Until dawn

Summary

Sin perder más tiempo, Stanley se acercó a Xeno, capturando sus labios en un gesto profundo y desesperado, con una advertencia muda al aire que indicaba que no había espacio allí para él. Esa fue la primera noche en que las pesadillas de Stanley cesaron, en especial porque se mantuvo en actividad constante hasta el amanecer.

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Capítulo único

[Historia situada pre-petrificación mundial]

El repiqueteo de la lluvia no era un compañero desconocido para Xeno, de hecho, resultaba hasta familiar cuando se hallaba en constante diálogo con su laptop y una taza de café. Lo que sí escapaba a lo cotidiano era que el timbre de la puerta sonara a esas horas.

Miró de reojo el reloj de la computadora.

«¿Quién vendría a mi casa casi a media noche con esta lluvia?» pensó y, casi de un brinco, como quien recuerda haber dejado la llave del gas abierta, corrió, aunque en dirección a la entrada de su hogar.

Abrió con prisa. Poco le importó que el viento y la brisa le ocasionaran un cambio de temperatura brusco, cuando del otro lado de la puerta yacía de pie cierto militar, perteneciente a una división especial de las fuerzas aéreas, que conocía muy bien.

—Stan —pronunció con cierto deje de sorpresa, que lo hizo sonar como una interrogante.

Su amigo de la infancia, Stanley Snyder, solía pasar sus vacaciones con él, puesto que no tenía familia; sus padres murieron cuando tenía dos años y sus abuelos cuando tenía dieciséis; sin hermanos, tíos, primos o parientes lejanos, Xeno Houston Wingfield era todo lo que alejaba a la soledad de Stanley.

Su aparición repentina fue algo extraño para Xeno, pues Stanley solía mandar un mensaje de texto o llamarlo cuando se dirigía hacia su casa; sin embargo, el asombro y el desconcierto cedieron ante algo más suave mientras se hacía a un lado para que Stanley pasara.

Pese a que el imponente capitán Stanley Snyder no se hallaba cabizbajo ni parado bajo la lluvia, su cabello húmedo y pegado a su rostro, goteaba, y el resto de su ropa escurría a cántaros, al igual que el bolso deportivo donde llevaba sus pertenencias más personales y algo de efectivo.

—Incluso en ese estado no dejas de verte elegante —enunció Xeno, cerrando tras de sí.

El largo abrigo de Stanley cubría su uniforme militar, evidenciando a detalle su postura y su increíble físico. Su mirada también hacía juego con sus prendas: oscura.

«Y vacía» murmuró Xeno para sus adentros, a sabiendas de la clase de cosas que Stanley debió vivir las últimas semanas.

Le había comentado haber sido asignado −junto a su escuadrón− a una misión complicada en Palestina, y aunque sabía de sobra que no era la primera vez que Stanley mataba a otro humano…

«¿Qué pasó en ese lugar para que tenga unos ojos así?». Xeno sabía que no se trataba de “la mirada de las mil yardas”, porque la había observado en otros militares, mas no por eso le restó importancia.

Jamás se había topado con un Stanley tan lúgubre.

Sin importar lo que pasara, Stanley siempre cargaba consigo un aire de confianza inquebrantable; belleza y elegancia incalculables a ojos de Xeno, hasta se atrevería a decir que hasta lucía más amigable −dentro de lo que sus pocas palabras le permitían− siempre que él estaba presente, pero en ese preciso instante… Era como si estuviera en otro lugar, en uno muy lejano y cercano a la nada.

—Ven —dijo Xeno, tomando la muñeca de Stanley para llevarlo al interior de la sala y acercarlo a una de las sillas del comedor por si quería tomar asiento. Lo hubiera dejado en el sofá si no estuviera encharcando cada sitio que pisaba.

Con ese simple agarre, notó lo rígido que Stanley se encontraba.

—Volviste mucho antes —agregó Xeno, en un intento de hacer plática, esperando que aquello trajera a su amigo de regreso a la realidad—. ¿Adelantaron tus vacaciones?

Stanley asintió despacio.

—Espera aquí. —Xeno no insistió. No tendría caso.

—Xeno. —La voz de Stanley detuvo en seco a Xeno, haciéndolo volver al instante.

—¿Sí?

—Estoy en casa —añadió Stanley, con voz firme, pero apagada, como si le costara hacer que su garganta emitiera sonidos.

—Me alegra que tu mente al fin haya alcanzado a tu cuerpo, aunque la puerta ya esté cerrada —respondió Xeno con una media sonrisa, sin llegar a la burla, sino a la calidez de hogar—. Bienvenido de vuelta, Stan. Ahora, si me permites, iré a por unas toallas para secarte. No quiero que conviertas la casa en una extensión del lago Clear*.

Acto seguido, Xeno se apresuró al armario donde guardaba las toallas, sin saber cómo logró mantener una charla trivial; no porque le resultara anormal hablar tanto −en eso tenía doctorado−, sino por observar a Stanley en un estado tan… distante.

Cuando regresó, allí estaba Stanley tal y como lo había dejado: inmóvil y con la mirada clavada en un punto indefinido. Verlo así le hacía un nudo en la garganta.

