Chapter 1
Cuando estaba junto a él, me sentía inmersa en una dulce fantasía.
Todo de él, la forma en que se movía, su mirada penetrante y su voz, me embelesaba como en un trance y me volvía susceptible a todo lo que me pedía.
Pero siempre, cuando la fantasía terminaba y nuestro tiempo juntos se esfumaba, me sentía agotada.
Y de aquel agotamiento surgía un extraño malestar que me hacía sentir enferma.
Pasaba días así, hasta que mi cuerpo lograba sentirse un poco mejor y entonces, una vez más, nos encontrábamos.
Lo veía y nuevamente caía enferma.
Cada vez aquel malestar empeoraba mi condición, llegando a dormir durante un día entero para lograr recuperarme un poco. Pero mi cuerpo desgastado por aquel cansancio absorbente llegó al fin a sumirse en un sueño profundo que duró días.
Mi mamá, ante mi ausencia y con el pesar de que algo me hubiera pasado, fue a mi departamento donde vivía yo sola y me encontró dormida profundamente, casi inerte y sin responder a su llamado.
Me hospitalizó a tiempo.
Habían pasado dos semanas cuando por fin desperté, confundida y con un catéter pegado a mi brazo.
Me explicaron la situación; había caído en un extraño coma provocado por agotamiento.
—¿Sufres de estrés severo donde trabajas?
—De ninguna manera —les contesté; trabajaba como fotógrafa independiente y podía solventar mis gastos fácilmente con pocos trabajos.
Una vida muy relajada, muchos podrían pensar. Entonces, ¿por qué el agotamiento?
Solo pasé un par de horas más hospitalizada; comencé a presionar a doctores y jefes de enfermería con que me dieran de alta ya que, desde el momento en que desperté, una inmensa necesidad de verlo me invadía, me torturaba.
No podía seguir esperando, ¡necesitaba verlo!
Así que firmé unos documentos para darme de alta voluntaria, a pesar del reproche de mi madre y las advertencias del doctor. Tenía que verlo, estar junto a él.
Salí envuelta en desesperación de aquel sanatorio, y me encaminé a buscarlo a la casa donde muchas veces estuve, pero para mí amarga sorpresa, me topé con aquella repulsiva escena.
A la puerta de su casa, estaba con una chica que lo abrazaba amorosamente; su rostro mostraba la misma fijación que yo sentía por él.
—¡Maldita sea! —grité con rabia y, por inercia, me abalancé sobre ella, apretando su delicado cuello con mis manos. Poseída por una rabia injustificable.
—¡Es mío! —le gritaba fúrica— ¡Es mío! —y apretaba con mayor fuerza sin pensar en que la chica estaba por perder el conocimiento.
Alguien me apartó antes de que la joven se desmayara y la pobre chica maltratada comenzó a toser.
Me levantaron apenas tratando de esquivar los golpes y patadas que aventaba por desesperación. Pero en medio de mi acto agresivo logré escuchar su voz, aquella voz que me sumergía en un trance hipnótico, decir:
—¡Maldita seas, magullaste a mi presa!
Lo miré desconcertada; su mirada fija y repulsiva se clavó en mí. Ni siquiera tenía que decir algo, me rechazaba con solo verme.
Sentí como se rompía mi corazón en mil pedazos ante su desprecio y entonces las personas me soltaron; caí al suelo como si fuera una simple muñeca de trapo, sin esperanza ni fuerza. Sumida, humillada, despreciada.
Y una vez más dijo:
—Pensé que habías muerto, así te hubieras quedado ¡cascarón hueco!
“Hueco”, aquella palabra resonó en mi cabeza.
¿Realmente era solo un cascarón hueco al que le habían arrebatado su energía, vitalidad, su alma y sobre todo su amor?
Había tomado de mí todo aquello y ahora buscaba a alguien más a quien robárselo.
Algo en mí comenzó a encenderse, algo más fuerte que la rabia que sentí hacia la chica. Quería de regreso todo lo que me había arrebatado y ¡lo iba a conseguir!
De un salto me incorporé y me abalancé, pero ahora sobre él.
Brinqué sobre su pecho y me afiancé de su cuerpo con brazos y piernas, agachándome sobre su cuello. Dejando que mi instinto me guiara, desgarré su arteria y su sangre brotó hacia mi boca, la cual bebí con fuerza.
Esta vez nadie me apartó, ¡nadie tenía las agallas de arrebatar a mi presa!
Todos estaban paralizados, horrorizados por la escena.
Él cayó al suelo respirando profundo y jadeando de dolor; caí a su lado, extasiada e invadida de una deliciosa sensación. No solo había recuperado lo que era mío, sino que había conseguido todo aquello que él había robado de otros pobres cascarones huecos.
Me levanté y, sin que nadie me lo impidiera, me alejé triunfante sin saber que lo que había tomado no fue lo que él me robo, sino la maldición que lo había condenado durante años.
