Lost - KV

Summary

Resignación: eso era lo que había aprendido en todos estos años. No esperaba nada, y mucho menos encontrar esperanza, por primera vez, en los ojos de aquel que estaba destinado a acabar con su vida. -Kookv -Pareja secundaria: yoonmin -Mpreg -Escenas de violencia -Cambia Formas -Drama EN EMISIÓN

Genre
Romance/Fantasy
Author
Lili
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1


Mi espalda crujió al erguirme. Observé a mi alrededor, tratando de enfocar la vista. Había logrado dormir un rato después de más de un día despierto. Odiaba encontrarme en esta situación nuevamente, pero, a diferencia del resto, sabía que entrar en pánico, rezar o mantenerme despierto no serviría de mucho. Respiré profundo antes de frotarme los brazos en un intento de conseguir algo de calor. Estábamos cerca del invierno, y el aire húmedo de la zona no ayudaba demasiado. Agradecía que aún no hubiera llovido, aunque el cielo amenazaba con hacerlo en cualquier momento.

¿Para qué querían tantos esclavos?

En un inicio éramos seis personas. Pero los pueblos que encontraron en el camino sufrieron el mismo destino que el mío, arder hasta las cenizas, por lo que ahora éramos cerca de veinte, sin contar las carretas con jaulas detrás de nosotros. De todas las veces que fui capturado, nunca había visto un número tan grande de personas. Estos hombres ya no parecían simples mercenarios; apostaba a que actuaban bajo las órdenes directas de algún rey. Era la única forma de explicar cómo tenían tantas armas y carretas.

No comprendía el dialecto de los guardias, pero por la forma en que se movían deduje que estábamos cerca del destino tras casi cuatro días de viajar lentamente por el peso de las jaulas. Decidí ponerme de pie para evitar que mis piernas se entumecieran al momento de bajar. Las personas a mi alrededor me observaban como si esperaran alguna respuesta, como si yo supiera algo que ellos no. Eran una mezcla de hombres y mujeres de distintas edades. Todos habían llorado, suplicado e implorado al cielo y a nuestros captores por liberación, pero no les costó mucho comprender que nadie respondería a su favor.

Sentí un tirón en la pierna y me sostuve de los barrotes para no caer. Mi único plan era escapar en la primera oportunidad, y sabía que ese momento llegaría apenas nos hicieran bajar. Podía parecer contradictorio intentar huir en un lugar lleno de guardias, pero tenía claro que preferirían perder a uno que a todos por descuido. En cualquier caso, solo me matarían.

¿Cuántas veces se podía vivir la misma situación?

No había un solo momento de mi vida en el que no recordara pertenecerle a alguien. Ni siquiera sabía quién había sido mi primer dueño. Ahora estaba en la edad de mayor valor, pero mi delgadez hacía que perdieran algunas monedas conmigo.

La lluvia comenzó a caer, entorpeciendo el paso de los caballos y empapándonos a todos. Duramos un rato bajo el aguacero antes de que empezaran a escucharse gritos entre los guardias. Aunque no entendía su lengua, deduje que habíamos llegado a nuestro destino al divisar una fortaleza a lo lejos. Parecía que el camino se había obstruido, así que nos harían bajar.

Me moví hacia el final de la carreta, asegurándome de no ser el último. Apuntándonos con sus espadas, nos obligaron a formar algo parecido a una fila dentro del reducido espacio para bajar en orden. Las manos atadas nos convertían en presas fáciles, y quienes ya habían bajado eran encadenados en una línea para avanzar hacia la fortaleza. Observé a mi alrededor: algunos de los guardias llevaban armadura, otros apenas algo de protección, pero todos estaban bien equipados.

Mi pecho latía con fuerza mientras me acercaba a mi turno. Cuando la persona delante de mí saltó al suelo, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me lanzé hacia adelante, empujando al hombre y al guardia al mismo tiempo. Aquella maniobra me dio apenas unos segundos de ventaja. Corrí hacia el bosque tan rápido como mis piernas me lo permitieron, con los gritos resonando detrás de mí: advertencias, insultos quizá, pero no me detuve. Ni siquiera volví la vista hacia atrás.

Me obligué a moverme más rápido, levantando los pies para no tropezar con alguna raíz o piedra. Cubrí mi rostro con los antebrazos al sentir cómo pequeñas ramas me hacían cortes. Mi pecho había empezado a doler por el miedo. Los oía más cerca que antes, seguro era porque ellos tenían ventajas: estaban bien alimentados y no habían estado metidos en una caja durante días.

