La Cápsula Errante

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Summary

Después de la Gran Caída, el mundo cambió. Y con él, nosotros. Kael es un Errante, un viajero con un don inexplicable: cápsulas que aparecen en sus manos con lo que necesita en el momento justo. Recorre caminos olvidados como parte del Circo de la Bruma, una caravana nómada que sobrevive entre espectáculos, encargos y la amenaza constante de criaturas nacidas tras el colapso del mundo. En esta nueva era, los humanos han despertado habilidades extrañas: algunos construyen artefactos con los restos del pasado, otros modifican sus cuerpos, doman bestias salvajes o pierden la humanidad por completo. Todo cambia cuando Kael y su circo llegan a Pueblo Niebla, un lugar gobernado por la fe, los callejones con nombres de flores y una campana que suena cada hora. Allí, tras un ataque nocturno de una bestia, Kael conoce a Daren: un joven torpe, brillante e inseguro, con más miedos que certezas y una mirada que esconde un deseo de libertad. Lo que comienza como un rescate se transforma en una conexión inesperada. Y cuando el líder del pueblo, un sabio religioso con el don de la visión, ve un destino compartido entre ambos, Kael comprende que hay algo mucho más grande en juego. El futuro guarda peligros que aún no entienden. Pero a veces, las cápsulas más misteriosas… son las que el corazón elige abrir.

Genre
Lgbtq
Author
akisefredy
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Callejones de Fé

Capítulo 1 — Callejones de Fe

Dicen que ser un errante es un destino, no una elección.

Somos los que nacimos distintos. No por lo que hacemos, sino por lo que el mundo espera de nosotros. Algunos pueden correr más rápido que el viento. Otros ven lo que aún no ha ocurrido. Hay quienes doman criaturas imposibles o transforman la basura en belleza. Y luego estamos nosotros, los que decidimos salir de los pueblos, a buscar algo en el caos, a ofrecer lo que podemos.

Errantes.

Como si andar por el mundo fuera un castigo.

La voz de Veck interrumpió mis pensamientos desde la ranura del techo.

—Kael —dijo, con un tono impaciente—. Llegamos.

Me levanté del catre, me puse el saco y abrí la trampilla. Desde allí, el paisaje se desplegaba ante mí, el pueblo de San Joral era un lugar curioso: escondido entre riscos, limpio y ordenado, con sus casas de piedra blanca y tejados bajos, alineadas a la perfección entre callejones estrechos. Cada callejón tenía su nombre, no con números ni santos, sino con flores: “Callejón de las Dalias”, “de las Magnolias”, “de los Crisantemos”… como si la belleza de la naturaleza hubiera resistido al colapso del mundo.

En el centro del pueblo, una catedral se erguía con orgullo, con un engrane gigante girando en lo alto. Sin ruido, sin humo, solo energía pura. Así funcionaba San Joral: no necesitaba nada más. Esa tecnología avanzada, sin explicación, mantenía el flujo de vida. El engranaje de la catedral marcaba el tiempo, y su campanada resonaba por todos los callejones, seguida por una melodía que llenaba el aire como una suave brisa.

Cuando el carruaje se detuvo, los ojos del pueblo comenzaron a asomarse entre las esquinas, desde las ventanas y tejados. Sabían quiénes éramos. Un circo errante.

Y como todo lo que se mueve en el mundo post-apocalíptico, esto significaba dos cosas: espectáculo o problemas.

Salté del techo y aterricé con gracia. Renzo, siempre el primero en actuar, ya había desplegado la cápsula maestra. La cápsula era nuestra solución para llevar todo el circo a donde fuera. La tocó y, como un acordeón, se expandió, desplegando el Circo de la Bruma: un espacio metálico, repleto de rincones útiles y secretos. El circo no era solo un show, era un refugio.

Dentro, compartimentado con precisión:

• La Sala del Saber, con registros y mapas de personas desaparecidas y otros datos relevantes.

• La Cámara de Bestias, donde las criaturas atrapadas eran contenidas y estudiadas.

• La Recepción de Encargos, el lugar donde los pueblos podían pedir ayuda, enviar encargos o pedir protección.

• El Taller de Renzo, cuna de invenciones y cápsulas secundarias.

• El Escenario Central, donde a veces actuábamos, otras veces resolvíamos problemas de forma menos… amable.

La campana de la catedral sonó de nuevo, marcando una hora más. La música fluyó en el aire, estableciendo una atmósfera solemne.

Entonces, lo vimos.

Un hombre alto descendió de las escaleras del templo. El Padre Samir.

Su túnica blanca con ribetes dorados brillaba a la luz del sol. Tenía una presencia calmada, autoritaria, y una mirada profunda como si pudiera leer la historia de los siglos en un solo vistazo.

—Bienvenidos a San Joral —dijo con voz firme pero cálida—. Soy el Padre Samir, guía espiritual de este pueblo, su memoria… y su voz.

Me acerqué, respetuoso pero sin mostrar sumisión.


—Venimos sin guerra. Solo paso… y quizás ayuda —respondí con cautela.

El Padre asintió lentamente, como si ya hubiera escuchado esas palabras muchas veces antes.


—Aquí no tememos a la guerra —dijo, su mirada fija en nosotros—. San Joral ha prosperado gracias al equilibrio entre la fe, el conocimiento y el respeto por los dones que algunos de nosotros tenemos. Aquí no discriminamos a aquellos con poderes. Al contrario, los organizamos.


Su rostro se endureció por un momento, como si estuviera a punto de compartir algo más serio.

