NTR Rangers: ¡Poder, Traición, y Placer

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Summary

Otome y sus amigas llevan una vida secreta llena de engaños, pasiones prohibidas y manipulaciones que siempre juegan a su favor… hasta que un giro inesperado las lanza de lleno a un conflicto oculto durante más de un siglo. Lo que comenzó como una serie de infidelidades pronto se convierte en una guerra marcada por traiciones, peleas brutales y la aparición de colosales robots de combate. Acompaña a este explosivo grupo de chicas en una aventura donde la lujuria y la lealtad chocan, y donde el pasado de la humanidad amenaza con devorarlo todo… incluso sus corazones. Guion hecho por: Hozoruz123. Redactado por Chat GPT

Status
Ongoing
Chapters
44
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Inicio, Primera Parte

Hace eones, cuando el cosmos aún ardía en su juventud y bestias colosales rugían sobre un mundo primitivo y salvaje, una raza superior descendió desde las estrellas. Venían de Hercólubus, un planeta de maravillas tecnológicas que desafiaban la comprensión. Los Theoíanos, seres de belleza casi divina, con pieles perfectas y ojos que brillaban como gemas, habían huido de su hogar tras dos guerras apocalípticas que casi los extinguen.

Solo su élite militar —los Guardianes del Poder— los salvó. Seis guerreros legendarios, hombres y mujeres forjados en el fuego de la lealtad absoluta al monarca y a su dios: Yaldabaoth, el dador de todo conocimiento prohibido. Tres de aquellos antiguos titanes sobrevivieron, y con el tiempo, la paz borró sus hazañas, convirtiéndolas en meras leyendas susurradas al viento.

Con su tecnología inimaginable, terraformaron el planeta hostil y lo bautizaron como Tierra. Construyeron ciudades que rozaban el cielo, reinos de oro y mármol eterno. Pero la paz nunca dura.

Un proyecto secreto, llamado Sophia en honor a una brillante científica, dividió al imperio. Algunos lo apoyaron; otros lo temieron. Cuando el monarca dio luz verde, nacieron nuevos seres... y con ellos, la semilla de la traición.

Desde las sombras emergieron los Arcontes: traidores Theoíanos y alienígenas corrompidos por el Demiurgo, una entidad maligna que ya había intentado borrar su raza dos veces. Al frente, una bruja de belleza letal y ambición infinita: Juztizar. Sus ojos violetas ardían con odio puro, su cuerpo envuelto en túnicas negras que apenas ocultaban curvas diseñadas para seducir y destruir. A su lado, sus generales leales: Alecto, un coloso de músculos y cicatrices; Izar, un estratega frío como el vacío.

Su objetivo: el Corazón de la Existencia, el artefacto supremo creado por Yaldabaoth.

El golpe estalló como una supernova. El reino terrestre de Babilonia ardió bajo lluvias de plasma y magia arcana. Titanes mecanizados chocaban contra abominaciones amorfas en campos de batalla donde el suelo se convertía en vidrio fundido. Misiles surcaban el cielo mientras hechizos ancestrales desgarraban la realidad.

Zerek, el joven capitán que había reconstruido los Guardianes con sangre nueva, lideró la resistencia. Seis contra un ejército de traidores. Lucharon sin piedad, hermanos contra hermanos. Solo dos sobrevivieron: Zerek y Aek.

La tormenta rugía. Relámpagos azotaban el cielo negro mientras la lluvia azotaba como balas. Zerek, casco roto, ojo rosa expuesto y brillante de furia, se plantó ante Juztizar. Sangre corría por su armadura destrozada, pero su postura era inquebrantable.

—¡Es el fin, Zerek! —gritó la bruja, su voz sedosa cargada de veneno—. ¡Tu imperio muerto, tu monarca traicionado... y pronto, todo lo que amaste será mío!

Apuntó su cetro negro. Energía oscura crepitó en la punta.

Zerek sonrió con dientes apretados.

—No, Juztizar. Aún tengo un regalo... de mis compañeros caídos.

Aek llegó corriendo, visor empañado por lágrimas.

—¡No lo hagas, hermano! ¡Te matará!

Pero Zerek ya juntaba las manos. Los medallones —fuentes de su poder— abandonaron sus cuerpos. Cuatro flotaron hacia él, brillando con las almas de los caídos.

Gracias por confiar en mí, pensó. Sus recuerdos vivirán... y yo seré el precio.

Un aura dorada lo envolvió. La bruja disparó. Rayos malignos impactaron contra el escudo, explotando en cascadas de fuego negro.

—¡¿Qué demonios es esto?! —rugió Juztizar, disparando de nuevo—. ¡Muere, escoria!

Un rayo perforó el aura, desgarrando el costado de Zerek. Sangre divina brotó, pero él no retrocedió.

—Nunca... subestimes la voluntad de un hombre que lo ha perdido todo —jadeó, girándose hacia Aek—. Que Yaldabaoth te guíe, amigo. Todo... es tuyo ahora.

Con un grito final, liberó el poder acumulado. Cadenas doradas surgieron del vacío, envolviendo a Juztizar y sus generales en ataúdes eternos.

—¡No! ¡Maldito seas, Zerek! —aulló ella, luchando mientras la luz la devoraba—. ¡Este sello no durará eternamente! ¡Volveré... y tomaré todo lo que fue tuyo!

El choque fue cataclísmico. El suelo se agrietó. Cuando el polvo se asentó, los ataúdes cayeron inertes.

Zerek... ya no tenía cuerpo. Su esencia se deshizo en partículas doradas. Aek gritó, cayendo de rodillas.

En un acto desesperado, prohibido, el último guardián realizó un ritual antiguo: talló un muñeco de madera y atrapó el alma de Zerek en él. Un pacto oscuro. Un precio que nadie conocería... aún.

Siglos después, Babilonia era polvo bajo el desierto.

22 de julio de 2027, Irak.

El calor era asfixiante. El profesor Neil y su asistente Carlo avanzaban por una caverna recién descubierta, linternas temblando en sus manos.

—Mira esto, Carlo —susurró Neil, voz ronca—. Arquitectura imposible. Mármol que no existe en la Tierra. Escrituras... que no pertenecen a ningún idioma humano.

Carlo iluminó una cámara oculta. En el centro: una tumba dorada intacta. Alrededor, murales que contaban una guerra olvidada: guerreros cibernéticos contra una hechicera de belleza infernal, rayos negros contra auras doradas.

—¿Profesor... cree que esto sea real? —preguntó Carlo, voz quebrada—. Ese guerrero de ojo rosa... enfrentando a esa mujer...

Neil se acercó al mural central. La hechicera parecía mirarlos directamente, sonrisa cruel, cetro en mano.

De pronto, un crujido sutil. La tumba dorada vibró levemente. Polvo ancestral cayó.

En lo profundo, muy profundo... algo despertó.

Un ojo rosa se abrió en la oscuridad del muñeco de madera olvidado.

Y en algún lugar sellado, una risa femenina, fría y seductora, resonó por primera vez en milenios.

El juego apenas comenzaba.

El polvo del desierto aún flotaba en el aire de la caverna cuando la tapa del ataúd dorado cedió con un crujido que resonó como un trueno lejano. Un pulso de energía arcana, fría y antigua, recorrió la sala, haciendo temblar las linternas en las manos de los dos arqueólogos.

Tres esferas de luz negra y carmesí se elevaron del interior, girando como depredadores antes de solidificarse en figuras humanas.

La primera en materializarse fue ella.

Alta, imponente, dos metros de estatura pura y letal. Cabello blanco como la nieve lunar caía en cascada sobre hombros musculosos pero femeninos, curvas que desafiaban la gravedad envueltas ahora en un vestido blanco ceñido que apareció con un simple chasquido de sus dedos. Sus ojos violetas, no, carmesí profundo, brillaban con malicia antigua. En su mano derecha, el cetro lunar rematado en una esfera sangrante.

Juztizar.

A su lado, un anciano decrépito flotaba dentro de una cápsula de soporte vital alienígena, quemaduras cubriendo lo que quedaba de su carne, pero sus ojos carmesí ardían con la misma hambre. Izar.

Y finalmente, Alecto. Una mujer madura de belleza madura y peligrosa, cuerpo escultural que haría palidecer a modelos de veinte años. Tubos y mascarilla cayeron de su rostro mientras bostezaba con fastidio, quitándose los pepinos de los ojos como si acabara de despertar de una siesta.

—¿Quién osa interrumpir mi capítulo favorito? —gruñó, pero su voz se suavizó al ver a su señora—. Oh. Somos libres.

Neil, el profesor, dio un paso tembloroso hacia adelante, la ambición aún ciega en sus ojos.

—¿Q-quiénes… son ustedes?

Juztizar lo miró como quien observa a un insecto. Su sonrisa era hielo puro.

—Humanos. Sobrevivieron. Qué… decepcionante.

Antes de que Neil pudiera retroceder, un rayo negro brotó de sus dedos. El profesor no tuvo tiempo ni de gritar del todo: su cuerpo se desintegró en cenizas que cayeron como nieve gris.

Carlo cayó de rodillas, lágrimas de terror puro rodando por sus mejillas.

—¡Profesor…!

—Qué lástima —susurró Juztizar, quitándose el polvo del vestido—. No estaban invitados a mi regreso.

—Alecto. Límpialo.

El niño no tuvo oportunidad. El grito de Carlo resonó en la caverna y luego… silencio. Solo olor a carne quemada y muerte antigua.

Juztizar alzó el cetro. El suelo tembló. Rayos negros surcaron las paredes.

—¡Despierten, soldados míos! ¡El mundo volverá a arrodillarse ante mí! ¡Y Zerek… pagará con todo lo que ama!

Su risa retumbó como un trueno mientras la caverna se llenaba de sombras que se arrastraban hacia la salida.

En un lugar desconocido, una habitación iluminada solo por holopantallas rojas de alerta.

Un joven de cabello rubio y ojos violetas intensos observaba un muñeco de madera tallado con rudeza antigua. Sus dedos temblaron al sentir el pulso oscuro que acababa de despertar en el mundo.

—Ella ha regresado —murmuró, voz grave, cargada de un peso que no correspondía a su edad.

El muñeco, pequeño, inerte, pareció girar la cabeza apenas. Una voz ronca, antigua, salió de él.

—Lo sé. Fui un idiota al pensar que los humanos nunca la encontrarían. Prepárate, Aek. Esto apenas comienza.

Dos meses después. Japón.

Las desapariciones se habían vuelto rutina en las noticias. Niños, excursionistas, grupos enteros… desaparecidos sin rastro. La policía estaba ciega. El mundo, inquieto.

En un bosque profundo de las afueras de Tokio, un niño corría entre los árboles, jadeando, sudor empapando su uniforme escolar.

—¡Por favor! ¡No me hagas daño! ¡Mi mamá es policía, ella vendrá!

Temblaba, retrocediendo hasta chocar con un tronco. Arriba, en las ramas, algo se movió. Una sombra alada, hermosa y terrible, descendió lentamente. Alas de ángel negro se desplegaron.

El grito del niño rompió la noche. Los cuervos huyeron en bandadas.

Al día siguiente.

Tomoko, una mujer de belleza madura y voluptuosa, cabello negro largo que caía como seda sobre una figura que aún volvía cabezas a sus treinta y tantos, tomaba café en la cocina. Sus ojos, maternales pero duros, leían la noticia en su teléfono.

