Prólogo
Dolía.
Dolía como un puñal helado clavado en el centro del pecho. No solo ese dolor físico de pasar horas acurrucada en un rincón, sino ese otro, más profundo, el que nacía de ser invisible para los ojos que más deseaban mirarla.
¿Qué tenía que hacer para que él la amara?
Solo quería un gesto, una palabra amable, una caricia que no estuviera teñida de decepción. Pero sus intentos, torpes y desesperados, solo lograban encender la furia en su mirada.
El frío se coló por las rendijas de su ropa, mordiendo su pequeña piel con dientes invisibles. Hinata gimió, un sonido pequeño y asustado que se perdió entre las sombras. Odiaba la oscuridad. Odiaba el silencio pesado de aquel lugar al que su progenitor llamaba "habitación", como si nombrarlo así pudiera disfrazar su verdadera naturaleza: una celda.
Levantó el rostro, buscando consuelo en la débil luz que se filtraba desde algún lugar imposible. Sus ojos, del color de las perlas bajo la lluvia, se posaron en los barrotes de hierro que la separaban del mundo.
¿Cuándo vendría su padre a sacarla de allí?
El miedo le apretó la garganta. Ella no había querido desobedecer. Había llorado cuando la arrastró por el pasillo, cuando la empujó al interior y la puerta se cerró con un eco que aún retumbaba en sus oídos. Igual que hacía con los pobres shifter que había cazado. Pero nada de eso dolía más que saber que el causante de todo eso fuera su propio padre
—Tengo miedo, madre —Lloriqueó, acostándose sobre la paja que apestaba a humedad y abandono.
Envolvió su cuerpo con sus propios brazos, intentando recordar cómo se sentía el calor de un abrazo de verdad. Cerró los ojos y trató de imaginar una manta suave, de esas que su madre solía arroparla cuando la fiebre la hacía temblar. Pero el recuerdo se desdibujaba con los años, como un dibujo expuesto demasiado tiempo al sol.
Su padre había instalado aquella jaula especialmente para ella. "La soledad te hará entrar en razón", había dicho, como si encerrar a una niña fuera un método pedagógico aceptable.
Las reglas eran simples: no hablar con las bestias, no intentar liberarlas. Las había seguido al pie de la letra durante años. Hasta ese día.
Hasta que vio sus ojos.
Si su madre viviera, nada de esto estaría pasando. Su padre volvería a ser el hombre que la alzaba en brazos y le contaba historias sobre estrellas. El hombre que reía con ganas cuando ella tropezaba con sus propios pies. Ese hombre jamás le habría hecho daño. Jamás habría encerrado a nadie.
Pero su madre se había ido en un auto que nunca regresó, y el hombre que quedó era solo un cascarón vacío lleno de odio.
—¡Ellos son los culpables de que Hana esté muerta! ¡Ellos la mataron!
El recuerdo del grito de su padre frente a la tumba la hizo estremecerse.
Hinata abrazó sus piernas con más fuerza. Eso no podía ser cierto. Su madre le había contado historias sobre los shifter antes de dormir, con esa voz suave que envolvía como una manta. Hablaba de ellos con cariño, con respeto. Los describía como guardianes del bosque, criaturas nobles que merecían vivir en libertad. Ella los quería. Ellos no podían ser malos.
—Ódialos, Hinata. Ellos nos quitaron todo. ¡Ódialos!
La orden de su padre resonaba aún en sus oídos, afilada como un cuchillo.
Pero no podía. No los odiaba.
Los miraba a través de los barrotes y sentía que su pequeño corazón se partía en pedazos. Odiaba verlos enjaulados. Odiaba la forma en que los maltrataban. Odiaba escuchar sus aullidos de dolor cuando las agujas se hundían en su carne. Odiaba ver la sangre brotar de sus cuerpos flacos. Odiaba al hombre de ojos de serpiente que siempre sonreía mientras los torturaba. Odiaba al hombre que había envenenado la mente de su padre, que había convertido el duelo en un odio monstruoso.
Odiaba a Hiashi Hyūga por ser el principal causante de su sufrimiento.
Pero no odiaba a los lobos.
Un ruido la sobresaltó. Pasos. Se acercaban.