Debía encontrar un escondite, algún cuerpo de agua o arriesgarme y seguir avanzando hasta que desistieran. Esperaba no agotarme antes de que eso pasara. Observé por primera vez hacia atrás: eran menos de los que parecían ser al inicio. Pero uno de ellos era más rápido y fuerte que la mayoría; se notaba en su forma de correr, sin contar que encabezaba mi persecución.

Una lluvia de flechas comenzó a caer en mi dirección, clavándose en los árboles y el suelo. Sentí un dolor desgarrante en mi hombro: tenía una flecha incrustada en la piel. Mis pasos empezaron a ser torpes, y la flecha ardía como una quemadura. Jadeaba agotado; mi cuerpo empezó a temblar. Estaba acabado. En cuestión de segundos perdí toda la distancia que tenía con mis captores. Me empujaron al suelo mientras apuntaban los arcos y espadas en mi dirección.

—Escoria —murmuró uno, propinándome una patada en las costillas que me dejó sin aire. Me encogí por el dolor, tratando de cubrirme. Otro presionó con su pie mi cabeza contra el suelo, se inclinó hacia mi hombro y arrancó la flecha sin cuidado alguno. No pude evitar gritar, lo que hizo que las risas a mi alrededor se hicieran más fuertes.

Me levantaron y me forzaron a caminar a base de empujones. Tardamos un rato largo en llegar al fuerte. Me sorprendió todo el recorrido que había logrado hacer; sin duda, ahora me había ganado su odio. Si antes iban a tratarme mal, ahora sería vendido por una miseria o asesinado frente al resto como demostración de las consecuencias de rebelarse.

Cruzamos las puertas del fuerte. Observé a mi alrededor: estaban todos parados aún bajo la llovizna. Podría decirse que tuve suerte; solo me dieron una paliza frente a ellos como castigo. Está bien, no sería la primera ni la última, ni siquiera de las peores que me habían dado.

Fuimos llevados a un pasillo extenso, con diferentes celdas donde nos dividieron entre hombres y mujeres. Permanecíamos atados y sentados en el suelo. Ahora que estábamos cubiertos, la ropa se sentía helada. El resto evitaba mirarme directamente. Seguro no era el mejor panorama, considerando que apenas veía de un ojo; el otro se sentía hinchado. Me acomodé de lado, intentando no presionar mi hombro herido. Seguía sangrando un poco y aún ardía.

Debo admitir que nuestros captores fueron piadosos al darnos un día o varias horas antes de empezar a trabajar. Entre las tareas estaban la limpieza y cargar objetos, que en su mayoría habían sido tomados de los pueblos. En todo momento nos mantenían vigilados. Entre ellos estaba el hombre que me había arrancado la flecha; seguramente tenía algún tipo de rango mayor que el resto. Obedecían sus órdenes y lo trataban con respeto, sin contar que su ropa era más elaborada.

Los demás prisioneros, por obvios motivos, mantenían la distancia conmigo. Les traería más desgracia al estar cerca; probablemente sufrirían castigos por ayudarme. No los culpo por verme como si fuera la peor de las pestes.

Fui el único que no recibió comida por varios días. Lo primero que me dieron fue una sopa fría, lo mismo que al resto. Aunque mi cuerpo lo agradecía, no podía negar que era asquerosa en todo sentido.

Mi cuerpo, al igual que el resto, estaba agotado. Nos movíamos por el fuerte siendo empujados y amenazados. Algunos ya se habían desmayado en varias ocasiones. Para cuando llevábamos una semana en este lugar, estábamos bastante demacrados en comparación con cómo llegamos. Los más jóvenes o quienes habían recibido algún castigo apenas podían levantarse, y se mantenían la mayor parte del tiempo sentados contra las paredes de las celdas donde dormíamos.

Por mi parte, podía sentir mucha debilidad, además de que mis huesos se marcaban mucho más que antes. Eso no me asustaba; sabía que podía sobrevivir mucho tiempo. Por alguna extraña razón, noté hace años que soportaba mucho más las situaciones adversas. Incluso herido y golpeado, podía seguir moviéndome. También es inusual que los moretones me duren menos que a otras personas; lo que en otros tardaría dos semanas en sanar, en mí solo eran unos pocos días. Supongo que sería algo familiar.

