Capítulo 1
Su cuerpo se estremeció cuando una ráfaga de viento llegó desde la pequeña entrada y un gemido lastimero escapó de él. Era invierno, lo que provocaba que el clima estuviera frío y, a pesar de su grueso pelaje podía sentirlo, ¿o era su corazón el frío?
Su pareja había salido hace una semana para buscar alimentos y, a pesar de que sabía que por el invierno era difícil conseguir algo cerca, sentía que ya habían pasado demasiados días y él no regresaba.
Quería a su pareja de regreso.
Tenía miedo, pero había estado intentando mostrarse valiente, de sentirse valiente, más cuando en los dos últimos días había comenzado a sospechar que su pareja no iba a volver y la idea lo estaba matando. Sin embargo, tuvo que recordarse que debía de ser fuerte, más si pronto no solo sería él, lo que era también una de las razones por las que tampoco había ido a buscar a su pareja, porque no podía permitirse que el nacimiento de sus cachorros lo tomara por sorpresa en un lugar en el que estuviera vulnerable.
Volvió a gemir cuando sintió tirones en su vientre. Los mismos que le habían hecho temer desde el momento en que su pareja salió en busca de alimentos una semana atrás.
Su pareja le había asegurado que estaría de regreso lo más pronto que pudiera y, no quiso alarmarse cuando al llegar la noche no lo vio aparecer, e intentó consolarse bajo el pensamiento de que tal vez no pudo cazar nada cerca y la noche llegó antes de que pudiera regresar. Soñó que su pareja volvió en mitad de la noche, que se arrastró con dificultad entre los troncos que cubrían la entrada de la pequeña cueva que se había convertido en su refugio, y que ahora estaba cubierta casi por completo por la nieve. Sin embargo, eso nunca pasó.
Sus ojos se cerraron y volvió a gemir de dolor, recogiéndose sobre sí mismo clavó sus patas en la tierra.
Su pareja le había prometido que estaría con él en ese momento. Que los dos podrían cuidar de sus cachorros, pero al parecer la promesa no sería cumplida, porque ahora, mientras sus hijos estaban naciendo, estaba solo.
No pudo evitar que en ese momento algo parecido al odio inundara su corazón, incluso si sabía que si hubiera podido elegir, su pareja se habría quedado a su lado, pero la poca comida que lograron conseguir, se había terminado y en su estado, debía estar bien alimentado.
El parto no fue sencillo. Gimió y aulló de dolor cuando sus hijos nacieron, pero ese proceso valió la pena cuando tuvo a sus cachorros a su lado. Cuando los sintió por primera vez alimentarse de él. Un momento que se sintió extraño, pero que le hizo más cercano y protector con ellos.
Los días posteriores permaneció dentro de la cueva todo el tiempo posible, sin embargo, hubo momentos en los que tuvo que salir para buscar algo de comida. No había conseguido demasiado, solo un par de ardillas que parecieron tener muy mala suerte al haber salido de sus casas y encontrarse con él. Lo que no demandó que se alejara mucho de la cueva, porque lo último que quería hacer era dejar a sus hijos totalmente solos.
Con el paso de los días la idea de que su pareja no iba a regresar se estaba volviendo más real, porque no solo se trataba de que no estuvo en el nacimiento de sus hijos, ni que los días seguían pasando y que no había ninguna señal de que regresaría, sino que también la conexión que compartían se sentía tan débil, o era lo que le gustaba creer, porque le aterraba pensar en todas aquellas veces en las que ya no pudo sentirla, pero se rehusaba a pensar que pudo haberle sucedido algo, después de todo, su pareja era un enorme lobo gris.
El tamaño de su lobo podía significar una gran ventaja cuando se trataba de cazar y enfrentarse a algunos depredadores, pero ese tamaño era precisamente lo que lo convertía en un blanco fácil y atractivo para los cazadores humanos, que solo los veían como una enorme piel por la que ganarían mucho dinero.
Había intentado no pensar demasiado en eso, pero con cada día que pasaba y que su pareja no regresaba, se estaba volviendo un pensamiento recurrente, que llenaba de temor a su corazón.
Con la punta de su nariz acarició a sus cachorros que dormían protegidos del frío por su cuerpo que estaba envuelto alrededor de ellos. Eran tan pequeños y frágiles, que no podía negar el miedo que tenía en su corazón de no poder protegerlos, aunque estaba seguro que lo mejor que pudo hacer fue que nacieran en su forma de animal, porque si hubieran nacido como humanos, serían todavía mucho más frágiles y difíciles de cuidar.