—Stan —le llamó Xeno con suavidad. Al no obtener respuesta, puso una toalla sobre la cabeza de Stanley y las demás sobre una silla—. Habrá que sacarte todo esto y hacer que entres en calor cuanto antes —acercó las manos para empezar a retirar con el abrigo y todo lo que había debajo—, a menos que quieras pasar el resto de tus vacaciones en cama… y no precisamente por placer.

No hubo resistencia de parte de Stanley mientras era secado y cambiado, sólo de la ropa húmeda pegada al cuerpo, el agua había añadido peso extra a toda esa tela.

—¿Tienes algo en mente para mañana? —preguntó Xeno, sin esperar una contestación, sólo pretendía llenar el ambiente con palabras tranquilas—. Casi dejo vacía la despensa, así que planeaba hacer las compras por la mañana. Si no estás demasiado cansado del viaje podrías acompañarme y de paso ir por unos burritos para almorzar…

En algún punto la mente de Stanley dejó de entender de lo que Xeno hablaba, sólo resonaba en su cabeza el tono cálido y familiar con el que lo hacía. En verdad necesitaba eso. Mejor dicho, lo necesitaba a él, a Xeno, cada día con mayor desesperación que el anterior, en especial después de lo que acababa de vivir…

—Podrías haberme llamado de camino. —Fueron las palabras que entendió Stanley, luego de que su cerebro conectara de nuevo con el presente—. Habría preparado algo mejor para recibi…

El silencio alcanzó a Xeno cuando el roce inesperado de una mano fría y pesada alcanzó su mejilla. El pulgar de Stanley lo acarició sin prisa, como si buscara comprobar que era real.

Xeno no se movió. No dijo nada. A pesar del mutismo y la mirada ausente de Stanley, ese contacto lo decía todo. Eso era suficiente.

Al menos, por ahora.


Las ojeras de Xeno no estaban allí sin razón aparente.

A veces era por el insomnio.

A veces eran por los correos electrónicos de un niño japonés.

A veces eran por los ajustes de proyectos que lo mantenían en vela.

A veces eran porque se ponía a leer hasta altas horas de la madrugada con una lámpara de noche cerca de la cama, como en ese instante, perdiendo la noción del tiempo con cada página que pasaba.

Esa tranquilidad se rompió con el mismo golpe que abrió la puerta de la habitación. Al levantar la mirada se topó con Stanley, quien respiraba de manera errática y exhibía un sudor distinguible incluso a esa distancia y con la escasa iluminación.

En lo mismo que dura un parpadeo, Xeno tuvo a Stanley encima de la cama, de él, envolviendo su delgada silueta con esos poderosos brazos que lo apretaban con mayor desesperación a cada segundo que pasaba.

—Stan… con menos fuerza —murmuró Xeno, la respiración dificultada, a la espera de que su cuerpo, su temperatura y su voz, fueran capaces de servir como un ancla que alejara a Stanley de la oscura ilusión que logró arrastrarlo consigo—. Recuerda que no todos tenemos tu resistencia física, y mis costillas te lo agradecerían. Además, mi seguro aún no cubre accidentes por abrazos excesivos.

A Stanley jamás le horrorizó el campo de batalla ni la devastación de una guerra. No era el humo, los gritos, ni el estruendo de los casquillos de bala lo que le helaba la sangre y le impedía respirar.

Cada que se disponía a cerrar los ojos para descansar, algo se iba a la cama con él; ese «algo» resultaba similar a un veneno introducido en sus venas sin posibilidad de disiparse y cada noche invadía un órgano distinto, produciéndole un nuevo malestar, una nueva pesadilla.

Cuando conseguía dormir, una imagen aparecía ante él: Xeno, inerte, sin vida, con los ojos vacíos y sin una sola gota de sangre. O así era en sus mejores sueños, en los que Xeno aún era reconocible a la vista.

Si por alguna razón, Stanley era capaz de moverse dentro de esa escena atroz, la sensación de frío, la tensión y rigidez del cuerpo de Xeno, eran tan reales, que se levantaba envuelto en pánico, exhalando desesperación y empapado en sudor.

A kilómetros de distancia y sin un teléfono a la mano que le permitiera contactar a Xeno, se forzaba a volver en sí en fragmentos de segundo, convenciéndose de lo evidente: era un mal sueño y Xeno estaba bien.

¿No es así?

No obstante, esa noche tuvo la posibilidad de actuar por instinto, acudir a la recámara de Xeno para verificar por sus propios medios que todo era producto de su enferma imaginación que acababa de adquirir el espantoso hobby de torturarlo.

Inclusive si su corazón le decía que sólo era un sueño, su pecho no encontraba alivio. Quizá porque era consciente de que sin ese elegante y peculiar científico albino, no le quedaba nada a lo cual aferrarse a este mundo.

Los dedos de Xeno no dejaron de pasearse por los leves rasguños en la piel de Stanley, los moretones disipados y las marcas que contaban lo que él no le decía. Así fue durante varios minutos, hasta que Stanley se alejó unos centímetros para ver mejor a Xeno y palpar con torpeza su pecho, su cuello, su rostro, confirmando signos vitales y asegurándose de no imaginar su aliento.

