La perturbadora llamada.
La perturbadora llamada.
Frank sentía que, por primera vez en mucho tiempo, su vida estaba en equilibrio. Había construido su empresa de limpieza desde cero, recuperado su estabilidad emocional y encontrado en Teresa una mujer que lo llenaba de paz. Todo iba viento en popa, Teresa se había convertido en un faro, ella había llegado para darle color a su mundo, el cual había perdido el sentido, sentía que la amaba, que podía confiarle su vida y hoy después de un año de noviazgo, le propondría que se casara con él.
Esa noche, después de una deliciosa cena en su casa, los nervios lo invadieron, no sabía cómo hacerle la propuesta, ya tenía preparado todo, el anillo estaba en su bolsillo, pero de pronto sintió que quizás no era el momento, ella se merecía una cena más elegante, un momento mágico, pues quería darle la impresión que la amaba más que a nada en este mundo.
Estaba decidido, se lo propondría en otro momento, uno mas mágico para ambos.
Se dejaron llevar por la pasión en la calidez de su habitación.
El mundo era perfecto.
Hasta que el teléfono sonó.
Al principio, lo ignoró. No quería que nada rompiera ese momento. Pero la insistencia del tono vibrante se convirtió en una punzada en su cabeza.
—Responde, tal vez sea importante —susurró Teresa, acariciando su rostro.
Frank suspiró y, sin ver el número, deslizó el dedo por la pantalla para atender. Llevó el teléfono al oído con la certeza de que sería algún problema menor de la empresa. Pero entonces, escuchó la voz.
—Cariño… ¿aún me amas?
El frío lo atravesó como un puñal. Sintió cómo la realidad se quebraba bajo sus pies. Aquella voz…
No. No era posible.
Su cuerpo se tensó, la respiración se le cortó en seco. Cada fibra de su ser reconocía ese tono dulce, familiar, imborrable. La voz de su esposa muerta.
—¿Frank? ¿Qué sucede? —preguntó Teresa al notar su repentino estado de shock.
Él no respondió. Seguía con el teléfono pegado al oído, los ojos abiertos pero vacíos, atrapado en un limbo de incredulidad y horror.
—Cariño… ¿estás ahí? —repitió la voz al otro lado de la línea.
Frank sintió un escalofrío recorrerle la columna. Cerró los ojos, esperando que al abrirlos todo hubiera sido un mal sueño. Pero la pesadilla era real.
Colgó de golpe. Su mano temblaba.
—¿Frank? —insistió Teresa, ahora preocupada—. ¿Qué pasa? ¿Quién era?
Él no podía responder. Su mente se nubló, su piel ardía de ansiedad. Con movimientos torpes, se sentó en el borde de la cama y comenzó a vestirse apresuradamente.
—Tengo que irme. Es un problema en la empresa —dijo sin mirarla.
Teresa lo observó con desconcierto.
—¿Ahora? ¿A esta hora? ¿Qué problema? —preguntó, pero Frank no se detuvo. Se calzó los zapatos, tomó su chaqueta y, sin una sola explicación más, salió de la casa.
El aire nocturno lo golpeó en la cara al cruzar la puerta. Su corazón latía con una violencia que apenas podía controlar. Encendió el auto y, con manos sudorosas, sostuvo el volante. Miró su teléfono, como si esperara que el número desconocido volviera a aparecer en la pantalla.
Nada. Solo el reflejo de su propio miedo devolviéndole la mirada.
Apretó los dientes. ¿Había sido real? ¿O solo un eco de su mente, una trampa de su propio pasado?
Encendió el motor y condujo sin rumbo fijo, huyendo de algo que, en el fondo, sabía que lo alcanzaría tarde o temprano.
