Los Vástagos del vacio

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Summary

Taloc, el medio vikingo se adentra en las tórridas y misteriosas tierras septentrionales, en las que se ve confrontado con unos viejos enemigos, los Vástagos del Vacio, que asolan la región costera para conseguir esclavos y víctimas para sus horrendos ritos oscuros. Allí se envuelto en un entramado de horror y sufrimiento que le arrastrará hasta los dominios del culto, desvelando sus espantosos secretos.

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7
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n/a
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18+

Rastro de Sangre

Jadeante y con el rostro deformado por el terror, el rapaz se abría paso entre la espesa maleza que le rasgaba la piel, sin dejar de mirar de soslayo a sus espaldas. Su cuerpo desnudo, con excepción de un taparrabos, estaba a punto de desfallecer tras la desesperada carrera a través de la penumbra de la jungla; ni siquiera el miedo primigenio que experimentaba su raza hacia el dios jaguar, amo y señor de aquellos parajes, le impidió adentrarse en los dominios de aquella despiadada deidad. Un espanto aún peor había conseguido que abandonara la seguridad de su aldea.

Xochilt se recostó en las raíces de una gigantesca ceiba y tomó una bocanada que le abrasó los pulmones; tosió y escupió sin dejar de sentir un agudo dolor en la boca del estómago. Recordó entonces el horror que cayó sobre los aldeanos poco antes del anochecer y lloró con desconsuelo, sin prestarle atención a las heridas que le salpicaban la carne. Deseó que los dioses le librasen del terror que le carcomía el alma, una maldición que había pasado de boca en boca por generaciones y que aquel día se había convertido en una espeluznante realidad. Sin embargo, como de costumbre, las crueles divinidades de su pueblo hicieron oídos sordos a los ruegos de aquel crío espantado.

Los que si parecieron escuchar sus súplicas fueron las figuras que se desplazaban a través de la espesura como espectros del más allá; hombres altos y enjutos, cubiertos con pintura negra de pies a cabeza y con un brillo febril en los ojos que coronaban sus rostros de halcón. Se detuvieron cerca de la ceiba e intercambiaron miradas antes de avanzar de nuevo. Xochilt percibió demasiado tarde el roce de las hojas a su alrededor. Alzó la cabeza y advirtió un rostro oscuro en el que resplandecían unos dientes amarillos y afilados. El muchacho ahogó un grito de sorpresa y se irguió con premura para huir de sus perseguidores. Entonces, percibió un silbido por encima de su cabeza, pero ya era demasiado tarde cuando fue alcanzado por el disparo de la honda que le arrebató la consciencia.

Los recién llegados se acercaron al cuerpo del muchacho con tiento. A la débil luz de la naciente luna que cubría el claro se podían apreciar los extraños tatuajes geométricos que llenaban sus torsos y muslos; se encontraban desnudos, a excepción de un gruesa tira de cáñamo que les cruzaba la cintura, en la cual cargaban varios cuchillos de obsidiana. El segundo individuo poseía también una bolsa en la cual cargaba las piedras de la honda que aferraba en la diestra. El hondero sonrió, desvelando unos dientes aguzados como los de su compañero.

—Si está muerto disfrutaremos de un festín esta noche —aseguró, palpando el cuerpo del chico.

—Aún vive —replicó su interlocutor con resignación—. Debemos llevarlo con Xalcouthoc sin tocarle un solo pelo.

La mención del tal Xalcouthoc no pareció agradarle al hondero, quien escupió a los pies de su compañero con frustración.

—Preparadlo entonces —protestó con enfado, poniéndose de pie mientras anudaba la honda a su cintura.

El otro individuo observó a su acompañante con un extraño temor opacando su mirada.

—Sabéis que Xalcouthoc puede saberlo y escucharlo todo, no lo olvidéis— le advirtió al hondero con franca preocupación—. Es el elegido del Vacío.

El hombre cubierto con pintura negra escupió e hizo una señal para alejar el mal de ojo.