Lo único que me parecía sorprendente era que la herida de flecha se hubiera infectado. No me había pasado antes. Ni siquiera tenía agua a disposición para limpiarla, y ninguno de los que me rodeaba iba a ayudarme. Así que solo me quedaba soportar el dolor hasta que pudiera tratarla. Fuera de eso, el resto de los cortes estaban mejorando.

Dos golpes en la puerta nos advirtieron que habían traído la comida. Nos sentamos todos en el suelo de espaldas, como nos obligaban, a esperar hasta que uno de los guardias sirviera los tazones y saliera. No podíamos movernos ni quitar las manos de la espalda hasta que la puerta se volviera a cerrar. Apenas escuché el ruido metálico, giré para tomar uno de los tazones de esa asquerosa sopa. Podrían haber servido mal, y no quería ser quien se quedara sin comida.

Había perdido rápidamente la cuenta de los días. Hoy, a media tarde, nos hicieron ir en grupos al patio. Nos obligaron a pararnos frente a una de las paredes y arrojaron agua desde el segundo piso, "momento del baño", según los guardias. El problema era que el clima ahora estaba más frío y la ropa no iba a secarse.

Nos mantuvieron parados el resto del día, de pie, hasta que el sol se ocultó. Cuando llegó el momento de movernos, apenas podía flexionar las rodillas. Quienes salían de la fila eran golpeados, por lo que todos intentábamos permanecer quietos. Con cada día que pasaba, las miradas de los demás se oscurecían; se habían resignado y finalmente aceptado que su destino no iba a cambiar. ¿Así me vería yo también?

De a grupos nos devolvieron a las celdas, donde muchos cayeron rendidos contra las paredes, durmiendo casi al instante. Me recosté con cuidado y permití que el cansancio me venciera por un rato.

Los gritos afuera me despertaron de golpe, y no fui el único. Traté de escuchar lo que decían entre el revuelo, y al principio todos pensamos que podría tratarse de un rescate. Durante mi tiempo aquí, había logrado aprender algunas pocas palabras del idioma, por lo que me esforcé en entender, pero entre el caos solo logré escuchar fragmentos: "¡Tráiganlo!", insultos, y "celda". Con eso, se desvaneció cualquier esperanza de salvación. Me recosté en mi rincón, resignado, mientras de fondo se oían los gritos de celebración de nuestros captores. Pronto, los ruidos cesaron, y las risas burlonas dejaron claro que no seríamos salvados.

A la mañana siguiente comenzaron los murmullos sobre lo que habían encerrado anoche: un lobo. Si llegaba a ser cierto, dudaba que pudieran mantenerlo en una jaula por mucho tiempo. ¿Qué harían con él? ¿Qué hacía un lobo en este territorio? Ellos se mantenían muy lejos de los humanos. Solo conocí a una persona que estuvo cerca de la frontera, y tardó meses en siquiera acercarse a su territorio.

—¿Nos matará si lograra salir? —oí la voz de una mujer murmurando con otra detrás de mí mientras cavaba una zanja. Era muy probable, por no decir seguro. Esperaba no estar cerca cuando pase. Si acababa con el resto, al menos con los que estaban armados, tendría una oportunidad de volver a huir. Esta vez iría lejos, al medio del bosque, donde nadie pudiera encontrarme. A estas alturas, parecía una gran idea vivir de la pesca y comer frutos de los árboles. Así tendría que encontrar algún lago o río cerca del cual establecerme. Tal vez era el agotamiento o estaba empezando a enloquecer, pero trataba de mantenerme cuerdo planeando qué haría en el futuro una vez que saliera de aquí.

—¡Vengan! —volteé soltando el pico cuando habló uno de los guardias. Salí del pozo y sacudí mi ropa antes de avanzar hacia ellos. Vi a un hombre que reconocí muy bien entre todos. Él se había ido hacía unos días, pero se ve que fue un viaje corto. Me empujaron con fuerza, golpeando específicamente el área de la herida en mi hombro. Apreté los dientes para no darles el gusto de saber que en realidad sí había dolido demasiado. Sacaron de las celdas a los que aún permanecían dentro, nos llevaron al patio interno y, a punta de espada, nos hicieron arrodillarnos en filas. Muchos volvían a llorar por lo bajo e incluso rezaban a sus dioses. Íbamos a necesitar mucha ayuda divina para estar bien, e incluso con su intervención iba a ser difícil que tuviéramos un buen final.

