Crónicas de las mareas

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Summary

Hace mil años, el Tidalus lo cambió todo: un evento cataclísmico que arrasó el mundo con los océanos, sumergiéndolo bajo el agua. Desde entonces, la humanidad sobreviviente ha olvidado casi todo... excepto el miedo. Cada vez que la luna de plata asciende, las mareas avanzan. Con ellas, llegan cosas que nadie se atreve a nombrar. Pero ahora, algo está cambiando. Y lo que viene podría estremecer el mundo aún más que el Tidalus. Estas son crónicas independientes de un mundo roto, donde personas comunes luchan por sobrevivir en la sombra de un pasado olvidado. Todas forman parte de un universo más grande… uno cuyo futuro aún no ha sido contado. Prepárate para adentrarte en las raíces de una saga que apenas comienza.

Status
Ongoing
Chapters
18
Rating
5.0 3 reviews
Age Rating
16+

Prólogo

EN LOS PUEBLOS DE PIEDRA, las aldeas de madera y las comunidades asentadas en la arena; aquellas a merced de las mareas, donde la roca resiste y el agua invade; otras que encuentran resguardo en las alturas, donde el viento acaricia las piedras blancas y grises; y otras más que se mantienen nómadas, todas y cada una de ellas, ajena de la existencia de las otras, durante una noche con luna plateada y vientos fríos, con brisa marina cayendo pesadamente desde el oeste, ocurría un fenómeno inexplicable, invisible, efímero.

Las aves de escamas negras emprendieron el vuelo y viajaron, los cangrejos marrones salieron de sus agujeros, devuelta al mar, y los insectos se acumularon en colmenas, hoyos entre la roca y vuelos zumbantes. Las personas de todo el continente pétreo, dormían, soñaban, descansaban; se perdían en un mundo donde no había mareas.

Al amanecer, cuando la actividad regresaba a los pueblos, comunidades y aldeas y los primeros fuegos se encendían, las lanzas eran tomadas entre manos callosas y las calles de tierra eran concurridas levantando pequeñas nubes de polvo, un hombre de aspecto desgarbado, una mujer madre de dos, un joven pescador, un pensador muy devoto, un cultivador de ojos claros, una joven que sueña con aventura, una mujer pulcra y refinada, un hombre aburrido y holgazán, entre muchos otros, gritaban, se estremecían y sollozaban.

Todos y cada uno de ellos, habían olvidado quienes eran, su identidad, sus nombres. Habían salido a la luz, a hablar con la gente de sus respectivas comunidades, para contarles lo ocurrido, y habían quedado más confundidos y perplejos al notar que, cuando la gente se dirigía a ellos, su nombre sonaba como una distorsión. Palabras sin sentido. Murmullos innombrados.

Por otra parte, también habían visto lo que ocurría en el mundo en sus sueños. Aquellos que vivían en aldeas que apuntaban hacia el oeste y habían sido testigos de olas gigantes que estremecían incluso a la piedra, de las mareas cambiantes y de las luces que profetizaban destrucción, sabían lo que venía, lo que se avecinaba. Otros más, quienes vivían en el lado este del continente, donde las mareas eran más desenfrenadas e inundaban poco a poco las costas de roca, lo habían visto solo en sueños: la destrucción inminente.

Los innombrados habían hablado, habían pronunciado palabras, gritado, murmurado y conversado hasta el cansancio.

Había sido inútil.

Días más tarde y casi al mismo tiempo, los innombrados abandonaron sus aldeas, el resguardo de su pueblo, la compañía de su gente y emprendieron un viaje hacia un lugar desconocido. Hacia un futuro incierto. Se adentraron por primera vez en el interior de un continente que los había rechazado en el pasado.

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