«Otro menor desaparecido en bosque de Tokio. Hijo del subdirector de policía entre las víctimas.»

Un escalofrío le recorrió la espalda. Apuró el café con mano temblorosa.

—¿Qué demonios está pasando? —susurró—. Esto ya no es normal.

La puerta se abrió. Su hijo, Masanobu, entró. Rostro pálido, ojos hundidos. El chico bueno, noble, siempre acosado. Siempre sufriendo en silencio.

Tomoko se levantó de inmediato, acercándose con esa calidez maternal que solo ella sabía dar.

—¿Estás bien, cielo? Te veo… peor que nunca.

Masanobu se dejó caer en el sofá, frotándose el rostro con manos temblorosas.

—Mamá… varios compañeros del colegio desaparecieron. Suspendieron clases toda la semana.

Tomoko sintió el frío otra vez. Se sentó junto a él, acariciando su cabello con ternura.

—¿Y… Togawa?

El nombre salió de sus labios antes de que pudiera detenerlo.

Masanobu se tensó visiblemente. La miró con una mezcla de dolor y rabia contenida.

—A ese hijo de puta no le pasó nada —escupió con amargura—. Ojalá hubiera sido él el desaparecido. Sus dos lacayos sí iban en esa excursión al bosque… pero él está perfectamente.

Tomoko tragó saliva. Su mano se detuvo un segundo en el cabello de su hijo antes de seguir acariciándolo.

Claro que Togawa estaba bien.

Ella lo sabía mejor que nadie.

Porque la noche anterior, mientras Masanobu dormía inquieto en su cuarto, Togawa había estado en su cama.

Sus manos ásperas recorriendo su cuerpo. Sus labios posesivos en su cuello. Sus susurros sucios mientras la tomaba con fuerza, como siempre, a escondidas.

Ella había gemido su nombre.

Ella lo había recibido dentro.

Ella lo había protegido.

Y ahora, mientras consolaba a su hijo víctima del acoso de ese mismo hombre… sentía el calor residual entre sus muslos y la culpa quemándole el pecho.

Pero también… el deseo.

Porque Togawa era cruel, dominante, peligroso.

Y ella, a pesar de todo, no podía dejarlo.

No quería dejarlo.

En algún lugar del mundo, Juztizar observaba desde las sombras, sonriendo.

Las piezas se movían.

El dolor apenas comenzaba.

Y era solo el aperitivo de la venganza que estaba por venir.

Tomoko sintió el peso de la culpa aplastándole el pecho mientras abrazaba a Masanobu. Sus manos temblaban ligeramente al acariciar la espalda de su hijo, ese chico noble y frágil que Togawa había pisoteado una y otra vez. Y ella… ella lo permitía. Peor aún: lo deseaba. Cada encuentro secreto con ese bastardo la hacía sentir viva, sucia, adicta.

—Lo siento, hijo… Me alegro de que estés bien. Eso es lo único que importa —susurró, voz quebrada por la mentira.

Masanobu se apartó, ojos llenos de rabia contenida.

—¡Siempre te preocupas por él! ¡Me hace la vida imposible y tú… ojalá se muriera!

Esas palabras fueron un puñetazo. Tomoko palideció. Nunca lo había oído hablar así. La vergüenza la quemó por dentro: tarde o temprano tendría que confesarle que Togawa ya no era solo su bully… pronto sería su padrastro.

El celular vibró. Un mensaje. Togawa.

«Te espero en casa. Te necesito ahora.»

Adjunta, una foto: él desnudo, mano alrededor de su miembro erecto, grueso, venoso. Tomoko mordió su labio inferior con fuerza. El calor traicionero subió entre sus muslos. Contestó rápido, dedos temblando: «Voy para allá. Preparo comida para Masanobu y salgo.»

Se levantó, mintiendo con facilidad criminal.

—Tengo que ir al trabajo, cielo. Te dejo algo de comer. Prométeme que te cuidarás… y si ves algo raro, huye.

Masanobu solo asintió, ojos fijos en la noticia de las desapariciones. No sospechaba que su madre iba a abrir las piernas para el hombre que lo torturaba.

En un motel barato en las afueras, el aire apestaba a sexo, sudor y látex roto.

Akane yacía desnuda en la cama deshecha, cuerpo cubierto de semen seco y condones usados pegados a su vientre y muslos. Cuatro jugadores del equipo de béisbol roncaban alrededor, exhaustos tras horas de turnarse con ella.

Tomó el celular con mano temblorosa. Noticias: otro grupo de estudiantes desaparecido. Debajo, mensaje de Shouya, su novio, el capitán del equipo: «¿Dónde estás, amor? Me preocupas.»

No alcanzó a responder. Kenta, el entrenador fornido, cicatrices en los brazos, se sentó a su lado. Su mano áspera subió por el muslo interno de Akane, dedos rozando su sexo aún hinchado y sensible.

—¿Viendo las noticias, puta mía? —gruñó, voz grave, mientras un dedo se hundía en ella sin permiso.

Akane jadeó, arqueando la espalda.

—S-sí… ahh… veintitrés estudiantes… desaparecidos sin rastro…

Kenta la tomó de la barbilla y la besó con violencia, lengua invadiendo su boca hasta dejar un hilo de saliva al separarse.

—Eres mía. Te protegeremos si esa cosa vuelve.

Sus ojos brillaban con posesividad. Akane lo miró con devoción fingida, pupilas en forma de corazón… pero en el fondo, asco y vergüenza la carcomían. Era infiel. Era una zorra. Y no podía parar.

El celular de Kenta sonó. Genji.

Al contestar, gemidos femeninos salvajes inundaron la línea.

—Escucha esto, cabrón —rió Genji—. Dos putas casadas en plena orgía.

Nanami Honda gritaba como loca mientras el obeso conserje la embestía sin piedad, drogas corriendo por sus venas. A su lado, Otome Sakuragi —cabello rosado, cuerpo de diosa— chupaba miembros ajenos mientras otro la follaba por detrás, ojos en blanco, lengua fuera, semen goteando de su boca y entre sus piernas.

—Pronto tendrás a Akane con nosotros —prometió Kenta, apretando el pezón de la chica hasta hacerla gritar. El gemido se oyó alto por el altavoz.

Genji jadeó de excitación.

—La romperemos como a estas dos. Serán nuestras perras grabadas para siempre.

La llamada cortó. Nanami alcanzó un orgasmo brutal, mordiendo el hombro de Genji hasta sangrar. Otome convulsionaba con un creampie caliente llenándola, perdida en el éxtasis sucio.

En otra zona residencial de lujo.

Kayoko Sakuraba reía con altanería mientras Satoshi —marido de Honami— la penetraba con desesperación animal. Honami, su propia hermana menor, lamía obediente el punto donde sus cuerpos se unían, ojos vidriosos de placer manipulado.

—Son míos. Los dos. Mis esclavos perfectos —susurró Kayoko, dedos enredados en el cabello de ambos.

Satoshi gemía contra sus pechos enormes.

—Kayoko… no puedo controlarme… te necesito más…

Honami, entre lamidas, murmuró:

—Eres todo lo que queremos…

La habitación era un caos de jadeos, piel chocando, incesto y dominación. Pero algo en el aire… un mal presentimiento rozó la nuca de Kayoko. Lo ignoró. El placer era más fuerte.

Calles de Tokio, atardecer sangriento.

Tomoko caminaba rápido hacia la casa de Togawa, tacones resonando, mente dividida entre culpa y deseo. De pronto, gritos.

Un callejón oscuro. Una madre acorralada contra la pared, abrazando a su hijo pequeño. Frente a ellos… una figura imponente.

Armadura negra como el vacío, material desconocido que absorbía la luz. Sin rostro: solo un visor que parpadeaba con jeroglíficos alienígenas. Analizándola.

«Mujer. Treinta años. Energía oscura… aceptable.»

La voz era sintética, inhumana.

El ser avanzó hacia la madre y el niño.

Tomoko sintió el flashback: Masanobu a los seis años, asustado en sus brazos. Algo primal se encendió en ella.

Agarró un tubo metálico de la basura y se plantó frente al monstruo.

—¡Aléjate de ellos, hijo de puta!

Golpeó el suelo con el tubo, desafío puro.

La criatura cargó. Tomoko descargó golpes salvajes: cabeza, torso, brazos. El metal resonaba contra la armadura, pero el ser apenas se inmutaba.

En un movimiento rápido, atrapó su brazo y le clavó una rodilla en el vientre. El aire escapó de sus pulmones. El tubo cayó.

Pero Tomoko no era una damisela. Años de artes marciales brotaron. Rodillazo al abdomen del monstruo. Puños al visor. Patada baja para desequilibrarlo.

La madre y el niño huyeron gritando.

El ser contraatacó. Un revés la mandó contra la pared. Sangre en la boca.

Tomoko escupió, sonriendo con ferocidad.

—No sé qué carajos eres… pero hoy no te llevas a nadie.

El visor destelló rojo. La criatura alzó un brazo que se deformó en una hoja energética.

En las sombras del callejón, ojos carmesí observaban.

Juztizar sonrió desde la distancia.

La madre del chico… tenía potencial.

Y pronto, Togawa tendría una sorpresa.

El mundo se hundía en oscuridad.

Y era el comienzo del verdadero infierno.

El callejón olía a sangre y metal quemado. Tomoko jadeaba, puños ensangrentados, el tubo metálico olvidado en el suelo. Frente a ella, la criatura yacía inmóvil, su “rostro” —un visor agrietado— chisporroteaba mientras un líquido púrpura viscoso brotaba de las grietas.

—¡No creas que te la dejé fácil, hijo de puta! —escupió, limpiándose la sangre de los labios partidos con el dorso de la mano.

La cosa se había levantado una última vez, descargando un golpe brutal en su mejilla que le hizo ver estrellas. Ella respondió con una patada baja que derribó al monstruo y se montó encima como una fiera. Puñetazo tras puñetazo, con toda la rabia de una madre protegiendo lo suyo, hasta romper el visor por completo.

Y entonces lo vio: circuitos alienígenas, cables fundidos, no carne. Una máquina.

—¿Púrpura…? —murmuró, horrorizada, pero no dejó de golpear hasta que el autómata dejó de moverse y empezó a derretirse en un charco humeante.

La niña se acercó temblando, ofreciéndole un pañuelo.

—Gracias… por salvarnos, señorita.

Tomoko tomó el pañuelo, pero al mirar esos ojos inocentes vio a Masanobu de pequeño. Una lágrima traicionera rodó por su mejilla magullada.

—No hay de qué, pequeña —susurró, acariciándole la cabeza con ternura infinita.

La madre, aún abrazando a su hija, balbuceó agradecimientos antes de huir como Tomoko les ordenó.

Sola de nuevo, sacó el móvil con manos temblorosas y marcó.

—¿Tomoko? Ya es tarde… ¿Estás bien? Te oigo agitada.

—Togawa… ven por mí. Ahora. No vas a creer lo que acaba de pasar.

En el desierto de Irak, bajo una bóveda reconstruida con restos de tecnología theoíana, Juztizar observaba decenas de holopantallas. Su cetro crujía bajo sus dedos mientras un punto rojo parpadeaba: soldado eliminado.