Xeno no necesitó preguntar. Lo entendió en un instante. La mirada de Stanley, extrañamente perdida y vulnerable, hablaba por sí sola.

En su lugar, Xeno pasó una mano por la frente de Stanley, perlada en sudor, donde el eco de su pesadilla aún marcaba su expresión.

—Estoy aquí —susurró Xeno, con la calma de quien sabe que no se necesitan palabras, sólo presencia.

De nueva cuenta, Stanley hundió el rostro en la curvatura del cuello de Xeno, más calmado que cuando entró a la habitación, aunque con la respiración todavía pesada, casi como una súplica muda.

—No fue real, Stan —lo consoló Xeno, acariciando sus cabellos—. Solo un mal sueño.

Cualquier persona que fuera cuestionada diría que Xeno era pésimo con la labor de tranquilizar, y Stanley lo sabía, pero para él su simple presencia le brindaba paz y alivio, por lo tanto, aquellas palabras… ¡Dios! ¡Cuánto necesitaba escucharlas!

La presión en el pecho de Stanley comenzó a ceder cuando otra mano le acarició la espalda con movimientos suaves y pausados. No traer camisa le permitió sentir mejor esos dedos sedosos y delicados.

—Tienes manos de princesa —soltó Stanley en un impulso, porque… ¿Cuándo había visto a Xeno lavar siquiera un traste?

—Bueno, ya sabes lo que dicen: manos de princesa, mente de genio —respondió Xeno, haciendo uso de su increíble creatividad hasta para los momentos más inesperados.

—¿Quién dice eso? —Stanley enarcó una ceja.

—Xeno H. Wingfield —declaró Xeno, casi dejando escapar un bufido orgulloso.

—Hay personas como Einstein que son recordadas por decir cosas como «la energía es igual a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado» o que «el mayor misterio del mundo es que resulta comprensible» y luego estás tú, Xeno H. Wingfield, que pasará a la historia por declarar que un gran genio tiene unas elegantes manos de princesa. ¿No es un poco triste?

—Vaya, no olvidaste lo que te dije sobre Einstein. ¡Fascinante! Parece que tu capacidad de memorización mejora drásticamente cuando algo te toca el ego. Qué elegante, Stanley. Y mírate, hablando tanto. No es lo más común en ti, pero debo admitir que es… encantador.

Por un momento Stanley agradeció la posición en la que se encontraban. De ese modo Xeno no sería capaz de ver su media sonrisa ni el ligero carmín traicionero que le coloreó los pómulos, porque, aunque se trataba de una palabra astuta lanzada por el lado más juguetón de Xeno, para él significaba que su mundo entero lo veía así: encantador.

Cuando el cuerpo de Stanley dejó de sentirse tenso y exudar angustia, Xeno soltó un suspiro largo y pesado. Esperaba que, por lo que restaba de la noche, Stanley pudiera encontrar algo de paz.

—Eres pesado —murmuró Xeno pasado un rato, intentando mantener cierto aire de queja, sin que hubiera verdadera molestia en su tono.

Stanley apenas reaccionó, golpeado por un leve sentimiento de culpa, que le hizo aflojar su agarre para comenzar a erguirse.

—Lo siento —agregó en voz baja, evitando la mirada de Xeno, avergonzado por dejar salir de esa forma su propia vulnerabilidad—. Regresaré a mi cuarto.

Xeno extendió una mano, sosteniéndolo con firmeza.

—Quédate.

Stanley se limitó a parpadear, como si no fuera real lo que acababa de llegar a sus oídos.

—Por los viejos tiempos —añadió Xeno, esbozando una pequeña sonrisa y encogiendo los hombros—. Si no mal recuerdo, la última vez que dormimos juntos teníamos unos doce o trece años, y fue durante aquella noche en la que me acompañaste a acampar al bosque.

—No podía dejar que te comiera un oso por tu obsesión con las estrellas —respondió Stanley, trayendo a su memoria el día en que robó el rifle de su abuelo para proteger a Xeno.

—Para tu información, porque parece que no lo recuerdas, estaba en medio de un importante estudio astronómico —aclaró Xeno, no molesto, sino indignado, pues le había hablado por horas acerca de su investigación.

—Lo recuerdo —mintió Stanley con descaro, sólo tenía presente a un Xeno que hacía anotaciones en una libreta mientras le platicaba acerca de cosas que no comprendía—. Ese estudio te valió una entrada a la universidad a temprana edad y en un parpadeo llegaste a la NASA.

Una sonrisa orgullosa iluminó el rostro de Xeno, gesto que paulatinamente se volvió más… nostálgico.

—Quédate, Stan —repitió, en un tono más suave, los ojos entrecerrados a causa del cansancio que comenzaba a asaltarlo—. Estás padeciendo de algo que se conoce como: ansiedad por pérdida anticipada. —Escuchar eso fue como si a Stanley le arrojaran un balde de agua helada—. Es una sensación de alerta que aparece cuando se piensa en el futuro y también es una respuesta de malestar ante la incapacidad de controlar lo que sucederá. La manifestación más común es la de temor constante por perder a un ser querido, incluso sin que haya ocurrido una pérdida real. Considerando tu perfeccionismo intrínseco, me atrevo a decir que…

Stanley le tapó la boca a Xeno con una mano para que se callara.

