Fragmentos perdidos.
También recuerdo a alguien, aunque no puedo precisar quién era. Su presencia estaba marcada por una amabilidad tan pura que parecía irradiar desde su ser. Esa persona, sin rostro claro, parecía ser una figura protectora, alguien que me ofrecía seguridad sin palabras. Pero más allá de todo, lo que más me marcó fue el paisaje. El pasto moviéndose lentamente, acariciado por una brisa suave, mientras el sol comenzaba a despedirse en un atardecer teñido de colores cálidos. Todo a mi alrededor se sentía perfecto, en completa armonía, y no quería irme de allí. No quería que ese momento se desvaneciera. No quería olvidarlo.
Cordelia...
Ese nombre, esa voz... Tan lejana, como si viniera de otro mundo, pero tan suave y familiar que me hizo sentir como si la conociera desde siempre. Cordelia... La llamada resonaba en mis oídos, atravesando la bruma de mis pensamientos. Pero yo no quería responder. No quería salir de ese lugar tan sereno. Sin embargo, algo dentro de mí me hizo abrir los ojos lentamente. Al principio, la luz era intensa, casi dolorosa. Era un techo blanco, vacío, sin vida. Las luces brillaban de manera fría, haciéndome entrecerrar los ojos, como si no perteneciera a ese espacio.
Mi mente se llenó de confusión, la suave calma del recuerdo se desvaneció, y la realidad me rodeó con una sensación extraña. Pero aún podía sentir la calidez del atardecer, el movimiento lento del pasto, las risas y esa voz familiar que seguía resonando, incluso si ya no estaba tan cerca. Y lo único que quería era regresar a ese lugar, ese lugar donde todo parecía tan sencillo y bello, donde no existían las preocupaciones, donde podía quedarme por siempre.
El eco de los latidos de mi propio corazón rompía el silencio, acompasado por el pitido constante de las máquinas a mi alrededor. La luz pálida del hospital se filtraba por las cortinas, bañando todo con una calma fría.
Giré la cabeza con lentitud, como si cada músculo de mi cuerpo cargara con algo invisible... algo que no podía recordar.
Al otro lado de la camilla, había una chica sentada con las manos entrelazadas sobre las piernas. Sus ojos verdes me observaban con una mezcla de alivio y miedo. Era hermosa, con el cabello negro cayendo como una cascada sobre sus hombros.
Cuando vio que despertaba, la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa... amable, pero frágil.
—Cordelia... —susurró—. Me alegra que estés bien... ¿te sientes mejor?
El nombre golpeó mis oídos con suavidad, pero mi mente se quedó en blanco. Lo conocía... era mío, pero al mismo tiempo se sentía ajeno, como si lo hubiera escuchado desde lejos.
Me froté los ojos, tratando de aclarar mi vista.
—¿Quién eres tú...?
El brillo en sus ojos se apagó un segundo, pero lo disimuló rápido, como si ya estuviera acostumbrada a escuchar esa pregunta.
—Estamos en el hospital... te desmayaste otra vez —su voz sonaba como si tuviera que sostener las palabras con cuidado, para que no se rompieran—. Pero... está bien, Cordelia. Sé que lo vas a recordar.
Llevó una mano al bolsillo de su chaqueta y sacó una pequeña hoja doblada con cuidado. La dejó en mi mano con delicadeza, como si fuera lo más importante del mundo.
Mis dedos temblaban mientras la desplegaba. La caligrafía que adornaba el papel era conocida... demasiado conocida.
Miré las palabras escritas con mi propia letra... una prueba de que había algo dentro de mí que aún luchaba por recordar.
"Mi mejor amiga"
Eres la luz que brilla cuando la noche me devora,
la voz que susurra mi nombre cuando el mundo se borra.
Tu risa es la brújula que me guía,
aunque yo olvide el camino, tú siempre encuentras la salida.
Tus manos sostienen lo que mi memoria pierde,
y en cada palabra tuya, mi corazón se enciende.
Eres el hilo que cose las grietas en mi alma,
la promesa silenciosa de que nunca estaré sola.
Te he olvidado mil veces...
pero siempre vuelves,
como el amanecer después de la tormenta,
como una canción que mi corazón canta aunque no recuerde la letra.
Si alguna vez mis ojos no te reconocen,
por favor, no te vayas.
Quédate aquí...
y recuérdame quién soy,
porque aunque mi mente te olvide,
mi corazón siempre sabrá que eres
la mejor persona que he conocido.
La respiración se me cortó. Sentí algo dentro de mí agitándose, como una brisa que empujaba puertas cerradas. No entendía por qué, pero mi corazón lo reconocía antes que mi mente.
—¿Esto... lo escribí yo...? —susurré con la voz quebrada.
La chica asintió con una sonrisa triste.
—Siempre lo haces... antes de olvidar.
El vacío en mi cabeza dolía, como si hubiera algo atrapado justo al borde de la memoria, negándose a salir.