—¿Cuánto creen que nos den por él? —empezaron por una de las esquinas. Le pidieron abrir la boca para ver los dientes y, después de revisarlo, lo hicieron formar una fila al frente. Sabía el procedimiento: el valor aumentaba si eras un hombre joven, sin enfermedades ni heridas graves. Lo mismo con las mujeres, pero en ellas la belleza también contaba mucho.

—¿Qué tal éste? —uno de ellos se paró frente a mí—. Dudo que nos den más de dos o tres monedas- Tomó mi rostro entre sus asquerosas manos, siempre con burla. Intenté apartarme, pero insistía en seguir con mi humillación. Dio un leve golpe en mi mejilla izquierda y antes de que pudiera dar el segundo, tomé su mano entre mis dientes con fuerza, sintiendo la sangre en mi paladar, que sabía tan asquerosa como él.

Traté de no concentrarme en el sabor metálico, sino en sus gritos, mientras apretaba hasta el punto de sentir que casi podía juntar mis dientes. El fuerte golpe en mi cabeza me obligó a soltarlo y caer a un lado, tosiendo. Comencé a escupir con asco el líquido rojo, sintiendo las arcadas invadirme, al mismo tiempo que la cabeza me explotaba de dolor.

Había gritos inteligibles a mi alrededor; la mayor parte era un fuerte pitido en el oído. Comenzaron a arrastrarme entre los dos hacia el interior de la fortaleza mientras estaba desorientado.

—bastardo, vas a pagar por esto- se detuvieron frente a una puerta de hierro, volteé confundido hacia ellos viendo detrás al tipo al que había mordido, presionando su mano, se acercó a pasos rápidos y pateó mi cuerpo sacándome el aire.-¡metanlo de una vez!- abrió la puerta con su mano sana y me lanzaron dentro de la habitación completamente oscura.



El aire en la jaula es denso, y el olor a hierro lo envuelve por completo. Cada respiración duele; el aire frío rasga mis pulmones mientras trato de mantener la calma. Sé que me han dejado aquí para morir. Puedo suponer con quién.

Levanté la vista y, frente a mí, el lobo, con ojos rojizos, me observa en silencio desde la oscuridad. Es un animal imponente, gigantesco; su pelaje negro resalta por lo enmarañado que se ve gracias a la escasa luz que entra. El terror sube por mi espalda hasta mi cabeza; me siento paralizado mientras esa bestia avanza con pasos lentos hacia mí. Permanezco en el suelo, tratando de pasar desapercibido, pero, al igual que todos los animales, seguramente siente mi olor. Las garras se asoman, y por primera vez distingo esos dientes que, con el mínimo esfuerzo, podrían desgarrar mi piel.

Risas provienen de afuera; ellos están disfrutando del espectáculo.

Intento retroceder, arrastrándome por el suelo húmedo, buscando alguna distancia entre la criatura y yo. Jadeo por el dolor que siento en gran parte de mi cuerpo.

"No, no, no...".

Es entonces cuando siento el tirón.

Desde mi pierna soy arrastrado hacia la oscuridad, como si el diablo me estuviera llevando en persona hacia el infierno. El ruido de cadenas ajenas tintinea mientras se mueve. Trato de quitármelo de encima, y ahora las lágrimas brotan sin control. Voy a morir, y por primera vez en años, esa realidad me golpea.

Mi pecho sube y baja rápidamente, mis ojos fijos en la sombra que se acerca a mi rostro. Nunca había visto un lobo en mi vida, pero puedo asegurar que este es tal vez dos veces más grande que yo. Sus ojos brillan con intensidad, completamente fijos en mí.

El animal se inclina sobre mí en silencio, moviéndose con lentitud. Cada paso suyo es impecable, sigiloso y hasta calculado. Siento su respiración caliente sobre mi piel; noto el frío de su nariz rozar mi mejilla y luego mi cuello. Cierro los ojos con fuerza, intentando contener un sollozo.

El nudo en la garganta me impide gritar.

La bestia me olfatea con calma. Su hocico recorre mi cabello, bajando por las clavículas. Es una tortura.

Tengo la mejilla contra el suelo y ya no puedo distinguir si el agua proviene de este o de mis propias lágrimas. Quiero que todo acabe de una vez.

Siento el contacto húmedo de su lengua lamiendo la parte baja de mi nuca, lenta y deliberadamente. El escalofrío que recorre mi espalda no es solo de miedo, sino de confusión. ¿Me está preparando? Aun puedo sentir sus garras rozándome.