Hinata contuvo el aliento, su pequeño corazón golpeando contra sus costillas como un pájaro atrapado. La puerta se abrió con un chirrido metálico y la luz irrumpió en la habitación como un invasor. Ella cubrió sus ojos, cegada, y parpadeó varias veces hasta que su visión se ajustó al resplandor.
La silueta de su padre se recortaba contra la luz, inmensa e inamovible.
—¿Te arrepientes de lo que hiciste? —Su voz no dejaba espacio para la duda.
Desde el otro lado de los barrotes, Hinata lo miró. Aún estaba molesto, podía sentirlo en la tensión de sus hombros, en la dureza de su mandíbula. Gimió asustada y asintió con desesperación.
No quería seguir allí. Tenía tanto frío...
—¡Responde!
Hinata brincó como un conejo acorralado, y alzó la vista hacia su progenitor. Las palabras se atascaron en su garganta, pero logró sacarlas a empujones.
—¡S-Si, padre!
El tartamudeo. Siempre el maldito tartamudeo. Vio cómo la mandíbula de su padre se tensaba y supo que lo había empeorado todo.
—Tan patética como siempre —Escupió las palabras como si tuvieran mal sabor—. ¿Cuál es la regla que debes seguir, Hinata?
—No hablar ni liberar a las bestias —Repitió, y cada palabra supo a ceniza sobre su lengua.
Bestias. Así llamaba su padre a los shifter. Bestias salvajes. Monstruos. Seres que no deberían existir entre los humanos. Hinata bajó la mirada, avergonzada de usar esa palabra, aunque sabía que cualquier otro término enfurecería aún más a su progenitor.
—Espero que el tiempo que pasaste en esa jaula te haya enseñado que jamás debes volver a desobedecerme —Dijo Hiashi mientras sacaba una llave del bolsillo.
El metal giró en la cerradura con un clic que sonó a libertad. La puerta se abrió.
—Ven.
Su padre se arrodilló y abrió los brazos. Hinata dudó solo un segundo antes de ponerse de pie y caminar hacia él, sus piernas entumecidas amenazando con fallarle en cada paso.
—Feliz cumpleaños, hija mía.
El abrazo llegó como un latigazo de calor. Hinata se aferró a su padre como si el mundo fuera a tragársela si lo soltaba, y las lágrimas que había contenido durante horas, días, años, brotaron finalmente, calientes y saladas.
Había olvidado su cumpleaños.
Que su padre lo recordara le partió el corazón y lo cosió al mismo tiempo. Llevaba tanto tiempo encerrada en aquel laboratorio, como lo llamaba el otro hombre, que había perdido la noción de los días. Sin ventanas, sin sol, sin nueve. Recordaba que para su cumpleaños siempre nevaba.
Siempre.
—Ya tienes diez años, Hinata. No debes desobedecerme.
La voz grave de su padre la sobresaltó. Las manos de él se cerraron en sus brazos, separándola de su calor, y ella quiso gemir por el dolor de la pérdida y de los dedos apretando su carne.
—¿Lo entiendes?
—¡Sí, padre!
Hiashi la observó en silencio durante largos segundos. Luego asintió, satisfecho.
—Bien. Vamos.
Hinata siguió a su padre fuera de la habitación, sintiendo cómo la oscuridad se cerraba a sus espaldas como una boca hambrienta. Caminaron por lo que parecían kilómetros de pasillos idénticos, todos grises, todos fríos, todos oliendo a antiséptico y desesperación, hasta llegar al ala donde se encontraban las jaulas.
—¿Conseguiste sacarle la muestra de sangre al número siete?
Hinata levantó la vista de sus pies y vio al hombre alto y pálido que hablaba con su padre.
Orochimaru.
Su piel parecía papel mojado, sus ojos amarillos brillaban con una inteligencia enfermiza y su lengua, demasiado larga, demasiado espeluznante, se deslizaba entre sus labios cuando hablaba. Le recordaba a las serpientes que a veces veía en sus pesadillas. Y le daban miedo las serpientes.
—Ya está hecho —Respondió Orochimaru, y entonces posó su mirada en ella.
La sonrisa que le dedicó heló la sangre en sus venas.
—Hola, pequeña Hime-sama. Feliz cumpleaños. Estás tan hermosa como siempre.
Hinata se quedó muda, paralizada por el miedo. Pero se obligo a reaccionar.