Un tic nervioso apareció en su ojo derecho.

—Resistencia… homínida —siseó, sonrisa forzada estirando sus labios perfectos.

Izar, flotando en su cápsula vital, habló con voz metálica y quebrada.

—Mi señora, si lo ordena, investigaré personalmente. Tal vez Zerek haya decidido aparecer.

Juztizar soltó una risa fría.

—Ve. Ataca sin contemplaciones. Que el mundo recuerde a sus antiguos dioses. Captura a los que tengan energía oscura útil… y, de paso, tráeme una malteada. Dicen que es deliciosa entre estos monos.

Izar parpadeó confundido, pero obedeció y se desvaneció en un destello negro.

—Alecto —ordenó Juztizar, girándose hacia la general musculosa—. Despierta a los demás. Quiero que Zerek vea que su sacrificio fue inútil. Siento su esencia… aún late en algún lugar. No podrá esconderse eternamente.

Alecto golpeó el pecho con el puño.

—¡Sí, mi señora!

La hechicera se quedó sola frente a las pantallas, rayos carmesí crepitando alrededor de su silueta.

—Esto se pone interesante. Veamos cuánto aguantan los humanos antes de quebrarse.

Base secreta subterránea, Japón.

Aek caminaba de un lado a otro frente a las holopantallas, cabello rubio revuelto, ojos violetas llenos de urgencia.

—Zerek, esto se está yendo al carajo. Dos meses y ya controlan zonas enteras. Tenemos que actuar.

El muñeco de madera, posado sobre la consola, habló con voz grave y antigua.

—Calma, Aek. El problema no es solo Juztizar… es si encontraremos portadores dignos. Los medallones necesitan energía pura. Los humanos de hoy… dudo que resistan.

Aek sonrió con picardía.

—Tú mismo dijiste que no perdiera la fe en ellos. Y mira esto.

Giró una pantalla: cinco firmas energéticas brillando con intensidad inusual.

Zerek guardó silencio un segundo.

—Mierda… No hay opción. Tráelos aquí. Ahora.

Aek tecleó frenético. Las coordenadas se fijaron.

Pero las alarmas aullaron.

Una holopantalla mostró el caos en directo: Izar materializándose en pleno centro de Tokio con un ejército de autómatas negros alados.

—¡Sin misericordia! —ordenó el general con voz distorsionada—. ¡Capturen a los de energía oscura útil! ¡Al resto… mátenlos como ganado!

Los civiles corrían despavoridos. Explosiones. Gritos. Alas negras desplegándose en el cielo diurno.

Aek maldijo.

—¡Izar, viejo hijo de puta! ¡Trae a esa gente YA!

Tokio ardía.

Tomoko oyó las explosiones lejanas mientras esperaba en la calle. El rugido de una moto la sacó del trance. Togawa frenó en seco, casco en mano, ojos abiertos por el humo que subía al cielo.

—¿¡Qué coño está pasando!?

—¡Mi hijo! —gritó ella, voz quebrada—. ¡Las explosiones vienen de cerca de casa!

—Sube. Vamos por él.

Tomoko se aferró a su cintura mientras la moto aceleraba hacia el infierno.

En un hotel de lujo manchado de sexo y drogas.

Genji maldecía frente al televisor, aún desnudo, viendo cómo los autómatas masacraban calles enteras.

—¡Justo ahora, cabrones! ¡Estábamos en lo mejor!

Otome, cabello rosado revuelto, semen seco en los muslos, se tapó la boca horrorizada.

—No… esto no puede ser real…

De pronto recordó: Kazuki. Megumi. Su familia.

Se levantó de un salto, pero uno de los hombres la sujetó.

—¡Suelta! ¡Tengo que ir con ellos!

—¡Es suicidio, mujer!

Nanami, temblando en la cama, pensó en Shuuichi… y en Claude, su vecino con el que también se acostaba a escondidas.

“¡Shuuichi… Claude…!”

Sus vidas pendían de un hilo. Y su salvación, irónicamente, estaba en manos del cerdo obeso que las había corrompido.

En otra parte de la ciudad.

Akane vio las noticias en el móvil mientras Kenta la tomaba por detrás en el motel barato. Se congeló al reconocer la zona del ataque: cerca de donde vivía Shouya.

El entrenador gruñó en su oído.

—Parece que tu noviecito está en problemas, puta. Mejor reza para que no lo capturen… o tal vez sí. Así serás solo mía.

Akane jadeó, mezcla de terror y placer forzado, mientras el caos se extendía.

En la casa de los Sakuraba.

Kayoko, aún desnuda entre Satoshi y Honami, vio la transmisión en directo. Un escalofrío real la recorrió esta vez.

—Esto… cambia las reglas del juego.

Satoshi, aún dentro de ella, murmuró confundido.

—¿Qué hacemos, ama?

Kayoko sonrió con malicia, pero sus ojos traicionaban inquietud.

—Sobrevivir. Y follar más fuerte mientras podamos.

Tokio se convertía en un matadero alienígena.

Y en medio del caos, cinco firmas energéticas brillaban como faros.

Los nuevos portadores estaban a punto de ser arrastrados al infierno.

Algunos de ellos… ya estaban demasiado rotos por dentro para resistir lo que venía.

El verdadero juego de Juztizar apenas comenzaba.

Y el dolor, la traición… serían las armas más crueles de todas.

El caos devoraba Tokio. Explosiones retumbaban como truenos artificiales, columnas de humo negro ascendían al cielo mientras sirenas y gritos se fundían en una sinfonía de terror.

Akane corría descalza por las calles rotas, mano aferrada a la de Kenta. El entrenador la arrastraba con fuerza bruta, sudor y miedo pegados a la piel. Aún olía a sexo rancio del motel, pero ahora solo olía a muerte.

—¡Kenta… tengo miedo! —gritó ella, voz quebrada.

Un autómata descendió como un ángel negro. Sus alas metálicas cortaron el aire. Agarró a un civil por el cuello y ascendió, desapareciendo en el cielo con su presa colgando inerte.

Akane palideció.

“Shouya… por favor, estate bien”, susurró para sí misma, mientras el nombre de su novio —el chico noble que ella traicionaba una y otra vez— le quemaba en el pecho como culpa viva.

Plaza central.

La policía formó un círculo tembloroso alrededor de Izar. El general flotaba en su cápsula vital, visor naranja brillando bajo el sol.

—¡Ríndete! ¡Te tenemos rodeado! —gritó el oficial al mando, pero su voz temblaba.

Izar soltó una risa mecánica, distorsionada.

—¿Con esos juguetes primitivos? En minutos serán carne picada bajo mis tentáculos.

—¡Abran fuego!

Balas llovieron. Impactaron contra una barrera esmeralda y rebotaron como gotas de lluvia.

Izar alzó los brazos. Compartimentos se abrieron en su cápsula. Ocho tentáculos mecánicos surgieron como serpientes de acero. Atravesaron abdómenes, cortaron cuellos, decapitarion con precisión quirúrgica. Sangre salpicó el asfalto.

En la base secreta, Aek apartó la mirada de la holopantalla, estómago revuelto.

—Mierda… —masculló, puños apretados hasta sangrar.

Zerek, desde el muñeco de madera, habló grave.

—No mires. Solo acelera el transporte.

Casa Sakuraba.

Kayoko, Satoshi y Honami veían la masacre en directo por televisión. Honami se aferró a su marido, temblando. Kayoko sintió un pinchazo de celos venenosos… seguido de algo nuevo: miedo real.

—Huyan ustedes dos —ordenó con voz fría, agarrando una pistola y un tubo de acero—. Yo me quedo.

—¡Estás loca! —gritó Honami.

—¡No te dejaremos! —añadió Satoshi.

Kayoko los miró con determinación sádica.

—He dicho que huyan. No acepto un no.

Los empujó fuera. Cerró la puerta. Se quedó sola, desnuda aún por el trío anterior, arma en mano.

—No huiré de unas latas con alas —susurró, sonrisa torcida—. Vendrán… y aprenderán quién manda aquí.

Base secreta.

Las cinco mujeres aparecieron en un destello blanco cegador.

Tomoko, ropa rota y sangre seca en el rostro.

Akane, en ropa interior prestada de Kenta.

Kayoko, completamente vestida, tubo y pistola aún en manos.

Nanami y Otome… completamente desnudas, cuerpos marcados por horas de orgía: semen seco, mordidas, piel enrojecida.

—¿Dónde… estamos? —preguntó Otome, llevándose las manos al pecho descubierto sin verdadera vergüenza.

Akane miró alrededor, ojos azules llenos de confusión.

—¿Morimos?

Tomoko se tocó el cuerpo magullado.

—Yo siento todo… demasiado real.

Kayoko soltó una risa seca.

—Dejen de lloriquear como princesas. Nos trajeron aquí. Punto.

Sus ojos recorrieron los cuerpos desnudos de Nanami y Otome con desdén… y un toque de envidia.

—Tú, pelirrosa, y la otra… mala suerte. Vinieron sin ropa. Aunque admito —miró a Tomoko— que tienes unas tetas impresionantes.

Nanami chilló y se cubrió con las manos, rostro ardiendo.

Otome, en cambio, ni se inmutó. Estaba más que acostumbrada a ser vista así.

La puerta corrediza se abrió con un siseo hidráulico.

Aek entró.

Y el aire cambió.

Cabello rubio recogido en coleta alta, ojos violeta profundos como galaxias, rasgos perfectos que no parecían humanos. Cuerpo fornido, marcado bajo la armadura ligera theoíana. Belleza etérea, peligrosa, magnética.

Las cinco se quedaron mudas.

Tomoko tragó saliva. El corazón le latió más fuerte de lo que debería.

Akane sintió un calor traicionero entre las piernas, olvidando por un segundo a Shouya.

Kayoko apretó la pistola… pero sus ojos lo devoraron con hambre nueva.

Nanami se cubrió mejor, pero sus pezones se endurecieron visiblemente.

Otome apretó los muslos, un gemido casi escapando de sus labios. Ya quería arrodillarse.

Aek las miró con seriedad absoluta. Extendió la mano, voz firme como acero.

—No hay tiempo para explicaciones.

El suelo tembló levemente. Alarmas rojas parpadearon.

—El mundo está cayendo. Y ustedes cinco… son las únicas que pueden detenerlo.

Sus ojos violetas brillaron con urgencia.

—Necesitamos su ayuda. Ahora.

Fuera, Izar seguía su matanza.

Dentro, cinco mujeres rotas por deseo, culpa y traición… estaban a punto de convertirse en algo más.

En armas.

En guardianas.

O en las peores pesadillas de Juztizar.

El destino acababa de forjar su alianza más improbable.

Y el placer de la infidelidad que las había quebrado… ahora las uniría en la guerra más oscura de todas.

El pasillo subterráneo era frío, iluminado por luces blancas que parecían flotar sin fuente visible. Aek caminaba delante, su traje blanco ceñido marcando cada músculo de su espalda ancha, brazos definidos, piernas poderosas. Las cinco mujeres lo seguían en silencio, pero sus ojos lo devoraban sin disimulo.

