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La Preparatoria Donde Todo Cambió (V1)

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Summary

Makoto Tanaka no esperaba mucho de su primer año en la preparatoria. Pero pronto descubrirá que la escuela no solo es un lugar para estudiar, sino un escenario donde el pasado, los vínculos y los errores cobran vida. Entre amistades tensas, conflictos internos y verdades incómodas, deberá decidir en quién puede confiar… y en qué clase de persona quiere convertirse.

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16+

Prólogo: Golpe y Respuesta.

Tras salir de casa, inhalé aire profundamente y lo expulsé con fuerza.

—Aire fresco... qué bien sienta —murmuré.

El aire puro que entraba por mi nariz y salía por la boca era tan refrescante como la primera brisa que uno puede sentir en lo alto de un acantilado.

Me dispuse a caminar hacia la escuela. Después de todo, era mi primer día de clases en la preparatoria.

Por razones personales, no asistí a la ceremonia de ingreso, así que hoy ni siquiera sabía dónde estaba mi clase.

Al llegar a la entrada, alcé la mirada y observé el edificio que tenía frente a mí. Involuntariamente, sonreí.

—¡Alto ahí, delincuente!

Rápidamente, la sonrisa se desvaneció de mi rostro cuando escuché un grito dirigido hacia mí. Una estudiante se acercaba con paso firme.

—¿Me hablas a mí?

La señalé con duda mientras formulaba la pregunta.

—¿A quién si no? —respondió.

Teniendo en cuenta la cantidad de personas que había alrededor, podría haber sido cualquiera. Sin embargo, al ver que se acercaba directamente a mí y me miraba fijamente, deduje que efectivamente, se dirigía a mí.

—¿Y bien? ¿Qué ocurre?

—Como presidenta del consejo estudiantil, entenderás que no puedo permitir que los delincuentes anden a sus anchas.

—¿Delincuente? ¿Quién? ¿Yo?

—No me hagas repetirlo.

—Pero yo no soy un delincuente.

...

...

Ambos nos quedamos mirándonos de forma indiferente.

—¿No eres un delincuente?

—Así es.

...

—Ya veo. Entonces, mis disculpas. Como parecías un delincuente, lo di por hecho —dijo, haciendo una leve reverencia.

—Oe, ¿acaso estás buscando pelea?

—¿Ves cómo al final sí que eras un delincuente?

Respiré hondo e inspiré con fuerza para tranquilizarme.

—Por cierto, también tienes la corbata mal puesta.

Reduciendo la distancia entre nosotros de golpe, comenzó a desatar y a atar mi corbata sin siquiera pedirme permiso.

—Dios... no es que estuviera suelta, es que estaba mal atada. Casi parece que no te hayan enseñado.

Definitivamente, está buscando pelea.

Al terminar de atarme la corbata, me dio un ligero empujón en el pecho con ambas manos y se alejó.

—Bueno, siento haberte molestado. Ahora seguiré con mi trabajo.

Se despidió, y yo hice lo mismo. Tras marcharse, comencé a caminar hacia la entrada.

—Por cierto, mi nombre es Hikari Minamoto. Encantada.

Antes de irse, se presentó con cortesía.

—Makoto Tanaka. Lo mismo digo —respondí mientras me dirigía a cambiarme los zapatos.

¿Sabéis cuál es el mejor asiento en clase?

Muchos pensarán que será alguno del fondo para no llamar la atención, pero podría parecer el típico rarito que se cree protagonista de anime.

Otros diréis que justo en el medio: no estás demasiado expuesto y pasas desapercibido.

Pero no.

Si bien esas opciones se acercan, en mi opinión, el mejor asiento es en la fila más centrada posible, al lado de la ventana. Así no llamas la atención y, además, tienes la vista al exterior.

¿Qué más se puede pedir?

Definitivamente, este es el mejor asiento.

∆ ∆ ∆

Al final de clase, en el centro del aula había un grupo de chicos y chicas algo ruidosos. Parecían el típico grupo de populares.

Estaban hablando, riendo, haciendo el tonto. Al principio me molestó el ruido, pero eventualmente me acostumbré.

Durante el descanso, uno de los chicos del grupo vino hasta mi pupitre. Parecía querer hablar conmigo de forma amistosa.