—Gracias, señor Orochimaru —Logró articular al sentir la mirada reprobatoria de su padre.
Un gruñido rasgó el aire.
Hinata giró el rostro y jadeó.
Allí estaba. El lobo.
El que había intentado liberar. El que la había mirado con ojos rojos como la sangre mientras ella deslizaba la mano entre los barrotes para acariciar su hocico. Ahora yacía en el suelo de su jaula, el pelaje negro empapado en sangre, el cuerpo marcado por cortes y quemaduras. Su pecho subía y bajaba con dificultad, pero sus ojos, esos ojos rojos que la miraban como nadie más la había mirado nunca, seguían abiertos, fijos en ella.
Su estómago se contrajo, igual que siempre sucedía cuando sus miradas se encontraban. Como si algo dentro de ella reconociera algo dentro de él.
Quería abrir la jaula. Quería abrazarlo y pedirle perdón por no haber podido salvarlo. Por haberlo intentado y haber fracasado. Por haber hecho que lo castigaran más. Pero no pudo. No con su padre junto a ella. No cuando podían volver a hacerle daño por su culpa.
Nunca había visto su forma humana. Nunca había escuchado su voz. Él solo gruñía o la miraba en silencio, pero jamás había intentado hacerle daño, ni siquiera cuando ella se acercaba demasiado a los barrotes.
—¿Qué sucede, Hime-sama? —La voz de Orochimaru era miel venenosa—. ¿Te preocupa el pequeño lobo?
Ella apartó la mirada. El lobo gruñó de nuevo, un sonido más profundo esta vez, casi protector.
Su padre la observaba con desaprobación.
—No sientas lástima por estas bestias —Dijo, lanzando una mirada de asco hacia la jaula—. No intentes hablar con él ni liberarlo de nuevo. Te atacará en cuanto abras la puerta.
Hinata asintió, pero en su interior sabía que no era cierto. El lobo no le haría daño. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que el sol calentaba y la nieve enfriaba su piel.
El lobo gruñó con fuerza, furioso. Ella también lo estaría si estuviera en su lugar.
Volvió a mirarlo. No era muy grande comparado con el de la jaula siete, ese era enorme, un monstruo de pelaje gris, pero para ella seguía siendo imponente. Le llegaba a la altura del pecho. Su pelaje era negro como la noche sin estrellas, y sus ojos... sus ojos eran rojos, como la sangre derramada.
Estaba flaco. Se le marcaban las costillas bajo el pellejo. Su padre y Orochimaru lo mantenían sin comida ni agua durante días para debilitarlo, para poder entrar en la jaula y hacerle pruebas sin que opusiera resistencia. Las heridas frescas en su cuerpo eran la prueba de que lo habían torturado recientemente.
Por su culpa. Por intentar liberarlo.
La culpa la golpeó como un puño en el estómago.
—¿Podemos hablar a solas, Hiashi? —La voz de Orochimaru la sacó de sus pensamientos—. Tengo algo importante de lo que hablar contigo.
La mirada que le lanzó la hizo estremecerse.
¿Por qué la miraba así?
—Está bien —Respondió su padre, y luego se volvió hacia ella—. Busca algo de comer en el comedor y vuelve a tu otra habitación.
Otra habitación. La de verdad. La que tenía cama y calefacción. No esa, la oscura, la de la jaula.
—Sí, padre —Susurró.
Miró al lobo por última vez. Sus ojos rojos seguían fijos en ella, y por un instante le pareció que algo brillaba en ellos.
¿Preocupación? ¿Advertencia?
Se alejó corriendo antes de que las lágrimas la traicionaran frente a su padre.
Dolía.
Dolía mucho.
Los odiaba.
Odiaba a los humanos que le habían arrebatado la libertad. Odiaba el olor a antiséptico, el frío del suelo, el sabor de la comida rancia que a veces le arrojaban como si fuera basura. Odiaba cada barrote de su jaula, cada pared gris, cada paso que retumbaba en los pasillos anunciando la llegada de sus verdugos.
Con la poca fuerza que le quedaba, Sasuke se puso sobre sus patas y gruñó.
Los dos hombres frente a su jaula merecían una muerte lenta. El de piel pálida, sobre todo. La serpiente rastrera.