Al leer la última línea del poema, una corriente cálida recorrió mi pecho, como si esas palabras despertaran algo dormido dentro de mí.
No sabía por qué, pero mi corazón latía con fuerza, como si reconociera algo que mi mente aún no podía alcanzar.
Cerré los ojos un instante y, de repente, imágenes borrosas cruzaron mi mente como destellos fugaces.
Risas bajo la lluvia...
Una mano entrelazada con la mía...
Sus ojos verdes brillando bajo la luz de la luna...
Cuando abrí los ojos, la realidad me golpeó como una ola fría. Los recuerdos se desvanecieron tan rápido como habían llegado, dejándome con la misma sensación de vacío en el pecho.
Miré a la chica frente a mí... Zafiro.
No sabía por qué, pero su nombre encajaba perfectamente con ella, como si lo hubiera repetido en mi cabeza mil veces sin darme cuenta.
Me sentí avergonzada, como si la hubiera traicionado al olvidarla otra vez.
Esbocé una sonrisa apenada, jugando nerviosa con la hoja doblada entre mis dedos.
—Lo siento... volví a hacerlo.
Zafiro se quedó en silencio por un segundo, como si esas palabras le dolieran más de lo que quería admitir. Pero cuando volvió a sonreír, lo hizo con la misma amabilidad de siempre... esa amabilidad que solo tenía conmigo.
—Cordelia... jamás debes disculparte por algo que no puedes evitar. —Su voz era suave, casi un susurro—. No importa cuántas veces pase... aquí estaré para recordártelo.
Sus palabras me envolvieron como una manta tibia.
Por alguna razón, sabía que decía la verdad.
Tomó mi mano con delicadeza, como si al soltarla yo pudiera desaparecer de nuevo. Su pulgar acariciaba el dorso de mi mano con movimientos lentos, tranquilizándome sin decir nada.
Ese pequeño gesto...
Ese simple roce...
Me hacía sentir segura.
—¿Te sientes mejor? —preguntó con esa dulzura que hacía que mi pecho se apretara sin entender por qué.
Respiré hondo, tratando de ignorar el cansancio que todavía pesaba sobre mi cuerpo.
—Sí... gracias.
—¿Quieres agua... o algo más?
Negué con la cabeza, aunque la verdad era que lo único que quería era recordar.
Zafiro asintió con ternura y se levantó con suavidad, pero antes de soltar mi mano, se quedó unos segundos más.
—El doctor dijo que cuando despertaras podríamos irnos —susurró—. Te dejaré en la habitación para que te cambies... te esperaré afuera.
Asentí en silencio, pero cuando su mano empezó a alejarse de la mía, una punzada de miedo me atravesó el pecho sin razón.
—Zafiro...
Ella se detuvo al escuchar su nombre salir de mis labios.
Se giró lentamente, con los ojos brillando por alguna emoción que no supe descifrar.
—¿Sí?
Apreté la pequeña hoja entre mis dedos con fuerza, como si temiera que si la soltaba, todo lo que acababa de recordar se desvanecería.
—Gracias... por no dejarme olvidar que te quiero.
Un suave jadeo escapó de sus labios.
Por un segundo, vi cómo sus ojos se humedecían... pero ella se apresuró a parpadear, ocultando las lágrimas antes de que cayeran.
Su sonrisa volvió, temblorosa, pero hermosa.
—Siempre lo recordaré por las dos...
Zafiro se fue, dejando un vacío en la habitación... pero su calor seguía aferrado a mi mano, como si nunca me hubiera soltado del todo.
Cuando la puerta se cerró, me quedé sola con el sonido del pitido constante de las máquinas y el eco de mis propios pensamientos.
Volví a mirar el poema entre mis manos, leyendo cada palabra como si pudiera encontrar en ellas las piezas perdidas de mi memoria.
"Te he olvidado mil veces...
pero siempre vuelves,
como una canción que mi corazón canta
aunque no recuerde la letra."
Mis ojos se humedecieron sin que lo entendiera del todo.
Era extraño...
No podía recordar quién era Zafiro...
Pero mi corazón sí la recordaba.
Doblaba con cuidado la hoja, como si fuera un pequeño tesoro que solo yo podía entender.
La guardé en el bolsillo de mi bata con un nudo en la garganta, sintiendo que ese pedazo de papel era lo único que me ataba a lo que alguna vez fui.
No sabía cuántas veces volvería a olvidar...
Pero mientras mis palabras existieran, mi corazón siempre tendría algo a lo que aferrarse.
El aire fresco de la tarde me envolvía mientras caminaba por los pasillos del hospital, con el eco lejano de pasos y susurros flotando en el ambiente.
El olor a desinfectante y medicinas me hacía fruncir la nariz. Nunca me habían gustado los hospitales...
El ambiente siempre era demasiado frío, demasiado gris... demasiado triste.