—¿Sabes, Xeno? Tienes un talento especial para arruinar los momentos emotivos. Deberías ponerlo en tu currículum.

Xeno arqueó una ceja y, en lugar de continuar la discusión −¿qué otra cosa podía hacer para eliminar la tensión del ambiente?− cuando Stanley liberó sus labios y accedió a recostarse, tomó su cabeza para guiarlo a una posición en la que pudiera acomodarla sobre su pecho.

Esa acción fue tan inesperada como reconfortante para ambos.

—Sólo —susurró Xeno, presionando con suavidad a Stanley—, escucha.

Sin atreverse a hacer otra cosa, Stanley cerró los ojos, dejando que esos latidos constantes y firmes llenaran el silencio. La calidez de Xeno, las caricias de su mano sobre el cabello y el apacible sonido del corazón lo envolvieron con una sensación de seguridad que no experimentaba desde hacía semanas.

Xeno advirtió el momento justo en que la respiración de Stanley se tornó profunda y acompasada, indicando que al fin se había quedado dormido.

—Descansa, Stan.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Stanley lo hizo.


Cuando Xeno abrió los ojos, maldijo al sol −también a Galileo Galilei sin ninguna razón en particular− porque claramente la culpa de su pésimo descanso la tenía un cuerpo celeste compuesto por hidrógeno y helio, y no sus terribles hábitos de sueño.

Sobre su pecho, la cabeza de Stanley se acomodó mejor, con movimientos característicos de alguien despierto.

—Buenos días —murmuró Xeno, su voz ronca por el reciente despertar.

Stanley emitió un sonido áspero y perezoso que a Xeno se le antojó como el de una bestia que deja la hibernación.

—Tenía toda la intención de preparar un elegante desayuno —dijo Xeno con una resignación fingida—, pero, considerando mi excelente desempeño en la cama la noche anterior, me temo que te tocará a ti hacerlo.

Stanley soltó una leve risa nasal al escuchar la broma en doble sentido.

—Supongo que es lo justo. —Después de un suspiro profundo, se sentó en el borde de la cama, dejando que sus pies tocaran el suelo y, pese a que su anterior pesadilla persistía en su interior de manera difusa, la presencia de Xeno le permitía disipar la ansiedad.

Xeno no tardó en incorporarse, aunque en lugar de posicionarse del mismo modo que Stanley, se arrodilló a su lado. Fijó la mirada en el vendaje del brazo de Stanley y, de manera casi instintiva, deslizó los dedos sobre la tela.

—¿Fue difícil? —preguntó, en un tono sutil de preocupación.

—No —respondió Stanley con honestidad—, lo difícil se quedó en mi cabeza.

—Déjame eso a mí —replicó Xeno, sonriendo con cierta picardía, esperando cambiar el rumbo de la conversación, lo último que necesitaba era hacer que Stanley siguiera pensando en lo que sea que lo atormentaba—. Desde hace años acordamos que el cerebro soy yo, no tú.

—Bien, ¿y qué vamos a hacer ahora, Cerebro?

—¡Tratar de conquistar al mundo!

Por primera vez en días, Stanley dejó escapar una risa genuina.

Xeno lo observó con un sentimiento acogedor que no necesitaba verbalizar y quizá fueron sus ojos negros, comunmente distantes y calculadores, que ahora brillaban con un destello puro, casi inocente y difícil de ignorar, lo que incitó a Stanley a inclinarse en su dirección, acercando sus labios a los de Xeno, al punto de poder sentir su respiración.

No obstante, Stanley no avanzó más. Se quedó ahí, al borde de una línea que llevaba más de una década sin atreverse a cruzar, porque aunque el deseo lo quemaba por dentro, el miedo a romper lo que tenían seguía pesando sobre él.

La atención de Xeno se mantuvo sobre el rostro de Stanley, sobre lo que este reflejaba en un silencio triple: el primero, le permitía escuchar la respiración de Stanley; el segundo, a las pequeñas aves que paseaban por el jardín del otro lado de la ventana; el tercero, que no era fácil de reconocer, le pertenecía al corazón de Stanley, latiendo con fuerza dentro de su pecho.

Por primera vez, Stanley, que jamás vacilaba en apretar el gatillo para terminar con la vida de alguien, deseó no tener tanto miedo. Aunque «miedo» no era la manera adecuada de llamarlo, era…

Su mente quedó en blanco.

Apenas tuvo tiempo de procesar lo que sucedía cuando las manos de Xeno tomaron su rostro, pero lo que hizo que su mundo dejara de girar se encontraba pegado a sus labios.

Xeno lo besó. Sin titubeos, sin brusquedad, sin timidez.

Los ojos de Stanley se abrieron más de la cuenta y sus pulmones dejaron de trabajar. Delante de él, Xeno parecía no tener prisa, con el rostro imperturbable y los párpados cerrados, como si aquella acción fuera lo más normal del universo.

Lo que Stanley no sabía, era que para Xeno sí que lo era. No porque lo hubiera fantaseado, intentado o realizado antes, sino porque se trataba de Stanley.