Orochimaru lo miró primero, y Sasuke odió su sonrisa. Sabía lo que era. Su olor lo delataba: un shifter, sí, pero de sangre reptiliana. Él lo había engañado, lo había capturado cuando apenas tenía diez años y había salido a su primera caza. Se había alejado de la manada por orgullo, por demostrarle a su hermano mayor que ya era suficientemente fuerte. Había caído en una trampa. Lo habían sedado. Y cuando despertó, estaba aquí.
Dos años.
Llevaba dos años encerrado.
—¿Qué sucede, número cuatro? ¿Tienes hambre? ¿Sed? —Se burló Orochimaru.
Sasuke arremetió contra los barrotes con toda la fuerza que le quedaba. El impacto recorrió su cuerpo y más sangre brotó de sus heridas, pero ni siquiera lo sintió. El humano,Hiashi, el padre de la niña, se alejó de un salto, pero la serpiente permaneció inmóvil, sonriendo.
Tenía razón. Estaba demasiado débil. Lo último que había comido fueron unas galletas y un poco de agua que la niña le había dado hacía horas, deslizando su pequeña mano entre los barrotes con una ternura que había hecho que su lobo se calmara por primera vez en meses.
Pero eso no era suficiente para un lobo de su tamaño.
—Deja de hablarle a la bestia —La voz del humano lo sacó de sus pensamientos.
Sasuke lo odiaba con una intensidad que quemaba. No podía creer que esa niña tan dulce, con ese olor a flores y bondad, fuera hija de semejante monstruo. Su lobo se calmaba con su presencia, con su olor, con la forma en que lo miraba sin miedo a pesar de todo. Odiaba verla llorar por culpa de ese hombre.
El olor de su miedo aún flotaba en el aire, mezclado con las lágrimas que había derramado cuando se la llevaron. Por intentar abrir su jaula. Por intentar liberarlo.
Como si él fuera a hacerle daño.
Su lobo jamás le haría daño. Ella no era culpable de nada.
—Tengo listo el sedante —Dijo Orochimaru, sacando una pistola del bolsillo.
Sasuke reconoció el arma. La misma con la que lo habían dormido en el bosque hace dos años. Gruñó en advertencia.
—¿Con eso volverá a su forma humana? —Preguntó Hiashi.
Sasuke arremetió contra los barrotes de nuevo. No quería transformarse delante de ellos. Durante dos años había evitado tomar su forma humana cuando sabía que podían verlo. Solo lo hacía cuando estaban dormidos, cuando estaba seguro de que nadie lo observaba. Tenía que hacerlo o su cuerpo se adaptaría para siempre a la forma de lobo. Su hermano, el alfa, se lo había advertido.
—Sí —La sonrisa de Orochimaru se ensanchó—. Con esto podrás hacer las pruebas que quieras con él.
Hiashi asintió.
—Perfecto. Hazlo rápido y tráelo.
Cuando el humano desapareció de su vista, Sasuke volvió a centrar su atención en la serpiente.
—El alfa debe estar como loco buscándote —Se rió Orochimaru, divertido, mientras lo apuntaba con el arma—. Debe ser difícil para ti estar encerrado. Sabes, había planeado secuestrarlos a los dos. Imagínate, dos miembros de sangre pura para experimentar. Hubiera sido fantástico. Pero tendré que conformarme solo contigo.
Sasuke gruñó, mostrando sus colmillos. Su hermano jamás habría caído en una trampa tan estúpida. Su hermano era fuerte. Su hermano era el alfa.
—A pesar de ser un cachorro, se nota tu sangre alfa —Murmuró Orochimaru, casi con admiración—. Duerme.
El dardo se clavó en sus costillas con un pinchazo. Sasuke sintió cómo el sueño se apoderaba de él, cómo su cuerpo comenzaba a transformarse sin su consentimiento. El hocico se retrajo, el pelaje se desvaneció, los músculos se reconfiguraron. Cayó al suelo, ahora en forma humana, desnudo y vulnerable.
La puerta de la jaula se abrió.
—Eres un niño duro —Comentó Orochimaru al verlo aún consciente.
Sasuke levantó la cabeza con un esfuerzo sobrehumano. Sus ojos, ahora humanos pero igual de rojos, se clavaron en los de la serpiente.
—Los... los mataré —Susurró, y las palabras eran una promesa—. Los mataré a todos.