Mientras avanzaba, mis ojos se detuvieron en las personas que esperaban su turno para ser atendidas. La mayoría eran ancianos con miradas cansadas, rostros surcados por los años y las enfermedades. Por alguna razón, esas escenas siempre me entristecían, aunque no podía recordar por qué.
Me abracé a mí misma, intentando protegerme del escalofrío que me recorría la piel. Sentía como si cada rincón del hospital absorbiera los recuerdos y los dejara suspendidos en el aire, olvidados como sus propios pacientes.
Cuando por fin crucé la puerta principal, una brisa tibia acarició mi rostro, arrastrando consigo el aroma lejano del pan recién horneado de alguna panadería cercana.
El cielo teñido por el atardecer se extendía sobre los tejados de París, salpicado de tonos naranjas y violetas que parecían haber sido pintados con delicadeza sobre un lienzo infinito.
Y ahí estaba ella...
Zafiro.
Apoyada contra una vieja farola, con los brazos cruzados sobre su pecho y el cabello negro cayendo en suaves ondas sobre sus hombros. Su mirada estaba fija en el horizonte, con esa expresión seria y tranquila que siempre llevaba cuando creía que nadie la miraba.
Zafiro siempre había sido así...
Seria con el mundo, pero conmigo era la excepción.
Una pequeña sonrisa traviesa se dibujó en mis labios. Caminé con pasos sigilosos, acercándome por detrás sin hacer ruido. Cuando estuve lo suficientemente cerca, me incliné ligeramente hacia su oído.
—¡Boo!
Zafiro dio un pequeño salto y se giró de golpe, con los ojos abiertos de par en par. Pero al verme, su expresión de sorpresa se deshizo en una mezcla entre fastidio y ternura. Me miró seria durante unos segundos, como si estuviera pensando en regañarme... pero entonces, una suave risita escapó de sus labios.
—Debiste ver tu cara —dije entre risas, llevándome la mano a la boca para contenerme—. Vaya que te asusté.
Zafiro me empujó suavemente con una sonrisa divertida, pero sus ojos aún brillaban con ese cariño que siempre parecía reservar solo para mí.
—Tonta... no hagas eso, casi me muero de un infarto.
—Pero no te moriste —repliqué con una sonrisa juguetona—. Además... te veías graciosa.
Ella soltó otra risita, bajando la mirada como si no quisiera que la viera sonreír demasiado.
Era curioso... aunque mi mente no podía recordar muchas cosas, mi corazón siempre sabía cómo hacerla reír.
Nos quedamos en silencio por unos segundos, viendo cómo el sol se escondía lentamente detrás de los edificios de piedra. El viento agitaba suavemente su cabello, y por un momento, me pregunté cuántas veces habíamos compartido atardeceres como este sin que yo lo recordara.
—¿Lista para irnos? —preguntó con voz suave, rompiendo el silencio.
Asentí con la cabeza, pero antes de comenzar a caminar, mis ojos se desviaron hacia su mano.
Zafiro sostenía con fuerza una pequeña libreta marrón con las esquinas gastadas.
—¿Qué es eso?
Zafiro la miró un instante y luego la escondió detrás de su espalda como si no quisiera que la viera.
—Nada... solo cosas tuyas.
—¿Mías?
Ella me sonrió de lado con ese brillo misterioso en los ojos que siempre me hacía sentir como si ella guardara secretos que yo misma había olvidado.
—Lo sabrás cuando sea el momento.
No insistí. Sabía que si Zafiro lo decía, era porque mi corazón ya lo sabía... aunque mi mente aún no lo recordara.
Nos alejamos del hospital, caminando una al lado de la otra por las calles empedradas de París, mientras las luces de las farolas comenzaban a encenderse una por una, iluminando la noche que poco a poco abrazaba la ciudad.
A medida que avanzábamos, no podía evitar preguntarme cuántas veces habíamos recorrido juntas ese camino...
Y cuántas veces volvería a olvidarlo.
Pero algo en mí se aferraba a la pequeña libreta que Zafiro escondía entre sus manos.
Tal vez ahí dentro había respuestas...
Tal vez ahí dentro estaba escrita toda mi vida.
Mientras caminábamos por las calles empedradas de París, la noche comenzaba a envolver lentamente la ciudad. Las farolas se encendían una a una, proyectando destellos dorados sobre los edificios antiguos. El aire era fresco, con el aroma a pan recién horneado flotando desde alguna panadería cercana, mezclándose con el perfume sutil de las flores que adornaban los balcones.
El sonido de nuestros pasos resonaba suavemente sobre las piedras, rompiendo el silencio que nos acompañaba. Por alguna razón, me sentía inquieta... había algo en el ambiente, una sensación extraña, como si algo importante se me estuviera escapando de nuevo.
Mi mirada se perdió en el cielo oscuro, donde las estrellas comenzaban a aparecer tímidamente. La duda empezó a revolotear en mi mente, hasta que ya no pude contenerla.