Cuando se separaron, la quietud reinó en la habitación. Stanley experimentó un cosquilleo residual, la tibieza persistente que dejó la ausencia de contacto; sin embargo, más allá de eso, lo que le inquietaba era la calma en la mirada de Xeno, como si no hubiera nada extraño en lo que acababa de hacer.

—¿Por qué…? —dijo Stanley, en lo que podía clasificar como susurro inaudible.

—Porque parecía que querías hacerlo —interrumpió Xeno, anticipado a la pregunta—. Comencé a notarlo hace un par de años: el cómo me miras —continuó la conversación sin inmutarse, como si le estuviera explicando a un niño por qué el cielo es azul—. Al principio pensé que era por una cuestión… distinta, que tal vez era por tu falta de amigos o por cómo evitas socializar.

Stanley apretó los labios. Era cierto. Su mundo se reducía prácticamente a Xeno. Nadie más había conseguido atravesar las murallas que él mismo decidió levantar.

—Me tomó un tiempo comprenderlo —prosiguió Xeno—, pero supe que se trataba de algo más que simple amistad y confianza.

Los ojos de Stanley lo observaban con creciente aflicción. Por mucho que hubiese intentado ocultarlo, Xeno lo había visto. Su deseo, su cariño, su maldito terror. Todo.

—¿O me equivoqué al interpretarlo de este modo, Stanley?

Stanley desvió la vista. Su mandíbula se tensó. Había sido tan cuidadoso, tan meticuloso, tan sigiloso… y al final todo se había ido al carajo.

—No —susurró Stanley, con la voz quebrada—. Tienes razón.

No obstante, en lugar del rechazo que imaginaba, percibió de nuevo el toque de Xeno en el lateral de su mandíbula.

—Mírame —pidió Xeno, sin cambiar el tono de voz, que no era serio, aunque tampoco dulce.

Stanley titubeó, pero terminó obedeciendo. Siempre lo hacía. Sólo a él.

Los ojos marrones de Stanley se encontraron con la inmensa profundidad de los de Xeno, tan indescifrables como imperturbables.

Por segunda ocasión, Xeno redujo la distancia y, esta vez, Stanley no se quedó inmóvil. Sus labios se entregaron a aquello que tanto había anhelado, profundizando el contacto aunque sin urgencia y, entonces, comprendió que ya no había marcha atrás.

Tras separarse, Stanley no pudo evitar buscar alguna señal en el semblante de Xeno que le confirmara que aquello había significado lo mismo para ambos, pero la expresión de Xeno no mostraba emoción desbordada ni ansiedad contenida, tan sólo la misma paz analítica que siempre lo acompañaba.

No había más opción. Debía ponerlo en palabras.

—¿Tú… —Stanley tragó saliva—, te has sentido igual?

—¿A qué te refieres? —Xeno ladeó la cabeza con leve curiosidad.

—A esto. —Stanley gesticuló con las manos, como si el aire pudiera explicar lo que tenía en la cabeza—. A no saber cómo dar el siguiente paso.

Xeno permaneció en silencio unos instantes antes de responder.

—No.

Stanley escuchó la misma explosión contundente que llegaba a sus oídos tras disparar un fusil, sólo que él había sido el objetivo en la mira.

Con ese simple monosílabo Xeno supo que acababa de matar a un hombre. Lo notó en la forma en que la expresión de Stanley se opacó, en la rigidez de sus manos, en la leve contracción de su mandíbula y, por primera vez en mucho tiempo, experimentó algo parecido a la culpa.

—No veo nuestra relación de esa forma —declaró Xeno, encogiendo los hombros—. El romance nunca me ha llamado la atención, para ser honesto. ¿Y una relación? No, gracias. Las personas tienden a ser… agotadoras.

Stanley quiso apartarse. Lo lógico sería hacerlo, mas lo siguiente que escuchó lo detuvo.

—Pero si de algo estoy completamente seguro, es que sólo a ti te permitiría algo como esto —continuó Xeno, esbozando una sonrisa tranquila—. No tengo muchos amigos, pero los tengo y bajo ninguna circunstancia permitiría que alguno de ellos durmiera conmigo, mucho menos… —hizo una pausa, añadiendo un elegante dramatismo a la confesión que estaba por hacer—, besarme.

La vista de Stanley parecía fijarse en todo y nada a la vez. Era como si entendiera lo que ocurría frente a sus ojos y, al mismo tiempo, como si necesitara una explicación detallada. Xeno lo sabía de sobra porque lo veía poner la misma cara de bobo perdido cuando intentaba explicarle una teoría física y no se atrevía a interrumpirlo (sí, a veces Stanley guardaba silencio y escuchaba).

Entonces Xeno tomó las muñecas de Stanley para guiarlo en ese nuevo y desconocido recorrido. Cuando las palabras no funcionaban con ese hombre, debía simplemente mostrarle.

—Si quieres tocarme, puedes hacerlo.

Y Stanley sintió el calor del cuerpo de Xeno a través de su delgado y elegante pijama de seda, dejando que sus manos fueran conducidas hacia una estrecha cintura, donde la tela camuflaba lo delgada que era en comparación a cómo lucía.