Diferente a cualquier cosa que podría haber imaginado, el depredador no me ataca. Permanece allí, inmóvil. Por reflejo, intento apartarme un poco, pero solo emite un gruñido bajo, lo suficientemente amenazante como para hacerme detener de inmediato.

La criatura se acerca aún más. Se posiciona encima de mí sin aplastarme, y el calor de su cuerpo me envuelve, haciendo que el frío de toda una vida desaparezca de golpe, absorbido por su pelaje.

Al menos, antes de que todo termine y aunque sea una última vez, sentí la calidez, gracias a mi propio verdugo.

Respirando con dificultad, me quedo allí, incapaz de comprender lo que está pasando, pero sigo vivo, y eso es sorprendente.

Mi respiración entrecortada, la cabeza da vueltas de a ratos y estoy temblando como si fuera invierno, pero sigo aquí, vivo, aunque el hecho de seguir respirando parece un milagro.

Su hocico sube hasta la altura de mi cabeza, donde olfatea nuevamente antes de empezar a lamer el lado herido de mi frente. ¿Me está degustando? ¿Se alimentará luego? Estoy seguro de que en estos días no le han dado lo suficiente para llenar su cuerpo.

¿Tal vez no tengo buen sabor? Observo su pelaje enmarañado. No podría ganarle ni aunque quisiera; su pata es más grande que mi cabeza. Las leyendas no le hacen justicia en ningún aspecto.

Al darse cuenta de que la bestia no me había devorado, los guardias detrás de las rejas empezaron a quejarse. Sus voces resonaron con rabia, maldiciendo y golpeando los barrotes con furia. Sus gritos frustrados generaban un eco insoportable, exigiendo que el suelo se cubriera con mi sangre.

—¡¿Qué pasa con ese maldito lobo?! —bramó uno de ellos, golpeando los barrotes con su arma mientras caminaba de un lado a otro, inquieto.

Otro guardia, más joven y claramente menos seguro, lo siguió con la mirada, apretando el mango de su lanza con fuerza. —Tal vez... tal vez está jugando con él —murmuró, aunque su voz tembló traicionándolo.

—¿Jugando? ¡Haz que lo ataque! —gruñó el hombre que mordí hace un momento, antes de empujar al joven hacia las rejas—. Es lo que mereces, escoria —esta vez habló mirándome directamente a los ojos.

El novato alzó su arma y la deslizó hacia dentro, intentando molestar a la criatura. —¡Mu... muévete, bestia! —golpeó su lomo en un intento de fastidiarlo.

Él, que hasta ese momento había permanecido indiferente a su existencia y enfocado en mantenerme bajo su control, cambió la forma de pararse e incluso el ritmo de sus latidos. El peso invisible del peligro hacía que respirar se sintiera casi imposible. ¿Cómo era posible que fuera tan fuerte incluso sin hacer nada?

Un gruñido profundo emergió desde su pecho, vibrando encima de mí, resonando como una tormenta que erizó mi piel al instante. Los guardias retrocedieron un paso casi por instinto, aunque no dejaban de lanzar insultos. Desde mi posición, me era imposible verlo por completo, pero sabía que sus ojos, diferentes a los de cualquier persona u animal que hubiera visto, eran más que suficiente para aterrar a cualquiera.

—¡Vamos, animal! —trataron de clavarle las puntas de las lanzas.

Otro gruñido, y esta vez no parece una advertencia.

Se impulsó hacia adelante, chocando con las rejas y emitiendo un rugido que hizo retroceder a los hombres. Los barrotes crujen tras el impacto, aunque no ceden. Se miraron entre ellos. El lobo continúa gruñendo, manteniendo su postura desafiante y enormes colmillos expuestos. El mensaje es claro esta vez: el próximo que intente provocarlo no saldrá ileso.

—Déjalo, no va a matarlo aún —balbuceó el más joven, tirando de su compañero con una fuerza torpe. Su mirada seguía fija dentro de la jaula en todo momento.

El mayor se detuvo, no sin antes murmurar maldiciones entre dientes. Eventualmente, se alejaron, sus pasos resonaron a lo lejos mientras se retiraban. El silencio inundó el lugar.

Ahora solo somos él y yo. Tiene el control de mi vida; ahora, él es mi dueño.


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Gracias por leer 🧡

Es la primera vez en esta plataforma, espero les guste