Capitulo 1
Catherine
Odio ir a este tipo de eventos. Una fiesta benéfica, llena de rostros sonrientes y miradas que pesan más que las joyas que llevan puestas. No puedo hablar con nadie; solo soy exhibida, como una pieza de colección, para ser vendida al mejor postor. Mis padres insisten en conseguirme un esposo, y no porque esperen mi felicidad. “Debes ayudar a la familia”, repite mi madre cada vez que salimos a estas fiestas.
—Sonríe, Catherine. —Mi madre mostraba una gran sonrisa a todo el mundo, pero a mi me dedico un murmullo filoso—. Nunca vas a conseguir un buen esposo si eres tan...
La interrumpí: —¿Antipática? Ya lo sé, madre, siempre me dices lo mismo —respondí, aunque mantuve mi rostro sin expresión.
—Si lo sabes, ¿por qué lo haces? Eres tan terca como tu padre —me reprochó. Ya iba a empezar a regañarme—. Eres muy hermosa, podrías conseguir fácilmente al mejor candidato.
La detuve: —Basta, mamá, tú sabes lo que pienso sobre eso.
Estuve a punto de recordarle que quería encontrar a alguien que me quisiera a mí y no a mi apellido, aunque no tenía caso; ella nunca me escuchaba. De pronto, alguien más llamó su atención.
—¡Señor Telco! Qué gusto verlo —dijo mi madre con entusiasmo.
Era Rod Telco, un hombre odioso que seguía insistiendo en pedir mi mano. Un cerdo calvo, quince años mayor y diez centímetros más bajo. “Una joya de candidato”, según mis padres. En una ocasión me tocó un glúteo de manera asquerosa, y desde entonces lo aborrezco. Les conté a mis padres, pero no me creyeron. Él era su gran amigo y habían considerado aceptar su petición. Los convencí de que, si me iban a vender, al menos fuera a alguien que no me superara por más de cinco años.
—Hola, Rod, tan encantador como siempre —mi madre rió discretamente. ¿Cómo podría parecerle encantador semejante adefesio? Si tanto le gusta ella debería casarse con él.
—Señora Astor, ¡Que agradable sorpresa! —la saludos con entusiasmo.
—¡Oh! ¡Qué sorpresa! Viene con usted la deslumbrante Catherine —agrego, fingiendo no haberme visto. Se giró hacia mí y tomó mi mano para depositar un beso en el dorso. Su piel era húmeda y tibia, y el contacto me revolvió el estómago. Limpié mi mano de manera discreta.
—La bella flor de invernadero de los Astor se pone cada vez más hermosa —añadió.
Este pedazo de basura no se rendía. “La bella flor de invernadero”, el apodo que me había dado la sociedad. Una hermosa mujer, que creció encerrada en la mansión Astor.
—Si me disculpan, necesito ir al tocador —dije sin emoción.
—Esta niña, siempre tan rígida, debería sonreír por cortesía ante sus cumplidos, señor Telco —dijo mi madre. Pero antes de que pudiera decir algo más y no me dejara escapar, añadí nuevamente: —Con permiso —y me di la vuelta.
Ella se quedó quejándose con Rod de mi mala actitud, y alcancé a oír que él le dijo: “Es parte de su encanto”. Qué asco. No podía soportarlo.
Busqué un lugar donde estar sin que nadie me molestara, lo cual era prácticamente imposible, ya que el lugar estaba lleno de gente. Así que decidí ir a la terraza para tomar un poco de aire. El murmullo del salón se fue apagando detrás de mí, reemplazado por el sonido distante de una orquesta y el crujir de mis pasos sobre el mármol.
El aire frío me golpeó el rostro y me estremecí. El vestido de plata, ajustado y con un escote que dejaba al descubierto la parte superior de mi pecho, no ayudaba. Mi piel se erizó al contacto del viento, pero mi cabello prisionero en un moño impecable, apenas se movía, como si tambien estuviera atrapado en esta vida de apariencias.