Sin embargo, instintivamente noté que algo no iba bien.

—Ey, Tanaka. Los chicos y yo vamos a comprar algo a la máquina expendedora. ¿Vienes?

Era sospechoso que me invitaran, pero también podía ser que simplemente quisieran integrarme. Antes de responder, eché un vistazo rápido al grupo.

Todos parecían a lo suyo, salvo Aoi Yoshihara, mi compañera de clase, que me dirigió una rápida mirada.

Volví a mirar al chico que me hablaba: Ryuto Kabeyama.

—Por mí no hay problema. Gracias por la invitación.

—Venga, vamos para allá.

Por alguna razón, creí que diría algo como: “Tranquilo, no es molestia”. Pero no lo hizo.

Kabeyama hizo una seña a sus amigos, quienes se levantaron para seguirnos.

El trayecto hasta la máquina expendedora fue algo incómodo. No participé en ninguna conversación, no por timidez, sino porque ellos hablaban entre sí, como si yo no existiera.

Era como si hubieran construido una pared invisible entre nosotros.

Una vez fuera del edificio, llegamos a una máquina expendedora. Los dos chicos que nos acompañaban se sentaron en un banco cercano. Kabeyama y yo permanecimos de pie.

¿No van a comprar nada?

Eso pensé.

Kabeyama compró un zumo de naranja en brick. Sacó la pajita y bebió un poco. Yo compré un batido de chocolate y un dorayaki.

Cuando me dirigí a sentarme en el banco, uno de los chicos me habló con un tono hostil:

—Oe, un momento. ¿Y nuestra bebida?

—¿Disculpa?— pregunté poniéndome mentalmente en guardia.

—Oye, Ryuto. ¿No le dijiste que si quería venir con nosotros tenía que comprarnos la bebida y la comida?

El otro chico sonrió burlonamente mirando a Kabeyama. Este se rió también y habló:

—Perdón, perdón. Se me olvidó completamente, jajajaja.

Kabeyama pasó su brazo por detrás de mí y se apoyó en mi hombro. Su cara cerca de la mía mostraba una sonrisa poco afable.

—Bueno, Tanaka. Ya que viniste con nosotros, tendrás que pagarnos, ¿no?

Con un movimiento agresivo lo aparté de mí y me alejé.

—Me rehúso. Si creéis que puedo ser vuestro objetivo para el bullying, lo lleváis claro. No me volváis a hablar.

Lo miré directamente. La sonrisa de Kabeyama desapareció.

—Así que no quieres pasar el ra—

—Me marcho.

Lo corté antes de que pudiera terminar. Empecé a alejarme. Eso debió molestarle aún más.

—Oe, ¿a dónde crees que vas?

Uno de los chicos se puso frente a mí y el otro detrás. Kabeyama a un lado, la pared al otro. Estaba acorralado.

—¿Crees que puedes interrumpir a Ryuto e irte así sin más? Lo llevas claro.

El chico detrás mío insinuaba claramente que iban a ser violentos.

Me giré hacia Kabeyama para mantenerlos a todos en mi campo visual, pero cuanto más aumentaba la tensión, más se estrechaba mi visión. Todo se centraba en un solo objetivo.

—Vas a ver por qué deberías habernos hecho caso.

Kabeyama intentó rociarme con el zumo. Como lo esperaba, lo esquivé.

El zumo de naranja es perfecto para el bullying: mancha, es pegajoso, huele fuerte. Por eso supe para qué lo quería.

—Ajá, así que continúas rebelándote.

Tiró el brick al suelo y se abalanzó sobre mí. Lancé un puñetazo con la izquierda a su cara. Se echó atrás, pero lo agarré de la corbata, giré y lo estampé contra la pared.

Gritó por el golpe.

Me lancé sobre él, le presioné la garganta contra la pared con el brazo y comencé a darle rodillazos al estómago.

—¡¿Pero qué mierda haces?!

Los otros dos reaccionaron. Me agarraron de los brazos y me alejaron de Kabeyama. Este se retorció del dolor. Me miró con rabia.

—Peleas mejor de lo que pareces. Creíamos que fingías ser un delincuente para hacerte el duro. Pero parece que eres uno de verdad.