Lo que estos extraños sujetos no podían saber era que unos ojos les estudiaban con recelo desde la espesura; unos orbes acerados que no pertenecían a los hijos de aquellas tierras. Ajenos a lo que sucedía a sus espaldas, ataron al chico con una liana y se dispusieron a partir, sin importarles las oscuras amenazas que plagaban la jungla tras ponerse el sol.

La flecha se alojó en la cabeza del hondero y su punta de metal asomó por la órbita izquierda, arrastrando consigo jirones del nervio óptico; el hombre se derrumbó sin emitir sonido alguno. Su compañero se estaba echando el chico al hombro cuando advirtió lo que estaba sucediendo. Un dedo gélido le recorrió la nuca al ver el asta emplumada que asomaba en la parte posterior de su acompañante. Dejó caer el cuerpo inerte y extrajo las hojas de obsidiana, recorriendo con la mirada los silenciosos claroscuros que le rodeaban.

Se vio invadido por una confusa sensación de espanto y estupefacción al descubrir la sombra que vomitaba la floresta. El guerrero parpadeó asombrado, imaginando que estaba en presencia de un demonio; el sujeto que tenía enfrente no se parecía a ningún hombre que hubiese visto con anterioridad. Era alto y poseía un cuerpo, nervudo y elástico, que exhibía la economía de un depredador. Su piel era aceitunada y no marrón como la de los habitantes de la región. Además, en su rostro anguloso se apreciaban unos ojos grises y vibrantes que parecían escrutarle el alma. El recién llegado avanzó y extrajo del cinto un hacha y un cuchillo que refulgía de manera extraña bajo el roce del espejismo nocturno. Impresionado, el nativo imaginó que aquellas armas no podrían pertenecer a un hombre; retrocedió de manera instintiva, a pesar de ser un despiadado asesino. No obstante, en un último momento, su instinto letal le instó a enfrentar aquella amenaza, imaginando que tenía al menos una oportunidad de vencer a la criatura. El individuo lanzó un grito desesperado y arremetió contra el diablo de orbes grises. Su rival reaccionó con la agilidad de un gato y bloqueó con el cuchillo la trayectoria de la hoja de piedra que buscaba su cabeza. A continuación alzó la rodilla y golpeó con fuerza los genitales de su adversario, obligándole a recular con torpeza; los ojos del pintarrajeado ardieron con irreflexión a causa del dolor y la sorpresa. Apretó los dientes y se abalanzó con nuevos bríos sobre el hombre de piel aceitunada.

Esta vez su contrincante esperaba el ataque y no pudo evitar que aquel acero gélido se sumergiera entre sus costillas sin misericordia; su semblante se deformó en un rictus de dolor y los labios se silenciaron con la tercera puñalada que le detuvo el corazón. Sus ojos aún brillaban con desconcierto al derrumbarse con lentitud, aferrado con los dedos al pecho de su rival.

Taloc observó los cuerpos y aspiró el familiar hedor de la sangre derramada. La noche se había apoderado de la jungla y el mestizo comprendió que había llegado el momento de buscar un refugio apropiado. Pronto, el jaguar y la pantera recorrerían su reino, y no deseaba toparse con alguno de ellos en medio de las tinieblas mientras eran atraídos por el efluvio de la muerte. No obstante, se tomó unos momentos para revisar a los caídos y experimentó una punzada de incertidumbre al encontrar algo familiar en los tatuajes geométricos que pululaban en sus torsos y muslos; recordó su primer encuentro con unos engendros similares y de inmediato comprendió la amenaza que esto significaba. Recobró la valiosa punta de hierro de la saeta y dio un respingo al escuchar el leve quejido del muchacho a sus espaldas. Le miró con sorpresa al comprender que aún vivía. Al fondo, en algún lugar de la espesura, el gruñido del jaguar erizó los vellos de la nuca del medio vikingo. Sin perder tiempo, Taloc se echó al rapaz sobre los hombros y se internó en la espesura en busca de un lugar seguro para pasar la noche.

