensamientos, se giró panza arriba, exigiendo caricias en su vientre con un bufido impaciente.

—Eres igual a Naver... Haces lo que quieres.