La Oscuridad Huele a Frutas
La habitación me dejaba ciego con la inmensa oscuridad que me rodeaba; estaba casi vacía. Solo había una especie de hueco donde podía hacer mis necesidades, y ni una ventana para ver la luz del día o de la noche. El fétido olor a humedad se me impregnaba en el pelaje; tanta oscuridad solo me hacía perder la cordura lentamente. Los días invisibles por la oscuridad solo me traen agonía acompañada de una profunda tristeza, y la única vez que se ilumina mi día es cuando entro al quirófano. Ese horrible lugar me recibe recostado en una mesa de metal, donde me amarran con cuerdas y cadenas como si fuera un animal. Lo poco y nada que me queda de mí es mi nombre, que a veces siento desvanecer mientras más experimentan conmigo.
Según los científicos, con la anestesia no he de sentir nada, ni recordaré nada, pero nunca es así. Solo me dejan inmóvil, preso de mi cuerpo, sintiendo cada corte, cada extracción, cada cocedura o modificación que me realizan. No he visto mi reflejo desde que llegué a este lugar, pero con solo tocarme sé que soy un monstruo; no me reconozco en el tacto, lo cual me causa una desesperación tremenda. Empiezo a rasguñarme tratando de quitar lo diferente que hay en mí y las dudas de si sigo siendo quien era antes de llegar a este infierno. Después de cada operación me arrastran por los pasillos vacíos, solo para abandonarme en el oscuro hoyo que ellos llaman celda de investigación.
Resignado, solo me queda dormir a la espera de que el sueño me lleve a lo más profundo, a la desconexión de esta realidad tan lúgubre. Me digo a mí mismo que es por una buena causa, para poder salvar a mi familia; es a lo único que me aferro. Me digo que tengo que ser fuerte y me doy ánimos, que normalmente sólo duran hasta que me recuesto y comienzo a dormir. Ánimo, Kuyén, cada vez que despierto, pero no sé si será mi voz la que resuena en mi cabeza o si será alguien más quien me susurra al oído. ¿Será que estoy perdiendo la cabeza? ¿Será que, por tanto dormir, no puedo diferenciar cuándo estoy despierto? Porque todo se ve igual.
Sentí un pequeño cosquilleo en mis dedos, o lo que se supone que son mis dedos: una especie de garras negras y largas que están aferradas a la poca carne que solían ser mis dedos. Lo extraño es que las puedo mover; esto es una atrocidad. Las comencé a mover en respuesta, y respondieron de una manera juguetona que me entregó una especie de bolita. Me senté en el suelo y miré entre la oscuridad de la celda hasta poder visualizar a un crío de no más de 3 años.
Pobre criatura, se le notaban un montón de cicatrices, golpes, moretones. Estaba rapado por completo, incluyendo las cejas, y tenía un extraño fierro soldado en su brazo izquierdo. Al parecer, el infante no sabe hablar y, por su pésima apariencia, me hace entender que está en este lugar desde que nació.
El niño, como apareció, desapareció entre las sombras. Me di un momento para ver lo que me había regalado. Solo al olfatear sentí un aroma dulce y familiar. Lo metí en mi boca como un desquiciado que no había sido alimentado por años. El sabor era exquisito, una especie de cereza. ¿De dónde lo habrá sacado?
El pequeño fue mi única compañía en el tiempo que estuve en este asqueroso y desolado lugar. A veces jugábamos o dormíamos juntos: él fuera de mi celda y yo por dentro. Pero siempre que podía, sacaba mi brazo para que él pudiera acurrucarse contra mí. Quizás es la primera vez que él haya sentido el calor de alguien o simplemente la protección de un ser más grande que él. Pero eso no solo lo protegía a él, sino a mí, para no caer en la locura, o quizás me estoy imaginando todo como una especie de salvación, algo que mi subconsciente hace para tratar de mantenerme cuerdo. Pero eso sería contradictorio: imaginar un niño que me da obsequios.
No sé cómo lo hizo, pero una noche desperté algo acalorado por un mal sueño y, al sentir un peso entre mis brazos, pude ver que él estaba durmiendo. Se notaba que había estado llorando por un buen rato, solo por los suspiros y quejidos de dolor que provenían de él. Solo pude acariciarlo, recordándome a mi hermano. También comencé a tararear una canción de cuna que mi madre solía cantarme antes de dormir cuando era un crío. Pobre criatura carente de una madre.
Cierta noche, de vuelta de otra cirugía extraña en mi cuerpo debilitado, mientras agonizaba en mi celda, pude escuchar a lo lejos gritos desesperados. Mi pelaje se erizó al instante; el sudor corría por mi nuca. Era él. El niño estaba gritando de una manera horrible; escuchaba cómo se acercaban los alaridos, sus gritos pidiendo auxilio, llamándome para que lo salvara.
Como pude, me levanté. Un dolor indescriptible comenzó a recorrer todo mi ser. Me acerqué a los barrotes y, como si fueran dos ramas, los destruí. Corrí como un animal dispuesto a atacar lo que fuera, pero ya era tarde; fui muy lento.
Cuatro guardias del lugar lo habían golpeado hasta matarlo. Pude ver que traía un mango en sus manos, de seguro un regalo para mí. Me abalancé sobre ellos como si algo se hubiera apoderado de mí y los destrocé con tanta facilidad. Me sentía poderoso, pero al mismo tiempo derrotado. Tomé al pequeño con mis manos, observando su pobre cuerpo todo lastimado. Mis ojos se llenaron de lágrimas; con un dedo tomé un poco de la sangre del niño y la metí en mi boca. Con esto podría sentir que una parte de él siempre me acompaña. Un pequeño dolor me invadió en la espalda. Lo único que recuerdo es que desperté amarrado en una silla, con una especie de casco extraño.