Kayoko se lamió los labios con descaro, imaginando cómo sería tenerlo debajo, dominándolo como hacía con Satoshi y Honami. Tomoko sentía un calor culpable subiendo por su vientre —aún olía a Togawa en su piel, pero este joven… era otra cosa. Akane apretaba los muslos, comparándolo en silencio con Kenta y Shouya: ninguno llegaba ni a los tobillos de esta belleza alienígena. Nanami y Otome, desnudas, ni siquiera intentaban cubrirse ya; sus pezones endurecidos traicionaban el deseo crudo que las invadía.

Aek carraspeó fuerte, mejillas ligeramente sonrojadas.

—Señoritas… agradezco que mantengan sus pensamientos… menos explícitos por ahora. Especialmente usted, señorita Kayoko.

Las cinco se congelaron.

Kayoko palideció, rostro ardiendo.

—¿Cómo sabes mi nombre? ¿Acaso tú… lees la mente?

Aek la miró directo, sin parpadear.

—Sí. Y sé exactamente lo que imagina hacerme con esa lengua.

Un murmullo nervioso recorrió al grupo. Otome dio un paso al frente, pechos al aire, furia y determinación en los ojos.

—¡Basta de juegos! ¡Mi familia está allá afuera! ¡Kazuki, Megumi… necesito salvarlos!

Aek sonrió levemente, impresionado por su valentía.

—Tienen razón. Las respuestas no vienen de mí. Vengan.

La compuerta se abrió con un siseo. Una sala circular enorme, paredes cubiertas de pantallas holográficas, consolas flotantes, tecnología que desafiaba toda lógica humana.

Las chicas se quedaron boquiabiertas.

Akane, curiosa, extendió la mano hacia una pantalla táctil.

—¡No toques eso!

La voz estridente la hizo saltar hacia atrás.

Aek puso una mano amable en su hombro.

—Disculpa a mi maestro Zerek. Es… un poco brusco.

Akane se sonrojó hasta las orejas ante el contacto. La calidez de su mano era noble, protectora. Nada que ver con las manos ásperas y posesivas de Kenta.

Kayoko cruzó los brazos, altanera.

—¿Estás de broma? ¿Vamos a arriesgar la vida por juguetes alienígenas?

Otome, voz temblando:

—¡Tengo esposo e hija! ¡No quiero morir aquí!

Zerek habló de nuevo, frío.

—No tema por usted, señorita Sakuragi. Tema por ellos.

Tomoko explotó.

—¡Si tocas a mi hijo te juro que…! ¡Deja de esconderte, cobarde!

Nanami la sujetó suavemente.

—Cálmate… no sabemos de qué son capaces.

La voz resonó desde abajo.

—Si tanto me buscan… miren al suelo.

Allí estaba: un muñeco de madera tallado como campesino antiguo, brazos cruzados, zapateando impaciente con su pie de madera.

Tomoko parpadeó.

—Esto tiene que ser una puta broma.

En la superficie, Tokio ardía.

Togawa frenó la moto en medio del caos, buscando a Tomoko entre la multitud aterrorizada. Su mente barajó huir, dejar al mocoso a su suerte… pero la foto de ella en su móvil lo detuvo. Ya no era solo sexo. Se había enamorado como un idiota.

Apretó los puños.

—Masanobu… no me jodas, chico.

Aceleró quemando rueda, humo negro tras él.

Otra zona de la ciudad.

Genji jadeaba contra una pared, grasa temblando bajo la camisa empapada.

—Joder… debo bajar de peso…

Gritos femeninos lo alertaron.

En una calle cercana: un hombre de cabello castaño y ojeras profundas blandía un tubo metálico, protegiendo a dos chicas —una niña pelirrosa y una adolescente de cabello castaño con uniforme escolar— rodeados por cinco autómatas.

«Energía oscura apta. Capturar vivos», chirrió uno.

—¡No toquen a mi familia! —bramó el hombre, cargando.

El tubo fue detenido en seco. Golpes brutales lo derribaron. Las chicas gritaron mientras las sujetaban.

Genji tragó saliva. Miedo… y algo más. Vio a la adolescente forcejear, falda subida, piernas blancas expuestas.

—No al chico… pero a ellas…

Buscó un arma. Encontró un trapeador roto.

Cuando un autómata alzó a la niña, Genji cargó.

—¡Suelten a las chicas, latas de mierda!

El trapeador impactó la cabeza del primer soldado con un clang cómico.

Los cuatro restantes se giraron.

Genji palideció.

—¡E-espera, era broma!

Pero su cuerpo gordo se movió con una agilidad imposible: esquivó un tentáculo, giró, golpeó otro casco, derribó un segundo autómata con un barrido bajo. Era torpe, ridículo… pero efectivo.

El hombre en el suelo, la niña y la adolescente lo miraban boquiabiertos.

Genji, sudando como cerdo, sonrió con dientes amarillos.

—Nadie… toca… a las chicas… cuando el gran Genji está cerca.

En la base.

Zerek, desde su cuerpo de madera, observaba las lecturas.

“6000 de energía sexual… ni en la era dorada. Los medallones van a volverse locos con ellas.”

Sudaba. Madera sudando. Imposible… pero el nerviosismo no entendía de lógica.

Aek miró a las cinco mujeres —desnudas, magulladas, rotas por sus propios deseos— y respiró hondo.

—Maestro… están listas.

Zerek suspiró.

—Que los dioses nos ayuden.

Porque cinco mujeres corrompidas por el placer prohibido… estaban a punto de recibir poder divino.

Y cuando el deseo y la venganza se mezclan con energía ancestral…

El mundo nunca vuelve a ser el mismo.

El trapeador giraba en las manos gordas de Genji como si fuera una extensión de su cuerpo. Un último autómata cayó con el casco hundido, chispas púrpura salpicando el asfalto.

—¡Jajajaja! ¡Eso les pasa por meterse con el gran Genji! —rió con voz chillona, fingiendo arrogancia para ocultar el temblor en sus piernas.

La chica castaña —Rinka— se lamió los labios sin disimulo, ojos brillantes de algo más que gratitud.

—Vaya… sí que se mueve bien el gordo.

Antes de que Genji pudiera responder, un autómata derribado se incorporó en silencio. El hombre de ojeras alzó el tubo para advertir, pero un bate de béisbol silbó en el aire y destrozó el visor del monstruo con un crujido húmedo.

Kenta apareció entre el humo, bate apoyado al hombro, sonrisa torcida. Detrás, cuatro de sus jugadores, listos para la pelea.

—¿Haciendo de héroe, Genji? —se burló—. Pensé que estarías ocupado con Akane.

El obeso se rascó la nuca, incómodo.

—Lo estaba… pero desapareció. De la nada. Igual que Nanami y Otome. Esto ya no es normal, hermano. La ciudad está llena de humo… y esas cosas no son humanas.

Kenta miró las columnas negras ascendiendo al cielo.

—Después de hoy, nada volverá a ser igual.

El hombre de cabello castaño se levantó tambaleante, ayudado por Rinka. La niña pelirrosa —Megumi— corrió a abrazar sus piernas, llorando.

—¡Papá! ¡Creí que no lo contábamos!

Él la acarició con ternura, voz ronca.

—Tranquila, Megumi… ya pasó.

Rinka se acercó a Genji y Kenta, mirada coqueta bailando entre ambos.

—Gracias… de verdad. No sé qué habría sido de nosotros sin ustedes.

Por primera vez en su miserable vida, Genji sintió algo cálido y genuino en el pecho. No el placer forzado de sus orgías, sino orgullo real. Lo escondió tras una mueca.

—Bah… solo no quería que tocaran a las chicas.

Kenta murmuró al oído de su amigo.

—Mira cómo nos come con los ojos. Tiene potencial… y esa malicia que nos gusta.

Genji asintió, observando cómo Rinka protegía a su “hermano” con un celo casi enfermizo.

Kenta se acercó a ella. Rinka tragó saliva al tenerlo tan cerca, olor a sudor y violencia.

—No se separen. Los sacaremos de aquí.

Ella sonrió con una mezcla de miedo y deseo insano.

—No seremos molestia… lo prometo.

Genji, al alejarse, besó el mango roto del trapeador.

—Tú sí que me entiendes, preciosa… la única mujer que nunca me falla.

Otra zona de la ciudad.

El rugido de la moto cortó el caos. Togawa frenó en seco frente a Masanobu, que corría despavorido entre escombros.

El chico se detuvo, rostro pálido de odio y sorpresa.

Togawa extendió la mano.

—¡Sube! ¡No hay tiempo!

Masanobu dudó, recuerdos de palizas y humillaciones ardiendo en sus ojos. Pero vio algo nuevo tras el visor del casco: arrepentimiento real.

Sin palabras, tomó la mano y montó.

La moto aceleró.

—¿¡Dónde está mi madre!? —gritó Masanobu sobre el viento.

—¡No lo sé! —respondió Togawa, voz quebrada por primera vez—. Desapareció… de repente. Solo… me pidió que te cuidara.

—¿¡Tú!? ¿¡Después de todo lo que me hiciste!?

—¡No es momento, mocoso! ¡Agárrate!

Un grupo apareció huyendo: Satoshi disparando su pistola descargada, Honami tomada de su mano, Shuuichi Honda blandiendo un tubo afilado como lanza. Tres autómatas los acorralaban.

—¡Tenemos que ayudarlos! —gritó Masanobu.

Togawa soltó una risa amarga.

—¿Siempre fuiste tan héroe? Bien… agárrate fuerte.

Aceleró a fondo. La moto embistió al primer autómata. Masanobu, tubo en mano, descargó un golpe brutal en el visor del segundo con la inercia, mandándolo a volar en una explosión de chispas púrpura.

Los tres adultos los miraron boquiabiertos.

Masanobu bajó, ayudando a Satoshi a levantarse.

—¿Están bien?

Satoshi agachó la cabeza, vergüenza y derrota en el rostro.

—Logramos huir… pero…

Honami habló, voz temblorosa.

—No hay salida. Toda la ciudad está cercada. El ejército se rindió. Escuché en la radio: están creando refugios, no contraatacando. Estas cosas… se teletransportan. Se llevan gente.

El cielo diurno se oscureció con humo infinito.

Masanobu murmuró, corazón apretado.

—Mamá…

Cerca del instituto.

Shouya lideraba la resistencia estudiantil con precisión letal. Bates, tubos, artes marciales: los autómatas caían uno a uno bajo su mando. Como capitán, sabía mantener la calma en el infierno.

Un grito femenino lo detuvo.

—¡Ayuda! ¡En la enfermería!

Sin dudar, corrió seguido de sus compañeros.

La puerta de la enfermería temblaba bajo embestidas metálicas. Dentro, varias chicas gritaban aterrorizadas.

Shouya apretó el bate.

—Aguanten… ya vamos.

Pero en su mente solo había un nombre: Akane.

¿Dónde estás…?

Tokio había caído.

Y mientras los hombres luchaban por sobrevivir en la superficie, cinco mujeres traicionadas por sus propios deseos… estaban a punto de despertar un poder que ni ellas mismas entenderían.

El verdadero infierno apenas comenzaba.

Y esa herida abierta en sus almas, sería el combustible perfecto para lo que se venia.

El bate silbó en el aire y se hundió en el casco de un autómata con un crujido metálico. Shouya jadeaba, sudor corriendo por su frente, mientras otro soldado lo agarraba del cuello y lo estampaba contra la pared. El visor rojo del monstruo se acercó, listo para el golpe final.

—¡Shouya!

