El Legado roto , ecos antes de la sombra

All Rights Reserved ©

Summary

Antes de que la galaxia ardiera en una guerra abierta, dos legados comenzaron a quebrarse bajo estrellas distantes. En la fría y ordenada Orbithar, Sombra, un huérfano de las forjas con ojos grises calculadores, ingresa a la brutal Academia de Hierro no por lealtad, sino por pura supervivencia, ocultando un odio creciente hacia el sistema y un peligroso secreto tecnológico. Mientras tanto, en la mágica pero decadente Elarion, capital de Noctyra, el joven Tharion ve cómo la corrupción de los Autócratas envenena su mundo, asesina a su padre y marchita la luz ancestral del Éter, obligándolo a forjar una resistencia desde las sombras junto a sus leales amigos. Sé testigo de la formación de los Lanceros de Hierro bajo la férrea disciplina de Voryn, de la ambición de Kaedra que sacrifica la inocencia en una Noctyra fracturada, y de la forja de lealtades que serán brutalmente traicionadas. Descubre cómo las semillas del conflicto se siembran en pasillos de acero y jardines luminosos, convergiendo inexorablemente hacia la masacre de Cenagal Gris: la infame batalla orquestada que destruirá vidas, creará monstruos y encenderá el odio eterno que definirá la guerra venidera. El Legado Roto revela el origen de la oscuridad, los ecos de dolor y traición que precedieron a la sombra.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: La Sombra Bajo el Titanio

Capítulo 1: La Sombra Bajo el Titanio

Ciclo Estelar ~1990 — Sub-Niveles de Lunareth, Orbithar


El aire del Sub-Nivel Kresh-7 sabía a óxido, refrigerante podrido y miedo viejo.

El oxígeno reciclado pasaba tantas veces por filtros obstruidos, pulmones enfermos y conductos corroídos que terminaba adquiriendo sabor. Cada respiración raspaba la garganta como una limadura metálica. Las tuberías, cubiertas de décadas de negligencia, supuraban un lodo oscuro sobre las placas del suelo. Bajo la luz amarillenta de las lumen-tiras — las lyrintri en la designación oficial, las lyr en la boca de cualquiera que ya no creyera en designaciones oficiales — los charcos brillaban con reflejos iridiscentes, como si incluso la podredumbre intentara fingir belleza.

Muy por encima, en los niveles nobles de Lunareth, Orbithar respiraba otro aire.

Allí hablaban de progreso. De unidad. De gloria. Vahr. Solen. Krion.

Aquí abajo, el progreso goteaba desde el techo en forma de residuos tóxicos.

El estruendo de la maquinaria pesada era constante. No se oía tanto como se sentía: una vibración profunda, incrustada en los huesos, en los dientes, en el pecho. Era el pulso industrial de la ciudad, el corazón de titanio que alimentaba a la élite sobre las cabezas de los olvidados. Para los habitantes de Kresh-7, aquel sonido no era ruido. Era recordatorio.

El sistema seguía funcionando.

Ellos eran los que se oxidaban.


Entre corredores estrechos, cables colgantes y vapor caliente, una figura pequeña se movía sin hacer ruido.

Su madre, cuando aún tenía madre, lo había llamado Vael.

Hacía tiempo que nadie lo llamaba así.

Quizá tenía doce khron. Quizá catorce. En los sub-niveles, el hambre encogía los cuerpos, endurecía las miradas y convertía a los niños en cosas veloces, desconfiadas, difíciles de atrapar. Vael era delgado hasta parecer incompleto, una silueta de huesos y nervios bajo ropa remendada. Pero sus ojos grises no tenían nada de infantiles.

Eran los de alguien que había aprendido a mirar antes de moverse, y a desconfiar antes de mirar. No por talento: por la costumbre terca de seguir vivo un día más.

Una cámara de vigilancia parpadeaba al final del corredor, girando con un retraso de tres segundos cada vez que el cable principal chisporroteaba. Una tubería goteaba en intervalos irregulares, ocultando sonidos pequeños si uno sabía moverse entre ellos. A dos pasillos de distancia, las botas de una patrulla de Vahrkin golpeaban el metal con un ritmo pesado y disciplinado. Los carteles oficiales los llamaban Enforcers. La gente de Kresh, cuando se atrevía a nombrarlos, los llamaba khorritas: una deformación krescha de Vahrki, dicha con la misma falta de respeto con que se nombra una plaga.

Vael lo escuchó todo.

Y siguió avanzando.