Desde la terraza, las luces del salón se reflejaban en los ventanales, y las risas lejanas parecían venir de otro mundo. Me apoyé en la barandilla, intentando respirar sin sentir el peso de las expectativas familiares.
¿Cómo era posible estar rodeada de gente y, aun así, sentirse tan sola? Todo el mundo me juzgaba, convencidos de que me creía superior.
Claro que nadie lo sabía: era idea de mi padre. “Mientras más inalcanzable, más costosa”, solía decir. Tenía prohibido tener amigos de cualquier género y no podía mantener conversaciones con cualquiera. Lamentablemente, eso a nadie le importaba; solo les interesaba crear rumores y chismear sobre los demás.
Me di la vuelta para regresar, pero antes de poder hacerlo, me encontré con Rod detrás de mí.
—Catherine, ¿qué haces tan sola? ¿Acaso me esperabas? —se paró frente a mí, bloqueando el paso.
¿Qué se imagina este sujeto? No le respondí.
—¿Por qué no me respondes? —su rostro se llenó de ira ante mi falta de reacción.
Se acercó y me tomó del brazo con fuerza. Dolía. Podía notar que había estado bebiendo; apestaba a alcohol.
—Suélteme —le pedí sin mostrar miedo ni alterarme. Su cara se puso aún más roja; al parecer, no le gustó mi tono de voz.
—¿Cómo te atreves a menospreciarme? No eres más que una cara bonita —se acercó más a mí, lo que me hizo retroceder y pisar mi vestido. Estaba a punto de caer, pero eso no pasó; alguien me sostenía, y Rod estaba tirado en el piso.
—¿No le parece que está siendo grosero, señor? —una voz firme y elegante interrumpió la tensión, revelando a un hombre que no reconocí. Su cabello rubio parecía atrapado en un halo de luz lunar. Los rasgos de su rostro eran marcados y precisos: labios llenos que sugerían determinación y una mandíbula fuerte que irradiaba confianza. El aroma que lo acompañaba era hipnótico, una mezcla perfecta de bergamota con notas cítricas entrelazadas con madera y especias, creando un frescor que calaba profundamente.
—¿Quién es usted? ¿Por qué se involucra en algo que no le concierne? —dijo Rod, aún en el piso, recuperándose del golpe.
—Había una hermosa mujer pasando un mal momento —respondió, y me miró. Nuestros ojos se cruzaron, y me perdí en ese azul profundo por un instante. Entonces me di cuenta de que aún estaba en sus brazos y me aparté con cuidado.
—¿Está bien, señorita? —preguntó. Me pareció que era un caballero.
—S... sí, gracias —por alguna razón tartamudeé un poco; jamás me había pasado, y me sonrojé.
Me olvidé de que Rod aún estaba allí. Solo lo recordé cuando se paró frente al hombre. Era mucho más alto que yo; probablemente medía un metro noventa. Rod parecía un pekinés ladrando a un dóberman. Casi solté una carcajada.
—¿Te atreves a tocar a mi mujer? —dijo Rod en un tono bastante alto, acompañado de un intento por golpearlo. Insensato, ¿qué pretende? Estaba a punto de explotar; deseaba desaparecer. Antes de que pudiera hacer algo, la atmósfera cambió: él tomó a Rod del cuello. Su rostro tenía una mirada asesina, y Rod temblaba de miedo.
—Quise ser amable —su voz era amenazante y severa; dejó claro que no pensaba dejar pasar su descortesía.
—No... no sabe quién soy —tartamudeó Rod.
Sus ojos brillaron con diversión, pero había algo más ahí. Frío. Escalofriante.
—No sé quién eres —lo retó a revelar su nombre.
—Soy Rod Telco —dijo, como si su apellido fuese a sacarlo de esto.
Él sonrió. —El que no sabe con quién se mete eres tú —sacó una insignia del bolsillo de su traje y se la mostró—. ¿Reconoces esto?