Cuando estaban en un clan, lo normal era que los bebés nacieran en su forma humana, ya que tenían toda una comunidad para protegerlos, pero al ser un lobo que había perdido su manada meses atrás, su modo de supervivencia era ese, porque era más fácil moverse por el bosque y pasar las temporadas frías.
Se acercó más a sus cachorros para mantenerlos cálidos y cerró los ojos, dispuesto a tomar una siesta con ellos, sin embargo, el aroma de un lobo que conocía perfectamente, le hizo colocarse alerta, aunque lo estuvo más todavía cuando percibió a otros que no podía reconocer. Gruñó y con cuidado de no despertar a sus cachorros se levantó y se dirigió a la entrada de la cueva, porque nadie iba a poder a entrar a menos que él fuera un omega sin vida.
El frío del invierno fue el primero en recibirlo y, si no fuera por su grueso pelaje, estaría temblando. Al levantar la mirada se encontró con un lobo grande en varios tonos de grises. Un lobo que él conocía bastante bien y al que había extrañado por un poco más de dos semanas. Al cual hubiera corrido, mordido, lamido y hubiera mostrado de todas las maneras posible su amor, pero en ese momento se sentía lastimado por él, ya que no estuvo en el nacimiento de sus cachorros. Ni siquiera pudo recordar que después de todo sí cumplió su promesa y regresó.
Gruñó cuando lo vio acercarse corriendo. Sus patas se afirmaron en el suelo de la cueva, para después comenzar a correr también. Un gruñido salió de su garganta cuando se lanzó contra el alfa, derribándolo en un instante, ya que este nunca estuvo a la defensiva.
“Te odio” le dijo por medio de su enlace de manada.
“Tyre...“.
A pesar de que había extrañado tanto escuchar esa voz, al omega no le importó y sus dientes fueron directo al cuello del alfa, que no pareció planear defenderse de los ataques.
Hubo gruñidos cerca que le recordaron a Tyre que había olido a otros lobos, pero antes de que siquiera pudiera levantar su cabeza para ver de quienes se trataba, el alfa se paró y lo dejó entre sus patas delanteras, en una evidente protección mientras le gruñía al grupo de cuatro lobos que parecían dispuesto a atacar al omega.
Tyre observó en silencio cómo luego del gruñido de su alfa los otros lobos bajaron su cabeza y retrocedieron un paso, mostrando su sumisión ante los gruñidos de su pareja.
“Paris…”, llamó confundido.
Sintió la lengua de su alfa lamer todo su rostro para luego pasar a su cuello, en donde se quedó por un momento más extenso, gruñendo suavemente mientras su atención parecía estar no solo en el omega, sino que estaba vigilando a los otros cuatro lobos, que seguían con su cabeza inclinada mostrando sumisión mientras el alfa reconocía a su pareja.
A pesar de que no confiaba en esos cuatro lobos desconocidos, Tyre sintió que no había peligro, no con su pareja a su lado, porque repentinamente ya no lo odiaba, ni estaba enojado con él por desaparecer tanto tiempo. Por lo que correspondió a su reconocimiento e intentó que pudiera entender lo mucho que lo había extrañado.
“Te extrañé tanto. Temí que no volvieras”.
“Te prometí que volvería”.
“Sí, pero... pasó tanto tiempo, y nuestros cachorros...”
El omega se silenció a sí mismo y volvió su mirada hacia los otros lobos. Aunque su enlace era mental, no quería que ellos se enteraran que dentro de la cueva estaban sus dos cachorros, los que se encontraban camuflados bajo su olor. Tyre no sabía si podía confiar en esos lobos incluso si parecían haber llegado con Paris y este confiaba en ellos, porque de no ser así, no los habría llevado hasta donde su familia estaba.
"Son de confianza“, la voz del alfa sonó suave, como si quisiera transmitirle seguridad, “Tyre”, dijo preocupado “¿sucede algo con nuestros cachorros? ¿Sientes que ya van a…?”
“Ya nacieron”.
Por la manera en cómo el alfa bajó la mirada y su nariz tocó la suya, pudo sentir la culpa de Paris y cómo le estaba pidiendo disculpas por no haber estado durante el nacimiento de sus cachorros, pero a diferencia de lo triste y asustado que estuvo cuando eso sucedió, ahora no quería que su pareja se sintiera culpable, porque si lo tenía ahí después de dos semanas y estaba acompañado de otros lobos, fue más que suficiente como para saber que algo demasiado grande había ocurrido, que no fue que Paris no quisiera estar ahí.