—Oye, Zafiro... ¿puedo preguntarte algo?
Ella giró ligeramente la cabeza, sin dejar de caminar. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz de las farolas, atentos como si estuvieran siempre preparados para cualquier cosa que pudiera decir.
—Claro, dime.
Mordí mi labio con nerviosismo antes de preguntar.
—Ehmm... ¿a dónde vamos?
Por un instante, Zafiro se detuvo. Su mirada se posó en mí, y aunque intentaba mantener su expresión tranquila, pude notar cómo sus labios se fruncieron levemente, como si estuviera conteniendo la paciencia por centésima vez en el día.
Suspiró cansada y apartó la mirada hacia el frente, volviendo a caminar con las manos escondidas en los bolsillos de su abrigo beige.
—Vamos a la casa de tus abuelos, Cordelia.
¿Mis abuelos?
Repetí en mi mente esas palabras, pero no encontraba ninguna imagen clara. Sentía como si esa parte de mi vida estuviera cubierta por una fina neblina que no me dejaba ver con claridad.
—¿Mis abuelos...?
Mi voz salió baja, casi como si le hablara a mí misma.
Fue entonces cuando escuché una pequeña risa suave a mi lado.
Zafiro me miró de reojo, con una sonrisa divertida dibujada en sus labios.
—Sí... recuerdas que vives con ellos, ¿verdad?
De repente, como una chispa encendiéndose en la oscuridad, las imágenes empezaron a regresar a mi mente.
La cálida casa con paredes de piedra...
El aroma a pan recién horneado que mi abuela preparaba por las mañanas...
La mecedora de madera donde mi abuelo leía el periódico junto a la ventana...
—¡Ah! ¡Cierto! —exclamé con una pequeña risita, llevándome las manos a la cabeza—. Perdón... se me había olvidado.
Zafiro rodó los ojos con una sonrisa sarcástica, pero en sus ojos no había enojo... solo ese cariño inquebrantable que siempre me ofrecía sin importar cuántas veces tuviera que recordarme las mismas cosas.
—¿Por qué no me sorprende?
Su tono era burlón, pero suave... como si, a pesar de todo, no le importara tener que repetir lo mismo una y otra vez.
Me reí nerviosa, bajando un poco la cabeza mientras sentía cómo mis mejillas se teñían de rojo por la vergüenza.
—Lo siento...
Zafiro negó suavemente con la cabeza y, para mi sorpresa, tomó mi mano con delicadeza, entrelazando sus dedos con los míos.
—No tienes que disculparte, Cordelia... jamás lo harás.
Su voz fue apenas un susurro, pero esas palabras se quedaron grabadas en lo más profundo de mi corazón.
Apretó mi mano con suavidad, como si quisiera recordarme que aunque mi memoria me fallara... ella siempre estaría ahí para sostenerme.
El silencio volvió a envolvernos mientras seguíamos caminando por las calles, con las luces doradas iluminando nuestro camino. A lo lejos, una pequeña librería con escaparates polvorientos llamó mi atención.
Algo dentro de mí se agitó, como si mi corazón la reconociera antes que mi propia mente.
Me detuve en seco, soltando suavemente la mano de Zafiro.
—¿Qué pasa? —preguntó ella con curiosidad.
—Esa librería...
Mis ojos se quedaron fijos en la vitrina, donde se exhibían libros viejos con las portadas gastadas por el tiempo. Había algo familiar en ese lugar, aunque no podía explicar por qué.
Zafiro me miró con atención, como si estuviera esperando que yo misma encontrara la respuesta.
—Es la librería donde siempre compras tus libros favoritos —dijo en voz baja—. La dueña se llama Madame Fournier... solías pasar horas aquí leyendo poesía.
Mi corazón dio un vuelco.
Poesía...
Mi mente estaba vacía, pero mi pecho se llenó de una calidez reconfortante.
Sin decir nada, di un paso hacia la puerta de la librería, como si mis propios pies me guiaran.
Me adentré en la librería sin siquiera darme cuenta, como si mis pies supieran el camino antes que mi mente. El suave tintineo de la campanilla en la puerta rompió el silencio acogedor del lugar, seguido de los pasos tranquilos de Zafiro, que me seguía con esa calma impresionante que siempre la acompañaba.
El aroma a papel viejo y tinta impregnaba el aire, llenando mis pulmones con una sensación cálida y familiar. Las estanterías altas, de madera oscura, se alzaban a ambos lados, repletas de libros que parecían haber estado allí desde hacía siglos. Mis dedos se deslizaron suavemente por los lomos polvorientos, como si buscaran algo que ni siquiera yo sabía qué era.
—No te demores mucho —murmuró Zafiro desde uno de los sillones cerca de la entrada—. No podemos llegar tarde.
Su tono era serio, casi maternal, lo que me hizo sonreír con burla.