Los ojos de Rod se abrieron por completo. —Señor De Luca...
Rod no dejó de disculparse con quien ahora sabía era Lorenzo De Luca, el hombre más rico de la ciudad. Y así, salió a toda prisa de la terraza.
—Gracias —le dije. Pero él solo me miró y volvió al salón.
Creo que nunca había visto a un hombre como él: tan caballeroso y, al mismo tiempo, tan... perturbadoramente atractivo. Había algo en su forma de moverse, en la calma con la que me observó, que me dejó sin aire por un instante.
Caminé de regreso con mis padres y, afortunadamente, Rod ya no se veía por ningún lado.
Sabía quién era, claro. Quien no. Pero nunca imaginé que sería… así.
—¿Dónde estabas, Catherine? Tu madre dijo que habías ido al baño, pero tardaste más de una hora —mi padre estaba bastante enojado; le aterraba que conociera a alguien que no estuviera a mi “altura”.
—Lo siento, papá —dije, aunque sabía que no lo dejaría pasar.
—Lo hablaremos más tarde en casa. No te metas en más problemas —me miró de arriba a abajo y se volvió hacia los hombres con los que conversaba.
Las siguientes dos horas se arrastraron entre sonrisas falsas y apretones de manos insípidos. Cada vez que miraba hacia la puerta, deseaba que el tiempo se acelerara.
Íbamos de camino al auto cuando vi pasar a Lorenzo. Quise hablarle de nuevo, así que inventé algo.
—Madre, olvidé mi bolso arriba. Vuelvo en un momento —le dije rápidamente. Mi madre me miró con desconfianza, pero al final accedió.
—Bien, pero no tardes, Catherine —dijo, y continuó caminando hacia el carro.
Cuando vi que ya no estaba, corrí para no perderlo. No tardé en encontrarlo: estaba junto al que supuse era su coche. Respiré hondo para calmar mi respiración agitada y acomodé mi vestido.
—Señor De Luca —lo llamé. Él volteó y, al verme, se acercó. Por un instante su expresión fue amable, pero cuando sus ojos recorrieron mi vestido, mi peinado, mi sonrisa, algo cambió. Su mandíbula se tensó.
—¿Necesitas algo más? —me dijo, su voz fría y cortante.
—Solo quería agradecerle nuevamente por ayudarme —le comenté, pero él solo me observó.
—¿Te enviaron para que me seduzcas? O es que ¿Lo haces por tu cuenta? —se acercó más a mí. ¿Por qué me decía eso? ¿Qué lo hacía pensar que quería seducirlo?
—No sé de qué está hablando, creo que me equivoqué, no debí venir —me giré con la intención de marcharme.
—Espera —me detuve, pensando que se disculparía—. ¿No eres la chica a la que llaman flor de invernadero? ¿A esa que tienen en venta como una yegua fina de alto pedigrí? —su voz se volvió más fría—. No me interesan las muñecas de porcelana que sonríen solo cuando se les ordena.
Sentí cómo la sangre me hervía; no podía permitir que me humillara también él. Ya no podía soportarlo. Detestaba formar parte de esta absurda clase social. Sin pensarlo, y sin tener otra cosa cerca para arrojarle, me quité una de mis zapatillas y se la lancé con todas mis fuerzas.
—¡Qué hombre más despreciable! —le grité, y un golpe sordo resonó por el lugar. Para mi sorpresa, le di justamente en la cabeza.
—¡Maldita sea! ¡¿Es así como agradeces mi ayuda?! —vociferó, furioso.
—No necesito que me ayudes, vete al diablo —regresé por donde había llegado, sin darle la oportunidad de decir nada. Estaba harta de que me trataran como a una mujer hueca. Pero ¿quién se creía este engreído para hablarme como a una cualquiera?
Me sentía tan enojada que mis latidos eran irregulares por la agitación. Estaba tan molesta que no noté que me faltaba un zapato. Perfecto. Sin bolso y descalza. Mi padre me matará.