Un intenso dolor le obligó a parpadear varias veces; Xochilt sintió náusea e imaginó que su cerebro estaba a punto de explotar. Intentó hablar, gritar, pero tan solo un pobre jadeo brotó de sus labios. Una mano fuerte le aferró la testa y percibió que algo se introducía entre sus labios; un líquido fresco y frío descendió por su garganta aliviando la ansiedad. A continuación sintió que su cabeza se posaba sobre una superficie tibia y firme y no tardó en sumirse en un reparador sueño.

El temor regresó con todas sus fuerzas al despertar. Confundido, miró alrededor y descubrió que se hallaba en el interior de una caverna; el verdín cubría parte de las paredes y el hedor del guano le invadía los pulmones, provocándole arcadas. A pocos pasos de allí se advertían los restos de una fogata. Espantado, el muchacho se irguió con cuidado y lanzó una exclamación al sentir que el cerebro le daba vueltas. Se llevó la mano a la cabeza y palpó la dolorosa hinchazón en la parte posterior del cráneo; quedó paralizado al captar la sombra que se insinuaba en las paredes de la gruta. El roce de cuero antecedió el arribo del hombre más increíble que había visto en su corta existencia. Parpadeó asombrado, imaginando que se trataba de una alucinación. Ante él se erguía un guerrero de piel brillante y unos rasgos ajenos a su raza; tenía unos ojos grises y suspicaces que le observaban con profunda atención. Se encontraba ataviado con una curiosa prenda de piel cosida, que le cubría desde la cintura hasta los tobillos, además, dos hojas de una factura desconocida pendían de un cinturón de piel que le ceñía el abdomen. Tenía un torso nervudo, cubierto de cicatrices, y de su cuello colgaba un pendiente de metal rematado por una piedra amarilla.

—Debéis tener hambre —dijo el recién llegado, entregándole una tira de pescado seco.

Xochilt vaciló mientras observaba el trozo de carne que tenía entre los dedos. Volvió a mirar al forastero de piel clara y comprendió que le había hablado en una lengua muy similar a la suya.

El mestizo se acuclilló en frente del rapaz y mordió un poco de pescado, examinándole con atención.

—¿Por qué os seguían esos hombres? —indagó con curiosidad.

A pesar del pesado acento, el chico reconoció el dialecto nahual que utilizaba el extranjero. Entonces aquella pregunta le revolvió las tripas al revivir la pesadilla acontecida la noche anterior; se llevó las manos a la cara y empezó a gemir desconsolado, sorprendiendo al guerrero.

—Decidme lo que os ha acontecido, muchacho —insistió el medio vikingo, tomándole de los hombros y agitándole con fuerza.

Xochilt suspiró y observó a su salvador con una mirada extraviada, como si su atención se hallara en un lugar oscuro y terrible.

—Nos han atacado —jadeó un poco más sosegado—. Cayeron sobre la aldea y yohuí, acosado por los sonidos de lucha y el clamor de mis hermanos.

—¿Sabéis quiénes eran esos sujetos? —inquirió el guerrero con ansiedad.

El chico negó con la cabeza, abrazándose las piernas y con una mueca angustiosa deformándole las facciones.

—Demonios de la noche —murmuró después de unos latidos de tenso silencio.

Taloc arrugó la frente con preocupación, imaginando de manera vaga el origen de aquellos asaltantes. Si sus sospechas resultaban ser ciertas, un horror milenario camparía a sus anchas por aquellas tierras. En ese instante volvió la vista hacia el atemorizado rapaz

—Duerme —ordenó—, después iremos hasta vuestra aldea.

Xochilt palideció y ocultó el rostro entre sus rodillas; hubiese preferido enfrentarse cara a cara con el dios jaguar antes de volver sus pasos hacia la aldea.

La mañana era esplendida y radiante, los ecos de la jungla se entremezclaban en una curiosa cacofonía que se extendía como un rumor ininteligible a través de la floresta. Entre los gigantescos titanes arbóreos que dominaban la superficie se deslizaban dos figuras. Avanzaban a paso firme, pero sin dejar atrás la cautela necesaria para no caer en las garras de los depredadores que abundaban en aquel océano esmeraldino. Taloc se abría paso entre las raíces nudosas que parecían querer atraparle y conducirle a los dominios de las deidades del inframundo. Xochilt le seguía de cerca, renuente pero resignado, examinando con recelo y temor las sombras que jugueteaban en la espesura; en su pecho latía el miedo a enfrentar lo que podría encontrar en la villa que hasta hace poco había sido su hogar. A medida que se acercaban a la costa, la aprensión aumentaba en su pecho, haciéndole difícil la respiración.

