Océano de amor

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Una historia con dos finales, elije el que más te guste. Una tormenta se interpondrá en su camino separandolos enviándola a ella a una época distinta... ¿Podrán reencontrase?

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29
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Capítulo 1

—¡Te ves hermosa incluso bajo las tormentas!—Halagaba Alexander a su novia.—Tu cabello da vueltas como una diosa antigua.

—¡Gracias amor, debe ser el brillo que las olas provocan!—Le contestó mientras se vestía.

La pareja se comunicaba en el interior del bote que pertenecía a la marina del país, con sus colores característicos azul y blanco. Lo hacían hablando fuerte pues la tormenta interrumpía la buena comunicación.

La feliz pareja había salido de misión, una muy sencilla.

Debido a que habían aprovechado para disfrutar de su pasión, se tomaron un tiempo para hacer el amor, algo que habían hecho recurrentemente en aquellas escapadas.

Después, sintieron la responsabilidad del deber y comenzaron a hacer la última tarea, la cual consistía en recoger los estándares y algunas telas que aún llevaban esos barcos aunque fueran de motor. La tela seguía siendo una característica importante para los símbolos en las embarcaciones.

Intentaban regresar al barco principal después de una pequeña misión de reconocimiento que fue interrumpida por la inesperada tormenta.

—¡No te restes méritos!—Seguía gritando él mientras bajaba la bandera.—¡Ni el sol, ni el mar, ni las lluvias podrán opacar tu belleza!

—Dicen que una mujer se ve bella porque es feliz.—Se acercaba mientras recogía unas redes.—Y usted apuesto marino me hace muy feliz.

—Yo he venido a este mundo solo a esa misión!—Se acercó también para recoger las redes.—¡Y de todas las misiones en este mundo, hacerte feliz es la más importante!

Terminaron juntos a la mitad de la lancha y después de ambos subir la roja se besaron apasionadamente.

Alexander era un hombre alto, medía 1,85 metros, moreno claro y con una sonrisa muy grande que podría conquistar a cualquier mujer, ojos claros y coquetos, nariz gruesa y firme, su cabello café aunque muy corto como era costumbre en la milicia. Tenía un gran sentido de justicia y lealtad a todo lo que le importaba.

Rut tenía un cuerpo envidiable que no lucía tan bien con el uniforme puesto. Pero siempre lo portaba limpio y bien planchado como su disciplina le había forjado. Su cabello era castaño y rizado aunque todo el tiempo tenía que llevarlo amarrado por protocolo para usar el gorro blanco. Su tez era blanca y sus ojos cafés oscuros, una nariz delgada, cejas pobladas y labios horribles. Todo en un cuerpo con talla de 1,70m.

Al inicio entre ellos la atracción fue física pero la química que lograron en poco tiempo y que siguieron teniendo hasta ese día era lo que los mantenía unidos y enamorados.

El inmenso viento en esos momentos era un factor a considerar, aunque el Sol no se viera mucho ni sus rayos penetraban por las intensas lluvias, la temperatura era demasiado elevada.

Además estaban cerca de un mar peligroso donde aún tenían jurisdicción pues era al final de la frontera de su país. La misión consistía en revisar la contaminación informada en esas aguas. Se decía que en un sector estaban muriendo muchos peces por un activo que derramó un barco de transporte. La marina antes de actuar necesitaba corroborar para enviar el equipo necesario. Alexander y Rut eran dos marinos profesionales y ya con muchos años de experiencia. Habían entrado a la edad de 19 años, ambos muy jóvenes, impulsivos y con una gran lealtad a su intuición. Seis años habían trabajado juntos, escalando rangos y con la fortuna de que en los traslados les tocara juntos casi como si el destino les ayudara a jamás separarse. Fueron elegidos para la misión porque ella era la más observadora y detallista, nada se escapaba bajo su custodia o revisión. Él fue elegido por su conocimiento en algunos productos químicos y sería capaz de reconocer la sustancia impregnada en el agua para poder enviar el equipo necesario.

La misión terminó para ambos debido a la tormenta y debían regresar.

—No encontramos ninguna área contaminada.—Decía ella mientras se refugiaba en el bote.—¿Crees que deberíamos regresar ya? Un químico derramado debe ser considerado para solucionar.

—Pienso lo mismo que tú, sería una gran irresponsabilidad dejar algo así.—Contestaba secándose el cabello.—Pero recorrimos la zona tres veces, si ese químico estuviera en el agua lo hubiéramos visto. Por más que busquemos no hay tal recurso derramado.

