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—¡Arthur, baja un momento a comprar algo!
La voz de mi madre subía desde la planta baja, cortando el ambiente como una navaja mal afilada. Yo estaba en medio de una partida importante. Uno de esos juegos que te atrapan, que te hacen olvidar todo lo demás. La ignoré. Tal vez por orgullo, tal vez por pura pereza.
Volvió a llamarme. Más fuerte esta vez.
—¡Arthur! ¡Te dije que bajes!
Suspiré con los ojos clavados en la pantalla. En mi cabeza, un pensamiento cruzó como un relámpago: ojalá me dejara en paz. No lo dije. Solo lo pensé. Pero fue lo suficientemente fuerte como para que lo sintiera real.
Pasaron unos minutos más. Perdí la partida. Mi personaje murió por estar desconcentrado. Tiré el control con fastidio, me quité los audífonos y me levanté.
—Ya voy, joder… —murmuré. Nadie me escuchó.
Bajé por las escaleras arrastrando los pies, como si el mundo entero me pesara en los hombros. La casa estaba en silencio. Inusualmente silenciosa. No se oía el televisor, ni los platos, ni siquiera el sonido del refrigerador. Nada.
—¿Mamá? —llamé, apenas en voz baja.
No hubo respuesta. Revisé la cocina. Vacía. El baño. Nada. El cuarto de ella. La cama hecha. Todo ordenado. Como si nunca hubiese estado ahí. Un nudo se me formó en el estómago. Intenté no pensar demasiado, pero algo no encajaba.
Fui hasta la puerta principal y la abrí. Afuera, el vecindario parecía congelado. Ni un auto. Ni un perro. Ningún sonido.
Solo viento.
Salí con cuidado, mirando a los lados. Caminé unos pasos. Toqué el timbre de la casa de enfrente. Nadie contestó. Golpeé con más fuerza. Nada.
Un cosquilleo me recorrió la espalda. El tipo de incomodidad que te dice que algo está mal, muy mal, aunque todavía no entiendas por qué.
Ese fue el momento en que supe que algo… se había roto.
No sé cuánto tiempo pasé tocando puertas vacías, llamando a voces que nadie respondía. Cada paso en esa calle se sentía más pesado, como si el aire se volviera más denso. Había una presión en el pecho, una opresión sorda que me dificultaba respirar.
Fue entonces cuando empecé a oírlo.
No eran voces claras. Eran susurros. Palabras partidas flotando en el aire, demasiado cerca del oído, pero imposibles de entender. Cada vez que intentaba identificar de dónde venían, desaparecían. Y cuando me quedaba quieto… regresaban.
—¿Hola? —dije sin convicción.
Nada. Solo el susurro. Como si el viento murmurara cosas que no quería oír.
Di un paso hacia atrás y choqué con algo.
Frío.
Me giré de golpe.
Frente a mí, de pie, había una figura. Alta. Demasiado alta. Vestía algo parecido a una túnica oscura, como desgarrada por el tiempo. No tenía rostro. Solo un vacío oscuro bajo una capucha. Pero sabía que me estaba mirando.
No se movía. No hablaba. Pero su sola presencia dolía. Como si su sombra aplastara todo a su alrededor.
Intenté decir algo. Cualquier cosa. La garganta no me respondió.
Y entonces, sin mover los labios —si es que tenía—, se rió.
Una risa grave, áspera, profunda. Como si viniera desde dentro de la tierra. Burlona. Cruel.
Y me habló. No con palabras normales. Lo sentí. Dentro de mi cabeza.
“Pobrecito Arthur… tan molesto por una voz de madre que lo ama.”
Me tapé los oídos. No sirvió de nada. La voz ya estaba dentro de mí.
“Quisiste silencio, y lo tuviste. Quisiste que desapareciera… y desapareció. ¿No es eso lo que deseabas?”
Me desplomé de rodillas.
—No… no era en serio… —susurré, con la voz quebrada.
Pero la figura se inclinó apenas hacia mí. Seguía sonriendo sin boca. Sentí algo helado recorriéndome el cuello.
“Demasiado tarde.”
Y la risa volvió. Más fuerte. Más hiriente. Como si desgarrara lo que yo era. Las lágrimas salieron sin pedir permiso. Me dolía el pecho. La cabeza. Todo.
—¡Devuélvemela! —grité. No sabía de dónde me salió la fuerza.
La figura se enderezó. Dio un paso hacia mí. Solo uno. Bastó para que el mundo se encogiera.
Yo temblaba.
No era solo miedo. Era culpa. Era el eco de ese pensamiento maldito.
Y su voz, antes de desvanecerse, dejó una última frase flotando en mi cráneo:
“Los deseos tienen precio, Arthur. Y tú ya pagaste.”
Sentí que me congelaba.
La figura dio otro paso, y con él, el mundo entero se volvió más pequeño, más opresivo. El aire cambió de temperatura. Ya no era solo frío. Era como estar dentro de un metal congelado, como si el oxígeno mismo se secara en mi garganta.
Entonces, lo vi.
Salió de debajo de su túnica una hoja curva, larga, oscura como el vacío que tenía por rostro. No brillaba. No reflejaba nada. Era como si no fuera un objeto, sino una extensión de la oscuridad misma. Como si nunca hubiese sido forjada, sino nacida.
Yo no podía moverme.
Ni gritar.
Ni cerrar los ojos.
Mi cuerpo temblaba como un animal acorralado, pero las piernas no me respondían. Y entonces, él alzó la hoja lentamente. Sin apuro. Como si supiera que no tenía adónde escapar.
Quise decir algo. Suplicar. Pedir perdón. Pero mi boca se quedó abierta en un grito que no salió.
La hoja bajó.
El corte fue seco, preciso, brutal.
Y el dolor…
Dios.