Un compañero del equipo de fútbol americano —un coloso de casi dos metros— cargó como un toro y embistió al autómata contra el concreto, agrietando la pared. Shouya aprovechó: patada brutal al abdomen metálico, seguida de una lluvia de batazos hasta que un golpe final lo mandó volando por la ventana. El cuerpo mecánico cayó tres pisos y explotó en chispas púrpura.

Abrieron la puerta de la enfermería de un puntapié. Dos chicas aterrorizadas salieron corriendo y se lanzaron a los brazos de Shouya, temblando.

—Nos salvaste… —susurró una, voz temblorosa de alivio y algo más profundo, apretando su cuerpo contra él.

Shouya se sonrojó hasta las orejas.

—No… no hay tiempo. Corran. Puede haber más.

El grandulón soltó una carcajada.

—Tranquilo, capitán. No es momento de ligar.

—Calla… sigamos buscando sobrevivientes.

Plaza principal de Tokio. Un cementerio de cuerpos policiales.

Izar flotaba entre cadáveres destrozados, tentáculos mecánicos goteando sangre. Una oficial hermosa intentó disparar a quemarropa. El brazo del general se transformó en sierra circular y la cortó por la mitad en un solo movimiento. El grito fue breve, agónico. Las vísceras se derramaron como serpientes rojas sobre el asfalto.

—Frágiles —suspiró Izar con voz distorsionada—. Siglos y siguen siendo débiles.

Los sobrevivientes huyeron. Helicópteros policiales rugieron en el cielo.

—¡Objetivo fijado!

El jefe de policía, desde el helicóptero principal, apretó los dientes. Acababa de ver cómo esa cosa masacraba a una de sus amantes secretas —una oficial de curvas perfectas que esa misma mañana había gemido su nombre en un motel.

—¡Disparen!

Ametralladoras vomitaron fuego. Las balas se detuvieron en el aire frente a una barrera esmeralda, cayendo luego como lluvia inofensiva.

Izar alzó la vista. Su visor destelló.

—Cobardes.

Un tentáculo se alargó imposiblemente, rompió la cabina del helicóptero líder y atrapó la cabeza del piloto. El cráneo estalló como fruta madura, salpicando sangre y sesos sobre el jefe.

La nave cayó en espiral.

En tierra, Tao —agente de origen chino, rostro hermoso endurecido por el dolor— vio cómo el helicóptero se estrellaba contra un edificio. El fuego se reflejó en sus ojos. Otra amante del jefe muerto. Su hijo desaparecido. Todo perdido.

Explosión. Gritos por radio. Luego… estática.

Izar chasqueó sus tenazas.

—Acabemos esto.

Un chirrido ultrasónico invadió las frecuencias de los restantes helicópteros. Pilotos se llevaron las manos a la cabeza. Cráneos se hincharon grotescamente. Explotaron uno tras otro en lluvias de sangre y hueso. Las naves cayeron como meteoros, sembrando más muerte.

Izar rugió al cielo vacío.

—¡Si aún viven, guardianes… muéstrense! ¡No puedo esperar más!

Base secreta.

Las cinco mujeres miraban al muñeco de madera con incredulidad absoluta.

Akane se dio cuenta de que su falda prestada era demasiado corta y se cubrió las bragas con las manos, rostro ardiendo.

Kayoko explotó.

—¿¡Qué clase de broma enferma es esta!? ¡No tengo tiempo para marionetas parlantes!

Nanami temblaba, tapándose los ojos.

—Debe ser un sueño… sí, después de una noche loca con mi amante, borracha… despertaré.

Zerek habló con calma inquietante desde su cuerpo diminuto.

—No es sueño, señorita Honda. Desde que entraron, sé todo sobre ustedes. Aek también.

Señaló una por una.

—Kayoko Sakuraba. Nanami Honda. Otome Sakuragi. Akane. Tomoko.

Otome palideció. Sus orgías, sus amantes, la duda sobre quién era el verdadero padre de Megumi… todo expuesto.

Aek, junto a la consola, golpeó el panel con furia contenida al ver las imágenes de Izar arrasando la ciudad.

—¡Mierda! ¡Avanzan demasiado rápido!

Zerek alzó sus bracitos de madera. Cinco medallones dorados se materializaron en el aire, flotando con luz propia.

—Estos medallones contienen la bendición de Yaldabaoth… y las memorias de los antiguos guardianes. Al fusionarse con ustedes, se convertirán en las nuevas Guardianas del Poder.

Miró a cada una con una mezcla de esperanza y temor.

—Sé que cargan con vidas… complicadas. Infidelidades. Secretos. Dolor. Pero el planeta no tiene a nadie más.

Kayoko dio un paso al frente, brazos cruzados, mirada afilada.

—¿Y qué ganamos nosotras? ¿Cómo sé que no usarás lo que sabes de nosotras para chantajearnos si decimos que no?

Silencio pesado.

Las cinco se miraron.

Sus pasados las habían roto: traiciones, deseo insaciable, culpa que las devoraba por dentro.

Y ahora… el destino les ofrecía poder absoluto.

Poder para salvar a sus familias.

Poder para vengarse.

O poder para caer aún más profundo en la oscuridad que ya llevaban dentro.

Zerek bajó la cabeza.

—No las obligaré. Pero si dicen que no…

En la pantalla, Izar destruía otro bloque entero.

—…entonces todo lo que aman morirá hoy.

Las medallones brillaron con más intensidad, como si esperaran una respuesta.

Cinco mujeres infieles.

Cinco almas manchadas por el placer prohibido.

A punto de convertirse en las últimas esperanzas de la humanidad.

El silencio se rompió con una sola palabra.

Una de ellas habló.

Y el destino cambió para siempre.

El silencio en la sala era denso, cargado de dudas y miedos que ninguna de ellas había confesado jamás.

Zerek habló desde su cuerpo de madera, voz grave y antigua.

—Tienen razón. Podría amenazarlas con revelar sus secretos. Pero no soy ese tipo de ser. No obligo a nadie. La decisión es suya. Solo recuerden: cada minuto que pasa, alguien muere o desaparece.

Aek interrumpió, tecleando rápido en la consola.

—Maestro… mira esto. Civiles resistiendo.

Las holopantallas se encendieron con imágenes en directo del caos en Tokio.

Y allí estaban ellos.

Otome vio a Kazuki protegiendo a Megumi con un tubo roto, rostro ensangrentado.

Tomoko vio a Masanobu y Togawa, espalda con espalda, luchando contra autómatas.

Akane vio a Shouya liderando un grupo de estudiantes, bate en mano.

Nanami vio a Shuuichi entre los sobrevivientes.

Kayoko vio a Satoshi y Honami huyendo, tomados de la mano.

El horror les apretó el pecho como una garra.

—¡Mi hija… mi marido! —gritó Otome, lágrimas cayendo.

—¡Masanobu… Togawa! —Tomoko, voz quebrada.

—¡Shouya…! —Akane, puños apretados.

—¡Shuuichi! —Nanami, mano en el pecho.

—¡Mierda… Satoshi y Honami no durarán solos! —Kayoko, ojos ardiendo.

Aek miró a Zerek con complicidad. El anzuelo estaba clavado.

Zerek suspiró.

—Si aceptan, sus secretos morirán conmigo. Lo juro por Yaldabaoth. A cambio… detengan esta masacre.

Las cinco se miraron. Desconocidas unidas por la misma cadena invisible: infidelidad, deseo prohibido, culpa que las devoraba.

Otome dio un paso al frente, lágrimas secándose en furia.

—Dinos qué hacer.

Los medallones flotaron hacia ellas. Se incrustaron en sus pechos con un brillo dorado cegador. Un torrente de energía pura recorrió sus venas.

Nanami jadeó, manos recorriendo su cuerpo desnudo de forma instintiva, sensual.

—Siento… todo más intenso. Energía… deseo…

Otome apretó los muslos, euforia salvaje.

—¡Me siento invencible!

Tomoko flexionó los brazos, músculos marcados bajo la piel.

—¡Voy a destrozarlos! Nadie toca a mi cachorro.

Kayoko sonrió con arrogancia peligrosa.

—Estos idiotas aprenderán quién manda aquí. No soy una heroína de cuento… soy yo.

Akane sintió el poder arder, pero también la culpa.

Zerek habló rápido.

—Serán teletransportadas a zonas clave. Eliminen autómatas rápido: aprenden de sus ataques. Izar es letal a distancia y cuerpo a cuerpo. Juega con la mente. Usen su morphosis cuando estén listas.

—¿Morphosis? —preguntó Tomoko.

—Transformación —explicó Aek—. Reflejará sus deseos más profundos… y sus pecados más oscuros. Se adaptará a ustedes. Úsenla con sabiduría.

Otome asintió, solemne.

—No sé por qué confían en nosotras… pero no fallaré. Por mi familia.

Zerek inclinó la cabeza.

—Que Yaldabaoth las guíe.

Aek presionó el botón.

Destellos blancos.

Nanami chilló mientras desaparecía.

—¡Esperen! ¡Al menos denme ropa!

Otome fue la última en desvanecerse, mirada decidida.

En la sala vacía, Zerek y Aek se miraron.

—¿Crees que fue buena idea? —preguntó Aek, sonrojado—. Esas memorias… nunca vi tanta… intensidad.

Zerek tragó saliva (madera tragando saliva).

—La pelirrosa… Otome… ¿cómo demonios aguanta tanto? Pero aún ama a su familia. Eso es lo que importa. Solo espero que sus demonios no las consuman.

Tokio. Parque arrasado.

Akane apareció en medio del horror.

Cuerpos destrozados. Sangre. Un niño pequeño colgando inerte de la garra de un autómata, cuello roto.

El monstruo lo partía como papel.

El grito del niño —ya muerto— resonó en su mente.

Akane se quedó helada.

Flashback: el embarazo perdido. El hijo que nunca nació por su culpa, por su traición a Shouya.

La ira explotó.

—¡Déjenlo… malditos!

Cargó.

Patada brutal. El autómata voló, chocó contra un auto. Explosión. Llamas.

Akane tomó al niño… demasiado tarde. Cabeza colgando sin vida.

Lágrimas de rabia.

—¿¡Cómo pudieron… a un niño!?

Los autómatas restantes se giraron, visores rojos brillando. Risa mecánica.

Akane se lanzó.

Puñetazo al casco. Patada giratoria. Esquivó un láser detrás de un árbol.

El poder nuevo ardía en sus venas.

Pero también el trauma.

Y en algún lugar profundo… el deseo oscuro de destruir todo lo que le recordara su culpa.

Las otras cuatro aparecieron en sus zonas.

El morphosis aún dormía.

Pero pronto despertaría.

Y cuando cinco mujeres rotas por el deseo prohibido liberen su verdadero poder…

Tokio temblará.

Izar pagará.

Y la infidelidad que las marcó… se convertirá en su combustible y su arma más letal.

El escondite de Juztizar en el desierto era un palacio reconstruido de tecnología theoíana, frío y majestuoso. Drones esféricos flotaban como ojos invisibles, proyectando imágenes del caos en Tokio sobre holopantallas carmesí.

La hechicera giraba su cetro entre dedos largos, frustración palpable en su rostro perfecto.

—Zerek… sigues siendo una espina clavada en mi existencia —susurró, voz sedosa y venenosa—. Has enseñado bien a estos insectos a resistir. Pero no durará.