—Si quieres mis labios, Stanley, los tendrás.

Y los dedos de Stanley fueron guiados a la cara de Xeno, permitiendo que sus pulgares rozaran lo que antes había besado.

—Si quieres mi cuerpo, también te lo daré. —Los ojos de Xeno reflejaban un estoicismo perturbador.

Y las manos de Stanley regresaron al torso de Xeno, dándole libertad; sin embargo, Stanley abrió la boca y la cerró al no hallar palabras. Su mente vaciló, como si temiera romper la frágil ilusión en la que se encontraba justo ahora. Porque eso no podía ser real, ¿verdad?

¡¿O sí?!

—Si quieres mi cariño, será tuyo —Xeno continuó—. No sé si esto encaja con lo que la mayoría llamaría amor. —Encogió los hombros, restándole importancia, aunque sin sacudirse de encima la sinceridad inquebrantable—. No siento la emoción desbordante que muchos describen, pero sí sé que todo esto… sólo lo quiero contigo.

El pecho de Stanley comenzó a subir y bajar con un ritmo irregular. Las palabras de Xeno resonaban como un eco en su interior mientras lo envolvían en un fuego lento y, pese a ser abrasado desde las entrañas, no experimentó ningún temor.

Entonces, Stanley tomó a Xeno entre sus brazos, acomodándolo sobre su regazo. Se atrevió a descansar su frente sobre la de Xeno.

—¿De verdad puedo tenerte? —preguntó con una voz casi trémula, aunque atrevida.

Xeno lo estudió con esa expresión tranquila y calculadora que a veces le resultaba frustrante.

—Sí —respondió sin dudar, aunque parpadeando en confusión. ¿No había sido lo suficientemente claro?—. Es justo lo que te acabo de decir.

—Con «tenerte» me refiero a… —En lugar de explicar, Stanley sentó a Xeno de modo que fuera capaz de sentir su entrepierna, pero Xeno no se mostró sorprendido, ni siquiera incómodo.

—S-sí —declaró Xeno, sin entender por qué había tartamudeado, quizá por lo que estaba a punto de aclarar—. Aunque… no tengo experiencia. Nunca he estado con nadie de esa forma. No sé cómo será para ti, pero tal vez no pueda hacer que lo disfrutes tanto como esperas.

Stanley negó con la cabeza, una leve sonrisa curvando sus labios, con la emoción apenas contenida.

—No te preocupes. Tampoco tengo tanta experiencia —confesó, dejando que el subconsciente incinerara los recuerdos de uno que otro desliz durante el servicio militar.

Por un momento, Xeno pareció satisfecho con la respuesta, aunque su semblante pronto se tornó más serio.

—Ah, hay otra cuestión: no tengo condones.

Stanley se tensó por el cambio de ritmo tan brusco en la conversación.

—Si lo hacemos así será una práctica de riesgo —continuó Xeno—, en especial por la forma de contagio de la hepatitis C, la sífilis, el VPH, el VIH... Sé que lo sabes tan bien como yo.

Stanley asintió. Era consciente de ello, así que tuvo que interrumpir, porque desconocía a dónde quería llegar Xeno con esa charla digna de las tediosas clases de educación sexual.

—A los soldados nos hacen chequeos médicos con regularidad. El último fue hace un par de semanas. No he estado con nadie desde entonces… y, siendo honesto, ya lleva tiempo siendo así.

—Hmm. —Xeno no era ajeno al funcionamiento de un cerebro masculino y en lo que era capaz de hacer (o decir) con tal de satisfacer ciertas urgencias. No esperaba que Stanley le mintiera, pero…

—Si quieres ver los resultados, los tengo en mi equipaje —habló Stanley, un cerebro masculino que por mera intuición se anticipaba a las reacciones de Xeno y, la mayoría del tiempo, lo complementaba.

—No hace falta. —Xeno negó con la cabeza—. Confío en ti.

Por eso mismo Stanley no le ocultaba ni sus más profundos secretos −o casi nunca−. Esa fe incondicional era algo que jamás se atrevería a traicionar. Antes muerto.

—Aunque, si vamos a hacerlo —prosiguió Xeno, llevando los dedos hacia el primer botón de su pijama, desabrochando con calma—, hubiera preferido que fuera de la manera más segura posible.

Sin embargo, antes de que pudiera continuar, una mano firme lo detuvo.

—¿Stan?

La respuesta no fue inmediata. En lugar de palabras, Stanley depositó un beso entre las clavículas de Xeno y otro más en su cuello. En el transcurso del día debía encontrar una manera de expresarle que no podía hacer esa clase de cosas de la nada, porque el libido de Stanley era alto y difícil de controlar. No era algo que Xeno pudiera manejar ni tomar a la ligera.

Al volver a observar de frente a Xeno, suspiró con una sutil sonrisa.

—Si fueras cualquier otro —dijo con voz baja—, ya te habría arrancado la ropa para satisfacerme.

Xeno parpadeó.

—Pero no eres cualquiera —continuó Stanley, con la misma calma—. Me gustas, Xeno. Y no planeo tomarte sólo para calmar mis necesidades. Quiero que esto sea diferente. Especial, aunque suene ridículo.

