ENTRE SANGRE Y PROFECÍA

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Summary

Olivia no creía en lo sobrenatural... hasta que un asesinato la miró directo a los ojos. Lo que comenzó como una investigación criminal la arrastró a un mundo oculto: clanes de vampiros, criaturas salvajes llamadas Strigoi y un antiguo designio dictado por los dioses. Marco Palmieri parece tener todas las respuestas. También todos los secretos. Él es oscuro, elegante, inmortal... y está ligado a ella por una conexión que Olivia no pidió. Entre verdades negadas, sangre derramada y un destino que la quiere marcada, Olivia deberá elegir: obedecer la profecía o romperla. Porque a veces, el mayor peligro no es lo que está oculto en la noche, sino lo que despierta en tu propia sangre.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
13+

La grieta en mi calma

Estaba terminando de ordenar mis cosas. Ya había enviado los reportes necesarios a los oficiales.

Otro caso sin cerrar.

Una mujer de unos treinta años fue encontrada sin vida al borde del bosque. Estaba desnuda, llena de moretones, huesos rotos... como si alguien la hubiera usado como saco de boxeo. Había perdido mucha sangre, pero ninguna herida era consistente con un arma. Era como si le hubieran arrancado pedazos.

No había huellas. No había ADN. Y lo peor: no sabíamos quién era. Pensamos que podría ser una turista. Su descripción no coincidía con ningún reporte de desaparecidos. Quien hizo esto se esmeró en no dejar rastros.

Miré por última vez la carpeta del caso, con un nudo en la garganta. Me dolía no poder hacer justicia por ella. Era la tercera víctima en el mes. Todas iguales. Todas sin nombre.

—Sabes que no es tu culpa, Olivia —dijo Clara, mi mejor amiga, entrando despacio en mi oficina.

Suspiré. Clara tenía esa manera de aparecer justo cuando más la necesitaba. Su melena rubia y sus ojos miel podían iluminar hasta los días más oscuros.

—Lo sé, pero siento que estoy fallando —murmuré. Estaba agotada. Cansada en un lugar que el sueño no alcanzaba. Llevaba semanas sin descanso real, y todo el pueblo exigía respuestas que no tenía.

—Lo estás haciendo mejor que nadie. Cualquiera en tu lugar ya habría salido corriendo de este pueblo —rió suavemente mientras me abrazaba.

—Gracias. Pensé que vendrías a atosigarme con preguntas —bromeé. Clara era periodista. Y una de las pocas que respetaban mis tiempos.

—Lo haré, pero más tarde. Tiene sus ventajas ser tu mejor amiga —me guiñó el ojo—. Vamos, los chicos nos esperan afuera.

—Dame un momento. Ya voy.

—Cinco minutos —me advirtió con una sonrisa antes de salir.

Guardé la carpeta en el cajón de casos sin resolver. El más pesado de todos. Me dolía el cuerpo. Me dolía el alma. Ser la única forense en este pueblo nunca había sido fácil, pero ahora era simplemente insoportable.

Los asesinatos no eran comunes aquí. La tranquilidad del lugar estaba hecha trizas. Y yo también. Mis superiores querían mi opinión: ¿Era esto obra de un asesino en serie? Me aterraba admitirlo, pero negar lo evidente no lo haría desaparecer.

Suspiré, recogí mis cosas y salí. Saludé a Greta, la secretaria de la comisaría. Me miró con compasión. Ella sabía lo que estaba pasando. Y sabía que yo cargaba con más de lo que decía.

Afuera me esperaban Clara, Ben y Robert. Ben era el novio de Clara y mi amigo de infancia, físicamente era tan parecido a ella que solía bromear diciendo que parecían hermanos. Robert, alto, de cabello castaño y ojos verdes, era mi amigo desde siempre. Como un hermano que nunca me dejaba en paz.

Era viernes, y habían organizado una salida al único bar del pueblo. No podía negarme. Necesitaba olvidar. O al menos, fingir por un rato que no estaba rota por dentro.

—¿Cómo está la forense más sexy de esta ciudad? —preguntó Robert, pasándome un brazo por encima. Y bromeando en un intento de subirme el ánimo.

—Soy la única, idiota —reí, sin energía.

—Y aún así, lo eres —me guiñó el ojo. Le di un codazo en las costillas. Reír me ayudaba a mantenerme de pie.

—Vamos, que si siguen así Olivia los va a arrestar —bromeó Ben.

—Ya, suficiente —dijo Clara riendo—. Vamos.

Caminamos hacia el bar, que quedaba a unas pocas cuadras. En un pueblo tan pequeño, todo estaba cerca. Todo estaba demasiado cerca.

Al entrar, sentí cómo las miradas se posaban sobre mí. Todos sabían quién era. Sabían lo que estaba investigando. Y sus ojos gritaban preguntas que no podía responder.

Clara lo notó. Me apretó la mano, como recordándome que no estaba sola. Le agradecí en silencio.

Nos sentamos en la terraza para aprovechar el aire fresco. Por una vez, la noche estaba despejada, algo poco común en las otoñales noches de este pueblo.

Las cervezas llegaron, y entre risas y bromas, sentí cómo mi mente comenzaba a soltarse un poco. Clara habló de la nueva familia que había llegado al pueblo. Al parecer eran los nuevos dueños de la empresa maderera.

—Mal momento para mudarse —comentó Ben.

—Esperemos que no pase nada más —dijo Clara—. Pero mejor cambiemos de tema. ¿Hablamos de la nueva novia de Robert?

Las risas estallaron. Robert se sonrojó. Era reconfortante verlos así, como si todo fuera normal. Como si no estuviéramos en medio de una pesadilla.

Ya llevaba varias cervezas cuando decidí ir al baño. Clara me acompañó, viéndome algo tambaleante. Caminábamos riendo cuando la puerta del bar se abrió. El ambiente cambió al instante. Silencio. Expectación.

Vi al hombre que acababa de entrar.

Cabello negro como tinta. Piel pálida como mármol. Y esos ojos grises que parecían encenderse con la luz.

No solo él se robó las miradas. A su lado, una mujer hermosa. Alta, rubia, ojos azules que no parecían de este mundo.

—¿Quiénes son? —le pregunté a Clara.

—Los recién llegados —respondió, sin quitarles la vista de encima.

Entonces, él me miró.

Y fue como si algo se encendiera dentro de mí. Como si su mirada me reconociera. Me atravesara. Me llamara. No era atracción. Era algo más primitivo. Más profundo. Algo que dolía por dentro.

Me observó de pies a cabeza. Sentí que estaba viendo más de lo que mostraba. Me sentí vulnerable. Transparente. Y entonces, sonrió. No fue una de coqueteo. Fue de paz. Como si, por un segundo, pudiera soltar todo lo que cargaba.

No sabía su nombre, ni por qué me había sonreído así.

Solo supe que, en medio de todo el horror que me rodeaba, ese hombre —ese desconocido— fue lo único que logró que mi corazón volviera a latir distinto. Y que esa noche... la verdadera historia acababa de comenzar.