“¿Quieres conocerlos?”.
“Sí”. La voz de Paris sonaba emocionada, casi ansiosa por conocer a sus cachorros.
Tyre volvió su mirada hacia los cuatro lobos que seguían en el mismo lugar de antes. No quería que ellos entraran a la cueva, además de que era tan pequeña que aparte de los cachorros, Paris y él, quizás solo uno más podría entrar. Ciertamente, si tuviera que elegir, no permitiría que ninguno de ellos entrara. Ese era un momento de su alfa, él y sus hijos. Además, todavía no confiaba en esos lobos que solo eran extraños para él.
“No quiero que ellos entren”, le dijo el omega a su alfa.
Tyre miró disimuladamente a los otros lobos y luego a su pareja, dejando claro el mensaje, aunque si Paris le decía que era necesario que uno de ellos al menos entrara, iba a tener entre gruñidos que ceder, después de todo, no creía que su alfa fuera a colocar a sus propios hijos en peligro.
El omega se colocó de pie y se dirigió al interior de la cueva, siendo consciente de que detrás de él solo estuvieron los pasos de su alfa, que como había sido desde que empezaron a quedarse en ese lugar, luchó un poco en la entrada y, para cuando finalmente logró entrar, sus ojos se posaron en la imagen del Tyre sentado junto a sus dos cachorros, los que al percibir a su papá de regreso, se movieron en busca de su calor.
El omega se dejó caer alrededor de los cachorros para poder mantenerlos cálidos, mientras Paris los observó en silencio y con pasos lentos se acercó a ellos. Se dejó caer a un lado de su pareja y con cuidado lamió a sus cachorros, escuchando un gruñido que hizo que su corazón diera un vuelco, porque a pesar de que el cachorro le estaba gruñendo él por no dejarlo dormir cómodamente, le pareció tierno.
La culpa en Paris solo aumentó por no haber podido estar presente cuando sus hijos nacieron, pero no había sido su culpa, solo que sucedieron cosas y aquella búsqueda de alimentos tomó más tiempo de lo planeado.
Ahora que estaba más tranquilo y percibía mejor, se dio cuenta de que el aroma de Tyre había vuelto a cambiar a como era meses atrás. Sentía que había sido un tonto por no darse cuenta de eso en su reencuentro, pero en todo lo que estaba pensando era en lo feliz que estaba de ver bien a su omega después de todo el tiempo que lo dejó solo.
“Perdón por no estar aquí cuando nacieron”. Volvió a disculparse.
“Eso ya no importa. Lo que importa es que volviste”.
La cabeza del omega se acomodó en el cuello del alfa y suspiró, sin embargo, su suspiro se convirtió en un gruñido cuando vio la cabeza de uno de los lobos de antes aparecer por la entrada de la cueva. Este no parecía tener intenciones de entrar sino de llamar su atención.
Paris después de darle una mirada de disculpa a su pareja, se levantó y salió de la cueva para enfrentarse a los cuatro lobos que estaban parados cerca de la entrada de la cabaña, resguardándola.
—Alfa... —dijo uno de ellos mediante su enlace de manada.
—¿Qué sucede, Alex?
—Alfa, debemos regresar antes del anochecer...
Paris entendía. El plan para ir a buscar a su pareja había sido: llegar y regresar casi de inmediato luego de asegurarle a Tyre que las cosas estarían bien y de haberle dado la comida que llevaron para él, sin embargo, los planes debían de cambiar un poco, ya que él no había esperado que sus cachorros hubieran nacido para el momento en el que volvió. Estos eran demasiados pequeños para ser obligados a realizar un viaje tan largo sin correr peligro, porque sí, ellos podrían protegerlos de los peligros exteriores, pero no por completo de las inclemencias del invierno.
—Hay un cambio de planes —habló firme —volverán a la manada sin mí.
—Alfa...
Un gruñido fue suficiente para silenciar los intentos de protestas, y que le permitieran seguir dando sus órdenes.
—Volverán a la manada sin mí. Arreglaran lo necesario para mi regreso y el de mi familia. —Miró hacia la entrada de la cueva —mis cachorros casi acaban de nacer y no voy a colocar sus vidas y las de mi pareja en peligro por regresar ahora a la manada. Lo haremos cuando mis cachorros puedan viajar. Conozco el camino de regreso. ¿Entendido?