—Sí, mamá... —dije, divertida, mientras seguía mirando los títulos gastados.
Algunas portadas me llamaban la atención, especialmente los libros de poesía. Había nombres que me sonaban lejanamente familiares, como si alguna vez hubieran significado algo importante para mí... pero no lograba recordarlo del todo.
De repente, la voz de una mujer mayor interrumpió el silencio.
—Oh, vaya... ¿qué hacen aquí tan tarde, niñas?
Me giré hacia el mostrador y vi a Madame Fournier, la dueña de la librería. Era una mujer de cabello canoso recogido en un moño desordenado, con gafas redondas que se deslizaban por la punta de su nariz. Llevaba una pila de libros entre los brazos, pero su mirada amable se posó en nosotras con esa mezcla de curiosidad y cariño que solo las personas que llevan toda la vida viendo pasar a la gente por su puerta pueden tener.
Zafiro se encogió de hombros desde su asiento.
—Alguien volvió a desmayarse —respondió con su típica indiferencia.
La señora soltó un leve suspiro, como si la noticia no la sorprendiera en absoluto.
—Oh... vaya... ya veo.
Sus ojos se posaron en mí por un instante, con esa mirada profunda que parecía atravesar cada pensamiento escondido en mi mente. Me sorprendió que ni siquiera pareciera sorprendida... como si mi condición fuera algo tan común para ella como el sonido de las páginas al pasar.
—¿Todos saben lo que me pasa? —pregunté con una mezcla de curiosidad y vergüenza.
Madame Fournier esbozó una pequeña sonrisa mientras dejaba los libros sobre el mostrador.
—Las paredes de este barrio guardan más secretos de los que crees, querida. Y tú... eres uno de ellos.
Sus palabras me dejaron helada por un instante. Algo en su voz tenía ese tono misterioso, como si supiera mucho más sobre mí de lo que yo misma podía recordar.
Zafiro carraspeó para romper el silencio.
—¿Quiere una taza de café, señora?
—Oh, no, querida. Me temo que esta noche me espera mucho trabajo —dijo, volviendo a ordenar los libros con delicadeza—. Pero gracias... siempre tan educada, Zafiro.
Zafiro solo asintió, cruzando las piernas con elegancia mientras esperaba pacientemente. Esa era una de las cosas que siempre admiraba de ella... su forma de encajar perfectamente en cualquier lugar, como si no perteneciera a este barrio polvoriento.
Yo, en cambio, me sentía como una pieza suelta en un rompecabezas incompleto.
Mis ojos volvieron a recorrer las estanterías, deteniéndose en una pequeña sección de poesía. Un libro de tapas desgastadas llamó mi atención. El título estaba escrito con letras doradas medio borradas: "Versos para los que olvidan".
Mi corazón dio un vuelco.
¿Por qué ese título me parecía tan... familiar?
Extendí la mano para tomarlo, pero cuando mis dedos rozaron la cubierta, un escalofrío recorrió mi espalda.
¿Había leído este libro antes?
Lo abrí con cuidado, pasando las páginas amarillentas. Algunas palabras me resultaban extrañamente cercanas, como si las hubiera leído mil veces... Pero mi mente estaba vacía, como si las respuestas estuvieran atrapadas en algún rincón inalcanzable de mi memoria.
—Ese libro ha estado aquí desde que tengo memoria —comentó Madame Fournier sin siquiera mirarme—. Nadie lo ha comprado nunca... pero siempre me pareció que estaba esperando a alguien.
Mi respiración se agitó levemente.
¿Esperando... a mí?
Zafiro me miraba desde el sillón con sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue.
—Cordelia... es mejor que nos vayamos —dijo suavemente—. Tus abuelos deben estar preocupados.
Asentí con la cabeza, cerrando el libro con cuidado, aunque algo dentro de mí se resistía a dejarlo atrás.
—¿Puedo llevármelo? —pregunté casi en un susurro.
Madame Fournier sonrió con amabilidad, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde hacía mucho tiempo.
—Por supuesto, querida... los libros siempre encuentran a quienes los necesitan.
Lo abracé contra mi pecho, como si ese viejo libro pudiera protegerme de todo lo que mi memoria no podía retener.
Mientras salíamos de la librería, sentí la mano de Zafiro rozando suavemente mi brazo.
—¿Crees que lo recordarás mañana? —me preguntó con voz baja.
No supe qué responder.
Tal vez sí... tal vez no.
Pero mientras caminábamos por las calles oscuras hacia la casa de mis abuelos, con el libro apretado entre mis brazos, tuve la extraña sensación de que algunas cosas... jamás se olvidan del todo.
Cuando salimos de la librería, la noche había envuelto por completo las calles de París. El viento helado se colaba entre los edificios, haciendo que me abrazara al libro contra mi pecho para intentar calentarme. Zafiro caminaba a mi lado, con esa calma inquebrantable que siempre parecía acompañarla.