El medio vikingo se detuvo y le indicó con un gesto que agachara la cabeza. El chico se escondió tras unos helechos y guardó silencio. En ese momento se escuchó el roce de pasos entre la espesura y no tardaron en aparecer tres tapires corriendo como alma que lleva el diablo; Taloc se pegó al tronco al advertir el aroma acre del miedo exudando entre aquellas bestias. De pronto, sus sentidos captaron un efluvio aún más fuerte invadiéndole las fosas nasales. De manera instintiva se llevó los dedos al pendiente de hierro y ámbar que colgaba de su cuello.

De improviso una sombra negra irrumpió entre la espesura y cayó sobre el tapir más retrasado; el jaguar clavó sus garras y dientes en la nuca del desdichado animal y los gritos angustiosos del mamífero permanecieron flotando en el ambiente mucho después de que el fornido felino le hubiese dado muerte. La formidable bestia levantó la testa, examinando con sus ojos transparentes los alrededores al detectar otra presencia acechando cerca de allí. Dejó escapar un gruñido bajo que reverberó en el pecho de medio vikingo, pero tal vez por la mediación de los dioses de su padre, el amo de la jungla prefirió tomar su botín y desaparecer entre aquella maraña impenetrable, como si se tratase de un espectro o una alucinación.

—Demasiado cerca —murmuró Taloc, besando el pendiente con reverencia—. Thor, me habéis salvado el pellejo de nuevo.

Xochilt le observaba intrigado, sin entender el lenguaje que el guerrero había utilizado para orarles a sus dioses. Pero a pesar de ello, el nativo comprendió que aquel extraño guerrero contaba con la bendición de poderosas deidades, de otro modo ambos se hubiesen convertido en la cena del amo de la jungla. Esperaron un tiempo prudente antes de retomar la marcha; el viento soplaba revolviendo las altas copas que conformaban el sólido dosel arbóreo. Con la corriente a su favor, se internaron entre el follaje, convencidos de que la inmensa bestia no detectaría su aroma.

Xochilt no dejaba de mirar con nerviosismo en derredor a medida que se acercaban a parajes conocidos; la incertidumbre anidaba en sus tripas al comprender que la villa estaba próxima al regato que discurría entre la espesura. Miró al silencioso guerrero de piel clara y detectó el desconcierto en su ruda expresión.

Taloc acarició el asta del hacha al percibir el tufo dulzón que flotaba en el aire, un hedor familiar que comenzaba a prepararle para lo que les esperaba en la aldea. Miró de reojo al rapaz y sintió una punzada en el pecho que no pudo explicar. Tal vez recordó otra villa en otro lugar a miles de leguas de allí en un pasado remoto; este pensamiento despertó su furia. Aceleró el paso y pronto vislumbró el asentamiento en un calvero al abrigo de unos árboles milenarios y retorcidos.

Lo que alguna vez había sido el hogar del muchacho, no era más que una ruina húmeda y ennegrecida. Los asaltantes habían quemado las chozas y la lluvia había convertido los restos en una masa nauseabunda y pestilente. Taloc estudiaba los alrededores con la sagacidad de un depredador, tratando de vislumbrar la posibilidad de una celada. Sin embargo, después de media clepsidra de vagar por el lugar, comprendió que ningún ser vivo había puesto pie en aquellos tristes escombros.

Se acuclilló en medio de la explanada y trazó con el cuchillo un símbolo sobre la ceniza húmeda que Xochilt, con los ojos encharcados, no pudo descifrar.

—Huele a muerte pero no hay vestigios de la masacre —reflexionó el guerrero con aire meditabundo.

—Se los han llevado—contestó Xochilt después de unos latidos de quietud.