El silencio que siguió fue incómodo. Eran contadas las ocasiones en las que las palabras de Stanley dejaban a Xeno sin la capacidad de formular una respuesta inmediata, por lo general era a la inversa.

De repente, las manos de Stanley descendieron hasta los muslos de Xeno, levantándolo con facilidad, como si no pesara nada.

—Oye —Xeno frunció el ceño y se aferró a los hombros de Stanley por inercia—, ¿qué estás haciendo?

Stanley no respondió enseguida. En su lugar, su expresión se endureció mientras salía de la habitación.

—Estás más ligero —dijo, con tono de desaprobación.

De pronto el marco de las ventanas comenzó a resultar fascinante para Xeno, hasta que no pudo ocultarlo más.

—He estado ocupado revisando los últimos cálculos de mi proyecto Helium-3. De mi última conversación con Senku me surgió la idea de hacer un análisis diferente para los materiales que...

—No te pregunté sobre tu proyecto —interrumpió Stanley, con un tono severo, que rara ocasión usaba con Xeno—. ¿Cuántas veces comes al día?

Xeno fingió no escuchar, en su lugar, fingió que la virgen le hablaba. Por desgracia para él, Stanley no era la clase de hombre que abandonaba las cosas con facilidad. A veces era demasiado estricto, perfeccionista y terco para su propio bien.

—Maldita sea, Xeno. —Stanley chasqueó la lengua. No era la primera vez que le recalcaba tener una mejor alimentación.

—¿Ahora qué? —Xeno rodó los ojos.

Stanley no entendía cómo un hombre de su edad y con su inteligencia podía ser tan descuidado consigo mismo.

—Primero vas a desayunar —más que una petición, fue una orden—. Después, puedes arrastrarme a lo que sea que tengas en mente. —Así había sido desde su infancia.

—No necesito que...

—No me importa.

Xeno bufó, aunque no hizo el intento de zafarse. Al fin y al cabo, discutir con Stanley era una causa perdida, ni hablar de rivalizar en fuerza física. No tenía oportunidad.

No obstante, pese a no admitirlo en voz alta, disfrutaba estar entre sus brazos. Era algo nuevo y extrañamente… agradable y divertido.

Cuando Stanley lo bajó, hizo un último intento, colocando las manos a cada lado de la cadera e inclinándose un poco hacia adelante.

—¿De verdad no quieres pasar a la acción primero? —preguntó con tono juguetón.

En lugar de responder, Stanley pasó por un lado y le dio una nalgada, previo a sacar algunas cosas de la alacena.

Xeno despegó los talones del piso, en un brinco, sin saber cómo reaccionar a eso.

—Te tomaré la palabra más tarde. Contenerme nunca estuvo en mis planes —aseguró Stanley, cascando un par de huevos en un bowl para preparar un omelette—. Seré cuidadoso, claro, pero no te voy a tratar como a una princesa, Xeno. Eres mi hombre y voy a hacer que lo sientas en cada maldito segundo.

A Xeno se le erizó la piel. La forma tan cruda, directa y, de alguna manera, sensual, con la que Stanley exponía lo que pretendía hacerle no le resultó desagradable, sólo le indujo un estado similar a la conmoción por lo desconocido.

El resto del día transcurrió sin novedades. Tras desayunar, Stanley se abocó a la rutina: fumar, tender la cama, hacer ejercicio, tomar una ducha y acomodar la ropa con la misma precisión milimétrica con la que Xeno realizaba cálculos matemáticos.

Cuando finalizó sus tareas autoimpuestas, se acercó a Xeno por la espalda, le puso las manos sobre la cintura y besó su cuello con suavidad, dejando allí una marca.

—¿Sabes cómo asearte? —dijo, camuflando en su ton el peligro del depredador con una cortina de misterio—. Aunque, si lo prefieres, te puedo ayudar con eso y empezamos desde la ducha cuando regrese.

—¿Vas a salir? —inquirió Xeno, tratando de cambiar el tema y evitar mostrarse sorprendido por la primera pregunta.

—Voy a la farmacia por lubricante. Dudo que haya condones de mi talla.

Xeno no pudo evitar una ligera risa. No pensaba dejar que Stanley se saliera con la suya y alardeara −o lo intimidara− por su tamaño.

—El látex es bastante elástico, Stan —le explicó—. Las tallas grandes y extragrandes son más marketing que necesidad. Básicamente, te cobran más por alimentar tu ego. La realidad es que casi cualquier preservativo del mercado sirve para el hombre promedio.

—Lo sé —respondió Stanley, la sonrisa ladeada, sin perder el tono juguetón—. Pero no me refería al ancho. Hablo del largo. Las tallas jumbo superan los dieciocho centímetros y esas son las difíciles de encontrar.

Xeno se sonrojó, incapaz de agregar algo más o la voz se le quebraría. Lo sabía.

—Son veintidos, Xeno —soltó Stanley, disfrutando descaradamente de cómo las orejas de Xeno se ponían coloradas—. Mentalízate. —Le propinó una última palmada en el trasero antes de apartarse—. No tardo.