Bajo el brazo llevaba su premio: una ración nutritiva vencida, robada de un contenedor detrás de una cantina de obreros. Un bloque gris, denso, envuelto en plástico opaco. Un gris, en lengua de Kresh — la misma palabra que se usaba para nombrar a las personas sin sello, sin registro, sin nombre que el sistema reconociera. Comerse un gris siendo uno gris. Aritmética del hueco.

Probablemente sabría a cartón húmedo y proteína sintética en descomposición. En Kresh-7 eso no se discutía. Se masticaba.

Entonces oyó pasos.

No los pasos medidos de los Vahrkin. Estos eran más torpes, más confiados, acompañados por risas ásperas y el tintineo de metal barato.

Vael se detuvo.

Tres figuras doblaron la esquina al fondo del corredor. Chaquetas raídas. Nudilleras improvisadas. Mandíbulas marcadas con implantes oxidados.

Los Dientes de Acero.

Vael no corrió. Correr era ruido. Ruido era atención.

Se deslizó hacia un hueco oscuro detrás de un generador auxiliar que zumbaba con un fallo eléctrico. El aparato escupía calor y vibraciones, lo bastante fuerte para ocultar su respiración. Vael dobló el cuerpo, pegó la espalda al metal caliente y se hizo pequeño entre cables y hollín.

Los matones pasaron a menos de dos metros.

—Te juro que vi algo, Drokk.

—Viste tu propio reflejo, idiota.

El más alto de los tres se detuvo. No por instinto. Por costumbre. Olfateó el aire como quien sabe que algo está cerca pero no se molesta en buscarlo.

—Eh, niño —dijo, sin mirar a ningún sitio en particular—. Sé que estás ahí. Y no me importa, hijo de gris. Quédate ahí, callado, y mañana sigues respirando.

Hizo una pausa. Sonrió a la nada.

—Pero si te encuentro otra vez en mi turno, te voy a llamar por tu nombre. Y los chicos como tú no tienen nombre mucho tiempo después de que alguien lo aprenda. ¿Entiendes?

Vael no respiró.

—Sí entiendes. Eres una sombrita lista.

El matón escupió al suelo. La saliva cayó cerca de la bota de Vael. Luego los tres siguieron caminando, las risas perdiéndose en el laberinto industrial.

Vael esperó. Diez pulth. Quince. Veinte.

Sombrita.

La palabra se le quedó dentro como una astilla. No por el insulto. Por la forma en que el matón la había dicho — con la indiferencia de quien nombra un objeto. Sombra era lo que se proyecta sin querer. Sombra era prueba de que algo pequeño existe entre algo grande y la luz.

Decidió quedárselo.

Vael era un nombre que su madre había usado. No le pertenecía a este corredor. No le pertenecía a Kresh-7. Y los nombres que el sistema no conocía eran los únicos que valía la pena conservar.

Salió del escondite. Mordió la ración. Masticó con eficiencia mecánica.

Desde ese momento, en todos los registros que importaban — los suyos —, ya no era Vael.

Era Sombra.


Mientras avanzaba, su mirada se detuvo en un threvphael dañado. La imagen volumétrica chisporroteaba sobre una pared manchada de aceite. Mostraba las forjas de aleación de los niveles superiores: obreros sonrientes, metal fundido como ríos de luz, supervisores impecables junto a lemas del Alto Mando, grabados en Vahrek arriba y traducidos abajo, como dictaban los protocolos de propaganda para sub-niveles.

ORBITHAR ZERITHAKAR VENUTH. Orbithar forja el porvenir.

KHALEN MAHNOS SOLENITHAR. Cada mano sirve al todo.

Sombra sintió algo frío bajo las costillas.

Su madre había servido al todo.

Recordó el olor acre que se pegaba a su ropa cuando volvía de las forjas. Sus dedos agrietados. Su tos seca durante la noche — primero pequeña, casi un carraspeo. Luego profunda. Húmeda. Persistente.

Después vino el silencio.

El comunicado oficial llegó sin rostro y sin emoción.

Accidente industrial lamentable. Compensación denegada por irregularidad contractual.

[Sello al pie del documento: VESHKOS]

Sombra había leído esas palabras tantas veces que ya no dolían igual. Habían dejado de ser una herida abierta para convertirse en metal frío dentro de él. El sello — un cuadro pequeño, casi invisible, color hierro — clasificaba el caso como veshkos: sin valor administrativo. Su madre había sido sin valor incluso para el papel que firmaba su muerte. Veshkos. Una palabra Vahrek, fría, técnica. La traducción krescha hubiera sido más honesta: al gris.

El sistema no lamentaba nada.

Procesaba. Consumía. Descartaba.