Mordió un trozo de pizza margarita —robada de una cadena humana— y cerró los ojos un segundo, deleitada.

—Aunque… debo admitir que su comida es exquisita.

—Izar.

El general respondió desde la plaza, rodeado de cadáveres.

—¡Sí, mi señora!

—Mantente alerta. Siento a Zerek cerca. Los guardianes despertarán pronto.

—Entendido.

Juztizar sonrió, cetro golpeando el suelo con ritmo lento.

—Veamos quién gana esta vez, viejo amigo.

Parque en ruinas, Tokio.

Akane jadeaba detrás de un árbol quemado, sangre brotando de la herida láser en su muslo derecho. El dolor era fuego líquido. Un autómata alzó el brazo; una granada rodó hacia ella.

Esto es el fin.

La explosión la levantó por los aires.

Pero una figura desnuda irrumpió como un relámpago azul: Nanami. Descalza, pechos rebotando con cada salto, piel brillando de sudor y sangre ajena. La gente en pánico ni siquiera registraba su desnudez; solo veían salvación.

Nanami atrapó a Akane en pleno vuelo, rodando por el suelo para amortiguar el impacto.

—¡Levántate! —ordenó, sujetándola por los hombros, ojos ardiendo—. ¡Llorar no sirve de nada!

Akane miró las manos de Nanami: cubiertas de sangre púrpura y roja.

—Tus manos…

—No es nada. Escucha: tenemos que transformarnos. Ahora.

—¿C-cómo…?

Nanami cerró los ojos. Recordó las palabras de Zerek.

Deseos más profundos… pecados más oscuros.

En su mente: Shuuichi, su esposo. Luego Genji, su amante obeso. Luego Claude, el vecino francés que la tomaba contra la pared mientras Shuuichi trabajaba.

El calor subió por su vientre.

Akane hizo lo mismo. Shouya, el chico puro que amaba. Kenta, el entrenador que la usaba como juguete. El hijo que perdió por sus traiciones.

Sus corazones latieron al unísono.

—¡Medallones del poder… dennos su fuerza! —gritaron juntas—. ¡Lleven al límite nuestras almas… y transformen nuestros cuerpos en armas de paz… y placer!

Un pilar de luz dorada y rosa estalló hacia el cielo, cegando a los autómatas.

La ropa de Akane se desintegró. Ambas quedaron desnudas bajo la luz divina.

Luego… la morphosis.

El traje de Akane se materializó: un uniforme de porrista blanco hiperrevelador. Top ajustado que apenas contenía sus pechos, falda plisada cortísima, tanga blanca visible con cada movimiento. Guantes largos, cubrebocas cibernético negro, visor azul neón. En su mano derecha apareció un cetro con esfera verde que pulsaba con energía sanadora.

Nanami: traje de bailarina de harem celestial. Telas azul celeste translúcidas que cubrían lo justo, velo sobre boca y cabello, cadenas doradas colgando de caderas. Pechos y abdomen al aire, chakrams etéreos girando en sus manos como estrellas danzantes.

En la base.

Aek y Zerek miraban las pantallas con la mandíbula en el suelo.

—¿E-esto… es el traje de guardiana? —balbuceó Aek, rostro rojo como tomate.

Zerek tuvo un tic nervioso.

—No exactamente. Los medallones reflejan deseos… y pecados. Eso significa que…

Ambos se miraron, horrorizados.

—…en el fondo, así es como ellas quieren ser vistas. Oh, por Yaldabaoth… Juztizar se va a reír en mi cara. ¡Los nuevos guardianes parecen putas de lujo!

En el desierto.

Juztizar soltó una carcajada extasiada al ver las transformaciones.

—¡Al fin, Zerek! ¡Al fin te atreves a mostrar tus nuevas marionetas!

Mordió otro trozo de pizza, ojos carmesí brillando.

—Esto va a ser… delicioso.

Parque.

La luz se disipó.

Akane y Nanami posaron instintivamente: caderas ladeadas, pechos adelante, miradas desafiantes. Una coreografía sensual y heroica brotó de sus cuerpos como si siempre la hubieran sabido: giros, saltos, chakrams y cetro girando en sincronía.

Al final, explosión de luz tras ellas.

Gritaron al unísono, voces resonando con poder divino y deseo prohibido:

—¡Es hora del poder… de la traición… y del placer!

Los autómatas retrocedieron un paso, visores parpadeando confundidos.

Akane sonrió bajo el cubrebocas, herida ya sanada por su propia aura.

Nanami hizo girar los chakrams, velo ondeando.

Por primera vez… se sentían invencibles.

Y profundamente, vergonzosamente… excitadas.

El pecado que las había destruido ahora era su armadura.

Y Tokio estaba a punto de conocer el verdadero poder de cinco mujeres que ya no tenían nada que perder… excepto sus cadenas.

El parque era un cementerio de metal y carne. Akane jadeaba, muslo derecho aún humeando por el láser que la había rozado. El cetro en su mano derecha brilló con luz azul-verdosa; la herida se cerró ante sus ojos, carne tejiéndose como por arte de magia.

—Nunca me había sentido tan… viva —susurró, voz temblando de euforia—. Poderes curativos. Perfecto.

Nanami, chakrams girando en sus manos como soles dorados, sonrió con ferocidad felina.

—Siento calor por todo el cuerpo. Ganas de destrozar a estos bastardos. ¡Vamos, Akane! ¡Hagamos que se arrepientan de despertarnos!

Los nueve autómatas restantes cargaron, visores rojos destellando odio mecánico.

—¡Aquí vienen! —gritó Nanami.

No había miedo. Solo rabia pura.

Akane transformó su cetro en un martillo colosal, peso imposible en manos delicadas.

—¡Pagarán por ese niño… por todo! —rugió.

El primer golpe aplastó un casco como lata. Nanami danzó entre ellos, chakrams cortando armaduras negras como papel, patadas altas que decapitaban con precisión quirúrgica. Sangre púrpura y aceite salpicaban sus cuerpos semidesnudos.

Akane cambió arma de nuevo: pompones de porrista brillantes. Una danza sensual y feroz brotó de sus caderas; cada giro, cada salto, potenciaba los chakrams de Nanami. Las hojas doradas se tiñeron de carmesí sangriento, velocidad letal.

Los autómatas respondieron con furia: rifles láser escupiendo rayos rojos.

—¡Mierda! —Nanami se cubrió tras un árbol—. ¡No paran!

Akane gritó desde su refugio.

—¡Lanza tus chakrams! ¡Mi baile los potenció!

Nanami obedeció. Los discos volaron como cometas asesinos, rebotando entre enemigos. Cabezas rodaron. Circuitos explotaron. Aceite púrpura llovió.

Nanami atrapó sus armas, mirada incrédula.

—Ok… no esperaba eso.

Akane se tapó la cara, vergüenza y risa nerviosa.

—¡Esto no es un puto programa de héroes multicolor, mujer!

Más sombras aladas aparecieron en el horizonte.

Akane apretó el martillo hasta que los nudillos blanqueaban. Un aura oscura, casi demoníaca, la envolvió.

—Ya me hartaron. Arruinaron mi día… mi vida.

Saltó alto. El martillo golpeó el suelo con fuerza titánica.

Onda expansiva.

Autómatas volaron como muñecos rotos. Huesos internos atravesaron armaduras. Cayeron inertes.

Akane aterrizó, rascándose la nuca con sonrisa infantil.

—Ups. Me excedí un poco.

Nanami miró el cráter, luego a ella.

—Espero que Otome y las demás despierten pronto sus poderes…

Akane puso mano en su hombro.

—Estarán bien. Ahora somos… esto. Concentrémonos en salvar a quien podamos.

En el desierto.

Juztizar dejó caer casi el cetro, pizza olvidada.

—¿¡Qué clase de guardianes son estos!? —estalló, entre risa y furia—. ¡Van medio desnudas! ¿De dónde sacaste a estas zorras, Zerek?

Su ceja temblaba. Consternación y diversión maligna.

Callejón sin salida.

Seis niños acorralados, llantos ahogados. El mayor —apenas diez años— se plantó delante, puños temblando.

—¡No toquen a mis amigos!

Los autómatas rieron con chirridos electrónicos. Alzaron espadas energéticas.

El niño cerró los ojos.

Un borrón negro irrumpió.

Tomoko.

Patada giratoria brutal. Tres autómatas volaron contra paredes, cascos hundidos.

—¡Ni se atrevan a tocarlos, escoria!

Golpes salvajes. Puños que aplastaban metal. Rodillas que partían torsos. Memoria ancestral de artes marciales guiando cada movimiento.

Uno saltó desde un tejado, espada traicionera.

—¡Cuidado! —gritó el niño mayor.

Tomoko esquivó por milímetros. Contraataque: patada al rostro que mandó al monstruo contra concreto reforzado.

Más llegaron. La rodearon.

Tomoko miró a los niños aterrorizados. Vio a Masanobu pequeño, corriendo a su cama en tormentas.

Siempre me vio como su heroína.

Sonrió como leona protegiendo cachorros.

—No les pasará nada. Confíen en mí.

Se soltó la trenza. Cabello negro cayó como cascada. Se quitó la chaqueta vaquera, quedando en blusa negra sin mangas que marcaba cada curva atlética.

Alzó los brazos.

—¡Medallón del poder… dadme vuestra fuerza! ¡Llevadme al límite! ¡Transformad mi cuerpo en el arma que defenderá la justicia… y a mis hijos!

Pilar de luz roja y negra estalló.

Ropa incinerada.

Luego… morphosis.

Armadura bikini negra alienígena, placas cubriendo lo justo, dejando abdomen marcado y muslos expuestos. Casco medieval oscuro cubriendo ojos, solo mechones carmesí flameando como fuego vivo. Hacha de batalla gigantesca apareció en sus manos, filo brillando bajo humo y sol.

Los niños se sonrojaron hasta las orejas.

Tomoko chasqueó los dedos. Vapor salió de los orificios del casco.

—¡Vengan si tienen huevos!

Cargaron.

Ella danzó muerte.

Hacha partiendo torsos. Puños rompiendo visores. Cuando dispararon láseres, alzó la mano: escudo energético negro se materializó.

—¡Detrás de mí! —ordenó a los niños.

Los rayos impactaron inútilmente.

Tomoko sonrió bajo el casco.

—Ahora… pagarán por cada lágrima que hicieron derramar.

En algún lugar del caos, Togawa y Masanobu luchaban espalda con espalda.

En algún motel destruido, Shouya buscaba a Akane entre ruinas.

En un hotel en llamas, Shuuichi llamaba a Nanami.

Y cinco mujeres que habían traicionado todo lo que amaban…

Ahora eran diosas de venganza semidesnudas.

El verdadero espectáculo apenas comenzaba.

Y Juztizar, riendo en su trono, sabía que esta guerra sería la más deliciosamente perra de todas.

El callejón apestaba a aceite quemado y metal fundido. Tomoko bloqueó la última ráfaga láser con su escudo negro, energía chisporroteando contra la barrera. Luego rugió —un grito primal que hizo vibrar los visores de los autómatas restantes.

El hacha descendió en un arco brutal.

Dos mitades perfectas cayeron al suelo, circuitos púrpura brotando como sangre.