Nos miró con atención. Solo Cora y yo habíamos bajado del carruaje. Éramos los únicos que habíamos salido a su encuentro. Ella, serena como siempre, sostenía a Nux, su criatura, entre los brazos. Yo, con el saco al hombro, mantenía la mirada fija en el hombre que dirigía el destino de San Joral.


—Y necesito que me ayuden. Si están dispuestos —dijo el Padre, su voz tan firme como la campana de su iglesia.

Asentí.


—Mi nombre es Kael —dije, inclinando la cabeza con respeto—. Y ella es Cora, domadora y compañera de viaje. Somos parte del Circo de la Bruma, errantes de paso… pero no ajenos al deber.

El Padre observó con atención a Nux, que ladeaba las orejas con curiosidad.


Nux era un espectáculo en sí mismo. Tenía el cuerpo cubierto por un pelaje blanco y suave, como el de un conejo de cuentos, pero sus patas eran robustas y musculosas como las de un canguro. Brazos fuertes, preparados para golpear o trepar, y una bolsa natural en su abdomen donde solía guardar objetos que encontraba útiles —o simplemente brillantes. No hablaba, pero sus ojos lo decían todo: era astuto, curioso… y leal.

—Un ser peculiar —comentó el Padre Samir con una leve sonrisa—. Y silencioso.

—Más de lo que parece —dijo Cora por lo bajo, sin apartar la vista de él.


—Si nos permite, Padre, le invito a conocer nuestro circo —añadí—. Será más fácil explicarle quiénes somos y qué podemos ofrecerle.

La luz del mediodía se reflejaba en mi piel morena, cálida por el sol de la mañana. Mi barba oscura, bien recortada, parecía transmitirle al Padre una extraña tranquilidad. Siempre había notado ese efecto en los pueblos… como si la gente necesitara aferrarse a alguien que aparentara saber lo que hace, aunque fuera solo fachada.

Poco después, cruzamos el umbral metálico de la cápsula desplegada. Dentro, el Circo de la Bruma se alzaba como una ciudad en miniatura: engranes estáticos, lonas tensadas, estructuras móviles que conformaban pasillos, compartimentos y salas. Todo en su lugar. Todo con propósito.

El Padre caminó en silencio, observándolo todo.

—Ingenioso —murmuró.

En el centro, el equipo completo nos esperaba. Me adelanté y levanté la voz.

—Padre Samir, le presento a quienes conforman este circo. Nuestra familia.

Señalé al primero, alto, flaco, con gafas grandes y dedos manchados de hollín.

—Renzo, creador. Mente brillante, algo caótica. Inventó la cápsula que guarda este lugar. Gracias a él, este tipo de refugio portátil ahora es común entre los demás circos.

Luego, los dos jóvenes de postura relajada pero ojos alertas.

—Veck y Lío, hermanos. Payasos en escena, fuego fuera de ella. Veck escupe llamas; Lío las saca de las manos. Ambos son mejorados, sus cuerpos adaptados al calor, a la velocidad y a resistir lo que nadie más podría.

Me giré ligeramente hacia Cora, aunque ella ya había sido presentada.

—Ya conoce a Cora, domadora. Y a Nux, su fiel compañero. Nadie comprende mejor a las criaturas de este mundo que ella.

Llevé la mano al pecho, sin necesidad de hablar más de mí mismo. A veces era mejor no dar demasiadas explicaciones. Mi don… no era algo que se entendiera con palabras.

El Padre Samir los miró con detenimiento, uno por uno. Su rostro era difícil de leer, pero en sus ojos no había temor. Solo cálculo… y quizás una pizca de esperanza.


—Entonces, Kael… el destino les ha traído hasta San Joral. Quizás no solo como visitantes. Quizás como respuesta.

Hubo un silencio breve, cargado de algo más que cordialidad. Luego, el padre alzó la voz, más grave esta vez:

—Necesito de ustedes más de lo que aparento. Desde hace poco más de un mes, hemos perdido doce personas. Siempre por las noches. Siempre en los callejones. —Suspiró, bajando ligeramente la mirada—. Se trata de una bestia, una que parece un hurón gigante, pero se mueve con inteligencia. Nadie la ha visto de cerca y sobrevivido para describirla con claridad. Solo quedan rastros: cuerpos rotos, sangre en los muros… y el sonido de algo enorme arrastrándose entre las flores de piedra.

Cora tensó los hombros. Nux agitó las orejas, alerta.

—¿Han intentado enfrentarlo? —pregunté.


—Lo hemos intentado todo —respondió Samir—. Pero los nuestros no están preparados. La mayoría son creyentes, artesanos, recolectores. Los únicos con dones combatientes están bajo mi mando, pero no basta. Desde hace dos semanas impusimos un toque de queda desde las ocho. Aún así… anoche murió una niña.

La última palabra se deslizó como plomo en el aire. Nadie respiró durante varios segundos.

Finalmente, rompí el silencio.

—Entendemos la gravedad. Pero sabrá, Padre… —sonreí con gentileza, sin burlas, solo certeza—. Todo en este mundo se mueve por trueques. Y los circos, por muy vistosos que parezcan, no viven de caridad.

El Padre asintió de inmediato.

—No esperaba menos. Y no se preocupen… tengo algo que estoy seguro despertará su interés. Algo que se encuentra en la cripta bajo la iglesia. Un objeto de antes del apocalipsis. No sabría explicar su función… pero ustedes quizá sí.


Me giré hacia el equipo, que ya se preparaba mentalmente. Con solo una mirada compartida supimos que lo aceptaríamos. Luego asentí al Padre.


—Trato hecho. Esta noche no dormimos. Esta noche hacemos un plan.