Xeno se quedó allí, inmóvil, mientras su cerebro procesaba −o lo intentaba− lo que acababa de suceder.

La seguridad con la que Stanley se movía, esa mezcla de descaro y coquetería, tuvo un efecto extraño en Xeno: le hizo sentir confiado y, al mismo tiempo, inquieto, como si no supiera qué esperar, pese a que llevaba años conociéndolo tan bien como a la palma de su mano.

Cuando Stanley regresó, se tomó su tiempo paseando por la casa hasta encontrar al coprotagonista de sus más salvajes fantasías, quien vestía ropas ligeras y llevaba el cabello suelto, recién secado, todavía con una pequeña toalla al cuello.

Xeno no lo escuchó acercarse. Se sobresaltó cuando lo tuvo pegado a su espalda por segunda ocasión, rodeando su cuerpo con un brazo.

Sobre el buró reposaba una regla. La mirada de Stanley se desvió hacia esta, pensando divertido que quizá Xeno querría medir hasta dónde le llegarían los veintidós centímetros que mencionó. Un toque de orgullo apareció en su rostro.

También divisó la pantalla del celular de Xeno, donde claramente investigaba sobre los riesgos del sexo anal. No comentó nada al respecto. No era necesario. Era algo que cabría esperar de ese hombre.

En lugar de seguir observando, se acercó al oído de Xeno, dejando que su respiración lo alcanzara antes que su voz, cargada de intención, lo acariciara con la misma sensualidad que hacían sus dedos sobre la cintura, colándose debajo de la tela.

—¿Alguna petición?

Xeno, sin poder evitarlo, soltó una leve risa nerviosa.

—¿Encontraste los condones? —preguntó, con una mezcla entre curiosidad y nerviosismo.

Stanley negó con un sonido, percibiendo su intranquilidad.

—Quizá deberíamos tomarlo con calma hoy —declaró Xeno, con cierto deje de vacilación impropio en él. Se aclaró la garganta para darse valor, lo mejor en esas situaciones era ser claro—. Es mi primera vez. Admito que estoy nervioso y como el ano tiene bastantes terminaciones venosas, no quiero...

—Lo sé —interrumpió Stanley, girando a Xeno para poder hablar de frente y tratar de despejar su huracán de pensamientos caóticos; lo conocía demasiado bien para saber lo que había dentro de su cabeza; no siempre lo entendía, pero era capaz de verlo—. Sé que dije que no planeo contenerme, pero eso no significa que vaya a ser un bruto inconsciente. Quiero que también te sientas bien, así que primero me aseguraré de que puedas soportarlo. —Esbozó una media sonrisa y con una chispa de ironía agregó algo más—. Cada milímetro.

Xeno no apartó la vista. En silencio, tenía un debate consigo mismo sobre qué era más importante: lo que Stanley había dicho o el tono con el que lo hizo.

Después de un tiempo, Stanley captó un destello ansioso en los ojos de Xeno y por años de experiencia sabía lo que significaba: palabras acumuladas como la nieve, que serían liberadas en forma de avalancha.

—Dilo ya —lo animó Stanley, intrigado y, a la vez, resignado por costumbre.

—Del nervio pudendo se desprenden las fibras sensitivas que inervan a los genitales y como los nervios anales inferiores que alcanzan la piel recubren toda la región perianal, se vuelve un punto muy placentero al estímulo —Xeno se apresuró a comentar—, al igual que la próstata, que está a unos cinco o siete centímetros de profundidad en el recto… ¡Ah! Por cierto, me di cuenta de que mis zonas erógenas son la lengua, la nuca y el interior de los muslos... Lo estuve probando. —Obvió la parte en la que descubrió eso mientras se duchaba, luego de una investigación anatómica.

—Acabas de quitarme la mitad de la diversión, ¿sabías? —suspiró Stanley, pasándose una mano por el rostro—. Yo quería encontrar esas zonas por mi cuenta.

Xeno abrió la boca para agregar algo más, pero fue interrumpido antes de proseguir.

—Bueno, al menos ahora sé en qué enfocarme —añadió Stanley, en un tono tan divertido como desvergonzado—, así que no te quejes cuando te sobrestimule.

El roce de los dedos de Stanley en su nuca envió una descarga eléctrica por la espalda de Xeno, llevando con ella su buen juicio hasta los pies.

—Sólo… dime una cosa, Stan —añadió Xeno, aferrando ambas manos a los brazos de Stanley—. ¿Puedes hacer que esto sea algo que yo quiera repetir?

Stanley lo miró directo al alma, dejando que la confianza y la certeza brillaran en sus pupilas. El desafío plasmado en el rostro de Xeno, la ligera curva en sus labios, el sutil temblor en su respiración: era perfecto.

—Sí, puedo —respondió, con la seguridad de siempre, sabiendo que cuando lo decía, era porque realmente podía.

Sin perder más tiempo, se acercó a Xeno, capturando sus labios en un gesto profundo y desesperado, con una advertencia muda al aire que indicaba que no había espacio allí para él.

Esa fue la primera noche en que las pesadillas de Stanley cesaron, en especial porque se mantuvo en actividad constante hasta el amanecer.