No tardó en notar mis temblores, aunque yo intentaba disimularlos. Sin decir una palabra, se quitó su abrigo y lo colocó con suavidad sobre mis hombros. Su aroma a lavanda y papel viejo me envolvió, haciendo que por un instante todo el frío desapareciera.
—Gracias... —susurré con una pequeña sonrisa, mirando su perfil serio.
—No es nada —respondió con su voz suave, sin apartar la vista del camino.
Siempre era así... tan atenta conmigo, aunque yo no siempre pudiera recordarlo. Sabía que mi memoria era frágil, que los recuerdos podían desvanecerse si una emoción me desbordaba... pero Zafiro nunca me lo reprochaba.
Mientras caminábamos, sus pasos resonaban con elegancia sobre los adoquines. Incluso sin su abrigo, se veía tan firme, tan segura... como si nada pudiera tocarla. Era imposible no admirarla.
—Mañana tenemos que ir a la escuela —dijo después de un silencio—. Te esperaré, como siempre.
Su voz era tranquila, pero algo en sus palabras me hizo detenerme.
Me quedé quieta, con la vista clavada en el suelo, sintiendo cómo mi corazón se apretaba en el pecho.
—Zafiro... —susurré—. ¿Cómo puedes ser tan paciente conmigo?
Ella se giró lentamente hacia mí, sus ojos verdes brillando bajo la luz tenue de los faroles.
—Porque sé que dentro de ti —dijo con suavidad— hay cosas que tu memoria olvida... pero tu corazón nunca deja de recordar.
Sus palabras me hicieron apretar el libro con fuerza entre mis brazos. Mi corazón se estremeció, como si algo dentro de mí quisiera despertar... pero no podía.
No todavía.
Zafiro no dijo nada más. Solo me dedicó una de esas miradas que parecían decirlo todo, y luego siguió caminando como si aquella conversación jamás hubiera existido.
La seguí en silencio, con su abrigo sobre mis hombros y sus palabras resonando en mi cabeza.
"Tu corazón nunca deja de recordar."
Apreté aún más fuerte el libro sin saber por qué, sintiendo su peso en mis brazos.
Ese libro...
Había algo en él que me parecía tan familiar, como si lo hubiera sostenido cientos de veces antes... pero no podía recordar cuándo.
Y mientras la noche avanzaba sobre París, con Zafiro a mi lado, tuve la extraña sensación de que aquella noche... algo dentro de mí estaba a punto de despertar.
Luego de varios minutos caminando bajo el frío, llegamos finalmente a mi casa. Era pequeña, con paredes de piedra desgastadas por el tiempo y ventanas que apenas dejaban pasar la luz. A pesar de su aspecto modesto, siempre había algo cálido en aquel lugar... aunque algunas veces, yo misma olvidaba por qué.
Mi abuelo abrió la puerta con su expresión cansada, y mi abuela apareció detrás de él, con su cabello canoso recogido en un moño bajo y el delantal manchado de harina. Su mirada se iluminó al verme, pero la preocupación no tardó en asomarse en sus ojos.
—¿Qué pasó? —preguntó suavemente, acariciando mi espalda con la ternura de siempre—. ¿Por qué tardaron tanto? Es peligroso caminar de noche...
—Discúlpeme, señora —intervino Zafiro con esa calma elegante que la caracterizaba—. Cordelia... volvió a desmayarse.
Mi abuela suspiró, como si esas palabras se hubieran vuelto demasiado habituales con el tiempo. Sus dedos temblorosos rozaron mi mejilla, y aunque quise tranquilizarla, Zafiro volvió a adelantarse.
—Estará bien —dijo con seguridad—. Solo necesitará unas pastillas para el dolor de cabeza... de seguro le dolerá por la mañana.
La forma en que hablaba, con tanta certeza, como si me conociera mejor que yo misma... me hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo protegida. A veces olvidaba lo mucho que Zafiro había estado a mi lado, incluso cuando mi propia memoria me traicionaba.
Mientras mi abuela asentía con preocupación, su mirada descendió hasta el libro que sujetaba con fuerza entre mis manos. Frunció el ceño.
—¿Otra vez ese libro? —murmuró, confusa—. Creí que ya te lo habías comprado... hace meses.
Mis labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió. Miré el libro como si fuera la primera vez que lo veía... aunque algo dentro de mí lo sentía familiar, como una melodía que suena en sueños y al despertar se desvanece.
¿Qué significaba eso?
Antes de que pudiera preguntar, Zafiro carraspeó suavemente, rompiendo la incómoda atmósfera. Se puso de pie con una elegancia casi natural y dejó la taza de café sobre la mesita del centro.
—Yo... ya debo irme —dijo sin mirarme—. Es tarde, y mi madre podría preocuparse.