Taloc enarcó una ceja y observó al muchacho con atención.

—¿Por qué se los han llevado? —indagó, ladeando la cabeza con curiosidad.

Abatido, el chico se limpió las lágrimas del rostro mugriento y se sentó a un lado del medio vikingo.

—Son los vástagos del Vacío, ahora estoy seguro de ello —apostilló en un tono descarnado y desesperanzador—. Los ancianos relataban sus historias en las noches lluviosas y tormentosas para asustar a los críos.

Taloc dio un respingo, atrapado por las palabras de muchacho. Al notar la chispa de interés en los ojos grises de su acompañante, Xochilt se dispuso a narrar la tétrica historia de los vástagos del vacío.

—Hace miles de años, cuando el Señor Ximelcalt reinaba sin rival sobre la tierra de los toltecas, había elegido a la gran serpiente como deidad suprema de su pueblo, relegando al señor del inframundo que había sido la deidad principal por eones.

Taloc se sentó y cortó una tira de pescado seco que le ofreció al muchacho, anticipando un buen relato.

El crío aceptó el alimento y lo tomó haciendo una breve pausa en la historia. Bebió un sorbo de agua del odre que le entregó el guerrero y trató de recordar las palabras de los ancianos de la aldea.

—El señor del inframundo, receloso por la traición de Ximelcalt, decidió castigarle de una manera terrible, desatando sobre la tierra a las criaturas que mantenía encerradas en sus oscuras mazmorras. —Xochilt se estremeció y tomó una bocanada del aire cargado de podredumbre que contaminaba el ambiente—. Estos seres eran herejes, remedos de humanos que habían rechazado a los dioses y ahora idolatraban a la nada, el vacío del cual habían emanado las deidades antes de que hubieran siquiera imaginado al hombre; un lugar espantoso y ponzoñoso para cualquier forma viviente.

El medio vikingo enarcó una ceja, fascinado con la cosmogonía de aquel pueblo, cruel y altivo, que había aprendido a conocer en sus vagabundeos. Como iroqués y vikingo, conservaba la atracción por lo sobrenatural y todo lo referente a las deidades que manejaban a su antojo las vidas de los mortales, el mismo había confiado su suerte a los lejanos dioses nórdicos, heredados de su padre.

—La única finalidad de los vástagos del vacío es anular la vida y destruir todo lo creado por el hombre; para ellos, la existencia es una ofensa a la cruel oscuridad a la que sirven —culminó el chico con acritud.

Taloc recordó su primer encuentro con aquellas abominaciones y experimentó una punzada en el pecho. Alejó estos pensamientos con prontitud al escuchar la inusitada cadencia que ascendía con rapidez a través del dosel arbóreo que les rodeaba.

—¡Tambores! —exclamó Xochilt, poniéndose de pie con una mueca de sorpresa.

El mestizo también se vio invadido por la incertidumbre mientras el eco de aquellas cajas retumbaba en su pecho y sienes.

—¿Qué significa el sonido de los timbales? —indagó, recorriendo los alrededores con inquietud y sospechando que aquel alboroto no albergaba nada bueno.

El crio se pasó la mano por la mata de cabello negro, con el miedo ardiendo en sus pupilas.

—Los tambores significan una sola cosa —respondió—, que una aldea cercana se encuentra amenazada.

— ¿Los vástagos del vacío? —inquirió el medio vikingo con gravedad.

—Las hordas del vacío están sedientas de sangre y nadie las podrá detener en está ocasión —sentenció el chico con lágrimas en los ojos—. Los ancianos habían vaticinado este día, pero nadie les tomó en serio.

Taloc revisó sus aceros y besó el amuleto que pendía de su cuello, el único recuerdo que le quedaba de su padre, aparte de las armas forjadas con el secreto del fuego y el metal.

—Debemos marcharnos —aseguró, mirando en derredor—, necesitamos ocultarnos.

Xochilt no protestó, se limitó a asentir y a seguir los pasos del guerrero a través de la espesura que se abría a pocos pasos del claro. Mientras esto ocurría, el estruendo de los timbales aumentaba en intensidad.