—Tsk.— Le chisté con agresividad.

Kabeyama no se achantó.

—Je, interesante. Pero mírate ahora: atrapado, sin posibilidad de moverte. Y yo soy libre para golpearte sin reparo.

Cargó el brazo derecho con toda la tranquilidad del mundo y me dio un puñetazo en la cara.

—Aaah, qué bien sienta. Aunque duele más de lo que pensaba.

Agitó la mano por el dolor.

La adrenalina se le fue. Ya no me veía como amenaza. Bajó la guardia.

Ese era el momento de actuar, pero no sabía si mi plan funcionaría...

—¡Alto ahí!

Una voz femenina nos interrumpió. Todos miramos a la vez.

Era Yoshihara, nuestra compañera de clase y amiga de Kabeyama y sus lacayos.

Se acercó rápidamente, con el ceño fruncido.

—Sabía que esto acabaría mal, pero no pensé que tanto... Te dije que no lo hicieras, Kabeyama.

—Tsk, y yo te dije que haría lo que quisiera... Además, en un principio solo íbamos a reírnos de él, pero se nos puso chulo y tuvimos que darle una lección.

—Pues tú pareces estar en peor estado que él.

—Eso es porque me has detenido —espetó Kabeyama.

Entonces se giró hacia mí, furioso, y me lanzó otro puñetazo.

—¡NO!

Yoshihara se interpuso justo a tiempo y recibió el golpe en la cara.

Se tambaleó, pero logró mantenerse en pie apoyándose en mí.

¿Qué demonios estaba haciendo? Una cosa es que buscara pelea conmigo, ¿pero golpear a su propia amiga?

Obviamente sabía que no fue intencional, pero aun así... me enfadé.

Le lancé una mirada asesina a Kabeyama, y él, a pesar de su rabia, desvió la mirada.

—¿Qué me miras así? ¡Ella se puso delante! —gritó, frustrado. Luego golpeó el suelo con el pie—. Vámonos. Luego hablamos, Aoi-chan.

Sus amigos, aún sorprendidos, me soltaron y se marcharon con Kabeyama.

...

Yoshihara se incorporó tras un breve silencio. Se palmeó la falda para acomodarla y me dirigió una sonrisa tranquila.

—¿Estás bien, Tanaka-kun?

En ese momento me preocupaba más ella que yo..

—Yo estoy bien. ¿Tú cómo estás? No te golpeó precisamente flojo.

—Está bien, está bien. Un golpe como este no me hará nada.

—Te ha dejado una buena marca.

—¿Eh? ¡¿Eeeeh?! —tocó su rostro repetidamente, fingiendo preocupación, y luego volvió a sonreír—. Es broma. El maquillaje lo arregla todo.

—Deberías ir a la enfermería.

—Uff, eres muy directo, Tanaka-kun.

Hizo un puchero antes de ceder.

—Vale, iré a la enfermería. Pero tú vienes también. A ti también te han golpeado.

Pensé en negarme, pero sabía que no me dejaría irme tan fácilmente. Así que acepté.

La acompañé hasta la enfermería, hablando tranquilamente de todo un poco.

—Siento que Kabeyama te acorralara. No sé por qué hizo eso...

—Tranquila. No tienes porqué disculparte. Al contrario, te agradezco que me ayudaras.

—Jeje, para eso estamos.

Se rió e hizo una pose de victoria, como si estuviera orgullosa. Y, de hecho, lo estaba.

—Pero tampoco tenías por qué recibir el golpe.

—Pero se fue, ¿o no?

Me lo dijo como si supiera que eso ocurriría, aunque lo dudaba.

No creo que lo conociera tan bien como para predecirlo con tanta seguridad, sobre todo siendo el primer día de clases. Pero decidí no darle más vueltas.

De todas formas, había algo que me molestaba.

¿Por qué precisamente yo fui su objetivo?

—¿Ocurre algo, Tanaka-kun?

—No, tranquila. Solo yo y mis pensamientos.

No era necesario compartir mis preocupaciones. Quizás me eligieron al azar, aunque había opciones mejores. Tal vez no lo pensaron demasiado.

—¿Qué pensamientos? ¿No será que estás teniendo pensamientos impuros conmigo ahora mismo? No sabía que te gustaban las mujeres golpeadas.