En la plaza central, Izar vio otra línea vital plana en su visor. Luego otra. Y otra.

Sus tentáculos mecánicos temblaron de rabia.

—¡Mi señora! ¡Tenemos un problema grave!

Juztizar, en su trono desierto, apretó el cetro hasta que crujió. Una vena latió en su frente perfecta.

—Lo sé, idiota. Zerek ha despertado a sus guardianes. No bajes la guardia.

Izar sonrió con chirrido metálico.

—Si las encuentro… las abriré en canal con mis sierras. Lentamente.

Tomoko respiró hondo, hacha apoyada al hombro. Se agachó frente a los niños, casco retirado, rostro maternal suavizado por el sudor y la sangre ajena.

—¿Están bien, pequeños?

El mayor, aún temblando, sonrió con ojos brillantes.

—¡Sí! ¡Eres la más fuerte que he visto!

Ella acarició su mejilla, ternura pura contrastando con la armadura bikini negra.

—Tú también eres valiente. Ahora corran y escóndanse. Mamá aquí se encarga del resto.

Los niños huyeron. Tomoko miró al cielo humeante.

Masanobu… Togawa… por favor, estén bien.

Base secreta.

Zerek deslizó dedos de madera por la holopantalla. Cientos de nuevas lecturas aparecieron: energía sexual igual o superior a las cinco guardianas.

—Todo según el plan —murmuró—. Ellas llevan la sangre de aquella hija perdida… la primera mujer infiel que desafió a los dioses.

Aek cruzó los brazos, tenso.

—Esa voluntad humana de elegir su destino… por eso sus niveles sexuales son incomprensibles. Pero hay más como ellas. Miles.

Zerek suspiró.

—El destino tiene un sentido del humor perverso. Ahora solo queda ver cómo manejan a Izar. La moneda está en el aire.

Centro comercial en llamas.

Kayoko caminaba contra la corriente de gente aterrorizada, kimono ondeando como bandera de guerra. Pasos elegantes, tacones de madera resonando sobre cristales rotos.

No venía a salvar. Venía a cobrar.

En su mente: Satoshi de rodillas. Honami gimiendo su nombre. Más poder. Más riqueza. Más control.

Un guardia la sujetó del hombro.

—¡Señorita, dirección equivocada! ¡Huya!

Ella lo miró con desprecio puro y apartó su mano como a un insecto.

—Sé perfectamente a dónde voy. Apártate.

El hombre retrocedió. Kayoko siguió, sonrisa malévola curvando labios.

Los autómatas la detectaron. Visores rojos fijados.

Ella silbó, manos en cintura, caderas ladeadas.

—¿Nadie les enseñó modales con una dama? Qué groseros.

Cargaron.

Kayoko rio bajo.

—¡Medallón del poder… dadme vuestra fuerza! ¡Transformadme en el arma que someterá… todo!

Aura negra y violeta estalló, oscura como su alma.

Al disiparse: traje dominatrix pirata. Corsé negro brillante apretando curvas letales, capa larga ondeando, antifaz cubriendo ojos fríos. Cinturones bajos cargados con pistolas duales. Botas altas hasta muslos.

Sacó las armas, girándolas con maestría nata.

—Hora de volar cabezas.

Disparos precisos. Cabezas explotando en lluvia púrpura.

Un autómata intentó flanquearla. Kayoko saltó, agarró una viga, colgóse boca abajo y vació cargadores en cráneos desde arriba, risa sádica resonando.

Otro grupo abajo. Se soltó, cayó grácil frente a ellos.

Látigo-energía salió de su manga: azote, explosión en cadena. Cuerpos volaron en pedazos.

Uno intentó arrastrarse huyendo.

Kayoko lo montó como amazona, pistola en el visor, caderas apretadas contra su espalda metálica en pose obscena.

—Esto es… delicioso —ronroneó, lamiéndose labios—. Deberían ver esto, Satoshi… Honami…

Apretó el gatillo.

Sangre púrpura salpicó su rostro. Rio con éxtasis perverso.

Plaza cercana.

Otome corría entre escombros, ayudando civiles a ponerse a salvo. Un cadáver militar cayó del cielo, cortado limpiamente por la mitad. Vísceras humeantes.

Se tapó la boca, arcadas contenidas.

—No… esto no puede ser real.

Respiró hondo. Cerró ojos.

—¡Medallón… dadme fuerza! ¡Transformadme en el arma que protegerá a mi familia!

Pilar de luz rosa y dorada ascendió, puro y angelical.

Al disiparse: leotardo cibernético rosa brillante, placas de armadura negra protectoras en hombros, rodillas, pecho. Aureola etérea flotando sobre su cabeza. Máscara cibernética cubriendo ojos, alas de energía plegadas a la espalda. Aspecto de paladín caído del cielo.

Se miró en el reflejo de un auto destrozado.

—¿Esa… soy yo?

Tocó la aureola, incrédula.

Por primera vez, sintió poder puro corriendo por venas manchadas de traición.

Y por primera vez… también sintió esperanza.

En algún lugar del caos, cinco mujeres que habían roto todos los votos…

Ahora eran diosas forjadas en deseo prohibido.

Izar sentía el miedo crecer.

Juztizar sentía la excitación.

Y Zerek… solo rezaba para que el pecado no las consumiera antes de salvar el mundo.

La plaza era un cráter de escombros y cuerpos. Otome se irguió entre el humo, aureola rosa brillando como un faro en el infierno. Su reflejo en un cristal roto la había dejado sin palabras momentos antes, pero ahora…

Una risa mecánica, fría y distorsionada, cortó el aire.

Otome giró. Allí flotaba él: Izar. Cápsula vital chirriando, tentáculos mecánicos ondeando como serpientes de acero. Visor naranja fijado en ella con hambre clínica.

—Mira qué tenemos —ronroneó la voz sintética—. Mis sensores no fallaban. Un guardián… después de siglos. Pero tu aura… es distinta. Deliciosamente peculiar. Podrías ser útil viva para mi señora.

Otome apretó puños hasta que los nudillos blanquearon bajo los guantes cibernéticos. Un gruñido bajo escapó de su garganta.

—¡Al fin sales, Izar! ¡Maldito genocida! ¿¡Qué te da derecho a masacrar y raptar inocentes!?

Izar soltó una carcajada altanera.

—Respeta a tus superiores, perra. Soy el general Izar, estratega de los Arcontes. Esta invasión es mi obra… para entregar especímenes selectos a lady Juztizar.

—¿Juztizar? —Otome escupió el nombre—. Así que no trabajas solo.

—Y tú no vivirás para contarlo. Tu cabeza será mi regalo para ese traidor de Zerek. ¡Pagarán por encerrarme siglos en esa maldita caja dorada! Aunque… gracias a ese idiota arqueólogo por liberarnos.

Otome palideció tras la máscara.

—¿¡Tú… desapareciste a Neil!?

—No yo. Mi señora lo convirtió en cenizas. —Izar chocó sus tenazas como fauces hambrientas—. Fin de la historia.

Base secreta.

Aek tragó saliva.

—Zerek… Otome hizo contacto directo con Izar.

—Mierda. Demasiado pronto —masculló el muñeco—. Esperemos que use bien el poder.

Plaza.

Izar escaneó a Otome de nuevo. Su energía seguía creciendo, oscura, densa… compatible.

Debo capturarla viva. Juztizar la querrá intacta.

Otome dio un paso firme, voz autoritaria reemplazando su antigua timidez.

—¡Conoces a Zerek! ¡Habla, maldito!

—Claro que lo conozco, zorra. Pero no vivirás para saber más.

Ocho tentáculos se desplegaron como lanzas.

Otome esquivó el primero por milímetros; el metal pasó rozando entre sus pechos, haciendo rebotar el leotardo. Aterrizó en cuclillas, tronando el cuello.

—Uff… eso estuvo cerca.

Izar rugió.

—¡No te burles de mí!

Un tentáculo se transformó en sierra circular, zumbando hacia su cintura.

Otome saltó acrobático por encima de él, ángulo sugerente, piernas abiertas en el aire, cayendo detrás.

Izar giró, furia ciega.

Puño contra puño.

Onda expansiva. Cristales estallaron en radio de cien metros. Cráter bajo sus pies.

—¡No dejaré que sigas matando inocentes! —gruñó Otome, rostro esforzado.

—¡Solo uno saldrá vivo… y seré yo!

Izar empujó, lanzándola atrás. Agarró autos como juguetes y los arrojó.

Otome invocó su espada láser rosa. Cortes precisos. Vehículos partidos en lluvia de explosiones.

Izar sonrió bajo el visor.

—Esto… me recuerda viejos tiempos. ¡Pero esta vez ganaré!

Tentáculos regenerados atacaron en enjambre.

Otome danzó muerte: cortes quirúrgicos. Miembros amputados cayeron humeantes.

Izar se quedó quieto, mirando muñones.

Otome apuntó la espada a su visor.

—Sin manos, general. Ríndete.

—¡No te burles, homínida!

Regeneración instantánea.

Embestida brutal. Otome voló, chocando contra un rascacielos. Vidrios llovieron.

Izar escaló la fachada como araña mecánica.

Otro choque. Fachada colapsó. Escombros en cascada.

Otome forcejeó, espada perdida. Un tentáculo-taladro perforaba hacia su cabeza.

Civiles atrapados gritaban dentro.

Un chico de cabello azabache colgaba de un tubo, desesperado.

—¡Ayuda!

Otome intentó alcanzarlo.

Izar la golpeó con otro tentáculo, lanzándola al vacío.

Rió con locura mientras caía tras ella.

En la cornisa rota.

Un hombre regordete con chamarra azul y una mujer voluptuosa de cabello negro y ojos azules llegaron corriendo.

—¡Dame la mano, Tomoya! —gritó el hombre, extendiendo el brazo.

El chico se aferró.

—¡Kanako, ayúdame! ¡Pesa!

La mujer gruñó, sujetando la cintura de su compañero.

—¡Makoto, joder, haz dieta!

Lograron subirlo justo cuando la fachada restante colapsó.

Abajo.

Otome caía, aura rosa parpadeando.

Izar descendía como depredador.

Pero algo había cambiado.

La mujer que siempre se sometió a amantes ajenos…

Ahora luchaba por los suyos.

Y su poder —forjado en traición y deseo— estaba a punto de explotar de verdad.

En el desierto, Juztizar observaba, dedos tamborileando el cetro.

—Interesante… esta puta tiene potencial.

Sonrió.

—Muy interesante.

El borde del rascacielos colapsado era un precipicio de hormigón y acero retorcido. Makoto y Kanako tiraron con todo lo que tenían; las venas saltaron en sus brazos hasta que Tomoya finalmente pasó la cornisa.

El chico jadeaba, rostro pálido.

—Papá… casi no lo logro…

Makoto lo abrazó fuerte, polvo cubriendo su chamarra azul.

—Tranquilo, hijo. Ya pasó.

Kanako miró el horizonte: Tokio en llamas, columnas de humo negro devorando el cielo. El Monte Fuji, eterno e indiferente, se recortaba al fondo como un recordatorio cruel de lo que estaban perdiendo.

—Tenemos que movernos —dijo ella, voz temblorosa pero firme—. Esto no es seguro.

Tomoya miró una última vez el caos. Vio la figura rosa de Otome surcando el cielo como un ángel vengador. Sacudió la cabeza.