Tomó su abrigo con la misma calma con la que hacía todo, pero en su voz había algo distinto... ¿Nervios? ¿O acaso tristeza?
No lo sabía... pero tampoco me atreví a preguntarlo.
—Buenas noches —susurró antes de cerrar la puerta tras ella, dejando tras su ausencia un vacío que solo ella podía llenar.
Mi abuela me acarició el cabello con dulzura.
—Ve a cambiarte, corazón... mañana será otro día.
Asentí con la cabeza, aunque una parte de mí sabía que para mí los días no eran como para los demás. No eran una simple sucesión de horas... eran piezas rotas que a veces encajaban, y otras se perdían para siempre.
Subí por la estrecha escalera de madera que crujía bajo mis pasos, y al llegar a la planta alta, descendí por una puerta hacia el sótano... mi habitación.
Las paredes de ladrillo desnudo estaban frías, y la pequeña lámpara de aceite iluminaba apenas lo justo. Había una cama con mantas remendadas, una mesita de noche con mis poemas escritos en hojas sueltas... y una vieja máquina de escribir que apenas funcionaba.
Me senté en la cama, abrazando el libro contra mi pecho.
¿Por qué sentía que ya lo había sostenido antes?
Mis dedos temblorosos lo abrieron en la primera página, donde el nombre de la autora estaba escrito con tinta desvaída.
Isabelle Moreau.
Ese nombre no me decía nada... y al mismo tiempo... parecía susurrar algo en lo más profundo de mi mente.
Apreté los ojos, intentando recordar.
Pero nada llegó.
Solté un suspiro y me recosté en la cama, con el libro entre mis brazos como si pudiera protegerme de las cosas que no podía comprender.
Antes de quedarme dormida, mis labios susurraron casi sin darme cuenta:
—Tu corazón nunca deja de recordar...
Y aunque no sabía por qué, aquellas palabras me dieron un extraño consuelo.
---
El sol se filtraba por la pequeña ventana en el techo, iluminando el sótano con destellos dorados. La luz me daba directo en los ojos, molestándome hasta despertar. Solté un bostezo perezoso, frotando mis párpados con lentitud. Apenas empecé a moverme, una punzada de dolor agudo se clavó en mi sien, como si mi propia mente me recordara lo frágil que podía llegar a ser.
—Auch... —murmuré entre dientes, llevándome la mano a la cabeza.
Zafiro tenía razón... qué miedo.
Giré la cabeza hacia mi mesita de noche y allí estaba: una pequeña pastilla con un vaso de agua, esperándome con paciencia, como si alguien hubiera sabido exactamente lo que necesitaría al despertar.
La tomé sin pensarlo mucho, con la garganta seca. Al beber el último sorbo de agua, volví la vista al frente...
Y casi escupí el agua en cuanto vi a Zafiro de pie junto a mi armario, con mi uniforme doblado en sus brazos, como si fuera lo más normal del mundo.
—¡Que cara-...! —tosí, intentando no ahogarme— ¡¿Qué haces aquí?! ¿Cómo entraste?
Ella apenas me miró por encima del hombro con esa calma casi celestial que siempre tenía, como si mi reacción fuera la cosa más predecible del mundo.
—Tu abuela me dejó pasar.
Su voz era suave, pero su tono tenía ese matiz de superioridad tranquila que tanto me sacaba de quicio... y al mismo tiempo, me gustaba.
—Okey... pero dijiste que me esperarías afuera —recalqué, cruzándome de brazos.
—Relájate, cariño —dijo con una ligera sonrisa burlona, usando ese apodo que me hacía sentir más pequeña—. Solo vine a dejarte la pastilla, tu uniforme... y luego iba a bajar.
Dejó la ropa con cuidado sobre la cama, alisando con los dedos cada pliegue con esa elegancia suya, como si incluso lo más simple mereciera toda su atención.
Mi corazón dio un pequeño brinco... y no entendí por qué.
La observé en silencio mientras se alejaba, caminando hacia las escaleras con esa serenidad impecable, como si estuviera flotando en vez de caminar.
Tu corazón nunca deja de recordar...
La frase apareció de la nada en mi cabeza, como un susurro escondido entre mis pensamientos.
Fruncí el ceño. ¿Por qué había pensado en eso?
Zafiro era la única persona a la que jamás había olvidado... o al menos eso creía. Pero... ¿y si había algo más? ¿Y si había algún recuerdo de ella enterrado en lo más profundo, esperando a que lo encontrara?
—Estás pensando demasiado temprano, Cordelia —me regañé a mí misma en voz baja, sacudiendo la cabeza para ahuyentar esos pensamientos.
Aun así... mi corazón latía más rápido de lo normal.
Me levanté con torpeza, sintiendo aún el cansancio en las piernas, y empecé a vestirme con movimientos lentos. Mientras me abrochaba los botones de la blusa, mis ojos seguían yendo hacia las escaleras, como si esperara que Zafiro apareciera de nuevo en cualquier momento.
