Capítulo 1: Y la oscuridad fue su herencia.
No hubo una explosión.
No hubo trompetas.
Ni ángeles llorando en los cielos.
La caída del mundo fue silenciosa.
Primero vino el frío, luego la gran oscuridad.
No se volvió a ver el sol.
Y por último, la Frontera.
Un muro sin cuerpo, sin color.
Un abismo vertical que emergió del suelo hacia el cielo, fragmentando la realidad como un cristal quebrado.
La Frontera avanzaba, centímetro a centímetro, como una herida creciendo en la carne del mundo.
Sus bordes oscuros temblaban, su altura parecía no tener fin, sus raíces de sombra arañaban la tierra en todas direcciones.
Nadie sabía qué había al otro lado.
Quienes eran tocados por la Frontera no regresaban.
Ni cuerpos.
Ni gritos.
Ni polvo.
Solo vacío.
La humanidad intentó resistir.
Intentó cavar trincheras.
Levantar barreras.
Construir con las manos ensangrentadas.
Todo fue en vano.
Las ciudades quedaron vacías una a una.
Las grandes montañas, las selvas, los océanos... uno a uno, se apagaron como brasas olvidadas bajo la tormenta.
Las naciones desaparecieron.
Los nombres se borraron.
Y lo que quedó fue un puñado de seres humanos aferrados a lo que el viento no había arrebatado aún.
Los niños ya no preguntaban por estrellas.
Los ancianos ya no rezaban.
El cielo era un techo de nubes pesadas, donde la luz casi nunca se atrevía a asomar.
La Frontera seguía avanzando.
Pacientemente.
Implacablemente.
Devorando los últimos suspiros de un mundo que ya había olvidado cómo soñar.
Haru había visto la luz en el cielo muchas veces.
Una chispa insignificante, un respiro de fuego blanco suspendido entre las nubes negras.
Nunca supo de dónde venía.
Nadie lo sabía.
Algunos decían que era un truco de la Frontera, una burla cruel para tentar a los desesperados.
Otros murmuraban que era la última lágrima de un dios moribundo, atrapada entre las nubes.
Hasta ahora, había elegido ignorarla.
Sobrevivir requería energía.
Requiere atención.
Requiere olvidar que hay algo más allá del barro, del hambre, del frío.
Él vivía temporalmente entre las ruinas de una ciudad fantasma, entre muros resquebrajados.
Dormía donde podía.
Cazaba lo que encontraba.
Compartía fuego con quien tuviera algo que no mereciera la muerte a cambio.
No confiaba en nadie.
No odiaba a nadie.
Simplemente caminaba, día tras día, mientras la Frontera se acercaba, lenta pero inevitable, mordiendo el horizonte.
Cada mañana, Haru medía la distancia entre su refugio y el muro de sombras.
Cada mañana, el mundo era un poco más pequeño.
Una vez, cuando era niño, cuando aún existían las escuelas, los libros y los sueños, Haru había leído un fragmento olvidado.
"La oscuridad no nace, se hereda."
Ahora entendía.
Ahora veía.
La oscuridad no había llegado como castigo divino ni como monstruo vengador.
La oscuridad era el legado de todo lo que habían permitido morir en sus corazones, la fe, la bondad, la compasión.
Todo eso había sido enterrado mucho antes de que la Frontera surgiera.
Esta noche, el cielo parecía aún más pesado.
La chispa seguía allí arriba, más lejana que nunca.
Como un ojo diminuto, vigilante, testarudo.
Haru se sentó en el borde de una azotea quebrada.
Miró la chispa.
Pensó que tal vez, solo tal vez,
debería seguirla.
No porque creyera en milagros.
No porque esperara encontrar redención.
Sino porque, en un mundo donde todo se había rendido,
seguir la luz era el último acto de rebelión que le quedaba.








