El Silencio del Bosque
El bosque estaba demasiado silencioso.
Ni el canto de los grillos, ni el crujir de las ramas, ni siquiera el susurro del viento se atrevía a interrumpir la quietud que rodeaba a Valeria. Todo parecía contener la respiración, como si el mundo esperara algo… o alguien.
Ella caminaba descalza, guiada por una fuerza invisible que la arrastraba entre los árboles húmedos. Su camisón blanco, manchado por la tierra, ondeaba como una bandera de rendición. No sabía cómo había llegado hasta allí. No recordaba haberse levantado de la cama. Pero sus pies se movían solos.
Y entonces, lo vio.
Una figura de pie frente a ella, envuelta en una capa negra, tan inmóvil que parecía una estatua tallada en la oscuridad. Sus ojos, brillando como carbones encendidos, se clavaron en los de Valeria con una intensidad que le quemó el alma.
—Has venido —dijo él, su voz como un eco en la niebla—. Por fin.
Valeria intentó hablar, pero sus labios no se movieron. Sentía que conocía esa voz. No solo de esta vida… sino de otra. Una que no recordaba.
El hombre dio un paso hacia ella. Y con ese simple movimiento, los cuervos comenzaron a graznar entre los árboles, como si anunciaran la llegada del fin.
—¿Quién eres? —logró susurrar finalmente.
Él sonrió. Una sonrisa triste. Vacía. Con siglos de dolor detrás.
—Soy la promesa que alguien hizo por ti.
Y ahora… he venido a cobrarla.