¿Por qué siempre la miraba tanto?
¿Por qué me ponía nerviosa solo con que me mirara?
—Tonta... —murmuré para mí misma, sonrojándome.
Me odiaba por eso. Por pensar esas cosas. Por sentir que algo dentro de mí se encogía cada vez que ella me tocaba, aunque fuera solo para tranquilizarme.
Y lo peor era que sabía que si se lo contaba... ella probablemente ya lo había notado antes que yo.
Suspiré con frustración, terminando de ponerme el uniforme y recogiendo mi cabello con una cinta vieja.
Zafiro estaba esperándome abajo... como siempre.
Como si nunca se fuera.
Como si, aunque mi memoria me fallara, ella siempre estaría allí para recordarme que había cosas que ni siquiera el olvido podía borrar.
Bajé las escaleras con rapidez, intentando disimular los nervios que se aferraban a mi pecho como una sombra. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con el leve olor a humedad de las paredes viejas de la casa.
Al llegar al último escalón, escuché la voz de Zafiro. Su tono era suave, casi melodioso, mientras hablaba con mi abuela sobre cosas triviales. Era extraño verla así... relajada, como si aquel lugar también fuera su hogar. Quizás lo era, al menos un poquito.
Al notar mi presencia, sus ojos verdes se clavaron en los míos con esa serenidad que siempre parecía envolverla. No pestañeaba... nunca pestañeaba cuando me miraba, como si con una sola mirada pudiera leerme por completo.
—Tu mochila —dijo con esa voz calma que me hacía sentir como si yo fuera una niña distraída.
—¿Eh? —parpadeé, confundida.
Ella suspiró con la más mínima curva divertida en la comisura de sus labios.
—Está al lado de tu cama, del lado derecho... ya la hice por ti.
Me congelé por un segundo, mirándola con los ojos abiertos. ¿Que... qué clase de amiga hacía la mochila de la otra sin siquiera pedírselo? ¿Cómo podía preocuparse por cada detalle sin siquiera esperar un agradecimiento a cambio?
—Ve por ella —añadió, con esa autoridad tranquila que siempre me hacía obedecer sin rechistar.
—Oh... yo... gracias... —susurré con la voz pequeña, retrocediendo hacia las escaleras.
Estaba tan distraída que tropecé con el borde de un escalón, pero no llegué a caer.
—¡Ten cuidado! —Zafiro se levantó instintivamente, su voz sonando más alarmada de lo normal, como si en cualquier momento pudiera lanzarse a atraparme.
Mis mejillas ardieron. Mi corazón se apretó en mi pecho... otra vez.
¿Por qué siempre se preocupaba tanto por mí?
—Estoy bien... —dije, evitando su mirada mientras volvía a subir con el rostro ardiendo.
Cuando llegué a mi habitación, allí estaba... mi mochila perfectamente acomodada, tal como ella había dicho. La tomé con ambas manos, sintiendo el peso de los libros dentro, y por alguna razón mis dedos se detuvieron en las correas de cuero desgastado.
Ella la había preparado.
Ella lo había hecho todo.
Mi corazón empezó a latir más rápido... como si algo dentro de mí quisiera gritar algo que todavía no entendía. Sin darme cuenta, mis labios se curvaron en una pequeña sonrisa... pero al notar lo que estaba haciendo, la borré con rapidez y sacudí la cabeza.
—¡Cordelia, deja de pensar cosas raras! —me regañé en voz baja.
Respiré hondo y volví a bajar, pero cada escalón se sentía más difícil, como si mi propio cuerpo quisiera retrasar ese momento en el que sus ojos volverían a clavarse en los míos.
Al llegar al salón, allí estaba ella... esperándome con la mochila colgada en un hombro y la espalda recta. Siempre elegante, siempre perfecta... como si la vida misma no pudiera tocarla.
Me miró una vez más, sin prisa, como si pudiera leer cada pensamiento que intentaba ocultarle.
—Vamos —dijo con simpleza, abriendo la puerta para salir.
Me despedí de mi abuela con un beso rápido en la mejilla antes de seguir a Zafiro hacia la calle. La brisa helada de la mañana nos envolvió de inmediato, haciendo que el cabello negro de Zafiro danzara con el viento.
Caminaba a mi lado con su postura impecable, la cabeza alta, la mirada al frente. No había prisa en sus pasos... siempre parecía saber exactamente hacia dónde iba.
Yo, en cambio, no podía dejar de mirarla de reojo.
Cada vez que lo hacía, mi corazón me traicionaba con esos latidos molestos.
Intenté concentrarme en otra cosa, en el frío, en la escuela, en lo que sea...
Pero lo único que podía pensar era en cómo mi mejor amiga se preocupaba por cada mínimo detalle mío.
En cómo siempre estaba allí para mí...
Como si jamás fuera a dejarme sola.