—Creo que tienes razón.—Se resignaba Rut para finalizar la búsqueda.

—Debemos regresar antes de que el capitán se preocupe p*r n**str* ausencia.

—No creo que ese hombre se preocupe por algo alguna vez.

—Tranquila, estás hablando de tu superior en frente de mí.—Sonreía con ella.—Soy un marino muy leal.

—Ya lo creo.—Decía respondiendo a la sonrisa.—Espero que así de leal sea con su futura esposa y siempre.

—Eso es un golpe bajo, mi trabajo y vida amorosa no se mezclan.

—¿A no? y ¿por qué coqueteó conmigo el primer día que entramos en la marina?

—Era parte de mi trabajo conocer a los miembros de mi equipo.—Sonreía nuevamente.—Y usted sin duda hermosa mujer, es lo mejor que pude conocer en el equipo.

Su conversación romántica se vió interrumpida por unos truenos que se escuchaban muy fuerte. Los alertó haciendo saber que la tormenta seguiría y se intensificaría. Ambos se levantaron para acelerar el motor que los llevaría de vuelta al barco.

A pesar de ser dos marinos con experiencia, en el mar siempre había que tomar las precauciones necesarias para no ser atrapados por él. Habían estado en muchas misiones anteriores pero decían que todas eran diferentes y en todas se trataba de evitar el mayor riesgo posible.

La marina era una institución que preparaba bien a su equipo y creaba los protocolos de manera que ninguno se arriesgara, no querían darse el lujo de perder elementos.

Ambos emprendieron a máxima velocidad el camino de regreso mientras intentaban dejar atrás la inmensa tormenta que les perseguía.

El escenario era contemplado por ambos, el hecho de poseer peligro no dejaba de ser hermoso.

El sonido del mar y las figuras que las olas hacían al cortarse en el bote era algo muy hermoso de ver. Las aves emprendian el viaje de regreso a la costa más cercana para cubrirse y dormir para recibir al nuevo día. El cielo iba oscureciendo cada vez más, el color rojizo en el horizonte ya empezaba a hacer acto de presencia. Es el tono que dura menos tiempo en un atardecer y aparece solo para anunciar el paso de la noche y la iluminación de hermosas estrellas que deleitan la vista en el mar por las noches.

Al oeste unas inmensas rocas en donde la luz se refractaba por última vez en ese día. En el agua algunos delfines y peces hacían su aparición nadando con rapidez. Los delfines saltaban para tomar oxígeno y poder huir también de la tormenta. Los peces solo huían del sonido que provocaba el bote al pasar. Todo un paraíso que en otras circunstancias lo disfrutarían completamente.

Con un poco de nerviosismo y emoción por la aventura se acercaron al barco que llevaba por nombre “El Castigo de la patria” un Bergantín militar que había sido creado para salvaguardar al país. Un monstruo en el mar que era balanceado levemente por las olas del mar. Era de color blanco en la mayoría de su contrucción, salvo las timoneras y demás habitaciones que estaban pintadas de color dorado con un borde en plata que le hacían lucir desde una distancia considerable.

Conforme se acercaron, sus compañeros ya los habían detectado y ayudaron a subir a bordo. El barco tenía un pequeño elevador con el que apoyado con un mecanismo subía las embarcaciones menores a bordo. Fueron subidos de esta forma y al llegar arriba les ayudaron a incorporarse y ponerse cómodos dentro de la embarcación.

—Bienvenidos aventureros.—Saludaba su viejo amigo Raúl.—¿Cómo les fue en su paseo?

—Bien, húmedo como era de esperarse,—Respondía Alexander con una sonrisa,—parece que todo está bien allá abajo, debemos informar al capitán.

—Adelante, él está en su cabina.

Los dos sin perder más tiempo se dirigieron a la cabina del capitán para dar pie a su informe.

Los pasillos de ese enorme barco estaban relucientes de limpio y con mucho orden en todos los utensilios, pasear por él era como un tour pues por más que pasaran mucho tiempo en él, siempre había sorpresas por encontrar.

La cabina del capitán no solo era la más grande si no como era de esperarse la más lujosa y ordenada. La puerta estaba fortificada y solo con una clave o abriéndola desde adentro se podía acceder.

Las personas calificadas para poseer la clave eran muy pocas, solo los tenientes además del capitán podían hacerlo. La clave estaba guardada en una caja de seguridad en el centro del barco y tenía instrucciones de solo en extrema urgencia o necesidad abrirla. Como en caso que el capitán no estuviera ni algún teniente, en caso de muerte, guerra o que el propio capitán no saliera de la habitación por más de 20 horas seguidas.