—Sí, alfa.
París pudo notar como los otros lobos a pesar de haber dicho que le obedecerían, no querían hacerlo, porque si lo acompañaron hasta ahí fue para protegerlo, pero ahora eran echados sin cumplir su propósito.
Si Paris había accedido que lo acompañaran a buscar a Tyre, se debía que entre más grande fuera el grupo, más seguro sería, porque podría ser que los animales no representaran un problema, pero todavía había cazadores que parecían amar esa zona y época del año para salir a cazar. No iba a exponer a su omega embarazado y mucho menos ahora a sus cachorros.
Alex se acercó a uno de los lobos del cual Paris apenas y recordaba su nombre, que era el que había estado llevando en la última parte del trayecto el enorme bolso que contenía comida para el viaje y para la pareja del alfa. La que ahora parecía poca para el tiempo que tendrían que quedarse, sin embargo, Paris se las arreglaría para encontrar más comida y poder cuidar de su familia sin que nada malo sucediera.
Recibió el bolso de Alex y luego de una inclinación de cabeza por parte de todos, los vio alejarse entre la nieve y los árboles. Paris esperaba que los lobos que acababan de irse, pudieran regresar a salvo a la manada y que, el hecho de que volvieran sin él no se convirtiera en un problema.
Hace poco había sido nombrado como el alfa líder de la manada Andrómeda, luego de haber tenido una pelea con el alfa líder de esta. Había sido totalmente defensivo cuando el líder quiso matarlo y llevarse la presa que acababa de cazar, sin embargo, su pelea fue mucho más agresiva y lo que se suponía que era una pelea por comida, terminó siendo por su vida.
Paris no había pretendido dejar a la manada Andrómeda sin su líder, pero si no lo hacía, era él quien perdería su vida. Ni siquiera lo había pensado, solo se defendió y eso hizo que terminara tomando el lugar del alfa líder dentro de la manada.
Luego de estar completamente seguro de que los lobos lo obedecieron, Paris entró en la cueva. Miró a Tyre que estaba acostado junto a sus hijos, parecía estar durmiendo, pero en cuando escuchó movimiento en la entrada de la cueva, sus ojos se abrieron y lo miró con profundidad, como si quisiera saber lo que pasaría ahora.
"Trajimos comida" Informó Paris mientras dejaba el bolso en el suelo.
Ver a Tyre acercarse de inmediato pero con cautela al bolso, hizo que Paris se sintiera más culpable, porque imaginó que su pareja había pasado hambre en los días que él no pudo estar a su lado. Lo vio inclinar la cabeza como si estuviera pidiendo permiso antes de que esta se metiera dentro del bolso, del que sacó un trozo de la carne seca que habían empacado para que se conservara en el viaje.
Tyre comió lentamente la mitad del trozo de carne y luego la empujó con su nariz hacia Paris, indicándole con ese gesto que esa era su parte.
“La trajimos para ti”.
Sin embargo, el omega volvió a empujar con su nariz más cerca del alfa la carne y luego raspó con una de sus patas la tierra, diciéndole con ese gesto que él no iba a ceder, por lo que Paris comió un poco de la carne, antes de volver a empujarla en dirección al omega, que pareció complacido de comerla después de que su pareja también hubiera comido.
Después de alimentarse, los dos volvieron a acurrucarse alrededor de los cachorros para mantenerlos cálidos. En esta ocasión, el omega se relajó lo suficiente para quedarse dormido casi de inmediato, a pesar de que todavía quería preguntarle a su pareja sobre dónde había estado y qué pasó en todo el tiempo en el que desapareció, pero por el momento era feliz de saber que estaba bien.
“Tyre” susurró suavemente Paris mediante su enlace, “ahora tenemos otra vez una manada a la que pertenecer”.
Sin embargo, el omega ya estaba dormido profundamente como para poder escucharlo.
Paris se acercó más a Tyre para brindarle más calor en esa noche helada. Noches como esas solo serían unas pocas más, porque pronto podrían volver a dormir en camas cómodas y cálidas, en la que no tendrían que preocuparse por algún peligro, porque tendrían una manada en la que se protegerían unos a otros, ya no serían una pareja de lobos solitarios, ni sus cachorros se verían expuestos al peligro.
Paris no estaba feliz de lo que había sucedido con el antiguo líder de la manada Andrómeda, pero si eso le permitió darle un lugar seguro a su familia, tampoco se arrepentía.