Y entonces la oscuridad lo tragó.
Hinata se detuvo en seco.
Voces. Provenían de algún lugar cercano. Agudizó el oído, intentando identificar de dónde venían. Había pasado un buen rato en el comedor, buscando algo para comer, pero solo había encontrado un paquete de galletas saladas y un frasco de mermelada. Ahora regresaba a su habitación cuando las voces la detuvieron.
—¿Ya tienes la sangre de ese hijo de puta?
La voz de su padre. Hinata reconoció el tono: esa mezcla de odio y satisfacción que usaba siempre que hablaba de los shifter.
Estaban en el ala tres.
Miró hacia el pasillo de la izquierda, luego hacia el frente. Dudó. Su padre se enfadaría si la encontraba escuchando.
—Ya está todo listo —La voz de Orochimaru esta vez—. La droga que le di lo mantendrá así una hora más.
Hinata reprimió un gemido. Tenían a uno de los shifter con ellos. En forma humana, por lo que entendía.
—Perfecto. Quiero terminar con esto cuanto antes. Odio ver a estos animales en forma humana —El asco en la voz de su padre era casi tangible.
Hinata dio dos pasos hacia adelante, alejándose del pasillo. No quería volver a la jaula. No quería volver a la oscuridad.
—¿Aún no le has dicho a la pequeña Hime sobre nuestros planes con ella?
La pregunta de Orochimaru la paralizó.
¿Planes? ¿Planes con ella?
El miedo le heló la sangre, pero la curiosidad fue más fuerte. Dio unos pasos hacia la izquierda, hacia el pasillo del que provenía la voz. Se movió con cuidado, pegada a la pared, siguiendo el sonido de los pasos de los adultos. La enfermería. Estaban en la enfermería.
Se acercó a la puerta y miró por el pequeño orificio que el tiempo y el abandono habían creado en la madera. Por primera vez, agradeció el mal estado de aquel laboratorio.
A través del agujero, vio a su padre y a Orochimaru. Ambos vestían batas blancas y guantes de látex. Experimentaban, entonces. Con el shifter.
Su mirada se desvió hacia la camilla. Un cuerpo yacía sobre ella, pequeño, de cabello azabache. Un niño. Drogado, por la forma en que yacía inmóvil.
—Es mi hija —La voz de su padre sonó fría, distante—. No necesito su consentimiento para experimentar con ella.
El mundo se detuvo.
Hinata se echó hacia atrás, la mano cubriéndose la boca para ahogar el grito.
¿Experimentar con ella?
Tenía diez años, pero sabía lo que significaba. Había visto cómo sedaban a los shifter, cómo les extraían sangre, cómo les inyectaban sustancias que los hacían retorcerse de dolor. Había visto a uno morir hace dos meses, después de un experimento particularmente brutal.
—Eso es cruel —El tono de Orochimaru era casi divertido.
—Necesito a un humano para las pruebas —Respondió Hiashi, como si hablara del tiempo.
Las lágrimas brotaron de los ojos de Hinata, calientes e incontrolables. Ese hombre no era su padre. Ese hombre no podía ser el mismo que la había abrazado hace apenas unos minutos y le había deseado feliz cumpleaños.
El dolor en su pecho era tan inmenso que casi la hizo caer de rodillas.
Se alejó de la puerta tambaleándose, una mano apretada contra su boca, la otra contra su pecho, como si pudiera contener el corazón que amenazaba con estallar.
Dolía.
Dolía tanto.
Y entonces echó a correr.
—Maldita especie.
La voz enfurecida del humano fue lo primero que Sasuke percibió al emerger de la niebla de la droga. No abrió los ojos. Agudizó el oído, el olfato. No estaba en la jaula. No tenía cadenas. Yacía sobre una superficie fría y dura. Una camilla.
Solo estaban ellos dos. El olor de la serpiente era débil, residual. Se había ido.
—Todo es culpa de tu maldita especie —La voz del humano sonaba cerca, pero de espaldas.
Sasuke entreabrió un ojo. Hiashi estaba de espaldas a él, revolviendo algo sobre una mesa. Sobre ella, unas tijeras brillaban bajo la luz fluorescente.
Una oportunidad.
El odio lo quemaba por dentro. Odio por todo lo que le habían hecho. Por los dos años de encierro. Por las agujas, por el hambre, por la sed, por la oscuridad. Por las marcas en su piel que nunca borraría.