No era como en los juegos. No era rápido, ni se desvanecía. Era un fuego punzante, abierto, que desgarraba desde el cuello hasta el pecho. Caí al suelo de espaldas, y todo se volvió ruido. Un pitido, como el de los oídos cuando te hundes en agua… o cuando estás por desmayarte.
La figura se acercó. Se inclinó de nuevo, como para verme de cerca.
“Dolor real, ¿no? Pensabas que era solo un pensamiento. Solo un deseo. Solo un impulso.”
Siguió cortando.
No sé cuántas veces.
Mis brazos. Mi pierna. Sentía cada corte. Cada parte de mí explotaba en un ardor distinto. Ya no podía pensar. Solo existir dentro de un dolor interminable.
La sangre corría. La sentía tibia, pegajosa. Resbalando por mi piel.
“Los pensamientos importan, Arthur. Las palabras no dichas. Los deseos no hablados. El mundo escucha, incluso cuando crees que estás solo.”
Yo lloraba. Gritaba. Me arrastraba sin saber a dónde. Mi cuerpo no era mío. Solo un montón de carne retorcida.
Y la risa seguía. Esa risa hueca, cruel, burlona, me taladraba el cráneo como si esa cosa se divirtiera con mi terror.
Vi mis manos. Temblaban, manchadas. El suelo bajo mí se volvió rojo.
Todo se volvió más lento. Más distante. Como si flotara en una bañera de oscuridad tibia.
Y justo antes de que todo se apagara, escuché su voz por última vez, clavándose en lo más profundo de mí
“Quédate con esto, Arthur… porque lo deseaste tú.”
Y el mundo se apagó.
Abrí los ojos de golpe. El zumbido de mi computadora llenaba la habitación. La pantalla del juego parpadeaba, mostrando la misma escena que antes de bajar. Todo estaba igual. Mi silla gamer, mi escritorio, la luz tenue filtrándose por la ventana.
Parpadeé varias veces, intentando entender qué había pasado. El corazón me latía con fuerza, como si hubiera corrido una maratón. Mis manos temblaban ligeramente sobre el teclado. No había sangre, ni cortes, ni dolor físico. Pero el recuerdo... el recuerdo seguía ahí, vivido y aterrador.
La voz de mi madre resonó desde abajo, idéntica a la de antes:
-Arthur, por favor, baja a comprar lo que te pedí.
Me quedé inmóvil, escuchando. ¿Era una repetición? ¿Un eco? ¿O simplemente todo había sido una pesadilla? La misma petición, el mismo tono. Todo era exactamente igual.
Me levanté lentamente de la silla, sintiendo una extraña pesadez en el cuerpo. Cada movimiento era como si estuviera bajo el agua, denso y lento. Mis pies tocaron el suelo frío, y un escalofrío recorrió mi espalda.
Al pasar junto a la pantalla apagada de la computadora, algo captó mi atención. Un reflejo fugaz, una sombra que no debería estar alli. Me detuve en seco y miré fijamente. Por un instante, vi una figura alta y encapuchada, justo detrás de mí. Parpadeé, y ya no estaba. Solo mi reflejo, pálido y asustado.
Tragué saliva, intentando calmarme. No podía ser real. Todo había sido un sueño, una alucinación provocada por el estrés o el cansancio. Eso debía ser. Me repetí esa idea una y otra vez, como un mantra.
Bajé las escaleras con cautela, cada peldaño crujía bajo mi peso. La casa estaba en silencio, pero esta vez no era un silencio aterrador, sino el habitual de un hogar tranquilo. El aroma del café recién hecho flotaba en el aire, y el sonido de la televisión encendida provenía del salón.
Mi madre estaba en la cocina, preparando algo. Al verme, sonrió.
-Al fin. ¿Dormiste bien?
Asentí lentamente, sin saber qué decir. ¿Cómo explicarle lo que había experimentado? ¿Cómo poner en palabras algo que ni yo mismo comprendía?
-Te pedi que bajaras a comprar unas cosas, ¿lo recuerdas?
Volví a asentir, sintiendo una punzada de culpa. Recordaba haberla ignorado, haber deseado que me dejara en paz. Y luego... todo lo demás.
-Claro, iré ahora mismo.
Tomé el dinero que me extendió y salí de la casa. El sol brillaba en el cielo, los pájaros cantaban, y la vida parecía seguir su curso normal. Pero dentro de mí, algo había cambiado.
Mientras caminaba hacia la tienda, no podía evitar mirar por encima del hombro, esperando ver esa figura sombría acechándome. Cada sombra, cada rincón oscuro, me hacía estremecer.
Al llegar a la tienda, saludé al dependiente y compré lo necesario. Todo transcurrió con normalidad, pero la sensación de irrealidad persistía. Como si estuviera atrapado en un bucle, repitiendo acciones sin sentido.
De regreso a casa, pasé por el parque donde solía jugar de niño. Los columpios se mecían suavemente con el viento, y un grupo de niños reía mientras jugaba. Observé la escena con nostalgia, recordando tiempos más simples y felices.
Al llegar a casa, entregué las compras a mi madre y subí a mi habitación. Encendí la computadora y me senté frente a la pantalla. El juego seguía abierto, esperando mi regreso.
Pero ya no tenía ganas de jugar. Apagué la computadora y me recosté en la cama, mirando al techo. Las imágenes de lo vivido, o soñado, se repetían en mi mente una y otra vez.
Cerré los ojos, intentando encontrar paz. Pero la figura encapuchada seguía allí, en mi mente, recordándome que los deseos, incluso los más insignificantes, pueden tener consecuencias.
Y así, con el corazón latiendo con fuerza y la mente llena de incertidumbre, me quedé en silencio, preguntándome si alguna vez volvería a sentirme seguro en mi propia realidad.