Cuando la pareja llegó, el encargado de poner el código fue el teniente del Bergantín, Nicolas Sandre. Un ejemplo de marino pero carecía de carisma y humanidad. De hecho no estaba de acuerdo en la relación de estos dos enamorados considerándolo contra el protocolo y cada que podía les mandaba por separado a las misiones.

Les importaba poco su opinión debido a que el propio capitán había dado su permiso para que estos dos pudieran tener la relación con la condición que su trabajo no fuera descuidado o dañado, no fueran en contra de los protocolos y no pusieran en riesgo a los compañeros. El capitán era más humano y se le hacía excelente que el amor existiera alumbrando el barco. El teniente refunfuñaba cada vez que el capitán daba la orden que fueran a una misión juntos, pero como buen marino no contradecía a su jefe.

Entraron a la cabina junto al teniente y el capitán ya los esperaba sentado en su cómodo sillón color azul oscuro. Era un hombre de avanzada edad, cabello blanco con algunos huecos en la cabeza producto de la caída del cabello. Su rostro tenía algunas arrugas pero no dejaba de verse noble e intelectual. Un lepanto color azul marino con la insignia de su grado, adornaba su cabeza ocultando en esa parte su calvicie. Su uniforme azul marino muy limpio y sin arrugas se componía de un saco y pantalón de vestir, una camisa blanca con una corbata combinada con el traje. Muchas insignias en su costado izquierdo y en el derecho un letrero brillante con su nombre “Capitán Heraldo Gamboa” que portaba con mucho orgullo. Era un hombre fuerte y con una postura firme y derecha aún para su avanzada edad.

—¡Oh, mi pareja favorita ha llegado!—Con una voz amable los recibía.—¿Todo fue bien allá afuera?

—¡Capitán!—Saludaba con euforia Alexander mientras se colocaba la mano en la frente en señal de respeto a su superior.—La exploración fue sencilla, recorrimos 3 veces el área asignada donde se levantó el reporte y con certeza le digo que no hay agua contaminada ni químico derramado.

—Ummm entiendo.—Se llevó las manos a la cabeza.—Fue un desperdicio de combustible venir de la base hasta acá solo por rumores. Las personas creen que los marinos no somos personas ocupadas, pero en fin.—Se levantó rápidamente para dar indicaciones.—Teniente, comuníquese con la base central y reporte lo que acabamos de escuchar. Ustedes descansen que mañana regresamos a primera hora.

—¡Sí señor!—Exclamó el teniente.

Los tres salieron de la cabina despidiéndose como era costumbre para los marinos al salir del rango de un superior.

—¡Descansen soldados!—Ordenaba el teniente a sus acompañantes al salir. Después se dirigió a su habitación.

—¡Sí señor!—Respondieron con furia ambos ante las palabras del teniente.

—Ese teniente es muy pesado solo de verlo.—Comentaba Rut discretamente.

—Bueno no todos tienen la dicha de la felicidad.—Respondía Alexander con sarcasmo.—Otros fueron dotados con el espíritu de la amargura.

Ambos soltaron una risa y se taparon la boca al sentir que lo hacían muy fuerte.

—Bueno amor mío a descansar, te amo.

—Nos vemos mañana mi apuesto prometido.

Se dieron un beso de despedida y cada uno se dirigió a su dormitorio.

El barco contaba en ese momento con un equipo de 321 miembros, entre el capitán, teniente, cocineros, médicos, infantería, químicos, personal en máquinas entre otros puestos importantes. Cada uno con su rango y oficio, aunque pertenecían a la marina esa tripulación era el mejor equipo de trabajo y se rumoraba que todo era gracias al Capitán Gamboa.

Los dormitorios de hombres estaban en la parte de proa del barco muy lejos de los dormitorios de mujeres pero más cercanos a la cocina. Todos trataban de mantener la cordialidad entre compañeros y rara vez había un conflicto o un desacuerdo, pero cuando sucedía era solucionado rápidamente.

Alexander se llevaba bien con casi todos sus compañeros. Había uno que sentía celos de su relación y trataba de evitarlo lo más que podía. Pero él trataba a todos por igual y antes de acostarse, trataba de contar algún chiste para irse a dormir.

Algo que lo había convertido en el marino más popular del barco.

Después de escuchar el chiste, todos fueron a dormir.

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