Más tarde, en una alcoba olvidada entre conductos de ventilación y cables muertos, Sombra se sentó frente al esqueleto oxidado de un droide de carga. Aquel lugar era suyo, al menos por ahora. Nadie bajaba a una cavidad estructural marcada como inestable en los mapas de mantenimiento. Nadie excepto los desesperados. Y los desesperados no solían mirar hacia arriba.

Sacó de una bolsa de tela un datapad antiguo — un sekkari, lo llamaban los archivos imperiales: instrumento del saber. La carcasa estaba rajada, la pantalla tenía líneas negras permanentes, la batería se recalentaba si lo dejaba encendido más de veinte minutos.

Pero funcionaba. A veces.

No lo usaba para juegos ni para música. Lo usaba para entender cómo respiraba Lunareth desde sus entrañas: manifiestos de carga, rutas de patrulla, qué puertas se abrían durante los cambios de turno, qué zonas figuraban vacías en los registros aunque estuvieran llenas de gente. En Kresh-7, saber esas cosas era la diferencia entre seguir respirando y dejar de hacerlo.

Y a veces, entre los archivos mal protegidos, encontraba otra clase de cosa: restos de lo que el Vahrethik Sekkar había decidido que nadie debía leer. Sombra había aprendido a reconocer los sellos de censura por el color y la forma, sin entenderlos siempre del todo. La mayoría tapaban basura administrativa. Algunos, no.

Una noche, entre archivos corruptos, una mención incompleta se quedó a medio cargar en la pantalla:

PROTOCOLO FÉNIX Designación interna: PHAELALUTH. Auto-reparación adaptativa basada en principios de —

Ahí se cortaba. Una franja de bytes corruptos se comía el resto. La etiqueta del archivo era una que Sombra había visto mil veces: PHELTHOS, inestable — la marca de las cosas que el Imperio probaba y tiraba.

Pero al fondo del cabecero, en una línea que casi nadie habría buscado, había un segundo sello. Más pequeño. Más reciente. Rojo.

[Reclasificado: THREV-VAHRKOS]

Ese sí lo conocía. El más raro de todos, y el único cuya sola posesión bastaba para que a uno lo mandaran al Hueco. No lo ponían sobre teorías muertas: lo ponían sobre las cosas que arriba seguían temiendo.

Sombra frunció el ceño. Probablemente no era nada — una superstición vieja vestida de informe técnico, un experimento fallido que algún burócrata, por exceso de celo, había vuelto a sellar.

Aun así, memorizó la palabra que el sistema había intentado no decir: Phaelaluth. Porque un archivo que alguien reclasifica dos veces, cada vez con más miedo, se reclasifica porque en algún nivel muy por encima de Kresh-7 hay alguien que todavía no duerme tranquilo.

Y las cosas que el sistema reclasificaba dos veces, una más severa que la primera, se reclasificaban porque alguien arriba seguía teniéndoles miedo.


De su padre quedaba menos.

Una mano grande sobre su hombro. Un uniforme. Una voz grave diciéndole que debía ser fuerte. Después, ausencia. Otra notificación oficial. Otra frase diseñada para cerrar bocas:

Caído en el cumplimiento del deber. Honor eterno a la Khorr IV.

Pero su padre no había sido un soldado de la Khorr IV.

Había sido un Zerith-Vethi — un Lancero de Hierro.

Y los Zerith-Vethik no caían en el cumplimiento del deber. Los Lanceros de Hierro eran enviados. Y cuando algo salía mal, se les borraba primero del registro y después de la memoria.

Sombra había verificado tres veces. La unidad de su padre no aparecía en ninguna lista oficial de bajas. Ni en las honoríficas, ni en las administrativas. La Khorr IV — Korr-Mokhin, la Sangre Fría, la línea fronteriza — era el destino de papel donde el Vahrethik enviaba a los muertos que no quería contar bien. Caído en Khorr IV era la frase que el sistema usaba cuando un Zerith-Vethi desaparecía en una operación que no debía haber existido.

Y, hundido en lo más profundo de los archivos, en una copia de respaldo del registro original — una que había sobrevivido, mal borrada, en un servidor de mantenimiento olvidado — había un detalle que el comunicado público no llevaba.

Un sello. Cuadrado. Negro. Sin código visible para los ojos no entrenados, pero Sombra ya lo había aprendido a leer.

MOKHREK.

La negación. Lo que no fue dicho.

El sistema le había dado a su madre una mentira piadosa.

A su padre le había dado una mentira útil.

A él no le habían dado nada.


Por eso, abajo, en la cavidad estructural marcada como inestable, con un datapad que se sobrecalentaba y un nombre que había robado de la boca de un matón, Sombra empezó a hacer lo único que el sistema no había aprendido a procesar todavía:

Recordaba.