Estaba tomándome el pelo.

—Ese no es el caso. Me gustan más golpeadas si cabe.

—Oye, eso es asqueroso.

—Oe, solo te estaba siguiendo el juego.

—Vale, vale. Pero no me golpees hasta el punto que te gusta, por favor. Quiero seguir manteniendo mi orgullo.

Se abrazó a sí misma como protegiéndose, luego se rió con naturalidad.

Aunque me estaba tomando el pelo, me hizo gracia. No lo hacía con malicia.

—Oye, tienes más sentido del humor del que creía.

—¿Creías que no tenía sentido del humor?

—En clase eras tan sombrío que hasta dabas miedo.

Levantó los brazos en señal de susto, pero solo resultó adorable.

—Oe.

Me hice el ofendido, pero después ambos reímos.

—¿Te has unido a algún club ya, Tanaka?

—No, siempre he sido del club de irme a casa.

—Únete al club de literatura. Así iríamos juntos.

—Nunca me ha interesado mucho la literatura, la verdad. Y me sorprende que a ti sí.

—¿Acaso me veías como la típica chica tonta?

—Jeje, lo siento.

—¡Al menos niégalo, ¿no?!

—Jejeje...

—¡Pero niégalo!

Parecía ofendida, pero luego se puso a reír.

—Que conste que empezaste tú.

—Cierto, cierto. Ya sé que no me tengo que meter contigo.

Los dos nos reímos mientras nos dirigíamos a la enfermería.

Al llegar, la enfermera se sorprendió, pero le dijimos que nos habíamos chocado para evitar problemas.

Yoshihara y yo volvimos a clase tranquilamente.

—Bueno, Tanaka. Yo me despido. Voy a regañar a Kabeyama por lo de antes.

Se despidió y se metió en clase primero.

Yo la seguí y me dirigí a mi asiento sin mirarla.

Sentí la mirada de Kabeyama, pero lo ignoré. Quería que supiera que no era importante para mí.

El golpe que me dio no me dejó una marca duradera, por lo que su orgullo seguramente se hundió.

Un momento... ¿No le estoy dando demasiada importancia a esta persona?

Las relaciones sociales son muy difíciles, sobre todo cuando eres joven y tienes poca experiencia.

Surgen problemas de donde no los hay. Le das más importancia de la que deberías a cualquier cosa, y al final, nada se soluciona.

Dependiendo de la persona, puedes llegar a sobre pensarlo todo o hacer justo lo contrario. En ambos casos, todo empeora.

Desde un simple malentendido hasta la envidia más clara.

No suelo plantearme demasiado esto, pero realmente las cosas me afectan más de lo que quiero admitir. Y no soy el único.

Lo de hoy puede haberse quedado así, pero a todos los involucrados nos dejará una marca que, llegado el momento, no podremos ignorar.

∆ ∆ ∆

Aunque me cueste admitirlo, seguí pensando en ello incluso a la salida de clase. Sin embargo, poco a poco el recuerdo se fue diluyendo.

Mientras regresaba a casa, esa escena del mediodía fue quedando en un rincón superficial de mi mente.

Hasta que llegué a casa, donde ya ni siquiera me acordaba de lo ocurrido.

Abrí la puerta y entré lentamente.

Nada más hacerlo, un olor fuerte entró por mi nariz.

Creí estar acostumbrado, pero solo era una ilusión.

La poca luz que entraba por las persianas entreabiertas, las bolsas de basura impidiendo que me cambie los zapatos cómodamente...

Aparté las bolas y me dirigí a mi cuarto.

Por el camino, no pude evitar echar un vistazo al salón. La puerta estaba entreabierta, como siempre. Siempre que pasaba por ahí, lo hacía. Era casi inconsciente.

De reojo, veía a mi madre rodeada de más basura. A veces con la cabeza apoyada en la mesa por el agotamiento, otras... metiéndose una raya de cocaína.

Mi mente lo sabía, pero mi cuerpo no lo sentía: esa no era una situación normal.

Subí a mi cuarto y me metí en la cama, mirando el móvil. Esa era mi rutina diaria.

Me duchaba solo porque tenía que ir a la escuela. De no ser así, ni eso haría.

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