Perdóname... (Pavel y Pooh)

Summary

Le quité el esposo a mí madre

Genre
Lgbtq
Author
Blstories
Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

De dos familias que llevaban años atormentándose con un odio sembrado por rencores antiguos, nacieron dos hijos que, irónicamente, se amaban con una intensidad que nadie habría podido prever. Dos jóvenes que escapaban por las noches, a escondidas, buscando un refugio lejos de los ojos vigilantes y de los prejuicios de sus padres.

Dos familias enemistadas desde hacía tanto que ya nadie recordaba el verdadero origen del conflicto. Pavel y Becky, apenas dos adolescentes, desafiaron el peso del pasado, las expectativas familiares y el resentimiento heredado. A los x años ya mantenían un romance secreto, aunque su historia venía ocurriendo desde mucho antes. Desde los 13 o 14 años habían estado enamorándose en silencio, intentando convencerse mutuamente de que debían odiarse, que debían rechazar al otro, como hacían sus padres. Pero el corazón nunca obedece a la lógica de otros; el amor terminó ganando aquella batalla silenciosa.

A los pocos meses de estar saliendo, Becky quedó embarazada. La noticia cayó como un rayo sobre ellos: nervios, miedo, ansiedad y una desesperación que los envolvió sin permiso. Si sus padres llegaban a enterarse, ambos estarían en graves problemas, o al menos eso imaginaban sus mentes adolescentes. Era un secreto demasiado delicado para cargarlo solos. Becky quería tener al bebé; Pavel, en cambio, no estaba preparado, pero también sabía que la amaba demasiado como para abandonarla. Por eso aceptó su propuesta: huir juntos. Una fuga a ninguna parte, impulsada por el amor y el pánico.

El día acordado para escaparse, ambos fueron descubiertos. Los padres de Becky los encontraron antes de que pudieran cruzar la puerta. Paralizados por el miedo, temblando, con miradas que buscaban una salida que ya no existía, escucharon el grito del padre de ella.

—A ver, ¡explícate Becky! ¿Qué haces con ese chico? —tronó su voz, cargada de enojo y desprecio—. ¿Se te ha olvidado que su familia es nuestra enemiga?

Becky no logró articular una sola palabra. Tenía tanto miedo de su padre que su cuerpo entero se volvió ligero, como si fuera a desvanecerse. Fue Pavel quien le apretó la mano, transmitiéndole seguridad, recordándole que no estaba sola.

Entonces habló él.

—Señor… señora… me disculpo por mi mal comportamiento y por no haberme presentado antes como debía. Pero… dadas las circunstancias, lo importante ahora es que ustedes sepan lo que ha estado pasando entre su hija y yo…

Pavel respiró profundamente antes de soltar la frase que cambiaría el destino de todos.

—Ella está embarazada.

Cerró los ojos, esperando que la violencia estallara, que el padre de Becky lo golpeara o lo insultara. Pero no ocurrió nada de eso. En su lugar, los padres se miraron entre confundidos y furiosos, y sin mediar palabra salieron en dirección a la casa vecina en busca de los padres de Pavel.

Los chicos no se quedaron atrás; corrieron detrás de ellos, con el corazón martillando.

—¿Cómo diablos has criado a tus hijos? —bramó el padre de Becky al padre de Pavel—. ¡Este hijo tuyo ha embarazado a mi hija!

Los padres de Pavel lo miraron atónitos, esperando que su hijo lo negara. Pero él no lo hizo. Agachó la cabeza, avergonzado, sin saber qué decir.

—¿Qué hiciste qué? —rugió el padre de Pavel.

La tensión era sofocante. Entonces habló la madre de Becky con una frialdad que solo una mujer decidida puede tener.

—Van a tener que hacer algo y rápido. Mi hija debe casarse.

—¿Qué? ¡Nuestras familias se han odiado por años! ¡Eso no puede pasar! —replicó el padre de Pavel, escandalizado.

La madre de Pavel permanecía en silencio, observando, sin comprender del todo la raíz del odio entre ambos hombres.

La verdad era que el odio nunca fue por las razones que se habían contado. De adolescentes, el padre de Pavel y el de Becky habían sido inseparables, incluso habían salido juntos, una pareja extrañamente hermosa para la época. Pero el padre de Becky fue cobarde: cedió a la presión familiar y se casó con la madre de Becky. Desde entonces, ambos se odiaron, arrastrando a sus familias al conflicto. Las esposas nunca supieron el verdadero motivo; se limitaron a aceptar la enemistad por lealtad marital.

—No me importa el odio —dijo la madre de Becky con firmeza—. Ellos deben casarse. Nosotros cuidaremos del bebé cuando nazca para que mi hija pueda seguir estudiando. Imagino que usted hará lo mismo con su hijo. Él también seguirá con sus estudios. No será él quien lleve al bebé, pero tendrá que hacerse responsable. Se van a casar, y ambas familias pondrán de su parte por ellos.

Ante aquella lógica contundente, los hombres no tuvieron más opción que aceptar. Así se pactó la boda.

Las familias organizaron una boda que compitió con las más hermosas que la ciudad hubiera visto. El orgullo les impedía permitir algo simple; gastaron sin medida para que fuera perfecta.

Un año después de la boda, el bebé ya tenía cuatro meses. Las madres, tanto la de Pavel como la de Becky, se habían unido alrededor del pequeño, mientras que los padres aún se negaban a hablarse. La tensión seguía viva, como un fantasma persistente.

Becky había vuelto a la escuela, repitiendo el año. Pavel cursaba el último. Sus amigos sabían la historia, pero nadie lo juzgó; al contrario, lo felicitaron por la boda.

Todos los días después de clases, iban a buscar a su hijo. Vivían solos, sin saber aún cómo ser padres ni cómo ser esposos.

—Este mocoso me quita todo el tiempo y me aleja de ti —se quejó Pavel con frustración—. Ya no puedo pasar un buen rato contigo sin que empiece a llorar.

—Otra vez con lo mismo. Te recuerdo que es nuestro hijo. Si no fuera por ti, yo no habría quedado embarazada. Tú estabas desesperado por tener relaciones, y ahora debes hacerte responsable.

—Claro, pero si tú me hubieras dicho que no querías, yo lo habría respetado. También eres responsable. Además, no quisiste abortar —dijo él.

Los ojos de Becky se encendieron con furia.

—¿Te estás escuchando? ¡Es nuestro hijo del que hablas! ¿Cómo puedes ser tan insensible? ¿Planeabas vivir toda tu vida conmigo sin tener hijos? ¿Te pesa haberlo tenido?

Pavel puso los ojos en blanco y se metió al baño sin responder. La verdad era que él no quería hijos: ni ahora ni después. No como su hermano mayor, Benz, que deseaba tenerlos pero prefería esperar.

Benz tenía 19 años, vivía con sus padres, estudiaba en la universidad y no tenía novia. Tenía experiencia en ambos lados del amor pero nadie sabía que le gustaban también los hombres. Si Pavel le hubiera pedido consejo, tal vez la historia habría sido distinta. Pero ya no había marcha atrás: el bebé existía, respiraba, lloraba, y Becky jamás lo abandonaría.