Se sentó con cuidado, sin hacer ruido. Sus dedos se cerraron alrededor del metal frío de las tijeras.
Hiashi se volvió.
Sus miradas se encontraron.
No hubo tiempo para nada más. Sasuke saltó de la camilla y se abalanzó sobre él con toda la furia acumulada en dos años de cautiverio. Las tijeras se hundieron en la garganta del humano con una facilidad que lo sorprendió.
Hiashi gimió, un sonido húmedo y burbujeante, y cayó al suelo. La sangre brotó de su cuello, tiñendo el blanco de su bata, el gris del suelo y las manos de Sasuke.
Sasuke observó cómo la vida se apagaba en sus ojos. Cómo el odio daba paso al vacío. Cómo el hombre que lo había torturado durante dos años se convertía en un cuerpo inerte a sus pies.
Estaba muerto.
Una sonrisa lenta y feroz curvó sus labios. Nunca más. Nunca más ese hombre volvería a hacer daño a otro shifter.
Solo faltaba la serpiente.
Completamente desnudo, ignorando el frío y la sangre que aún goteaba de sus manos, Sasuke salió de la habitación. Había una presa que cazar. Y una raza que liberar.
Él, Sasuke Uchiha, destruiría ese maldito lugar.
Corre.
No mires atrás.
¡Huye!
Las palabras golpeaban en su cabeza como un latido desesperado mientras Hinata corría por el bosque. La nieve mordía sus pies descalzos, dejando un rastro de sangre sobre el blanco inmaculado, pero no podía detenerse. El miedo la impulsaba hacia adelante, un motor implacable que no le permitía descansar.
Había logrado salir. Mientras su padre y Orochimaru experimentaban con el niño shifter, ella había escapado. Las lágrimas congeladas en sus mejillas no eran solo por el frío, sino por los que dejaba atrás. Los lobos en sus jaulas. Los que no podían huir.
Necesitaba ayuda.
Llevaba media hora corriendo, quizás más. No sabía hacia dónde, solo sabía que debía alejarse. Alejarse de su padre. Alejarse de las agujas. Alejarse de los planes que tenían para ella.
Se recostó contra un árbol, jadeando, con el pecho ardiendo. El frío calaba hasta los huesos, y el dolor en sus pies era tan intenso que las lágrimas brotaban sin control. Su pequeño cuerpo no estaba hecho para esto.
Un aullido rasgó el silencio del bosque.
Pasos. A su izquierda. Algo se acercaba.
Hinata se incorporó de un salto y volvió a correr, pero sus fuerzas la abandonaron. Tropezó con una rama oculta bajo la nieve y rodó ladera abajo, golpeándose la cabeza contra algo duro. El mundo dio vueltas a su alrededor.
Intentó levantarse. Cayó de nuevo.
—Es mi hija —La voz de su padre resonó en su memoria, cruel y distante—. No necesito su consentimiento para experimentar con ella.
Hinata se acurrucó en la nieve, abrazándose a sí misma. El frío ya no dolía tanto. El miedo empezaba a desdibujarse.
¡Huye!
No podía. No tenía fuerzas.
—Hinata, hija... Regresaré pronto. Obedece a tu padre mientras no estoy.
La voz de su madre. Su último recuerdo. El auto alejándose... Para nunca volver.
—¡Deja de tartamudear! —El grito de su padre, el golpe—. Eres una deshonra como hija.
—Ma... madre —Susurró, y las palabras eran un lamento, una suplica—. No quiero... sufrir más. Quiero estar contigo.
Otro aullido, más cerca.
Hinata no se movió. Ya no tenía fuerzas para nada. Sea lo que sea que la hubiera estado siguiendo, ya podía tomarla. No le importaba. Solo quería dejar de sentir. Que dejara de doler.
Una figura se plantó sobre ella.
Con el poco aliento que le quedaba, Hinata levantó la vista, intentando enfocarse más allá del dolor y las lágrimas.
Un zorro.
Un zorro de pelaje rubio, que la miraba desde arriba con una intensidad que le resultaba extrañamente reconfortante.
Sin embargo, fue lo último que vio antes de que la oscuridad la reclamara.
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Fin del Prólogo.
Resubido.