—No… aún no termina.

Apretó el puño contra el pecho y siguió a su familia hacia la oscuridad de las calles.

Campo de batalla central.

Otome se incorporó lentamente. Sangre en la comisura de los labios. Polvo pegado a la armadura rosa. Respiración entrecortada. Visión borrosa.

Izar flotaba frente a ella, cápsula vital chirriando, tentáculos regenerados ondeando.

Base secreta.

Zerek golpeó la consola con su puño de madera.

—¡Maldita sea! ¡Otome está al límite! ¡Y aún quedan autómatas por todas partes!

Aek juntó las manos como en oración.

—No pierdas la fe… Aún no termina.

En salas de mando de todo el mundo, líderes militares observaban las transmisiones en directo con rostros pálidos. Sus misiles más avanzados no habían rozado siquiera a Izar. Solo cinco mujeres semidesnudas parecían poder hacerle frente.

Plaza destruida.

Otome dio un paso tambaleante. Izar la miró con desdén clínico.

—No comprendes lo que enfrentas, homínida. Tu mente primitiva no alcanza.

Tomó un puñado de tierra y lo dejó resbalar entre sus tenazas.

—¿Ves esto? Esto será tu civilización: polvo. Cenizas. Nosotros resurgiremos. Borraremos nuestro mayor pecado: ustedes.

El viento aulló. Papeles y polvo volaron como fantasmas. Rayos de sol perforaban nubes negras.

Otome escupió sangre, ojos ardiendo tras la máscara.

—No me importa mancharme las manos. No me importa caer. Me levantaré las veces que haga falta… para detenerte.

Izar giró su visor hacia civiles aterrorizados detrás de ella.

—Si te interpones… te quitaré lo que más quieres.

Agarró un tráiler con tentáculos y lo lanzó como juguete.

Los civiles gritaron.

Otome transformó botas en patines energéticos. Deslizamiento supersónico. Manos abiertas.

Atrapó el tráiler en pleno vuelo. Músculos temblando. Lo detuvo en seco.

Pero un tentáculo perforó la caja, atrapó su rostro y la azotó contra el suelo una, dos, tres veces.

Otome se incorporó. Grito de guerra. Aureola rosa explotó en luz cegadora.

Alas cibernéticas se desplegaron, etéreas y letales.

Sin palabras.

Uppercut brutal.

Izar voló, atravesando vigas, edificios, autos. Cráter tras cráter.

Otome lo persiguió en vuelo, golpes como meteoros. Lo lanzó cuadras enteras.

Civiles miraban boquiabiertos. No era una pelea.

Era un duelo de dioses.

Izar recuperó control. Ocho rayos láser desde tentáculos.

Otome esquivó en espiral, alas dejando estelas rosa.

Bomba flash. Ceguera temporal.

Cuando recuperó visión, Izar huía.

Persecución aérea sobre Tokio.

Akihabara.

Tentáculo sorpresa desde un arcade. Impacto. Otome estampada contra edificio vecino.

Ella jaló el tentáculo, arrastrando a Izar tras ella. Lo estrelló contra cristales y concreto.

Dentro del arcade: máquinas pachinko volando como proyectiles.

Otome invocó espada láser. Cortes samurái. Máquinas partidas en lluvia de chispas y bolas metálicas.

Izar bloqueó su golpe final. Uppercut al mentón.

La lanzó girando como trompo.

La atrapó por las piernas. Giro brutal. Soltó.

Otome voló, atravesando edificios. Gritos. Explosiones.

Vio a Izar cargando desde arriba.

Esquivó en el último segundo. Patada descendente en la cápsula.

Izar cayó como cometa, arrastrando cuadras de Akihabara en surco ardiente.

Civiles gritaban.

Un padre abrazaba a su hija y hermana.

—¡Tengo miedo, papá!

Zerek y Aek observaban, rostros tensos.

—Está dando todo… pero él tiene siglos de experiencia —susurró Aek.

Las otras guardianas, en sus zonas, sentían la impotencia. Aún limpiando autómatas restantes.

Base Arconte.

Juztizar, brazos cruzados, impaciencia creciendo.

—¡Acaba con ella de una vez, Izar! ¡Hazla pedazos!

Akihabara en ruinas.

Visor de Izar brilló incandescente.

Rayo concentrado, ancho como edificio.

Otome alzó espada. Bloqueó. Duelo de energías. Tierra tembló.

—¡No ganarás! —rugió Izar—. ¡Te mandaré al olvido! ¡Luego Zerek! ¡Mi raza resurgirá!

Otome jadeaba, rodillas temblando.

—¡Estás loco! ¡No te dejaré!

Repelió el rayo con explosión rosa.

Izar retrocedió flotando.

Otome desplegó alas al máximo.

Ascendió.

Persiguió al general por todo Tokio, dos cometas de destrucción surcando el cielo humeante.

La ciudad contuvo el aliento.

Una mujer infiel, rota por deseo y culpa…

Contra un dios mecánico de odio eterno.

Y en ese duelo imposible, el destino del mundo pendía de un hilo rosa.

El rascacielos corporativo era un caos de alarmas y evacuación. Otome e Izar irrumpieron como meteoros, rompiendo la pared de vidrio de la planta ejecutiva en una lluvia de cristales y escombros.

Atravesaron una larga sala de oficinas abiertas. Empleados gritaban, cubriéndose bajo escritorios mientras dos figuras sobrehumanas pasaban a velocidad imposible.

En una oficina privada al fondo, Hisato Asuma —secretaria de curvas perfectas, falda subida hasta la cintura— gemía sobre el escritorio de su jefe, piernas abiertas, él embistiendo con furia animal. El mundo exterior ardía, pero ellos solo sentían placer prohibido.

Hasta que la pared explotó.

Otome e Izar pasaron volando. Ella descargó una ráfaga de puñetazos al rostro del general, terminando con un escritorio entero usado como maza improvisada que lo expulsó por la ventana opuesta.

Otome aterrizó entre papeles y astillas, jadeando. Miró a la pareja congelada: Hisato aún montada, jefe con pantalones abajo, ambos pálidos de terror.

Otome se sonrojó hasta las orejas bajo la máscara rota.

—S-sigan… con lo suyo —murmuró, avergonzada, antes de saltar tras Izar.

Hisato y su jefe solo asintieron mudos.

Fuera, en el aire contaminado de humo.

Izar flotaba, aturdido, pero su risa mecánica resonó como locura pura.

—¿Qué es tan gracioso? —gruñó Otome, espada lista.

—Hace siglos que no me divertía así —respondió, voz distorsionada—. La guerra… cambia a la gente. Saca lo más oscuro. Lo más perverso.

Alzó la cabeza. La máscara agrietada dejó ver piel quemada, cicatrices grotescas. Respiración raquítica, como fuelle roto.

Otome retrocedió un paso.

—Dios… ¿qué eres?

Izar rio más fuerte.

—Matar. Ver llorar. Escuchar súplicas. Niños, mujeres, ancianos… da igual. La guerra te rompe. Te hace disfrutar el sufrimiento.

Otome apretó la espada, horror puro.

—Nunca escuché nada tan inhumano.

Izar se dobló de risa.

—Ustedes también son salvajes. Y tú… —visor destelló— siento tu pecado. ¿Asesinato? No… ¿infidelidad?

El mundo se detuvo.

Otome aflojó el agarre. Respiración agitada. Recuerdos: Kazuki aceptándola de niña. Ella traicionándolo una y otra vez con amantes. Orgías. Secretos.

En la base.

Zerek vio el pulso cardíaco de Otome dispararse.

—¡No lo escuches, Otome! —gritó por el comunicador.

Ella miró alrededor, confundida.

—¿Zerek…?

Izar rio.

—Ese bastardo siempre metiéndose donde no lo llaman.

—¡Está jugando con tu mente! —insistió Zerek—. ¡Enfócate! ¡Acaba con él antes de que alcance a tu familia!

Otome sacudió la cabeza. Apretó la espada de nuevo. Mirada de acero.

—No me doblegarás, Izar.

Se miraron fijamente.

Entonces… Izar llevó un tentáculo a su propia máscara rota.

—La guerra deja cicatrices físicas también. Esta máscara no era solo oxígeno… era un sello.

Otome palideció.

—¿Qué…?

—Gracias por obligarme a quitármela. Serás la primera humana en siglos en ver mi verdadero rostro.

Se arrancó la máscara.

Horror.

Cráneo palpitante, sin nariz, sin cabello, quemaduras eternas. Ojos carmesí brillando con odio divino.

Explosión áurica.

El aire se ionizó. Edificios temblaron.

Todas las guardianas lo sintieron.

—¡¿Qué fue eso?! —gritó Akane.

Zerek, voz grave por comunicador:

—Izar despertó su forma Theoíana celestial. Es una máquina de guerra imparable. ¡Acaben con los autómatas YA y vayan con Otome!

Kayoko maldijo.

—¡¿Y ahora nos dices, idiota?!

Aek defendió:

—¡No le hables así!

Zerek, agotado:

—Tienen razón… fui un idiota. No creí que Otome lo empujara tanto. Solo… evacuen y ayúdenla.

Cielos de Tokio.

Izar flotaba, aura blanca cegadora. Siete copias cristalinas perfectas se materializaron alrededor.

Otome tragó saliva. Cuerpo al límite. Heridas abiertas.

Izar sonrió con su rostro desfigurado.

—¿Interesado en tu vida sexual? No. Eso es pérdida de tiempo. Yo aspiro a la grandeza.

Los clones cargaron.

Otome huyó en vuelo, alas rosa dejando estelas.

Los cristales la persiguieron. Golpes brutales. Costillas. Abdomen. Rostro.

Un clon la atrapó.

Tentáculos mecánicos la sujetaron en posiciones sugerentes, apretando pechos, caderas, muslos. Dolor y humillación.

—¡Duele…! ¡Para…! —gritó, voz quebrada.

Izar rio con éxtasis sádico.

—Y esto es solo el principio, zorra.

Puñetazos salvajes. Huesos crujiendo. Sangre salpicando.

En tierra, celulares grababan. Internet explotaba. El mundo veía a la “ángel rosa” ser brutalizada.

Megumi gritó al ver el rostro golpeado en un video.

Kazuki sintió puñal en el pecho al ver el cabello rosa ensangrentado.

—Otome… —susurró, sin saber por qué le dolía tanto.

Otome colgaba inerte, un ojo expuesto, sangre en la boca.

Kazuki… Megumi… lo siento…

Vida escapando.

Zerek gritó por comunicador:

—¡OTOME! ¡OTOME!

Sus compañeras escuchaban los golpes, los gemidos de dolor.

Kayoko titubeó por primera vez.

Akane apretó el martillo, lágrimas de rabia.

Tomoko rugió como leona.

Nanami tembló.

La golpiza continuó.

Pero en lo profundo de Otome…

Algo se encendió.

El pecado que la había destruido.

El amor que aún quedaba por su familia.

Y el poder que nacía de ambos.

El verdadero despertar apenas comenzaba.

Continuará.

Las Netorranger en su modo Morphosis

Alecto. Juztizar. Izar.

Tao. Hisato Asuma. Kanako. Makoto. Tomoya.

Zerek. Aek.

Carlo. Neil.

Nota: Neil siempre vio a Carlo como a un hijo.